Historia de árboles migrantes

Ilustración: Gonzalo Tassier

Aunque la ciudad arde bajo un sol inclemente, camino vehemente por ahí, tratando de encontrarme. Esta luz que azora me desvía hacia las calles arboladas, donde me agazapo entre las sombras de los fresnos y el pirul. Observando la hojarasca que queda en la banqueta, me confronto con mi muerte. Respiro. La mente me lleva a una realidad que no está aquí, adelantándome a los problemas que me esperan en el futuro. Pienso en cómo el mundo se empeña en estos días por rechazar de tajo lo ajeno, lo extraño, lo diferente; en cómo se criminaliza al otro, imputando leyes contra la vida que no se conoce. Mis pensamientos se nublan hasta que un destello me regresa a este momento. Es el esplendor de una flor de jacaranda. Una flor precoz, de matiz violáceo, solitaria y distinta. La acaricio y me consuelo con su fragilidad valerosa.

*

Cuando los vientos de invierno desembocan en la primavera japonesa, los árboles de los cerezos destellan a través de los campos y de las ciudades en el hanami, la fiesta de las flores. Ésta es una tradición contemplativa y poética que su sociedad celebra. Debajo del albor de los pétalos de la sakura, las familias y los paseantes se regodean con el inicio de la estación con la que todo renace. La traslación de la tierra se vuelve así un movimiento no astronómico sino lírico. La corta vida de las flores construye metáforas del paso de la vida y de sus mutaciones inesperadas, subrayando la belleza del presente.

*

Admiro cómo titila la flor hacia la luz, vistiendo de movimiento el paraje sombrío. Pasará la vida sin mí… Las avenidas de la ciudad de los palacios, como la llamó Alejandro de Humboldt, se vestirán púrpuras en mi ausencia. En esos días gozarán y disfrutarán del solaz de estos árboles, olvidándose de la zozobra de la vida citadina, así como los periplos del paisajista por quien hoy se sostiene una ciudad más bella se borraron del recuerdo colectivo.

*

Sin saberlo, desde hace casi un siglo, muchos habitantes de esta ciudad participan en esta fiesta japonesa del hanami. Lo hacen tal y como lo hago yo en esta calle a solas: viendo la flor de la jacaranda, esa flor que migró.

*

Aunque ya existían algunos especímenes de la jacaranda en este territorio antes del Porfiriato —Sor Juana hace uso de esta voz en un villancico—, esta planta no era endémica al clima mexicano. La ubicuidad que tiene ahora se remonta a los inicios del siglo XX. En 1912, la legación japonesa en Estados Unidos había estrechado vínculos diplomáticos con ellos regalándole el hanami al distrito de Columbia mediante una dotación de tres mil cerezos. Para la década siguiente, los oficiales de la era Shōwa trataron de llevar a cabo una misión similar e hicieron germinar esa idea en el gobierno del partido revolucionario. De haberse calcado el gesto, habrían cometido un error. Los cambios del clima mesoamericano no habrían permitido que los cerezos brotaran aquí con la exuberancia con la que se daban en Tokio o en la ciudad de Washington. La alternativa era escoger un árbol distinto —y la voz que decidiría hacer a la jacaranda migrar sería la de otro migrante: Tatsugoro Matsumoto.

*

El historiador Sergio Hernández Galindo refiere que Matsumoto llegó a México a finales del siglo XIX y que su formación tradicional como arquitecto de paisajes —uki-shi— le valió una posición social elevada. Por sus trabajos y conocimientos de botánica, se colocó como un experto en su rubro y su voz fue definitiva para arraigar, en su propia forma, el hanami en la cultura capitalina. En años anteriores, Matsumoto viajó por Sudamérica, viviendo por un periodo en Perú. De aquellos viajes conoció la jacaranda mimosifolia, especie típica de Brasil, cuyas semillas trajo a México e hizo crecer en su vivero de la colonia Roma. Aquel sitio fue donde se diseminó una nueva época para el paisaje citadino pues convenció al gobierno de elegirla como la especie que poblaría las calles de la capital.

*

Mirando más atrás, a los años mozos del Japón durante el periodo Nara, asombra también descubrir que las primeras hanami migraron de China, donde las élites se recreaban bajo la placidez de las flores de los ciruelos.

*

En los días de brisa, los cortesanos recitaban poesías y bebían licores finos. De ver la flor, nacía el canto.

*

En el complejo brutalista del Centro Cultural Universitario, afuera de la sala Netzahualcóyotl, yace una piedra con una inscripción del rey poeta: inxochitl, incuicatl. Flor y canto: las palabras con las que, en el mundo precolonial, se entendía la literatura que celebraba la vida y las maravillas que están fuera del ser. En las inmediaciones del cementado donde los violines se elevan como colibríes, se yerguen varias jacarandas, invitando al paseante a conocerse a sí mismo. Del lado opuesto del circuito, a un costado de Filosofía y Letras, se extiende un jardín en el que también crecen estos árboles de forma portentosa. Los estudiantes se refieren a este espacio como El Edén. Arropados por esas sombras floreadas, los jóvenes practican artes circenses, alzando sus clavas hacia el viento, como si los extendieran a ese firmamento que los pétalos de las jacarandas ya rozan.

*

Esa jacaranda que hoy vemos tan mexicana siempre ha relucido por su diferencia. Es el ejemplo incontrovertible de una historia muda de la humanidad, la historia de las migraciones, que también es una historia de las riquezas. De la convergencia surge la novedad: su origen es el encuentro y la síntesis, la vida que se conoce a sí misma. Así es como los seres de todos los reinos adoptamos otros mundos y, a veces, en el suelo nunca antes pisado, conocemos y abrazamos otras formas de ser, antes de esparcirnos en el viento.

*

No sorprende que sea un poema de un exilado uno de los pocos que realce lo diferente que es la jacaranda al entorno que le circunda, y que, por distinta, se hace más bella. Canta la primera estrofa de un poema de Tomás Segovia: “Las dulces jacarandas se quedan en lo suyo / Todos son verdes y ellas no / Nadie les quitará de la cabeza / Que hay mil maneras de ser árbol / Mil maneras de ser lo mismo”.

*

Porque la tierra se mueve y bajo el invierno umbrío late la poesía. La jacaranda alegra porque de súbito nos alza hacia la totalidad. Como refrán, nos repite que toda flor es poesía y viceversa. Es la vida que da su nomeolvides; es el cosmos que se proyecta a lo ínfimo (e infinito) interior. Esto trae a luz los principios poéticos de uno de los últimos proyectos del arquitecto Luis Barragán: la Casa Gilardi, construcción cuyo diseño surgió del principio de respetar la jacaranda que ya habitaba el lugar.

El árbol es el origen y el leitmotiv del edificio. De ahí que los colores de su floración se disgreguen en los muros cromáticos y que su posición sea un punto clave para la distribución de los distintos espacios de la casa, asomándose por discretas ventanas, compartiendo el silencio desde el exterior hacia la luz que adentro ilumina el paso del presente. La sutileza del diseño se pliega entonces como los roces de marzo, invitándonos al extrañamiento, con su invitación a sabernos seres en el tiempo, seres ahí… en las copas de los árboles hasta que el viento nos arroja al pavimento.

*

Es cierto que en la Ciudad de México hay una desmemoria sobre los orígenes del sutil obsequio de la fiesta de las flores, hoy tan parte de quienes habitan y recorren sus calles. En el siglo dieciocho, el cortesano japonés Norinaga, identificó los brotes del cerezo con el alma de su pueblo, indicando que allí es donde radicaba la sustancia de su ser. Al observarlas se develaba la emoción trascendental del mono no aware —una especie de melancolía que trasciende la consciencia subjetiva—. Hay mucha ironía en que, por encima de una ciudad tan convulsa y alucinada como ésta, su fugacidad haga parecer los tiempos de la flor como si fueran casi eternos. Sin embargo, que semejemos a las abejas sin dirección, zumbando en nuestras prisas y traslados, no evita que no podamos guiarnos hacia el dulzor que nos espera. Muchos de nosotros, como Norinaga escribió, apuntaríamos hacia los ramajes más altos para señalar un símbolo de nuestra sensibilidad, aquella flor que con su nimbo quisiera tapar el sol.

*

Detrás de mí, se acerca el escándalo de un niño y su perro ovejero, al que persigue jugando en su camino hacia el parque. He perdido de vista esa flor que llamó mi atención. Se muestra el esqueleto del árbol en mi frente. Es un tronco seco del que brota un polvo roído y gris. Escucho un chasquido, algo que truena contra la suela de mi zapato; es verde, es azul, es morado: como un aplauso sordo.

 

Josué Brocca

Escritor, editor y creador interdisciplinario. Hispanista por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, maestro en Literatura Comparada y candidato a doctor por la Universidad de Cambridge.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Registro personal

3 comentarios en “Historia de árboles migrantes

  1. Josué es sutil e inspirado el ensayo poético sobre la belleza de la jacaranda y su resumen histórico, enlazándolo con lo vivencial y todas las sensaciones y sentimientos que evocas. La senso percepción y la creatividad de tu lenguaje, resume parte de tu ser. Felicidades

  2. Muy ilustrativo el artículo y lleno de historias y emociones, sin embargo, la jacaranda es una especie exótica. Hoy en día una de las causas del declive de la biodiversidad declarada a nivel internacional es la introducción de especies exóticas. Además de que la jacaranda genera una gran cantidad de hojitas que caen y tapan las alcantarillas y ello provoca inundaciones.

  3. Las jacarandas me recibían hace unas décadas en la Escuela Nacional de Maestros, todo el piso cerca de las siete de la mañana era una alfombra lila. Ahora vivo en Pachuca y sigo disfrutando de la jacaranda que trae a mi mente sueños de adolescencia. Muchas gracias por compartir su escrito.

Comentarios cerrados