La alegría de la inmundicia o por qué la higiene está pasando de moda

 

 

 

A partir de una exposición en la Wellcome Collection de Londres que explora nuestra relación cotidiana y no obstante oscura y evasiva con los desechos, el periódico especializado The Economist rescata un artículo publicado por su redacción en el año 2009 sobre la manera en la que las nociones de limpieza y suciedad han cambiado en occidente a lo largo de los últimos siglos, relativizando su significado y mostrando su cercana relación con los patrones actuales de consumo.

A continuación una selección traducida del artículo:


Insultada, acosada y despreciada, la mugre hoy en día no tiene lugar dónde esconderse. Una constante lluvia de anuncios y advertencias de salubridad nos ordena tallar, limpiar y purificar cada esquina del cuerpo, la oficina y la casa. La piel, al igual que las superficies del hogar, debe ser enjabonada, esterilizada y restregada.

Pero no hay nada escrito sobre piedra en cuanto a la fascinación—o el terror—que la inmundicia ejerce sobre la cultura occidental. Aún en tiempos tan recientes como 1965, únicamente la mitad de las mujeres británicas utilizaba desodorante. En 1940, sólo poco más de la mitad de los hogares en Estados Unidos  contaban con baño integral.

El significado de la suciedad es tan escurridizo como una barra de jabón mojada. Las actitudes de occidente hacia la higiene han evolucionado con la historia de la medicina moderna y la microbiología. Aún más, la historia de la limpieza es también la historia del desarrollo de los aparatos electrodomésticos, del consumo de masas y la mercadotecnia, y de la aparición de marcas transnacionales.

Durante la Edad Media, fue paradójicamente el miedo a la enfermedad, incluyendo la sífilis y la Peste Negra, lo que colocó al agua en un lugar desfavorable en términos de salud. Se acusaba al agua de llevar enfermedades a la piel. Los poros bien llenos de mugre, en cambio, eran percibidos como un método eficiente para impedir la entrada de enfermedades. Los baños públicos (reintroducidos en Europa por los cruzados que regresaban de Turquía y el mundo Árabe) representaban un peligro especial ya que, al abrir los poros, el agua caliente dejaba entrar al cuerpo todo tipo de plagas y otros males. Así empezó una era en la que el rico y el pobre se regodeaban entre la mugre sin problema alguno.

Fue la búsqueda de curas a la salud lo que puso al agua de moda otra vez. La aristocracia europea comenzó a acudir a los baños termales (la mayoría de las veces en los sitios donde había antiguos baños romanos) con el fin de someter a los cuerpos enfermos y achacosos a las bondades de las aguas minerales, más que con el de mantenerlos limpios. Durante el siglo XIX, la teoría germinal se combinó con el creciente comercio internacional, y la administración colonial y el turismo difundieron todo tipo de nuevas ideas: los hammams de Turquía y el norte de África, el “champu” (shampoo) de la India, y los bidets y barras de savon de Marseilles a base de aceite de oliva de Francia. El agua y la higiene se escabullían de regreso en la vida cotidiana de los europeos, y la mugre se volvió la nueva peste.

Sin duda, la aversión contemporánea hacia la inmundicia tiene algunas bases científicas. Desde que Louis Pasteur en Francia y Robert Koch en Alemania desarrollaron la teoría germinal de las enfermedades entre 1860 y 1870, medidas básicas de higiene han ayudado a frenar la propagación de enfermedades. Estos descubrimientos dieron legitimidad al trabajo de aquellos que en el siglo XIX luchaban por la reforma del sistema de salubridad, cuyos esfuerzos tempranos tuvieron éxitos tibios y desiguales: en aquella época, la indiferencia a la inmundicia era generalizada.

Así como en el siglo XIX la reforma al sistema de salubridad en los Estados Unidos y la Inglaterra industrial se concentró en cubrir las necesidades básicas de higiene, en los lugares donde hoy impera la pobreza se libra una batalla similar para frenar la propagación de enfermedades. Y aún así, en occidente los parámetros de limpieza parecen haber pasado del mundo de la ciencia al reino de la moda y las tendencias.  Seguramente, el enorme catálogo de sprays, geles y perfumes, destinados a emplearse en tinas lustrosas y resplandecientes, o bajo potentes regaderas a presión, habría horrorizado a la mayoría de los europeos durante la mayor parte del milenio pasado.

Desde fines del siglo XIX, las empresas estadounidenses parecen no tener fin a su ingenio en cuanto a imponer nuevos estándares de higiene se trata. El lavado de cuerpo completo, la aplicación de desodorante, las axilas afeitadas, el enjuague bucal: todos ellos se convirtieron en rituales esenciales para la mujer moderna digna de respeto.

Y un cuerpo impecable iba de la mano de una casa impecable. La migración a los suburbios en la posguerra, y la generalización de cocinas y baños integrales, abastecieron a los hogares con más superficies que nunca destinadas a ser talladas y trapeadas. Los anuncios televisivos, donde usualmente aparecía un hombre en una bata blanca de científico y un ama de casa encantadora, subieron constantemente la vara: la ropa blanca no debía estar blanca sino prístina: las telas cada vez más suaves: las superficies lustrosas y relumbrosas. La caza de la inmundicia se ha vuelto incluso un deporte de espectador, a juzgar por el éxito que han tenido reality shows como “¿Qué tan limpia es tu casa?” (How Clean is Your House?) en Gran Bretaña.

La pregunta obligada es: ¿no será que la búsqueda por la limpieza ha ido demasiado lejos? Algunos inmunólogos sostienen que los niños que hoy crecen en ambientes prácticamente estériles no están desarrollando su sistema inmunológico de manera adecuada debido a una subexposición a bacterias comunes. Así, la idea de que la suciedad puede tener cierto valor durante la infancia ha ganado gradualmente terreno. La empresa multinacional Unilever, por ejemplo, tiene una campaña de publicidad titulada “¡La mugre está bien!” (Dirt is good!) para OMO, su marca de productos de lavandería. El estudio de mercado efectuado por la empresa demostró que las madres estaban frustradas con el mensaje continuo de que la ropa sucia era algo reprobable. Un ejecutivo de Unilever explica: “queríamos reposicionar a la mugre como una expresión de libertad”. El mensaje parece decir: dejen que niños se ensucien cuanto quieran, tranquilas de saber que OMO limpiará todo poco después.”

Así, aunque la historia de los patrones actuales de limpieza sea difícil de imaginar fuera de la historia del ascenso del consumo de masas y las marcas globalizadas, todo parece indicar que no será más fácil hacerlo con la tendencia reciente a cuestionar estas nociones y rescatar la alegría de la inmundicia.

Selección y traducción de Sara Hidalgo.

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Publicado en: Ciudad de libros, Fragmentos

3 comentarios en “La alegría de la inmundicia o por qué la higiene está pasando de moda

  1. Esta filosofia de FCH tener un mucho de inmundicias en las instituciones del pais antes que limpiarlas y emprender una guerra estupida que nadie le pidio para tratar de legitimarse, es lo que ha producido los mas de 40,000 muertos y la crisis de inseguridad

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