Jardín interior

Me mudé a este departamento a causa del jardín de enfrente. La cercanía con el centro de Puebla, las tres amplias habitaciones soleadas, el precio módico de la renta: nada de eso me pasó por la cabeza cuando me asomé por primera vez a la ventana del salón y descubrí, cuatro pisos más abajo, al otro lado de un estrecho callejón, un jardín amurallado, salvaje y solitario, las copas vivas de sus árboles (aguacates, nísperos, duraznos y un floripondio de flores rosáceas) agitándose apenas bajo la luz cobriza del atardecer. Lo tomo, le dije ahí mismo al casero, antes siquiera de que terminara de mostrarme el departamento. Las cañerías eran viejas y no funcionaban del todo bien, y las paredes de la recámara principal necesitaban una buena mano de pintura, pero nada de eso me importaba. No podía dejar de mirar el jardín de enfrente. Me parecía que era la señal que había estado esperando, la señal de que estaba haciendo lo correcto al mudarme, al abandonar la casa en donde por casi una década fui madre, esposa, ama de llaves, chofer, esclava, y a veces, ocasionalmente, de madrugada, sobre la mesa del comedor familiar, mientras todos dormían, escritora.

Ilustración: Raquel Moreno

Aquella fue una época delirante y devastadora. Pasaba los días hundida en una congoja que me impedía hacerme cargo de mí misma. Durante meses, tras la mudanza, me negué a comprar un refrigerador, convencida de que no lo necesitaba. Pasaba las tardes llenando página tras página de mi diario, ante una mesita prestada por mi mejor amiga, mirando las paredes desnudas de mi nuevo depa y las cajas llenas de libros que se empolvaban. Ahora tenía todo el tiempo del mundo para escribir pero estaba paralizada y sólo podía pensar en lo que había dejado: la familia que tanto había deseado, la hija que tuve que hacer mía porque ella necesitaba una madre y a mí me urgía darle sentido a mi vida. Y al atardecer, cuando nubes de tordos cruzaban el cielo de la ciudad, y las luces de la iglesia en lo alto de la colina de San Juan se encendían, me levantaba de la mesa y corría las persianas y pensaba que allá, del otro lado de la ciudad, mi hijita se bañaba sola y cenaba sola y nadie la escucharía leer en voz alta al meterse a la cama, una leoparda de las nieves en piyama, solitaria, y yo miraba el jardín de enfrente y me imaginaba que aquel huerto amurallado, totalmente desconocido para la gente que caminaba a prisa por la calle, era mío, sólo mío: la materialización mágica, omnipotente, del pequeño jardín secreto que durante todos esos años yo había tenido que cultivar a escondidas para poder seguir escribiendo, a pesar de las obligaciones de la vida adulta, de los rigores de la crianza, de la aridez de una relación agonizante, de la culpa avasallante que aún sentía por tener esta necesidad incomprensible de alejarme de todos y encerrarme en mí misma, para jugar a otros egos en aquel hortus conclusus donde nadie podía tocarme, donde nadie podía dañarme con palabras crueles o promesas inclumplidas.

Y entonces miraba por la ventana hasta que la noche caía y poco a poco me convencía de que el dolor no duraría para siempre; que se aplacaría, como los latidos de un corazón desbocado se tranquilizan luego de pasado el mal sueño. Un depa propio y un jardín secreto, y tiempo; eso era todo lo que hacía falta, me decía.

 

Fernanda Melchor
Escritora. Es autora de: Temporada de huracanes, entre otros libros.

Nota editorial: este texto está libre de derechos y puede reproducirse; hace parte de “De Lago a Lago. Encuentro literario México-Alemania”, celebrado virtualmente en la Casa del Lago en noviembre pasado.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Corresponsal