En In vitro, la narración avanza a tientas por cada momento de la experiencia del embarazo, de sus esperanzas, desilusiones, mecanismos deshumanizantes y trato no siempre ameno con médicos y medicinas. El camino es el de la incertidumbre, cuando la gestación es un ensayo tan íntimo como enajenante. La escritura tantea entre las puertas del ensayo y el relato confesional para revelarnos con transparencia y honesta cercanía otra experiencia de la maternidad. Editado por Almadía, In vitro estará en librerías mexicanas durante el próximo mes de agosto.

Depositamos en tu fantasma las esperanzas y creencias que tenemos sobre ti antes de que existas y sin saber siquiera si vas a existir. Sé que es tramposo escribir usándote como destinatario. Un engaño del peor tipo, un recurso fácil como cuando murió mi madre y yo me quedaba dormida haciéndole reclamos en voz alta. Eso persiste del duelo: el miedo a olvidar su voz.
Tú no tienes voz todavía, pero a veces puedo escucharla.
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Desde que somos gestadas en el vientre de nuestra madre, las mujeres llevamos una cantidad finita de óvulos en el cuerpo, de modo que al dar a luz a una niña una mujer pare también los óvulos que podrían hacerla abuela. Las células germinales en un embrión de pocas semanas contienen ya el material genético de varias generaciones adelante: la habilidad de una generación de crear otra generación. El primer mandato del embrión no es hacer un corazón o un hígado o cuatro extremidades con los dedos completos, es hacer más.
En esa casa de espejos habito durante los días de estimulación ovárica, buscando cuál de mis reflejos debo inyectar hasta quedar llena de pequeños círculos alrededor del ombligo. Los círculos se multiplican conmigo: mi vientre es un paisaje lunar visto a través de lentes violeta.
In vitro es un ejercicio de paciencia.
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Entre los mitos familiares de mi madre estaba el de la pasta de dientes, según el cual se había dado cuenta de que estaba embarazada al día siguiente de concebirnos a mis dos hermanos y a mí —con siete años de diferencia entre cada uno— porque la pasta de dientes le supo distinto. Ella también leía el tránsito de los cuerpos celestes, abrazaba árboles, fabricaba amuletos usando extraños conjuros de magia medieval y hablaba en voz alta con los arcángeles, así que durante años me burlé de sus teorías. Hasta que una mañana, al lavarme los dientes, me detuve a examinar el sabor de la menta.
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En 1932 Freud le escribió a Einstein: “Quizá tiene usted la idea de que nuestras teorías son una especie de mitología, y ni siquiera una demasiado alegre. ¿Pero no es cierto que todas las ciencias naturales conducen a una mitología de este tipo? ¿No le sucede lo mismo hoy en día con la Física?”.
Sobre los orígenes y los finales sólo podemos tener mitos, eso es lo que intento crear en estas páginas. Quien quiera procedimientos rigurosamente descritos y resultados incuestionables tendrá que buscar en otro lado.
Isabel Zapata
Poeta y traductora. Es autora, entre otros, de Una ballena es un país.