Kubo y la búsqueda samurái

Es difícil entender a los niños: ¿qué anhelan? ¿Qué admiran? ¿A qué le temen? Y es que en la historia del cine interesado en ello se han establecido vicios que reafirman una y otra vez los “Y vivieron felices por siempre…”. Así, hablar de una película que repare en el pensamiento infantil como un túnel interesantísimo de creación, de lucidez y de inteligencia es, sobra decirlo, un suceso.

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Travis Knight, de la mano del guión de Marc Haimes y Chris Butler, entrega el resultado de un largo proyecto de animación: Kubo y la búsqueda samurái (2016). Su productora, Laika, el impulso detrás de películas como ParaNorman (2012), de Chris Butler y Sam Fell, y Coraline (2009), de Henry Selick, aviva una línea creativa con personajes construidos desde un sentimiento agridulce, una sinceridad que la hace universal y, sobre todo, respetuosa.

Kubo, un niño de 11 años, vive con su madre en una montaña alejada del pueblo. Sin saber por completo la historia de su pasado, sabe que su única herencia es la ausencia de su ojo izquierdo y su exquisita habilidad de hacer danzar figuras de papel. Alcanzado por la oscuridad de la noche, tendrá que encontrar una armadura mágica que lo protegerá de la persecución que encabeza su abuelo y sus dos tías. 

Como pocas veces sucede en las películas de animación, el trabajo artesanal lleno de detalles da un toque único que unifica contenido y forma hasta obtener un elemento motor, el corazón de la película: su extrañeza, el diseño de los personajes, el ritmo de cada gesto o movimiento del cuerpo se convierte en un complemento que le exige al espectador toda su atención y perspicacia.

Con un objetivo y con la ilusión de poder saber más de su pasado, Kubo emprende una odisea por distintos escenarios que recuerdan a un mundo misterioso casi apocalíptico junto a Simio, una protectora heredada por su madre, y Escarabajo, un exsamurái embrujado. Así, aunque esté presente la figura del guerrero, aquel héroe que se rige por sus principios y convicciones, este recurso no sólo es ejemplificado en el pequeño protagonista, sino también en la fortaleza de todos los que lo rodean: su madre, Simio, Escarabajo y los habitantes del pueblo. 

Los diálogos y la emoción que se transmite en cada uno de ellos alejan a la película de las producciones infantiles tradicionales. Aunque volvemos a esta estructura recurrente del héroe y la travesía para afirmar o rechazar su papel en el mundo, aquí lo que es fundamental no es la acción, los combates, los monstruos y los poderes mágicos de la aventura que, por obviedad, son esenciales, pues Kubo y la búsqueda samurái fija su atención en lo que implica superar una prueba. No por nada las misiones se cumplen con relativa facilidad, una característica que consigue que no haya un derroche innecesario en el metraje, no hay escenas irrelevantes. Todo, visto como una unidad, hace que la historia se desarrolle con naturalidad.

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Cuando Kubo encuentra cada elemento material le sigue una reflexión, un estudio sobre lo que significa llegar a ese punto de la búsqueda: la valentía, el trabajo en equipo, el respeto, el amor y los lazos familiares. El tratamiento de estos momentos decisivos es amable, un equilibrio orgánico entre lo que se sabe gusta a los niños y lo que puede ser entrañable más allá de los chistes fáciles y las peleas vestidas de espectacularidad. 

De esta manera, Kubo y la búsqueda del samurái está dotada de una melancolía poco usual en las producciones infantiles, una conexión emocional que se presenta al espectador desde la primera escena con un niño, aún con la inocencia de su edad, que cuida a su madre, que la alimenta y observa con tristeza el vacío que irradia su cuerpo, y es justo esto, la habilidad y la proeza de usar a un personaje así (quizá sólo visto en las producciones de estudio Ghibli), lo que construye una familiaridad inmediata con el público infantil y no tan infantil.

La audacia de enfrentar al protagonista a decisiones complejas, despedidas irreparables que simbolizan el camino hacia la madurez, un trayecto que significará la libertad de ser quién es una bondad que se complementa con los discursos en torno a la memoria, la mirada, la metáfora en los ojos de Kubo: el niño que puede ver, a pesar de sólo tener un ojo, la belleza y la inocencia que conserva el mundo que, contrapuesto con su abuelo, representa a la vida adulta, a los que optan por el orden, la exclusión, la violencia, la ceguera. 

Kubo y la búsqueda samurái se une a esa camada de películas que sobrepasan una clasificación y que tratan, con humildad y franqueza, comprender un mundo que a veces está cansado de los “Y vivieron felices para siempre…”.

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Publicado en: Cine