No hay pruebas forenses fidedignas aún. Sin embargo, los archivos de un cementerio en Filadelfia indican que ahí está enterrado el poeta sinaloense Gilberto Owen. Este es el relato personal de cómo un escritor logró encontrar esa tumba en completo abandono, luego de una búsqueda de tres años.
Quienes escribimos poesía no morimos. Se sabe. Al dejar de respirar, nos transformamos en lo que siempre fuimos: viento. Viento que se transforma nuevamente en poesía,1 en el aliento que necesitan los poetas que vienen después de nosotros. Pero al dejar el mundo dejamos un cuerpo. Tal vez un cuerpo sin sombra.2
Hace como diez años leí Los Ingrávidos de Valeria Luiselli y quedé fascinado con la idea de la búsqueda de Owen. En ese entonces jamás imaginé que lo encontraría. Lo único que hice fue escribir un poema donde los mencionaba a ambos. Hasta ahí.
Me mudé a Filadelfia de forma abrupta pero decidida. Yo vivía en un pequeño departamento en el primer piso de un edificio viejo de la colonia Cuauhtémoc. Ahí fui muy feliz. Tenía una iguana que se llamaba Hemingway y muchos amigos. En diciembre del 2015 viajé a Detroit, donde, por cierto, también encontré el bar al que Jack Kerouac solía irse a tomar sus tragos en Gross Point: Rustic Cabins, pero esa es otra historia. En aquel viaje a Michigan me enamoré de Jessica. Llevamos nuestra relación a distancia durante meses. Un día, caminando por Reforma, hablando por teléfono con ella, me lanzó la pregunta: ¿Y si nos vamos a vivir a Philly?
En las siguientes semanas empaqué mi auto, regalé todas mis cosas, y los tres emprendimos el viaje: Jessica, Ira —nuestra perrita recién adoptada— y yo. Un viaje que duró diez días por carretera, deteniéndonos a pasar las noches en lugares sin hoteles. Un poco al estilo de Los autonautas de la cosmopista,desde la Ciudad de México hasta Filadelfia.
Sabía que Gilberto Owen había vivido en Filadelfia. Que había muerto ahí. Lo había leído en su biografía, y pensé que podía ir a visitarlo. Quería ir a su tumba a dejarle una carta y tal vez unas flores. Quería preguntarle cosas, decirle cosas, compartirle algo de lo que yo había escrito. Me sentía cercano a él. Compartíamos ciudades: México, Toluca, Detroit y Filadelfia. Y obvio la poesía, si entendemos la poesía como un lugar. Pero nada. No había mucha información acerca de dónde estaba enterrado. Me puse a buscar en Internet sin mayor resultado.
Yo no crecí en una familia de artistas. Mi poco capital cultural lo he forjado con la vergüenza de ser el ignorante de la fiesta. El ignorante que apunta el nombre de la referencia y luego se dedica a investigar, cuando ya es muy tarde para ser parte de la conversación.
Entonces se me atravesó el libro Después del Invierno, de Guadalupe Nettel. Me lo recomendó mi queridísima mentora, Concha Alborg. Al leer a Nettel pensé: debería de lanzarme a los cementerios a buscar yo mismo la tumba. Y fue una búsqueda tan ciega como cualquier otra: absurda y llena de esperanza.

En ese entonces yo chambeaba como albañil. No propiamente construyendo casas, sino de chalán. Una madrugada, desesperados con nuestra situación económica, le pedí a Jessica que me llevara a un Dunkin Donuts que está en Roosevelt Boulevard. Días antes un puertorriqueño me había dicho que ahí pasaba una camioneta todas las mañanas a recoger migrantes para trabajar en las granjas. Había que estar puntuales a las 5. Llegué antes de las 5 y hacía un frío muy cabrón. Todavía estaba oscuro. Nunca pasó la camioneta. En cambio, cerca de las 6, alguien salió del Dunkin Donuts fumando, gritando y azotando la puerta. Era un coreano de un metro y medio que al verme dijo: “¿trabajos?” —así, en español— y me señaló su camioneta. Me despedí de mi ex pensando que no la volvería a ver. Me subí a la Chevrolet roja, cerró mi puerta y arrancó. Sólo íbamos un guatemalteco y yo. Manejó en silencio durante una hora. Cuando comenzaba a clarear el día se presentó en español y nos dijo que le dijéramos Jim o Jimmy, que íbamos a impermeabilizar el techo de una bodega, y que si no queríamos trabajar no hubiéramos venido a Estados Unidos. Se rió. Y luego tosió y escupió. Trabajé con él durante casi un año. Al guatemalteco no lo volví a ver. Jim hablaba coreano, español, portugués e inglés. Había recorrido en motocicleta casi toda América del Sur. Y había consumido tantas drogas que él mismo no sabía cómo estaba vivo. Era sabio y profundo. Venía de una familia millonaria de Corea que había migrado al Paraguay. Un día, al regresar de trabajar, me contó que de joven le había disparado a alguien. Yo le conté que estaba buscando la tumba de Gilberto Owen. Detuvo el auto y me volteó a ver con sus ojitos.
—Tú ahora comes tierras —me dijo—. Pero mañana comerás oros.
Se refería a que, si realmente lo buscaba, eventualmente lo encontraría. Me dijo dónde estaba cada uno de los cementerios de Filadelfia y me deseó suerte en la búsqueda. Después entré a estudiar y dejé de verlo.
Finalmente podía comenzar la búsqueda. En ese entonces mi ex y yo nos mudamos a West Philly. Cuando me estacioné en la 42, supe que quería vivir ahí. Los majestuosos sicomoros me recibieron con los brazos abiertos. Nogales y robles dominaban las banquetas. Quería mudarme lo antes posible para caminar por esas calles viejas. Bajé a mi perra del coche y nos dirigimos hacia Clark Park. Pinche Clark Park mai lob. Yo no sabía en aquel entonces que ahí era donde académicos, familias afroamericanas, jóvenes anarquistas, punks, feministas, personas no binarias, y niños de todas las edades se reunían a convivir. De un lado, los afrodescendientes jugando ajedrez y escuchando R&B con sus bocinas de luces LED. Cruzando la calle, en la otra parte del parque, indios y pakistanís jugando cricket. Por todos lados jóvenes y viejitos compartiendo sándwiches y bancas. Lo opuesto a Fishtown donde habíamos vivido antes. Acá todos amables, diversos, divertidos y saludadores. Y al pasear a mi perra, la gente era todavía más amable. Así conocí a muchas de mis actuales amistades. Así conocí a Leah.
Cuando había vivido en Fishtown busqué la tumba de Owen sin éxito en el Palmer Cementery. Pero ahora en West Philly tenía muy cerca otro panteón: Woodlands. Woodlands está a las orillas del río Schuykill y tiene una mansión simple y elegante que fue propiedad de William Hamilton, un lugar de silencio que sólo los intensos sabemos apreciar.
Empecé a ir a Woodlands todos los días. Yo ya le había contado a Jessica mis ganas de encontrar la tumba de Gilberto Owen. Le leí cachitos de Los Ingrávidos. Le dije que, aunque no era Whitman, que también descansa por aquí, en algo se le parecía. En esta incapacidad de ser aprehendido, en ese carácter etéreo. Los poetas flotamos. Y eso es algo difícil de expresar en papel. Las palabras siempre faltan y sobran. Pero las tumbas pesan. La tierra encima de nuestros cuerpos pesa. Y esa era la dimensión de Gilberto Owen que me interesaba encontrar. No su obra, porque no soy experto en nada, poeta viudo de la poesía,3 sino su tumba porque la sentía cercana. Por un lado me sentía personaje de Los Ingrávidos; por otro, me sentía parte de un verso de Owen; y sobre todo, sentía que al encontrarlo estaba comprando mi futuro: si yo lo encuentro, tal vez yo no muera en el olvido.
Un día adentrándome entre matorrales silvestres encontré una lápida agrietada y verde. Con dificultad se alcanzaba a leer algo como: “Here rests the body of a poet who with his words loved the world.” La tumba, hermosa, por cierto, estaba cerca de un gran nogal que en primavera era pura exuberancia. Todo hojas y vida. Contrastando con las grietas de la lápida de aquel poeta olvidado. Y tendría también un nombre, pero no logró aprehenderlo la memoria.4 Era otro, y no nuestro Gilberto Owen. Salí de entre las plantas encorvado y molesto. Por senderos de hienas se sale de la tumba.5 Era una burla del destino. Pero otros meses llenaron mis días con nuevas aventuras.
Obtuve mis posgrados, hice nuevas amistades. En plena pandemia terminé mi relación con Jessica. Ira nuestra perrita murió. El cementerio de Woodlands fue testigo de peleas y reconciliaciones, besos. La vida sigue, siempre enfrente de la muerte. Y Woodlands había sido el escenario de nuestros dramas.
La puerta de este cementerio está frente a la estación de trolleys donde todas las rutas hacia el oeste se bifurcan. Es casi como un augurio. 40th Street Station. Como si al cruzar el cementerio, los caminos se dividieran, las rutas se multiplicaran. Así me sentía en esos meses, perdido. Porque yo tuve un día una mañana y un amor.6 Las estaciones y los años pasaban. La lluvia, la nieve y el sol. Yo seguía en mi búsqueda. Enfrente, dos puertas de hierro fundido cierran el camposanto. Un bajorrelieve de un reloj de arena con alas. Tempus Fugit. El tiempo pasó. Y yo seguía sin encontrar la tumba del poeta. Para entonces ya eran tres años de búsqueda.
Una mañana encontré un pequeño mausoleo. Era de apellido Reading.7 Lo elegí mi lugar para meditar en los meses en los que tenía más miedo. Pensaba en Owen. Pero también pensaba en mí. ¿Algún día alguien se acordará de mí? A esas alturas ya no había prisa en mi búsqueda. Como no hay prisa en la poesía. En el frontón de ese mausoleo se leía claramente la frase “A través de la oscuridad hacia la luz.”
Y entonces encontré la luz en donde menos la esperaba. Una tarde después de meditar alguien gritó mi nombre. Era Leah, que paseaba a su perrita Bu. Nos pusimos al corriente. Le platiqué de mi búsqueda. Ella había decidido no irse de Filadelfia. Nos abrazamos y nos despedimos. Ese día mi corazón se sintió un poco cobijado.
Después de mi ruptura ya no tuve un lugar propio. Amigos y conocidos me invitaban a quedarme a dormir en sus casas y departamentos. Era invierno. Y por lo mismo las teclas de mi máquina de escribir estaban pegadas. Un buen día hice lo que no se me había ocurrido hacer hasta entonces: buscar en la Wikipedia en la versión en inglés. Ahí aparece el dato: estaba enterrado en el cementerio de Holy Cross. Y justamente estaba viviendo en una casa prestada, a pocas cuadras de ahí. Así que un día cuando el cielo estaba muy gris y el mundo detenido, me lancé.
El cementerio era enorme y estaba vacío. No había ya nadie más que aquel frío seco.8 Mis llantas patinaban sobre la nieve. La calle era un río de lodo congelado. Entonces otro poema de Owen se volvió presagio:
El frío irá delante, como un hermano más esbelto y grave
y un deshielo de dudas bajará por mi frente,
y no lo sé, pero es posible que me mire a mí mismo
al recorrer en sueños algún nombre:
‘La Calle del Muerto que Canta’.9
Años de dudas se descongelaban por mi frente. Corrí leyendo nombres y nombres de hombres y mujeres. Nombres y nombres y fechas y fechas. La escena de El Bueno, El Malo y El Feo. Carlos, corriendo en busca del apellido Owen. Tratando de encontrar una lógica en el amplio cementerio. Sin pareja, mascota, casa, visa y sin trabajo. Sólo con las ganas de encontrar a Owen. Aunque mi mundo parecía haber perdido el rumbo, esta búsqueda me daba posibilidades. Creo haber corrido como dos horas, a través de un cementerio que resultó ser más grande que mis ambiciones y regresé tan triste como los limpiaparabrisas que arrastraban la lluvia.
El amigo que había prestado su casa durante esos meses me pidió que se la volviera a dejar. Había terminado con su novio y necesitaba espacio para estar solo. Así que, nuevamente, no tenía dónde vivir. Publiqué en mi Facebook que buscaba casa y Leah me invitó a vivir con ella.
La mañana del 23 de marzo amaneció fría. Faltaba un mes para irme de Filadelfia. Mi residencia terminaba y con ello mi visa. Después de desayunar unos chilaquiles que nos preparé, me dijo:
—Te voy a extrañar —nos abrazamos—. No te puedes ir de Philly sin haber encontrado al poeta.
Era miércoles. Tendríamos que estar trabajando, pero decidimos intentarlo una vez más. No recuerdo exactamente lo que escribí en una hoja en mi máquina de escribir, una carta/poema para Owen. Algo así como que no se sintiera solo, porque no todos lo habían olvidado. Mi versión de su “Júrese que no la olvido nunca”.10 Metí la carta en un sobre muy fancy mientras Leah le ponía el arnés a Bu y nos fuimos.
Manejé hasta Holy Cross en su auto. En el camino ella encontró un sitio web que se llama encuentra mi tumba punto com. Pensé que era una broma. Algo muy gringo. Yo no sabía que algo así podía llegar a existir. Pero este país siempre me sorprende. Al llegar al lugar exacto, otro nombre. Sección, lote, grupo, tumba. Todo coincidía, menos el nombre. El cementerio estaba vacío, una suave brisa fresca nos acompañaba. Buscamos por todo el lote, por toda la sección. A lo lejos, vi una camioneta pick up blanca. Corrí hacia ella. Hablé con el sepulturero. En la caja de la camioneta cargaba un montón de tierra y palas. Nos explicó que los datos del sitio web a veces no eran correctos. Nos preguntó si teníamos auto y lo seguimos hasta las oficinas de administración del cementerio. Ahí, una mujer de pelo corto y no muy amable nos pidió los datos. Nombre completo, fecha de nacimiento y de defunción. Se levantó de su silla y fue hasta los archivos físicos. Leah esperaba afuera con Bu. La señora me entregó un papel. Gilbert Owen: Section 57, Range 13, Lot 29, Grave S. El sepulturero nos llevó al lugar exacto.
No tiene lápida esa tumba, pero ahora su memoria tiene cuerpo.
Carlos José Pérez Sámano
Narrador y poeta. Primer Artista en Residencia en el Museo de la Universidad de Pennsylvania.
Twitter: @carlosjoseperez.
1 En una grabación sonora de una plática para Naropa University, Allen Ginsberg cita a Bob Dylan acerca de la importancia de la respiración para los poetas.
2 Owen, G. Sombra.
3 Owen, G. “Primera Fuga”, Línea, Buenos Aires, Proa, 1930.
4 “Discurso del paralítico”, en Idem.
5 “Primera fuga”, en Idem.
6 “Discurso del paralítico”, en Idem.
7 Aunque es un apellido, se puede traducir como: leyendo o lectura.
8 “Viento”, en Idem.
9 “Nombres”, en Idem.
10 Fragmento de la posdata de la carta que le escribe Gilberto Owen a Araceli Otero el 9 de agosto de 1928 desde Nueva York.
Hermoso artículo, no tengo otra forma de decir que me gustó mucho y que alguna vez me gustaría aprender a escribir cosas así. Sin embargo, para mi ya es demasiado tarde querer ser escritor, rondo los 75… también lei a Luiselli, me gustó su método de las notas pegadas a un árbol seco…
Me gustó la narración, es clara y directa, y poética también. Solo creo que el final es apresurado, me parece inconcluso, faltó la descripción de los detalles del encuentro de la tumba y lo que sintió al descubrirla, creo yo. Felicidades al autor.