Hacia una nueva ética:
Alma Guillermoprieto y los muchos caminos del feminismo

¿Qué quiere decir ser feminista el día de hoy? Es una de las grandes preguntas que hace Alma Guillermoprieto en su libro más reciente ¿Será que soy feminista? (Literatura Random House, 2020), y a partir de una serie de cuestionamientos personales propone una ética feminista, de la que derivan una infinidad de posibles formas de ser mujer.

Por la vida avanzas con prisa y sin mirar a nadie. Así es mejor, lo aprendiste muy temprano, sí, más vale. Te esfuerzas por borrar el miedo, por sepultarlo, sí, pero ¿en dónde? Desde cuándo te acompaña ese miedo, no te acuerdas. Es tan antiguo como los cerros que acarician ese cielo rosado en tu ciudad. Por la vida avanzas y avanzas, no te detienes. Hay reglas que te han impuesto y que debes seguir. Así funciona esto. Y lo peor es que las sigas o no, el miedo sigue ahí. Por la calle avanzas siempre alerta, siempre un poco al límite de los nervios. En la esquina podría surgir alguien, un cualquiera que de la nada podría arrojarte ácido en el rostro, podría cubrirte la boca y subirte a la fuerza a un auto. ¿Hay otras opciones? En el transporte público las miradas se vuelven manos. Te empujan, te tocan, te invaden. Y si te quejas, cuidado, podrías no amanecer mañana. Éste es tu mundo. ¿Hasta cuándo lo vas a tolerar?

En ¿Será que soy feminista? (Literatura Random House, 2020), la reportera y ensayista Alma Guillermoprieto comienza recontando cómo el único artículo explícitamente feminista que escribió, hace más de cuarenta años, fue detonado por un sentimiento de agresión. Por aquella época, en los puestos de periódicos, existían ciertos cómics para hombres donde todas mujeres eran asesinadas y aparecían, una y otra vez, “despatarradas en un charco de sangre… con la entrepierna de la pantaleta mirando al lector”. La autora confiesa la furia que por años sintió al tener que soportar “las nalgadas, los pellizcos, los acosos, las insinuaciones que muchos hombres se veían obligados a brindarles a las mujeres”. En esa época, ella no lo concibió como un texto feminista sino más bien como una denuncia, una explosión de coraje. Muchas lectoras podrán atestiguar que cuarenta años después la realidad no es muy distinta. En México el Estado le ha fallado a las mujeres. ¿Cuántas de ellas han desaparecido —y siguen desapareciendo— en Chihuahua, en Veracruz, en el Estado de México, en todo el país? Lo que hacen las autoridades es poco, en ocasiones nada. Lo que describe Guillermoprieto es uno de los daños que continúan sufriendo las mujeres en el país. Al final del pasaje, la autora se hace una pregunta importante: ¿Para reconocerse feminista hay que reconocer un daño propio? En una sociedad patriarcal, en la que el hombre se halla en una situación de privilegio y expuesto a muchos menos daños que las mujeres, la pregunta retórica podría interpretarse, al menos en una de sus implicaciones, como una puerta abierta a que los hombres también podrían ser feministas.

El génesis del ensayo surgió luego de las críticas que Guillermoprieto recibió en 2019, después de entrevistar a Chimamanda Ngozi Achie en el Hay Festival de Cartagena. Al terminar la charla, Guillermoprieto fue atacada en redes sociales por no haber enfocado sus preguntas en el feminismo de la escritora nigeriana sino en su obra literaria. En un principio el veneno de las redes sociales le provocó enojo y desconcierto, luego se convirtió en un sendero a la reflexión. ¿Qué quiere decir ser feminista el día de hoy? ¿Por qué hay fallos de comunicación —como el ocurrido en el Hay Festival— entre feministas que luchan por lo mismo? De allí emerge lo que la autora postula como “ética feminista”: la tolerancia y aceptación de “la inacabable diversidad de maneras de ser mujer”. En la edición virtual del Hay Festival 2020 en Querétaro, la autora habló del libro con el periodista español Javier Lafuente. En más de una ocasión ella mostró curiosidad por saber qué pensaba su interlocutor sobre la conducta que debían adoptar los hombres del siglo XXI; parecía determinada a involucrar a Lafuente, y a los hombres en general, en lo que la aplicación de esa ética feminista podría conseguir en nuestra sociedad. Por otra parte, en el texto la autora se dirige, al menos en apariencia, únicamente a sus lectoras. “¿Han notado la contradicción, compañeras?”, apunta, luego de recordar que de joven, como ferviente prorevolucionaria, le parecía un honor que algún guerrillero deseara llevarla a la cama, por lo que no consideraba necesario hablar con él sobre patriarcado. La elección de la palabra “compañeras” se podría entender como un cuestionamiento deliberado a la convención de usar el masculino plural para un público multi-género. La ambigüedad, sin embargo, se resuelve cuando la autora expresa que las páginas están dedicadas “a las mujeres que nunca quise ofender”.

Una de las muchas virtudes que muestra la narradora de ¿Será que soy feminista? es su capacidad de autocrítica. Guillermoprieto no tiene miedo de mostrar su sentimiento de culpa y de escribir sobre sus inseguridades, incluso sus ambivalencias ante el movimiento mismo. Revela su interés y malestar ante la complejidad del movimiento #MeToo, sus reservas ante la sexualidad tan explícita que muchas mujeres buscan y muestran, las fracturas de consistencia moral que existen incluso entre las lectoras a las que la autora se dirige. “Son mujeres las que llevan a cabo la ablación del clítoris de las niñas, y también las que enseñan a sus hijas y nietas a servir primero a los hombres”.

Quien lea ¿Será que soy feminista? no podrá evitar sentir una tristeza persistente, un malestar que no se aleja al leer el recuento que la autora hace de la vida de Marilyn Monroe, cómo la explotaron hombres de poder, y las muchas ocasiones en que estuvo de rodillas “refiriéndose a las obligaciones felatorias” para poder abrirse camino en el mundo de Hollywood. Página tras página los ejemplos se suman, las afrentas crecen. Así es como ha sido y continúa siendo para muchas mujeres, aunque ¿quizá ha habido algunos cambios gracias a La Lucha? Y entonces Guillermoprieto, con esa claridad que la caracteriza, talla como un orfebre del lenguaje la determinación de las mujeres para cambiar el statu quo: “su visión [la de Picasso] no fue tan revolucionaria como la mirada nuestra que nos fuerza, hoy, a reevaluar cada cuadro, cada escultura —para ver en cuáles no nos sentimos un poquito violadas o un poquito asfixiadas—”.  

En las páginas se hallan descritos sus intercambios con activistas como María Elena Moyano en Perú o Esther Chávez en Chihuahua. También incluye una sección en la que comparte sus experiencias en Brasil, su análisis sobre la estructura racista que reina en el país, y que acabó de manera trágica con la vida de otra mujer más: la activista Marielle Franco. En ocasiones fluye de su pluma una furia casi milenaria que hace hervir la razón y que al mismo tiempo se comprende a nivel visceral, una furia que entre líneas lleva a la autora a proponer un ideal de justicia poco ortodoxa: “si alguna rabiosa disfrazada de feminista denuncia con el #MeToo a algún inocente por el puro placer de hacer daño… Qué pena”.

A Guillermoprieto no le incomoda dejar preguntas en el aire. “¿Estoy segura de las respuestas? No. Estoy segura de las preguntas”. Lo que ilumina, sin embargo, es seguir su pensamiento, la forma en que persigue sus dudas, sus contradicciones personales. El libro no es sólo un recuento de los avances para las mujeres —la píldora anticonceptiva, el voto, el acceso a la toma de decisiones, entre otros— sino una historia personal, y por ello única, del feminismo en América Latina.

 

• Alma Guillermoprieto, ¿Será que soy feminista?, México, Literatura Random House, 2020, 145 p.

 

Mauricio Ruiz
Escritor y periodista. Estudió ingeniería y música en el conservatorio nacional. Autor de las colecciones de cuento Y sin querer te olvido y Silencios al sur.

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Publicado en: Ciudad de libros, Reseña