La identidad fatal del enamorado no es otra más que ésta: yo soy el que espera.
– Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso
Para Pedro Derrant
El arquetipo literario, el cliché de la espera inútil, está cifrado en un par de personajes de la obra de Beckett Esperando a Godot: Vladimir y Estragon. Ambos conversan sobre Godot, ausente la obra entera, que por algo los citó. Su espera es absurda porque no saben –y espectadores o lectores tampoco sabemos– si el tal Godot vendrá, si aguardar su llegada tiene algún sentido. Tampoco entendemos por qué la conclusión a la que llegan, al cabo de un tedioso y prolongado tiempo, es regresar al día siguiente, cuando la espera volverá al inicio.
Esa espera insensata es la misma del enamorado, o del que sufre de amor y canta: “por eso aún estoy en el lugar de siempre, en la misma ciudad y con la misma gente, para que tú al volver no encuentres nada extraño. Y sea como ayer y nunca más dejarnos”. Tanto en la espera de los personajes beckettianos, como en la del amante, hay una fidelidad a la palabra que es sacrificio: “tú me dijiste adiós y que volverías, yo muy triste me quedé, sabía que sufriría. Pero debes saber, vida mía, que tu ausencia, aunque me duele, yo te sigo esperando hoy y siempre, como el primer día”. Hay en esos versos una poética del sufrimiento, una estética que privilegia la inmovilidad. El punto es volver al ayer “y nunca más dejarnos”.
Pero hay más. Esa disección del dolor (y el inconfesable gozo que se encuentra en él), la manía del abandonado por contar su pena, por confesar su despecho, siempre deja paso a un momento más alegre, que se asienta ya no en el pasado ni el imaginario futuro, sino en el presente en que valen la ironía y la carcajada altanera: “Tal vez te quise lo mismo que tú, cuando te fuiste volví a ver la luz, otra vez”. El retrato de ese arco que va del dolor a la templanza y de nuevo a ver la luz, a sonreírle a la vida: ese fue el arte de Juan Gabriel.

I
“Aunque me digas que no puedes olvidarme, en este mundo nadie es indispensable. Tú puedes ser feliz sin mí y yo sin ti”, cantaba para mí (¿para quién más se canta el dolor? Solipsismo puro) hace unos años, como quien repite algo las veces necesarias para convencerse. Pero no. Pensé y pienso y pensaré que no, que en eso –quizá sólo en eso– se equivocaba Juan Gabriel, y él lo sabía. Hay personas indispensables. De otra forma no tendría sentido nada, ni el amor, ni la amistad, ni la familia, ni vivir aislado o en compañía, aquí o allá. Hacer la vida es siempre tener en mente a un par de personas esenciales, a veces sólo una: “Yo me estaría, ay, toda la vida siempre a tu lado. Porque, mi vida, estoy de ti enamorado”. Y el que ama y el que espera piensan que el dos se convierte en uno, pero que el dos menos uno es cero.
Por eso, por las personas imprescindibles, es que cuando escuchamos la noticia en la radio, la mamá de mi amigo se quedó callada. Después rodaron algunas lágrimas de sus ojos. Íbamos a un centro comercial en Polanco y decidimos quedarnos en el estacionamiento mientras ella hacía compras. Por alguna razón –la razón es que éramos jóvenes y estudiantes– mi amigo sacó un pésimo tequila de su cajuela y nos lo fuimos pasando mientras por las bocinas sonaba: “Dime cuándo tú, dime cuándo tú, dime cuándo tú vas a volver…”.
Juan Gabriel fue y es mi educación sentimental. Lo cantaba mi abuelo, que fue mariachi, y lo cantaba mi mamá en el auto, en las fiestas, en sus llantos. Yo, que no canto, lo tarareo cuando estoy enamorado, y lo he berreado con el corazón roto: Y con todo y mi tristeza, me enseñé a no olvidarte. Me enseñé a vivir sin verte, pero sin acostumbrarme. Sus letras, que son poemas, se escribieron sólo para mí, porque lo imprescindible, lo que nos mueve la carne y no sólo el seso, está hecho a la medida. Así he sentido siempre a Juanga. He bailado su Noa Noa, imitando (es un decir) sus fabulosos movimientos durante el concierto de Bellas Artes y carcajeo cuando, coqueto con el público, dice “no me provoquen”. Juan Gabriel es uno de esos indispensables. Quien ha amado y sufrido lo sabe.
II
Como otros grandísimos poetas mexicanos, Paz, Pacheco, Zaid… las letras de Juan Gabriel no están nunca acabadas. Por eso, en cada interpretación, el divo de Juárez cambia de tono, la música se alenta o enloquece, renueva el estilo, hace pausas, énfasis, repite versos, modifica la letra, la dedica a alguien en particular o bromea. El poema se encarna: es yo y nosotros. Adquiere nuestra forma: su música se adapta a la medida de cada dolor, de cada alegría.
El concierto en Bellas Artes es el ejemplo máximo: el divo dedica “con mucho amor y respeto” Amor Eterno “a todas las mamás que esta noche me han venido a visitar, sobre todo para aquellas que están un poquito más lejos de mí”. En No me vuelvo a enamorar, se versiona a sí mismo en inglés: “I’ll never love this way again”. El cambio es notable, lo que dice (o se intuye) es que quizá ame de nuevo, pero no así. No es el fin del amor, es un límite, la idea de que hay un grado y pasión que no se alcanzan más. Ahí hay un viso de optimismo: por supuesto que uno se vuelve a enamorar, de otra forma, siempre de otra.
Veo un popurrí de 1986, Juanga está en El Paso, Texas. Sería inexacto decir que canta La farsante. La siente, la aúlla contra aquella o aquel que tanto daño le ha hecho: “y no te vuelvas a cruzar en mi camino, que aparte de que me das pena me das lástima de verte”. No sólo se le va el aliento en cada verso, también un poco del alma. “¿Para qué quieres que vuelva, hoy que apenas empiezo a vivir diferente la vida sin ti?” Es un anverso de la espera, es la ansiada reunión, pero en un momento poco propicio al amor: cuando uno apenas empieza a curarse las heridas, cuando lo que se impone es más bien la distancia, la lenta y difícil tarea de levantarse, secarse las lágrimas y seguir adelante sin esa persona que ahora, de nuevo, regresa. Y ante eso, ¿qué hacer? Yo te juro que te tengo que olvidar. Imposible no sentir su rabia, su desesperación.
En Juan Gabriel la repetición es un recurso no tanto de énfasis, sino de identidad: “mentirosa, siempre mientes y mientes y mientes y mientes…siempre”. La forma de componer versos no emplea la anáfora ni la anadiplosis, es su propio recurso retórico: juangabrielismo. Lo mismo en su invitación al hedonismo en el Noa Noa, o en ese dueto que habla de una ruptura: “Para ti no tengo amor. No tengo amor ni tengo nada…No tengo nada, nada, nada, nada, nada, nada”. Caray, para que te quede claro.
Contra la quietud aparente de la espera, que es siempre la misma, todos estos cambios en su música y letras hablan de una transformación. Y toda literatura es un rito por el cual algo se transforma. Cantar a Juan Gabriel en karaoke, en la regadera o acompañando a unos mariachis, es apropiarse de él, hacer nuestras sus palabras: “cuántas cosas han pasado, corazón, desde que tú te fuiste. Sabrá Dios cuántas cosas, desde que me dejaste completamente triste”. Cuántas, cuántas cosas. Tiempo que sigue su curso y nos cambia el rostro, aunque se espere.
III
El dolor es gozoso, incluso se puede sonreír después de la derrota. Por eso Juan Gabriel es festivo en su tristeza. Cuando decide mandar al diablo un amor mal correspondido lo hace por amor propio, por ego, porque sabe lo que él vale: “No vale la pena, date cuenta de eso, que lo que tú me has dado es una miseria, son muy pocos besos para un enamorado”. El amor (el deseo) es siempre una petición de infinito, de que la vida y el otro nos llenen más allá de nuestra frágil medida: vino que se derrama de la copa como sangre que a su vez llama a la vida.
Sobre el performance algo también nos dice Juan Gabriel. Si bien se canta para llorar el dolor, también se canta para burlarse y retar a la amada y su traición, al amante y su falta de valor: “dile que para amarte a él le falta…lo que yo tengo de más”. El dolor se supera también con ese derroche, al descubrirse los rasguños de la vida y portarlos con orgullo incluso. O más: “voy a hacer que tú hincada me pidas perdón y me implores amor delante de tu amante” o “cuando yo quiera has de volver, si todo está en que yo decida”. Entre la sensación onírica y la revelación. Lo que se dice, ocurre; lo que se sueña, pasa. Es la fantasía por excelencia del despechado. Se hace realidad no porque sea un hecho, sino porque la cantamos, a alaridos incluso, sin pudor ante los demás. Esa ya es suficiente revancha. Sentir que uno puede cambiar el mundo con la sola palabra: “y si no has vuelto es porque yo no he querido todavía”. Fantasías todas que harían las delicias de un psicoanalista.
IV
Veo en el tono juangabrielista una fuga de la solemnidad. Por eso su ardidez es lo contrario del nihilismo: afirma la vida y el porvenir, es socarrón y carnavalesco: “Quiero comprobar que vivo, no quiero morir de amor”. Pero para comprobar la vida sí hay que morir un poco de amor, pero sin morirse. Quien de ahí vuelve recobra de a poco la capacidad de apropiarse del mundo; los sentidos salen renovados. Juan Gabriel es, en eso, mi maestro.
Cosas de enamorados (1982) fue por mucho tiempo el único álbum que escuchaba con una insistencia tan absurda como la espera de Vladimir y Estragon. Encontraba –y encuentro– en esas 10 canciones todo el arco, la experiencia completa de la complejidad juangabrielista. Desde su apertura con “ya lo sé…que tú te vaaaas…”, pasando por canciones que aceptan la pérdida, que la lloran, que vuelven a la espera: “Olvidarte te juro no he podido, tu imagen va conmigo, no la puedo borrar. Para siempre te seguiré amando y seguiré ansiando verte una vez más”. Pero la repetición incesante y obsesiva, como sabe quien ha quemado una canción, una película, un poema, vuelve insensato e irreal todo. También le da color, aroma, forma a una época de nuestra vida (la magdalena proustiana o escuchar No me vuelvo a enamorar pueden lograr el mismo efecto). Una vez más: como la espera beckettiana. La salida es a través del absurdo, no evitándolo, sino entregándose a todas las fases de la espera, hasta que la banca nos parezca incómoda.
Como el decepcionado Werther al ver a su amada Lotte de la mano de otro, pienso que no me vuelvo a enamorar, que totalmente para qué. No pienso darme un tiro como el héroe goethiano porque creo que la vida se reinicia una y otra vez, y de pronto me encuentro tarareando: “y la veo muy feliz, aunque a veces pienso que todavía me quiere”. Y sonrío.
Julio González
Ensayista y editor de nexos
Si con José Alfredo la canción es un pretexto para padecer el desamor con la tequila, con Juanga el desamor se torna en una suerte de divertimento linguístico…