Harper Lee frente al mundo

La llegada de Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos zanjó, al menos en parte, la mala situación en la que se encontraban los inmigrantes, en especial de origen africano. El proceso de asimilación ha sido largo y penoso, lo mismo para los expatriados italianos —que padecieron el rechazo y hasta la persecución en las décadas de los treinta y cuarenta—, que para irlandeses o hispanoamericanos, en especial latinos. La dupla Francis Ford Coppola/Mario Puzo inauguró El Padrino con una línea que se ha vuelto amuleto para quienes hacen la maleta y emprenden la travesía en busca de una vida mejor: “I believe in America”, pronunciada ésta última palabra con una inflexión italianizante: Ameriga. No es fácil olvidar que Mario Cuomo, de origen italiano, fue gobernador de Nueva York (1983-1994) y el Partido Demócrata buscó lanzarlo a la Presidencia. Una nación gigantesca abre los brazos para dar cabida a los hijos llegados de latitudes diversas.

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Los avances en el proceso de asimilación han sido lentos, no así la batalla por los derechos civiles. En poco más de cincuenta años (1960-2015), las políticas migratorias se recrudecen aunque, una vez ahí, la asimilación cultural es una elección y no la más difícil que pueda hacerse. Harper Lee (1926-2016) publicó Matar un ruiseñor (1960) en una de las décadas más álgidas de la historia reciente de Occidente, no obstante que la idea extendida es que los hechos de 1968 fueron el parteaguas de la modernización política. Ahora bien, debido a su irrenunciable hermetismo, no ha sido fácil conjeturar si hubo una intención expresa de elaborar una crítica al sistema de impartición de justicia en el sur de los Estados Unidos o si, por el contrario, la autora intentó apenas un registro de ciertas prácticas para que el lector extraiga sus conclusiones. Esto marcaría la diferencia entre ser un paladín de la integración, o un escritor que detectó una oportunidad a la vista y la utilizó para su provecho. De la sola lectura del libro —recién volví a sus páginas, en días pasados— no es posible extraer apenas nada. Esto es: es literatura en su sentido más pleno: claridad en el uso del idioma, una historia que pone de relieve la textura del espíritu humano y, finalmente, la negativa a ser abiertamente panfletario.

La vigencia de Matar un ruiseñor es fácilmente verificable, lo mismo como obra literaria que como una expresión del estado del mundo. Por suerte aún hay paradigmas humanos como Atticus Finch que se entregan a defender las causas más disimiles, si bien llegó la hora en que resisten los embates de la indiferencia y el recelo con el apoyo de miles de ciudadanos, sea desde las redes sociales o sea plataformas de actuación colectiva. La exhumación editorial de Ve y pon un centinela (2015) funcionó para devolverla a la memoria colectiva, que se había estacionado en que el título es una película con ese nombre, sobre el juicio a un individuo de color en una sociedad que rechaza la incorporación de elementos ajenos.

En una vertiente optimista, su desaparición física permitirá a los investigadores literarios buscar otros originales inéditos, epistolarios o cualquier indicio para completar una idea respecto a su vida y su obra literaria. Por lo que hace a los escritores, no dejan de ser un enigma los autores que (1) dejan de escribir después de alcanzar notoriedad; (2) escriben apenas algunos títulos o, sencillamente, (3) rehúsan a construir un personaje público a partir de su obra literaria. Más allá de eso, el mundo sigue su curso: no estallaron las “particularidades”, como se auguró, y tampoco llegó “el fin de la historia” o sucedió el consabido “choque de civilizaciones” (muletas intelectuales para sostener al cielo). Lo que es cierto, no obstante, que el flujo de grupos humanos a causa de las malas condiciones que imperan en sus países de origen, genera fusiones culturales, con menor o mayor suerte. Los avances en los procesos de integración están a la vista, pero la batalla contra el fundamentalismo, la cerrazón y el uso de la fuerza para imponerse a un grupo humano de menor fortaleza, no pierden su dramatismo a pesar de las comunicaciones ultrarrápidas y las felicidades que derivan del confort. Y ahora que basta abrir Facebook para tomarle la temperatura a las atrocidades del mundo, todo se encuentra a la vista.

Ya se habla de que Matar un ruiseñor es un “clásico americano”, pero estas expresiones de candor aún deben ponerse a prueba con una relectura exigente en contraste con la obra de sus contemporáneos. El camino será largo para arribar a ese puerto. El otorgamiento de un premio es apenas una sugerencia de calidad, antes que una inscripción erga omnes en el muro de la cultura universal. Aún con todo, la obra Harper Lee es una oportunidad para reconsiderar el lugar de la literatura frente a los problemas del mundo actual: ¿intervenir o abstenerse?

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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Publicado en: Ciudad de libros