Juan XXIII
Una necrológica de Rolf Hochhuth

A propósito de la reciente muerte del narrador, periodista y dramaturgo Rolf Hochhuth y del aniversario luctuoso de Juan XXIII, Ricardo Bada hace un acercamiento a ambas figuras y traduce fragmentos de la necrológica que Hochhuth dedicó a este Papa, hoy admirado por su obra de reconciliación.

Hace un par de semanas murió Rolf Hochhuth. Me lo encontré sólo una vez en mi vida, en una asamblea de la Asociación de Escritores Alemanes que se celebró en uno de los salones de la Hofbräuhaus, de Múnich. (Esto es como si dijera “en la Alhambra, de Granada”, ay…) El azar quiso que nos sentásemos juntos y me presenté como redactor del servicio cultural para Latinoamérica en la Radio Deutsche Welle pero también como hijo de un fabricante de calzado, lo mismo que él, y durante la asamblea, de vez en cuando, nos cuchicheábamos comentarios. Al terminar la sesión salimos emparejados y le invité a una jarra en la “Schwemme [el regadío]”, como se conoce en el lenguaje popular muniqués la gran sala común de la cervecería. Hizo tal gesto de rechazo que ahí nos despedimos con un apretón de manos y él se fue y yo me incorporé feliz al regadío. Eran unos tiempos en los que tomaba cerveza, mis años a. G. [antes de la Gota].

Al leer la noticia de su muerte, me puse a buscar, y la encontré, una poesía suya que aproximé a nuestro idioma hace años, años, años. Se titula “Pascua Florida”, dentro de sus Impresiones de viaje, y se la pasé a Luis Miguel Aguilar, quien la subió a su página “El poema diario”, aquí mismo, en nexos. Además repasé varias escenas de un par de obras suyas y uno de sus textos más emocionantes: la nota necrológica que le dedicó al Papa Roncalli, tres páginas antológicas, de las que me animo a traducir unos fragmentos porque creo que siguen inéditas en castellano.

Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

Después de citar un versículo del Evangelio de San Juan (14,2), allí donde se lee: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros”, dice Hochhuth:

Invitado a escribir su necrológica, mi sentimiento de incompetencia se repliega ante la consternación por la muerte de un hombre que sólo el futuro reconocerá como el estadista que sirvió a la obra de la reconciliación de manera más profunda y extensa que cualquier otro Papa en los últimos tiempos.

Juan XXIII ni siquiera se permitía hablar de “protestantes”. Siempre nos llamaba “nuestros hermanos separados”. Por lo tanto, es difícil incluso para el no católico enfrentar su muerte con la serenidad con la que se suele aceptar la despedida definitiva de un anciano. […]

Para este Papa, la tolerancia parecía ser un mandamiento tan evidente que no la elevó a dogma, como tampoco ninguna otra cosa. ¿Pero ahora qué? ¿Querrán los cardenales encontrar un sucesor que lo sea en el espíritu de Juan XXIII? ¿O será su elección, dictada por la ley de la tradición, la de colocar la tiara en la cabeza del que menos se parezca al difunto?

Así sucedió para bendición del mundo en 1958. […] Parece que su escandaloso y excesivo sentido del humor hizo que el patriarca de Venecia, a sus 76 años, constatara que sus venerables hermanos nunca lo habrían elegido de haber sabido que sus padres alcanzaron los 90. Pero puso manos a la obra con un celo tal, como si hubiera adivinado lo que sabía en los últimos seis meses de su vida y lo aceptó con ejemplar compostura: que el tiempo que le había sido asignado era dolorosamente desproporcionado al volumen de sus tareas. Esta es probablemente una de las razones por las que no perdió tiempo con anacrónicos juegos de abalorios del tipo de la proclamación antirreconciliatoria de un nuevo dogma, como si los pobres hombres de hoy no tuvieran suficientes dificultades para respetar algunos de los dogmas tradicionales.

Pero que no pretendiera en absoluto ser un dogmático, que más bien convocase un Concilio para derribar barreras, y que en sus Encíclicas nos haya dejado párrafos muy pertinentes de una razón terrenal, eso lo convirtió, en una época secularizada, incluso en un estadista muy por encima de su predecesor. Estaba de moda, aunque sin polémica (que de inmediato se acallaba delante suya), tener altaneramente en alta estima al gran diplomático Pío contra “Juan del pueblo": un vulgar error. Roncalli era diplomático desde los años 20, y tan hábil que Pío XII, en una situación muy precaria, lo envió como Nuncio al París liberado para que sanease lo que el clero francés había echado a perder antes de 1944 colaborando con Vichy y con los nazis.

En los dos siguientes párrafos, Hochhuth termina de ajustar cuentas con su bête noire, el papa Pacelli, a quien ya había puesto en la picota con su “tragedia cristiana” El vicario:

No quiero herir a nadie. Pero no se puede evitar hablar de su predecesor y compararlo con él. Porque la grandeza de Angelo Roncalli consistía en su instinto para la demanda del día, lo que de hecho le hizo seguir el camino que Pío no pudo encontrar en sus últimos años, ya que resentía cualquier consejo como un insulto deliberado. Si se lee por ejemplo en las anotaciones romanas del diplomático Breza, de los años 1956 a 1958, cómo el padre Leiber, en un pronóstico sobrio y genial, juzgó el problema de la coexistencia entre la cristiandad y el comunismo, se encuentra ahora inconcebible que incluso este confidente tan cercano a Pacelli no pudiera hablar con el Papa, porque "lo más probable es que el Papa no le preguntara sobre ello".

Era hora de que volviese a reinar un pontífice, que pudiera soportar en la mesa el rostro de un prójimo, un dato superficial pero que caracteriza penosamente la diferencia de personalidad entre Pacelli y Roncalli. […]

En la página final de su nota necrológica, Hochhuth enmarca de manera ejemplar la grandeza y la humanidad de Juan XXIII:

Por supuesto, nunca dijo que su iglesia no era una fuera de la cual no existe la salvación. Pero si un Papa ve los "signos de los tiempos" tan explícitamente como él los vio en instituciones como Naciones Unidas, cuyos delegados representan sólo la mitad de las naciones cristianas; si alaba la "Declaración General de los Derechos Humanos" como un acto de la más alta importancia, entonces se quisiera asumir que le habría gustado incluso la Parábola del Anillo, de Lessing,1 y que él —parafraseando a Otto Flake—,2 como hombre religioso, se prohibiría a sí mismo ver al Anticristo en una figura como Lenin. Porque, y esto no sólo concierne a Lenin, también a este Papa que derribó las puertas atrancadas de los espacios donde reside la mitad de la humanidad, "quien crea hechos históricos está sujeto a un significado que él mismo negará o tergiversará, sin que ahora importe lo que él mismo quiera decir. Todos creamos una realidad diferente si pensamos que podemos crear la que queremos" (Otto Falke) […]

Por esta razón, llora sinceramente por el Papa Juan todo un mundo que está determinado cada vez en menor medida por la fe católica y que ya no puede ser sostenido sólo por la fe, no importa cuál.

El viejo Thomas Mann dijo: "Sin rodeos: no tengo mucha fe, pero tampoco creo mucho en la fe, sino mucho más en la bondad que puede existir sin la fe y hasta puede ser producto de la duda”. Una confesión que a Angelo Roncalli no le habría debido doler mucho, porque sabía que el celo de la fe (el secularizado no menos que la ideología religiosa o celestial) ciertamente trajo más horror y lágrimas a la humanidad que el ateísmo, y que hoy en día ambos deberían existir y coexistir sólo para una tarea: evitar que sea posible el totalitarismo religioso o ateo, es decir, controlar al otro como un contrapeso.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.


1 La parábola del anillo se encuentra en el más célebre drama de Lessing, Nathan el sabio, que es un acuciante llamado a la tolerancia religiosa, y la narra Nathan cuando Saladino le pregunta cuál es la religión verdadera. Wikipedia la resume así: “En dicha parábola, una familia posee un anillo mágico capaz de hacer a su poseedor virtuoso a los ojos de Dios y de los hombres. Dicho anillo ha ido pasando de padres a hijos, generación tras generación, hasta llegar a manos de un padre, que tiene tres hijos a los que ama por igual y a los que promete, por separado, legar el anillo. Dado que sólo lo puede legar a uno, pero ama y desea legárselo a los tres, decide encargar dos réplicas exactas del anillo, indistinguibles del original, y en su lecho de muerte da a cada uno de sus hijos uno de los anillos. Muerto el padre, los hijos comienzan a discutir sobre quién tiene el auténtico anillo y, al final, acaban pidiendo arbitrio a un sabio juez, que los conmina a vivir de manera virtuosa para que los poderes del anillo se muestren ciertos. Nathan compara esta parábola con las tres religiones, concluyendo que cada uno de nosotros sigue la religión que hemos aprendido de aquellos a quienes respetamos, y que las tres son verdaderas del mismo modo en que los tres anillos lo eran, en tanto en cuanto cada creyente siga los buenos preceptos de cada una de ellas. […] Una historia similar se encuentra en el Decamerón, de Bocaccio (de donde probablemente la tomó Lessing), y según algunos, anteriormente hay una historia muy parecida en Las mil y una noches, con Harún al–Rashid en vez de Saladino. La versión más antigua que se conoce proviene de un comentario de Solomon ibn Verga, un judío sefardí de finales del siglo XV, que sitúa la parábola en un texto de inicios del siglo XII”.

2 Otto Flake (1880 -1963), escritor alemán nacido en Lorena, cuando Lorena era una provincia del Reich alemán. Narrador y periodista, autor de una extensa obra que le dio fama en el período de entreguerras. Cayó en el olvido cuando firmó su adhesión a Hitler, cosa que hizo forzado por su editor Salomon Fischer, judío, para salvar su firma, y también a causa de su quinta esposa, “semijudía” en la terminología nazi. En 1958, empobrecido y deprimido, el sello Bertelsmann reeditó varios de sus títulos y en poco más de un año se vendieron más de un millón de ejemplares de los mismos. Lorenés de nacimiento, trabajó incansable en pro de la reconciliación franco–alemana, y se cuenta entre los mejores trujamanes de aquella literatura: tradujo a Balzac, La Bruyère, Dumas (hijo), Lesage, Constant, Mirabeau, Diderot, Gobineau, entre otros, y fue responsable de la edición histórico–crítica de la obra completa de Montaigne en alemán.

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Publicado en: Resurrectorio

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