Henning Mankell (1948-2015)

Cuando uno se enfrenta al hecho de que la vida es finita, muchas veces lo primero que le viene a la mente es su legado. ¿Qué dejará una vez que haya muerto? ¿Será recordado por algo en particular? ¿Será recordado, punto?

Para Henning Mankell, padre del boom de la novela negra escandinava, y creador de uno de sus mejores personajes, el inspector Kurt Wallander, estas preguntas se quedan cortas. Mankell, que hace unos meses publicó su obra final, Arenas movedizas (2015), no se preocupa en absoluto por lo que él como persona deja al futuro; a él le preocupa el legado de la humanidad. Qué dejaremos una vez que la civilización se extinga, y qué recuerdos quedarán una vez que la Tierra desaparezca.

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Y Mankell tiene motivos para tener preocupaciones tan grandes. Su legado, entre los lectores del género, e incluso, me atrevo a afirmar, entre lectores de literatura en abstracto, está asegurado a través de Wallander. No sólo por el personaje, real a pesar de ser ficción. Wallander es un detective en el departamento de policía de la pequeña ciudad de Ystad, al sur de Suecia. Durante la serie de más de 10 libros –que abarcan casi 40 años en la vida del inspector–, el lector sigue su progresión humana. De policía inexperto (La pirámide, 1999) hasta sus años finales (El hombre inquieto, 2009). No en orden cronológico, puesto que el detective hace su primera aparición en Asesinos sin rostro (1991), cerca de la mitad de su carrera. Pero a lo largo de todo este tiempo conocemos a alguien que no por tener más experiencia mejora como persona. Que esa progresión de la que hablamos es en realidad una línea estática.

Wallander come mal y tiene sobrepeso. Coquetea con el alcoholismo. En la segunda mitad de su vida se convierte en diabético –como gran parte de la población sueca; Mankell siempre dijo querer que Wallander representara a un sueco común y corriente–. Conforme pasan los años se vuelve más testarudo e irascible. La única relación estable que logra mantener ocurre cerca del retiro, cuando adopta un perro. Para entonces el lector ya nota su cansancio. Se encuentra frente al retiro, con una memoria que comienza a fallar. Es el resultado natural de una vida agotadora.

Al igual que el propio Mankell, su muerte es por causas naturales. Es igual de dolorosa que la de su creador. Personaje y autor se convierten en simbiosis en esta serie, a pesar de ser tan dispares en realidad: Mankell pasó gran parte de su vida como director de teatro en Mozambique, era de política izquierdista y en ocasiones participó como activista en pro de Palestina. Todo lo contrario a un policía cuya idea de vacación era cerrar la puerta de su casa y alejarse del mundo.

Pero el legado de Mankell no queda sólo en un personaje, su mayor creación, sino también en el mundo que habita. Mankell fue aquel que por primera vez nos mostró la realidad escandinava de finales del siglo XX y principios del XXI, aquel que después fue seguido y emulado por autores como Jo Nesbo (noruego), Arnaldur Indridason (islandés), para terminar en el éxito global a través de Stieg Larsson (también sueco), conocido por Lisbeth Salander, su chica del dragón tatuado. Antes de Mankell muchos –me incluyo– vivíamos bajo el estereotipo de los escandinavos perfectos, aburridos, ricos y libres de problemas. Una percepción errónea.

El inspector Wallander se encargó de mostrarnos que lo idílico no era tal: la Suecia de las últimas décadas es una de homicidios violentos, de xenofobia, con dificultad para adaptarse al nuevo mundo. Tiene a terroristas luditas que buscan destruir el sistema bancario (Cortafuegos, 1998), sindicatos criminales que surgen a partir del desmantelamiento de la Unión Soviética, cuyos tentáculos comienzan a expandirse al resto de Europa (Los perros de Riga, 1992), así como el dilema de la aceptación/repudio hacia la creciente ola migratoria de países subdesarrollados (La falsa pista, 1995).

El legado de Mankell se hace aún mayor cuando se contrasta con otros exponentes de la novela negra actual, como Don Winslow, autor del libro de moda en el género, El cartel. Winslow nos recuerda todos sus clichés, y reduce la realidad –en la cual se apoya casi en exceso; la historia de El cartel es, casi palabra por palabra, la historia del narcotráfico en México, con un poco de diálogo añadido para simular ficción– a una lucha entre el bien y el mal.

En completo contraste a Wallander, Art Keller, el héroe de Winslow, es tan unidimensional como Sylvester Stallone. Es rudo, de tiro excelente, una especie de Macgyver que por sí solo puede detener al Chapo Guzmán y liderar la operación que termina con la vida de Arturo Beltrán Leyva. Vaya, hasta consigue “ganar” –en términos machos– a la única mujer descrita a detalle por Winslow. Nada más lejano de Wallander, y, no sólo de la buena ficción, sino, paradójicamente, de la realidad.

Mientras Winslow hace de la verdad una caricatura, Mankell construye el mundo verdadero a partir de la ficción.

Es por eso que Mankell nunca se preocupó por su legado. En Arenas movedizas dedica gran parte de su tiempo a pensar en la basura que la humanidad dejará como prueba de que alguna vez habitó la Tierra, en los residuos radiactivos que hoy en día entierra en la profundidad de las montañas. Lo parafraseo: la única prueba de nuestra existencia será algo que queremos esconder a toda costa. Nuestra herencia colectiva será la vergüenza.

Wallander, por su parte, jamás llegó a pensar en cuestiones tan trascendentales. Nunca se preocupó por lo que se diría una vez que ya no estuviera aquí. Para él lo único importante era el caso que tenía en frente. El autor le obsequió algo que para el resto de las personas sería un castigo: la pérdida de memoria. Sus últimos años los vivió en el olvido de los horrores que enfrentó durante décadas.

Esto es descrito con dureza en las líneas finales de El hombre inquieto. “Era como si todo se hubiese callado. Como si todos los colores se hubiesen desvanecido, y lo único que quedara fuese blanco y negro”, relata Mankell. Sin embargo, después de leer a Wallander tanto tiempo, uno puede entender que dentro de algo que parece tan desolador, el detective encontró un poco de paz.

A diferencia de Wallander, Mankell murió en lucidez total, preocupado por los grandes problemas de la humanidad. Porque, así como su personaje, para él no era necesario detenerse a pensar en su propio legado. Para eso estamos sus lectores: nosotros sabemos a la perfección qué nos dejaron.

Esteban Illades

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Publicado en: Ciudad de libros