Los locos años sesenta, obscenos, tumultuosos, mau-mau, empapados en droga, rezumantes de concupiscencia.
—Tom Wolfe.
Hace dos días murió en Cuautla, Morelos, José Agustín a los 79 años de edad; desde muy joven había sobresalido por su inquietud intelectual y su expresión libre, innovadora, que reveló la necesidad de desnudar la decadencia de un mundo ciego, sin rumbo.

Emmanuel Carballo lo llamó “patriarca de La Onda”. Aunque la etiqueta nunca le gustó es evidente que José Agustín fue una pluma que nació a las letras de manera prematura. Haber escrito La tumba (1964) en su adolescencia no es poca cosa, una novela corta que recibió el visto bueno de Juan José Arreola y fue leída con enfado y entusiasmo por lectores que despertaron de pronto y vieron un nuevo día.
De los jóvenes escritores que izaron su bandera como novelistas en los años sesenta, José Agustín aparece en el escenario cultural como el más sólido de la generación de La Onda. El término quería definir de entrada al grupo: chicos emancipados o en vías de lograrlo, independientes de toda norma y convención social y literaria, amantes del rock, aspirantes a poner en práctica la libertad sexual y la de expresión sin cortapisas ni limitación alguna, enemigos de todo poder establecido, seguidores de la contracultura que se erigió inmensa y genuina en los Estados Unidos. Una onda, dice José Agustín, podía “ser cualquier cosa, pero también un plan por realizar, un proyecto, una aventura, un estado de ánimo, una pose, un estilo, una manera de pensar e incluso una concepción del mundo”.
Si repasamos levemente los antecedentes de la escritura rebelde, urbana, de Agustín, tal vez nos expliquemos el fenómeno que él encarna. Carlos Fuentes aparece como el escritor de la transición, entre el mito y la historia de la Revolución mexicana y la vanguardia de los sesenta. Los nuevos narradores van más lejos (o se quedan más cerca) que Fuentes; sus temas son estrictamente actuales, al momento contemporáneos de su escritura: es una literatura de inmediata reacción a la realidad circundante”.1 Lo que Ángel Rama llamó “la imitación beatnik” tuvo sus epicentros en Caracas, Buenos Aires y en México. La literatura de la Onda no es pura influencia de la literatura norteamericana, objeta Ruffinelli, pues más bien empezó en el cine con la película de Marlon Brando, The Wild One, conocida como El salvaje, de 1953. Parménides García Saldaña vio con lucidez las particularidades del nuevo lenguaje de la Onda, y encontró “el origen mimético, y la frecuente procedencia de una traslación idiomática que va del anglicismo al registro directo del modismo norteamericano”.
José Joaquín Blanco consideró a José Agustín el fundador de un estilo de ver el mundo y a su novela De perfil (1966), un hito generacional donde el autor muestra su “prodigioso sentido de la narración coloquial”.2 Por si fuera poco, dos años antes Agustín fundó con su relato La tumba (1964) “el nuevo mito narrativo de México: el joven como módico rebelde, simpático y anti convencional cuando es de clase media y su papá le presta el coche; con mucho sentido del humor y, pese al tedio del asfalto y la moral urbana, capaz de encontrar aventuras entre rascacielos y unidades habitacionales”.
Casi de manera simultánea surgieron algunos “compañeros de ruta” en la escritura de la Onda: René Avilés Favila (1940-2016), Gustavo Sáinz, (1940-2015), Orlando Ortiz (1945-2021), y Parménides García Saldaña que murió joven, a los 38 años de edad, en 1982. Eran miembros de esa generación que hicieron del relato un arma bien afilada para derribar muros morales y sociales, prejuicios y conductas conservadoras; a través de la escritura —pensaban— se podía propiciar un cambio en la estructura social y política de México, y además, impugnar casi todo: la familia y el Estado, la Iglesia y la escuela, la religión y la sexualidad, el poder y las ideologías. Fue en este sentido una subversión, o una rebelión, Paz diría revuelta, para evitar la palabra revolución tan provocativa a la hora de hacerla explícita.
Este puñado de escritores tomaron de la Beat Generation algunas de las poses y de las actitudes que en Estados Unidos impulsó esa generación derrotada, “madreada”; una generación “exhausta, golpeada, engañada, derrotada. La palabra beat se la había pegado a William Burroughs y a Kerouac el que los surtía de droga en Nueva York; también beat significaba ‘engañado’, y finalmente podía remitir a beatificado, como se lee en la novela clásica de Kerouac, En el camino: ‘Era BEAT: la raíz, el alma de Beatífico’”. Dice Agustín que tenían razón pues la religiosidad fue definitiva entre los beats, “además de que se caracterizaron por la entrega y la devoción con que emprendieron sus proyectos, por lo que pueden considerarse como individuos de una pureza insólita en tiempos cada vez más corruptos y deshumanizados [pues no] se contaminaron con la mierda circundante”.
La obra de José Agustín, la de los años sesenta, fresca y de vanguardia, se inscribe en ese movimiento mexicano que él encabeza pero se despliega, también, en una geografía literaria, cultural y social, mucho más vasta y compleja. Él mismo relaciona la contracultura de los años sesenta con la aparición de los llamados Pachucos que tomaron carta de identidad en Los Ángeles, desde 1940. Por la ropa se conocieron como zoot suit. Y en México el pachuco por excelencia fue Tin Tan, acompañado de su carnal Marcelo.
Publicada en 1966, ya cumplió 58 años de circulación y de aceptación entre un público que sigue sus huellas, y es evidente que De perfil ha pasado algo desapercibida. No veo ni una reseña, escrita por un lector nuevo, que la pusiera en el tablero de las actualidades viendo sus particularidades estilísticas, su desenfado, sus logros y tal vez sus caídas. Nada. No se movió ni una mirada que descubriera en esa escritura algunos signos de identidad de una época muy reciente, y que dijera lo que es: una historia juvenil de avasalladores desplantes, en la que hay desafíos de varios tipos, intentos de ruptura con el orden establecido, un grito desesperado por encontrar otros caminos a la narrativa mexicana de esos años. Un texto que tenía que haber llamado la atención de la crítica, de los estudios literarios, profesores e investigadores de las letras, las ciencias sociales y la lingüística, una empresa tan indispensable si es que se desea saber qué es y ha sido la novela mexicana y su relación con la de Estados Unidos, la que se produjo en plena Guerra Fría. Quizá la muerte de José Agustín cambie ahora esa desatención. Espero.
De perfil es muchas cosas a la vez, pero no es posible separarla de la tradición, aunque su lenguaje gira, vuelve, se repite, y de él no quedan sino imágenes en fuga. Era una apuesta a favor del lenguaje como el verdadero elemento que estructura la obra, le da un sentido y la proyecta en el tiempo. El lenguaje seguiría siendo durante varias décadas esa tentación morbosa para escritores de lengua inglesa y de otras lenguas, y llegó lejos. Era la veta de las significaciones que la obra ofrecía y que debía descubrir poco a poco el lector. Después de la innovación de Yañéz con Al filo del agua (1947), vino la avalancha de Rulfo, sí, pero la suya no era escritura de vanguardia sino una arraigada a las formas míticas de la tierra y del universo de los hombres del campo de México. La novela que sí se enlaza a Yáñez y su intento vanguardista y moderno es La región más transparente (1958) de Carlos Fuentes.
Por eso, el antecedente inmediato de la novela de José Agustín, De perfil, es sin duda Fuentes, amén de la Beat Generation que tanta influencia tuvo en México; ejercicio de rescate de la tradición oral capitalina, miscelánea de voces de las clases sociales que juegan y se disputan la tradición de la cultura occidental, La región más transparente fue una aparición insólita por su libertad expresiva. Frases y palabras salidas de la gente de la calle, también de los artistas e intelectuales que forman la cultura mexicana de los años cincuenta, y de la clase política. En el centro de ese lenguaje deconstructivo se encuentra la Ciudad de México, hecha de retazos de la moda y los estilos de Francia, Inglaterra y Estados Unidos, erigida sobre las ruinas del panteón azteca. Era una y era casi una mueca. Quería ser moderna y distinta y en realidad aparece como una cortesana. Fuentes la hizo música y danzón, historia traicionada, máscara para ocultarse de los demás.
De perfil, en cambio, era menos ambiciosa pero sentó un precedente imborrable en la historia de la contracultura en México: su prosa suena a rock, ese ritmo que el mismo escritor se encargó de ubicar en su ensayo La contracultura en México. Un viaje hacia las zonas que se contaminaron en los años sesenta y setenta de la protesta juvenil, de los movimientos de liberación que deseaban formas menos rígidas de convivencia, menos guerra y menos armas: era una reclamación sensata en sociedades colmadas de insensatez y delirio comercial. Si hay un texto diverso y divertido, de género híbrido, de José Agustín es precisamente ese ensayo de 1996; algo muy lejano a la novela, pues De perfil siempre será una ficción inusitada y llena del frenesí de un muchacho de veinte años.
Cuando José Agustín metió mano a la contracultura lo hizo por supuesto con el rock, un género musical utilizado como arma ideológica y social para borrar esquemas y prejuicios de los países donde aparecía. Fue un estallido. Algo más que expresión de un ritmo, el rock fue la punta de lanza para demoler etiquetas, y por eso mismo la censura trató de humillarlo y ponerlo junto a la delincuencia, la ortodoxia comunista y el consumo de drogas.
Tanto en Estados Unidos como en México —apunta Agustín— la campaña contra el rocanrol fue intensa, por decir lo menos. Desde los hogares, las escuelas, el gobierno, los púlpitos y los medios de difusión se satanizaba al rocanrol porque era puerta de disolución, el desenfreno, el vicio, la drogadicción, la delincuencia, la locura, ¡el infierno!: el rock era cosa del demonio. O comunista, porque en esos tiempos se vivían Los Grandes Furores Anticomunistas.
Fue una condena oficial que se extendió a todas partes, y las razias de los años sesenta a los cafés de la Zona Rosa son una muestra lamentable; La rana sabia, el Coyote Flaco y otras cafeterías fueron fichadas porque ahí se incubaba el desenfreno, la droga; era el refugio natural de existencialistas, jóvenes de suéter grueso, lentes de sol, pelo largo, que leían a Sartre, a Hermann Hesse, Camus, veían películas de Godard y Fellini, de Antonioni y Kubrick, y para colmo eran fans de la Revolución cubana.
La intolerancia fue el signo del gobierno capitalino de Ernesto P. Uruchurtu, el mago de la represión. Asediada por la voz gubernamental, puesta en la balanza de los acusados, la juventud parecía partida a la mitad por el solo hecho de expresar sus emociones y su inconformidad. A veces tuvo que tomar medidas radicales, peores que la enfermedad, como lo demostraría años más tarde la extraordinaria novela de Philip Roth, Pastoral americana.
Un personaje del rock, que fue puesto bajo el ojo del juicio social, es sin duda Elvis Presley, que Agustín considera una tormenta de época, ya que “fue el gran vehículo de la difusión del rocanrol. Joven blanco con alma y cultura musical negra, Elvis quintaesenció la nueva música: era joven, carismático, fuerte, bello, sensual, provocativo y gandalla” a quien José Agustín considera un transgresor del sistema. Y lo que dice de Elvis Presley es aplicable justamente a él mismo: fue “un transgresor del sistema”.
Pienso que el lector de ayer —como yo— y el joven de ahora no van a dejar de sentir alguna nostalgia por ese gesto emancipador de José Agustín. También por sus historias atrevidas en que el adolescente era un ser en rebeldía que deseaba derribar barreras sociales, sexuales, de forma y de contenido estético; un inconforme con la sociedad que veía a diario, y que pensó cambiar de una vez para siempre.
Álvaro Ruiz Abreu
Escritor y crítico, profesor retirado de la UAM-X
1 Ruffinelli, Jorge. “Código y lenguaje en José Agustín”, en La palabra y el hombre, revista de la Universidad Veracruzana, 1975, pp. 57-62.
2 Blanco, José Joaquín. Crónica literaria. Un sigo de escritores mexicanos, Cal y Arena, México, 1996.