
“La audiencia ha empezado a reírse cuando lo he hecho.
En mi danza me reía. La audiencia se reía;
se han comprendido mi danza
y se han sentido como si fueran también bailarines”
Vaslav Nijinsky
En un no tan pequeño cementerio en Montmartre, París, se encuentra la estatua de un bufón sobre una de las numerosas sedes de descanso eterno. Sentado, cabeza reposada en una mano, expresión… ¿pensativa?, ¿melancólica?, ¿tal vez algo pícara?, ¿o incluso todo al mismo tiempo? Tomando el sol, contemplando la luna, percibiendo el viento y sintiendo la lluvia. Rodeado de flores que se marchitan y renuevan de tanto en tanto. Así se encuentra la conocida marioneta de bufón, Petrushka, velando por el descanso de la primera persona que le dio vida: Vaslav Nijinsky.
Nijinsky fue un bailarín y coreógrafo ruso. De hecho, la historia de la danza y el arte lo (re)conoce como el mejor bailarín de los tiempos modernos. Incluso hubo (y hay) quienes lo tuvieron (tienen) en la categoría de la superestrella del momento. Su primera respiración en contra de la gravedad fue un 12 de marzo de 1890, en Kiev. Y su último salto espectral fue un 8 de abril de 1950, en Londres. Su pérdida hace 75 años nos convoca aquí, en un pequeño texto que trata de hacerlo danzar una vez más, aunque sea en nuestro sueño más profundo sobre un baile hermoso.
Hijo de padres bailarines de origen polaco y el hermano de en medio de tres hijos. Sus primeros pasos en la danza clásica los dio en la Escuela de Ballet Imperial, espacio que compartió con su hermana y compañera danzarina, Bronislava. Su estadía ahí fue muy poco amable con él. Era objeto de burla por su origen polaco y por sus rasgos mongoles (en esa época se encontraba en desarrollo una guerra entre Japón y Rusia). También sus logros en clase fueron razón de envidias. ¿El resultado? Múltiples peleas y soledad. ¿Sus calificaciones académicas? No necesariamente las mejores. Pero a la larga, nada de eso importó. Su talento para la danza hizo imposible que los maestros tuvieran una buena razón para dejarlo ir
De hecho, era tal su talento que propusieron que Nijinsky se graduara dos años antes para formar parte de la compañía del Teatro Mariinsky. Pero él, aunque muy agradecido y halagado por la oportunidad, prefirió terminar sus estudios. Romola Nijinsky, su esposa, escribe sobre el día de su función graduación:
El éxito de Vaslav fue inmediato y abrumador; su felicidad, inmensa. Sus compañeros, los artistas del Mariinsky, lo rodearon, felicitándolo, y sólo pudo sonreír con lágrimas en los ojos cuando Petipa le dio una palmadita en el hombro. Entonces llegó su ídolo Chaliapine y lo abrazó. Volviéndose hacia Petipa, dijo: «¿No te dije hace años que sería el orgullo de Rusia?». Y luego, besando a Vaslav en ambas mejillas, continuó: «Slavuska, sigue bailando como lo hiciste esta noche».
Y eso fue lo que hizo. Pero no únicamente de la manera en la que todos esperaban que lo hiciera. Sí, estuvo un tiempo en el Teatro Mariinsky, donde tuvo protagónicos en Giselle, La Bella Durmiente y La Fille mal Gardée. En ese tiempo (no vale la pena negarlo) se volvió rápidamente conocido entre los balletomanos de San Petersburgo gracias no sólo a su técnica perfecta, sino a la sensibilidad artística que exudaba. Pero, no fue en la compañía de ballet por excelencia del Imperio ruso donde su carrera se desbordaría (aún más) de laureles.
El ballet en Rusia en ese entonces era una forma artística altamente respetada, pero se había atascado en la tradición: mismo esquema narrativo y musical, y mismo tipo de vestuario, independientemente de lo que se estuviese mostrando. Frente a este panorama, Sergei Diaghilev, empresario y patrón de las artes, fundó en 1909 los Ballets Rusos (que, como una ironía, nunca se presentó en Rusia) con la intención de sacar el ballet de esa caja en la que había sido colocado. Fue en esta compañía, y en el Teatro de los Campos Elíseos en París donde, como relata Cortázar, “una vez el grandísimo cronopio Nijinsky descubrió que en el aire hay columpios secretos y escaleras que llevan a la alegría».
Con los Ballets Rusos, y de la mano del impulso (y el amor romántico y obsesivo) de Diaghilev y las coreografías de Michel Fokine, Nijinksy brilló en más de una ocasión: como el esclavo en Le Pavillon d’Armide (1909) —inspirado en la novela de Théophile Gautier, Omphale (1834)—; el poeta en Las sílfides (1909) —o espíritus femeninos de la tradición europea—; el arlequín en Carnaval (1910) —una serie de escenas cómicas—; como un esclavo de oro en Scheherazade (1910) —basada en la suite de Rimsky-Korsakov basada en Las mil y una noches—; Petrushka en Petrushka (1911) —la primera de las piezas creadas por Stravinsky para la compañía—; y el espectro en El Espectro de la rosa (1911) —basado en un poema de Théophile Gautier. Sobre esta pieza —y se podría decir que sobre toda su carrera como bailarín, en realidad— dice:
Quería expresar belleza, pureza, amor; sobre todo, amor en su sentido divino. El arte, el amor, la naturaleza, son sólo una parte infinitesimal del espíritu de Dios. Quería recuperarlo y dárselo al público para que supieran que Él es omnipresente. Si lo sentían, entonces yo lo estaba reflejando.
Nijinsky no se limitó a sólo ser un bailarín excepcional. Su devoción por el arte (y Dios) lo llevó a ser coreógrafo. Lo primero que hizo como creativo fue ir en contra de lo que él conocía como danza. Se alejó de la gracia, el encanto, la fluidez y toda la técnica clásica. En su lugar, decidió jugar con la multiplicidad del movimiento, con su apertura y las millones de posibilidades que este presenta si simplemente se le deja ser. “Nijinsky, por lo tanto, trató el movimiento literalmente, como el poeta de la palabra”, dice Romola. Sólo admitió lo esencial, nada de adornos. Sólo lo necesario. Y durante ese tiempo, aunque tal vez no adrede, un par de escapularios saltaron de entre las audiencias.
Entre su trabajo coreográfico esta Jeux (1913), una pieza sobre un juego de tenis, y, en palabras de Nijinsky, una historia de amor moderna; y Las alegres travesuras de Till Eulenspiegel (1916), el cual desarrolló mientras fue prisionero de guerra en Budapest durante la Primera Guerra Mundial por ser ciudadano ruso. Pero, las dos recordadas fueron La siesta de un fauno (1912) —inspirado en el poema el poema del mismo nombre de Mallarmé—, y La consagración de la primavera (1913) —que cuenta el sacrificio de una virgen al dios de la primavera. Si bien ambas comparten una construcción coreográfica similar en el sentido de que ambas proponen una ruptura total de las formas y delicadezas de la danza clásica, sus polémicas fueron por diferentes razones. En el caso de la primera fue porque termina con Nijinsky, en el papel del fauno, actuando como si se masturbara con el pañuelo de una ninfa. Mientras que la segunda, generó el llamado “The Riot of Spring” (en un juego de palabras con el título en inglés, The Rite of Spring) porque las decisiones coreográficas y musicales no fueron del gusto del público parisino. Durante la misma función de estreno, cuenta la leyenda, la gente gritaba tan fuerte que Diaghilev tuvo que colocarse al lado del escenario y golpear el piso con el bastón para que los bailarines escucharan el tempo de la música.
A partir de ahí se podría decir que su vida se volvió caótica. Se casó con Romola (su fan número uno). Pero eso causó que lo despidieran de los Ballets Rusos. Fue prisionero de guerra. Y cuando regresó a bailar con Diaghilev, su salud mental empezó a decaer. Empezó a presentar señales de esquizofrenia: tenía miedo a otros bailarines, de salir al escenario y en algún punto incluso olvidó por completo El Espectro: “Yo quería seguir bailando, pero Dios me ha dicho: “Basta”. Y me he detenido”, escribió Nijinsky en su diario.
Nijinsky todo lo que quería era bailar y amar. Y al final… Sólo quería vivir. Veía el arte como un evento espiritual. Tal vez creía que la danza —y un poco el arte en general— era su torre de Babel, aquello que lo mantenía cerca del Dios que tanto apreciaba y buscaba. Y que al igual que su propia vida, era desbordante, imposible de condensar en tan poco espacio. Tal vez todo este tiempo Petrushka, sentado en la loza de su tumba, no ha estado velando por el descanso eterno del bailarín; sino que ha estado contemplando cada uno de los momentos que el mítico espectro de la rosa, Nijinsky, tanto disfrutó, sufrió y bailó.
Kathya Berenice Andrade Martínez
Bailarina de danza clásica por formación y bailarina de todo lo demás por amor. Es licenciada en literatura latinoamericana por la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México.