
La época navideña nos lleva, casi por obligación, a celebrar varios rituales que clausuran un año entero –con alegría o fatiga, según sea el caso. Algunas de esas tradiciones y rituales se antojan como una buena ocasión para conversar, cenar, beber o intercambiar regalos: entre familiares, amigos, colegas o parejas. La redacción de nexos presenta algunas opciones en caso de que lo que uno quiera regalar (o desee que le regalen) sea un libro; compañía inmejorable para las próximas semanas.

Luis Miguel Aguilar
60 poemas griegos arcaicos (UNAM, 2023) de Bernardo Berruecos Frank y Fabio Morábito encarna no sólo una idea brillante: es una brillante realización de esa idea. Traen al español estos poemas griegos de dos formas: una traducción “filológica” a cargo de Berruecos y una “poética” a cargo de Morábito. Las preceden un breve apunte biográfico sobre el poeta y otro sobre el poema. Se añaden también los originales que, así uno no sepa griego, aprende y disfruta muchísimo por ejemplo al ver en el espejo griego de la página no lo que vimos en la página par, por caso un poema de Tirteo de Esparta donde leemos en la traducción filológica: “…el pie junto al pie poniendo, sobre el escudo el escudo apoyando,/ aproximando la cimera a la cimera y el casco al casco/ y el pecho al pecho…”. Berruecos y Morábito han reconciliado sin más dos sopas a la hora de traducir, nombrables como la sopa Vladimir Nabokov y la sopa Edmund Wilson cuando discutieron la traducción de Evgueni Oneguin de Pushkin. Nabokov insistía en traducirlo al inglés “filológicamente”; Wilson en inglés “poético”. En 60 poemas griegos arcaicos las dos sopas, por separado, hacen una. Un gran libro.

María Guillén
A los diecisiete años, en 1934, Maeve Brennan se mudó de Irlanda a Washington. Su padre fue nombrado primer representante del Estado Libre de Irlanda en Estados Unidos. Brennan, siempre con gran estilo y porte, fue editora de moda para Harper’s Bazaar y más adelante se convirtió en editora del New Yorker, donde tuvo la columna “Talk of the Town” bajo el seudónimo “The Long-Winded Lady” de 1954 a 1981.
Brennan escribió por años sobre restaurantes, hoteles, calles, vida nocturna y se volvió una cronista indispensable de Nueva York. Hay quienes dicen (su biógrafa Angela Bourke) que ella fue la inspiración del personaje de Truman Capote, Holly Golightly. Tuvo un final trágico, o más bien triste, algunas personas geniales suelen tenerlo; su obra fue reconocida hasta años después de su muerte. En esta ocasión me gustaría recomendar The Springs of Affection: Stories of Dublin (Mariner, 1998), publicado de manera póstuma. Un libro que cuenta historias de mujeres irlandesas: niñas, madres, monjas, mujeres casadas; y que en mi opinión la consolida como una de las grandes escritoras no sólo de crónica sino de ficción. Su prosa a veces recuerda a Joyce, sobre todo al Joyce de “Los muertos”, pero la mayoría de las veces no se parece a nada más: es irrepetible y extraordinaria.

Julio González
“Poema corto: sé breve y dínoslo todo”, dice uno de los aforismos de Charles Simic en El monstruo ama su laberinto (Vaso Roto, 2015). Además de anotaciones brevísimas, en este libro hay ficción, autobiografía, ensayo, poesía, chistes… ese no-género que el poeta serbio-americano aspira a crear y que entre nosotros tiene mejor fortuna con el nombre de miscelánea.
Aunque en sus cuadernos Simic no rehúye al yo, prefiere enmascararlo. Trabaja con el material de la memoria, pero, como el mentiroso que dice ser, inventa, exagera, deforma y prefiere evitar los lugares comunes. Hay, por supuesto, una atención especial a la poesía, no sólo por la obvia alusión a su oficio o a otros poetas, sino por algo más sutil: por el ritmo, la cadencia, la feliz expresión con la que crea frases, o con la que encuentra la manera no de salir del laberinto, sino de adentrarse más en él (acaso el poeta es el único que evita el atajo y prefiere alargar el camino).
Como Octavio Paz, Simic también encuentra en el surrealismo una fuente para su poesía, pero le reprocha adorar la imaginación por medio del intelecto. Su trayecto es más libre –más errático si se quiere– por formar imágenes para ver no sólo con los ojos abiertos, sino también con los ojos cerrados, y por aferrarse a una sensualidad no escindida del mundo o su historia (de nuevo, como Paz). Al final, con su lengua bífida y su extranjería perpetua, el poeta Simic sabe que “la vida en el mejor de los casos es una hermosa tristeza”.

Melissa Cassab
El cuarto de Giovanni (Sexto Piso, 2024), de James Baldwin, situada en las calles de París de la mitad del siglo pasado, sigue a David, un joven estadunidense que llega a la ciudad con la esperanza de encontrarse a sí mismo, sólo para descubrir que el espejo más honesto es el que le ofrece Giovanni. Publicada en 1956 tras ser rechazada —y casi condenada a la hoguera por su propio editor— El cuarto de Giovanni, traducida al español por la editorial Sexto Piso en 2024, irrumpió como una provocación: un escritor afroamericano que narraba con una lucidez feroz el deseo entre dos hombres en una época tan conservadora que ignoraba por completo esas vidas, esas historias, esos deseos.
Pero la novela va más allá de una simple historia de pasión: Baldwin explora cómo David se enfrenta a su propio miedo y a una homofobia interiorizada que le impide aceptar lo que siente. La pequeña habitación de Giovanni se convierte en un espacio simbólico donde amor y miedo se entrelazan, un refugio claustrofóbico que expone la contradicción entre el deseo y la necesidad de cumplir normas sociales.
David ama a Giovanni, pero el mismo amor alimenta un profundo autodesprecio que lo lleva a huir hacia la “seguridad” de Hella, su prometida. Esa incapacidad para confrontar sus propios deseos —y el dolor que causa a quienes lo aman— es el núcleo trágico de la novela. Baldwin no sólo cuenta un amor imposible, sino que revela cómo el miedo a uno mismo puede llevarnos a la tragedia y la destrucción.

Mariana Ortiz
En mi cabeza ha rondado, desde hace semanas, Los galgos, los galgos (Fiordo, 2025), publicada originalmente en 1968. Una novela que avanza sin prisa, como si supiera que lo importante ocurre en los márgenes: en los silencios, en los gestos torpes, en las decisiones que se toman casi por inercia. Sara Gallardo escribe desde ese lugar donde la vida parece estable pero ya está resquebrajándose. La historia de Julián —heredero de un campo, aprendiz de adulto, protagonista de una relación que no logra afirmarse— no se presenta como un drama, sino como una lenta toma de conciencia.
El campo, lejos de ser un refugio idealizado, es un escenario de desgaste. Allí, el tiempo no redime. Los galgos que acompañan a Julián no son símbolos explícitos, pero encarnan una fidelidad silenciosa que contrasta con la fragilidad de los vínculos humanos. Gallardo observa sin juzgar: deja que sus personajes se equivoquen, que persistan en sus malas decisiones, que confundan deseo con destino.
La prosa es contenida, minuciosa, cargada de una ironía suave. No hay grandes revelaciones ni giros espectaculares; hay, en cambio, una atención quisquillosa al desgaste del amor, a la forma en que los proyectos se vacían sin que nadie lo note del todo. En esa aparente narrativa modesta reside su potencia.
Leer Los galgos, los galgos es reconocer que muchas de las preguntas que formula —sobre herencia, expectativas y desencanto— siguen intactas. Gallardo no ofrece respuestas, pero sí algo más duradero: la sensación incómoda y lúcida de haber sido observados con demasiada precisión.