En el marco de la FIL Guadalajara 2023, Publicaciones UNAM presenta hoy Material de lectura. Ángel Ortuño. A continuación compartimos una selección de los poemas incluidos en este compendio, así como la nota introductoria a cargo de Luis Vicente de Aguinaga.

Yo lo entendí mal todo
Luis Vicente de Aguinaga
Dos personas observan, por decir algo, un atardecer. La primera ve una silueta de montañas, identifica los colores predominantes del cielo y de las nubes y localiza la línea del horizonte. La segunda ve todo lo anterior, pero también percibe un anuncio comercial con imperativos urgentes a un costado de la escena, oye un amasijo de canciones y ruidos de motor y siente aparecer el recuerdo no necesariamente justificado de alguna frase leída en internet. Ambos individuos, pese a encontrarse frente a una misma realidad, se la representan y la expresan como si fueran dos realidades distintas. Poco importa quién sea el primero. Importa el segundo: es Ángel Ortuño.
En poco más de veinticinco años, entre 1994 y 2020, Ortuño publicó quince libros de poemas. Ninguno de los quince desmerece del resto. Una misma personalidad, inconfundible, se desarrolla del primero al último, y la calidad se sostiene admirablemente desde Las bodas químicas (1994) hasta La edad de oro (2020). Pero decirlo así es no decir casi nada. Más vale formularlo de otro modo: la obra de Ortuño es, además de singular, notable por la concisión de cada uno de sus poemas, por las emocionantes dificultades que representa su lectura, por la velocidad epigramática de sus frases, por el humor enloquecido que parece inseparable de su imaginación, por el desencanto realista de las ideas que la sostienen y por el vanguardismo nada realista de sus procedimientos. No le faltaban razones a Julián Herbert para referirse a Ortuño, al sobrevenir su muerte, como su “poeta mexicano favorito”.
Nacido en Guadalajara el 11 de enero de 1969, Ortuño murió en la misma ciudad el 24 de septiembre de 2021. El suyo es un caso elocuente de succès d’estime, ya que, si bien fue poco afortunado en materia de premios literarios, fue saludado con entusiasmo por sus pares y, sobre todo, por los lectores (muchas veces muy jóvenes) que frecuentaron sus poemas en redes y plataformas digitales. En este sentido, Ricardo Yáñez ha dicho: “Quizá desde Ricardo Castillo no haya habido hasta Ángel un poeta jalisciense con tan amplia respuesta por parte de los lectores”.
La comparación que hace Yáñez interesa por lo que dice y también por lo que sugiere: Ortuño es, como Castillo, un poeta celebrado por todo cuanto en él parece desafiar las normas de una poesía conservadora, instalada en una comodidad repetitiva. Invocar el nombre de Nicanor Parra, en este punto, resulta inevitable, pero ya David Huerta escribió que la poesía de Ortuño “no es un subproducto jalisciense de la antipoesía de Nicanor Parra; es algo desencadenado y desplegado en otros territorios, quizá más punzantes, más desencantados”. No es ningún capricho afirmar que, con ser una poesía poco poética, la de Ortuño es, en todo caso, distinta de la que suele juzgarse antipoética, y en esto radica buena parte de su interés.
Ortuño entendía el poema como el espacio de una interferencia, como si una señal invadiera de golpe la frecuencia de otra señal y distorsionara su recepción. La sinestesia no es una simple figura retórica en la poesía de Ortuño: es la norma de su estructuración, puesto que cada uno de sus poemas existe como la superposición de una serie de capas fragmentarias de percepción y, por consiguiente, de significado. El enrarecimiento es el estado natural de su lenguaje: continuas alusiones a la prensa sensacionalista, los foros de internet, el cine de bajo presupuesto, la pornografía, los cuentos y canciones infantiles, la publicidad o el rock perturban la exposición de los temas, ya de por sí perturbadores, de sus textos, que son el fanatismo, la superstición, la incomodidad, el dolor físico, la tortura y la mutilación, los extremismos políticos, los usos eróticos heterodoxos, la incomprensión y el aislamiento, por mencionar algunos.
A todo lo anterior se añade que la voz de Ortuño —esto es: las voces, en plural, audibles en sus poemas— es la voz de alguien más, de muchos más, entendiendo ese alguien y esos muchos como una legión irreductible de personajes extraños. Jorge Ortega, por ello mismo, ha escrito: “Más cerca en ocasiones de la simulación actoral que de la literatura, los poemas de Ángel conforman un caleidoscopio de procedimientos enunciativos que sugieren cuadros teatrales, sketches”, y más aún: “Ángel Ortuño desplegó un cosmos de alucinantes registros, por numerosos y cambiantes, en los que colindaban el hermetismo y la coloquialidad, lo kitsch y lo refinado, intercalando distintas vetas de elaboración y de ahondamiento en lo poético”. Poesía, pues, más afín al drama que a la página escrita; más propia de un juego de máscaras teatral, ya en la improvisación de incidentes ridículos, ya en la de situaciones de tensión laboral o familiar, que de una callada sucesión de palabras impresas.
En ese desafío, el de hacer poesía fuera de la literatura y aun fuera de la poesía, en escenas fugaces de confusión, desagrado y ruido, es indispensable situar los poemas de Ángel Ortuño, y tal vez haya que plantearse un desafío equivalente para disfrutarlos.
Arde
Los líquidos son plomo
Menores —si labios o gajos—
que la pared blandosa,
azul como el sudor sobre navajas verdes
o tierra
Cráneos
Tal vez azúcar
Tijeras inaudibles
alambran el aire de martillos
—de Las bodas químicas (1994)
Soy un torpe muñeco de madera
que ha vendido sus libros y fue al circo
Por lo pronto
me balanceo en un péndulo que traza
mandrágoras y cunas.
Según transcurra el cuento
bajo la catedral de un costillar enorme
veré a mi padre, indemne:
ni la ballena pudo digerirlo.
—de Siam (2001)
El abrazo del pulpo
La historia es la de un chino
que invade Nueva York
seguido por millones de ejemplares
de sí mismo.
(Neblina en un bosque cercano,
en
otra
película.)
Ha encontrado la forma
de multiplicarse: no son millones
de chinos, es un chino
que busca la oficina
del presidente de los Estados Unidos.
Se ha equivocado de ciudad
pero eso
únicamente empeora la amenaza.
—de Aleta dorsal (2003)
Las malas acciones
En forma de animal o de mujer impúdica, es
el diablo:
sus manos de muñeca mordida
por un cerdo,
las pezuñas
que asoman apenas
un quirúrgico instante,
las lindas zapatillas de cristal.
Por supuesto, no existe. Pero el Infierno sí.
—de Boa (2009)
If I Only Had A Heart
El Hombre de Hojalata se detiene.
Frente a él, a unos metros,
descalza y en cuclillas:
collar de corazones y falda de serpientes
—una mano en el cielo, cada nube
es un cráneo y todas son un ábaco—
El camino, por fin, es amarillo.
—de Perlesía (2012)
Pedestal
Me imaginé un vecino.
Por supuesto era un tipo despreciable
de esos que llaman basura
a las hojas y flores sobre el cemento.
Si este arbolito crece, ¿hasta dónde
abarcará el follaje?
Es más: ni siquiera lee y asegura que es
música
lo que oye.
No sé por qué razón
también tendría que ser altísimo, furioso.
Por si acaso, lo saludé a lo lejos.
—de Tu conducta infantil ya comienza a cansarnos (2017)
Fragmentos de Material de Lectura. Ángel Ortuño. Con la autorización de la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial
D.R. © 2023, Universidad Nacional Autónoma de México.
D.R. © 2023, Flor Barbosa.