
El sábado por la noche, el Zócalo volvió a ser un espacio sagrado. Decenas de miles de personas, desde bebés en brazos hasta adultos mayores, se reunieron para ver —no un concierto en vivo— sino la proyección del recital que Juan Gabriel ofreció en Bellas Artes en 1991. Sobre una pantalla monumental instalada enfrente de la Catedral (dependiendo del ángulo desde donde se viera, obstaculizándola o dialogando con ella) reapareció el Divo, vestido de lentejuelas, con la voz intacta y la energía única que, tres décadas después, seguían suspendidas en el aire. De cara al escenario se mantuvo ondeando la bandera monumental de manera inexplicable (por lo común se baja con una guardia de honor a las 6 pm), completando un triunvirato muy mexicano: Iglesia, Estado y Juanga.
En los años treinta, ante el advenimiento del cine, la fotografía y otras tecnologías, Walter Benjamin escribió que la reproducción técnica destruía el “aura” del arte: ese resplandor irrepetible que sólo existe en el aquí y ahora de la obra original. Según él, cada copia erosiona la unicidad de la experiencia. Pero lo que ocurrió este sábado en el centro histórico y emotivo de México contradice su diagnóstico. Pese a la mediación tecnológica —o por ella—, Juan Gabriel y su obra tuvieron el mismo fulgor que antes lo hicieran en el máximo recinto cultural.
A más de treinta años de aquel recital, la figura de Juan Gabriel no se desvaneció entre los píxeles. Al contrario: reapareció con una intensidad casi mística. Miles de voces –en realidad, una voz– cantaron al unísono, lloraron, bailaron, se abrazaron frente a una pantalla. Esa masa emocionada devolvió vida a lo que Benjamin habría considerado una copia desprovista de alma. El aura no sólo sobrevivió; se reconfiguró de manera colectiva.
La proyección, en vez de anular la experiencia original, la resignificó. Transformó un registro audiovisual en un ritual contemporáneo; un hito en un acto de memoria compartida; un evento originalmente atestiguado por las élites en una apoteosis masiva. El Zócalo se convirtió en una suerte de templo popular donde la distancia entre el pasado y el presente se disolvió. A manera de ejemplo, y gracias a la inspirada dirección de cámaras durante el evento, las pantallas gigantes mezclaban las reacciones in situ con las de los asistentes que se deschongaron en Bellas Artes: nos vimos los mexicanos de antes y los de ahora a la merced de Juanga.
Acaso es posible argumentar que la experiencia en el Zócalo fue más fidedigna que la original –los asistentes en 1991 no sabían que estaban atestiguando El Concierto mientras éste sucedía. Hoy, las versiones en vivo de sus canciones son parte del canon; sus letras improvisadas, en Palabra. Quienes estuvimos este sábado teníamos un mandato: que en nuestro papel de público construyéramos una fiesta que estuviera a la altura de nuestros “recuerdos” prestados. Por supuesto los casi 200 000 asistentes cumplimos con esta tarea y reprodujimos lo que nos habíamos imaginado, curándonos con ello del fomo intergeneracional (la nostalgia, pues) por no haber visto a Juan Gabriel en su cenit.
Con todo, hay una ironía estructural que reconfigura el sentido del concierto: el organizador fue Netflix, el más grande servicio de streaming (según datos públicos suma unos 300 millones de suscriptores en el mundo —100 millones arriba de su más cercano competidor). En cualquier otra década, esta fiesta popular la hubiese convocado el gobierno o la televisora nacional, quienes históricamente han gestionado los espacios y las sensibilidades públicas. Hoy, una plataforma global fundada en la lógica de la visualización privada decidió convocar a una multitud para mirar una grabación que no le pertenece. El gesto revela una paradoja de la era digital: incluso las empresas diseñadas para aislar el consumo necesitan, de vez en cuando, encarnar su presencia en la realidad compartida.
Netflix posee los derechos del nuevo documental Juan Gabriel: Debo puedo y quiero, pero no del concierto de 1991. Sin embargo, eligió proyectar esa joya del archivo mexicano para lanzar su propio producto. Así, la plataforma se apropia de manera fugaz de un fragmento del patrimonio de la cultura nacional para legitimarse como mediadora de la emoción colectiva. Es un movimiento hábil, pero también sintomático: el capitalismo cultural contemporáneo no ostenta la autoridad para crear mitos, pero puede administrarlos.
La operación remite a un doble juego. Por un lado, la plataforma reivindica lo público para reforzar su modelo privado; por otro, utiliza el espacio común como escaparate de su dominio mercantil. La memoria se convierte en materia prima, y la devoción popular, en tráfico de atención. En esa lógica, el aura ya no es un atributo del arte, sino un recurso estratégico que las corporaciones buscan reinyectar a sus contenidos.
Es significativo que, mientras Netflix organiza una proyección masiva de un concierto ajeno, deba seguir proyectando sus películas en salas para aspirar a un Óscar. En ambos casos, la empresa reconoce los límites de su propia virtualidad: la necesidad de una experiencia encarnada, de un público que comparta tiempo y espacio. La era de la reproducibilidad digital, más que abolir el aura, la convierte en una moneda de legitimidad cultural.
El evento del Zócalo no fue un simple homenaje, sino un recordatorio político. En un país donde la cultura pública se desmantela y las plataformas ocupan el vacío, la emoción colectiva se vuelve territorio de disputa. El Estado, cada vez más ausente del campo simbólico, cede a las corporaciones la potestad de organizar la experiencia compartida. Netflix proyectó a Juan Gabriel, pero también su propio poder: el de transformar la memoria nacional en espectáculo global.
Sin embargo, algo se le escapa. Entre cantos, baile y lágrimas, la multitud volvió a apropiarse del instante. Lo que allí se encendió —esa mezcla de afecto, pertenencia y ritual— no pertenece a nadie. Ni a la empresa ni al archivo. Esa noche, el aura de la obra la construimos en masa. Y Juan Gabriel, como siempre, fue innegable.
Alina Hernández Aguilar
Ensayista