Gibran Khalil Gibran y la poesía como filosofía

El filósofo más famoso de Líbano decía ser todo menos un filósofo. Eso aprendí en mi primer intento por acercarme a la literatura del país de mi papá. Gibran Khalil Gibran (1883-1931) respondía con alegría a los títulos de artista y poeta, pero cualquier alusión remota a alguna disciplina académica lo hacía morder un limón imaginario. Siempre dejó claro que no le interesaba publicar discursos ni tratados, y tampoco quería que se tomara su obra como una explicación impuesta sobre el mundo. Prefería conversar y pintar; escribir versos, aforismos, parábolas y canciones. Por eso el célebre escultor Auguste Rodin se refería a él como “el William Blake del siglo XX”, otro filósofo no-filósofo, otro profeta no-profeta.

El joven Gibran, que migró a los Estados Unidos con tan sólo once años, nunca imaginó que, para 1912, ya sería conocido en el panorama intelectual y literario árabe como uno de los grandes poetas al frente de una nueva sensibilidad. Aunque, en realidad, Gibran escribió muy pocos poemas, prácticamente todos ellos en árabe y con un estilo lírico que mezclaba la filosofía oriental, la mística sufí, la casida (una forma clásica de la prosodia árabe que predominó por más de catorce siglos), la mitología griega, la literatura europea moderna, las alabanzas maronitas y las canciones festivas de su pueblo originario. Varias de estas influencias formaban parte del paisaje acústico y artístico de Bsharri, su pequeña aldea natal en uno de los puntos más altos de Líbano, acunada entre montes, maleza y edificios de piedra clara que resonaban cinco veces al día con cantos y rezos para musulmanes y maronitas.

El resto de su inspiración lo alcanzó más tarde, en las galerías de Boston y las universidades de París, a las que nunca habría podido asistir sin la fe y el financiamiento de Mary Haskell, el gran amor de su vida, además de la principal impulsora de su obra. Los centros artísticos de su tiempo le dieron la bienvenida, pero nunca borraron por completo su condición de extranjero y exiliado. Así se describe a sí mismo en La tempestad, donde Gibran se asume a la vez poeta y peregrino, no por su manejo de la lengua, sino por su voluntad de unirse a lo que él llama el canto del mundo, una melodía queda y extraña que se sorprende de encontrar también en su propia alma y que convierte todo lo que le rodea en posibilidad y enigma. Esta definición no es tan distante de la de su contemporáneo Pièrre Reverdy, quien veía la poesía como una forma de experimentar y descubrir las relaciones precisas, aunque no evidentes, que conforman nuestra realidad. Quién mejor que un foráneo para ver lo cotidiano con nuevos ojos.

Pocos saben que esta intención ya estaba presente en las primeras pinturas de Gibran. Su obra visual no es tan conocida hoy en día como sus libros, pero se le consideraba un gran pintor en esa época; tanto, que Carl Jung, Rabindranath Tagore y W. B. Beats posaron con gusto para que Gibran los retratara. Este poeta tenía una aguda conciencia del poder conceptual y simbólico de la imagen. Quienes acudían a las exposiciones de Gibran se sorprendían de ver, por ejemplo, los cuerpos humanos que cubrían con su propia desnudez desde las montañas hasta los manantiales. Las personas simulaban ríos, rayos, piedras, nubes. ¿Por qué? En cada ocasión, Gibran respondía lo mismo: sólo así se sentía capaz de mostrar la vida y dignidad que él percibía en la naturaleza. He ahí el corazón de toda su obra, literaria y pictórica: la humanidad del paisaje y la humanidad como un paisaje.

Ayman El-Desouky, un experto en la literatura árabe, describe la pintura de Gibran como una “psicografía”, esto es, una liberación del pensamiento, una forma de concebir el mundo codificada en ícono. Propongo que veamos la psicografía como una habilidad para pintar nuestra forma de pensar y, al mismo tiempo, aprender a pensar como pintamos: dejándonos llevar por una fuerza interior que muchas veces nos ofrece asombro sin explicaciones, y que se nutre de una curiosidad sincera por las líneas que delimitan el mundo.

Gibran nunca se basó en teorías metafísicas, sino en percepciones íntimas. Le interesaba explorar nuestra relación con Dios, la naturaleza y nuestra propia conciencia, así como todas las formas posibles de libertad. Por eso mismo desconfiaba de los gobiernos y nacionalismos. Su postura se resume en un pequeño apartado de Arena y espuma: “El gobierno es un acuerdo entre tú y yo. Tú y yo estamos, con frecuencia, equivocados”. Gibran creía en una sociedad justa y flexible, donde se honrara tanto la individualidad como aquella ley atemporal que determina que siempre dependeremos unos de otros. Admitía que la humanidad es una empresa colectiva donde el destino de una persona es el destino de todas, pero también creía que cada quien posee un sendero social y espiritual propio. De ahí que su comprensión de la palabra “poeta” esté en sintonía con una de sus figuras ficcionales más famosas: “el precursor”, inicialmente llamado “el solitario”, quien crea desde una postura de rebelde y paria.

El mismo ánimo anarquista lo motivó a huir de los confines y mandamientos de las instituciones religiosas. Se negaba a ir a la iglesia o practicar formalmente cualquier culto, pese a la clara devoción de su familia maronita y a su propia fascinación por los mitos religiosos, especialmente los cristianos. Gibran comenzó a ver a Dios menos como un juez y más como una fuerza, una manifestación del deseo que permea la vida en la tierra. Escuchó atentamente al vínculo entre la pasión, la tentación y el demonio; decidió que no estaba de acuerdo; que si el querer y lo sagrado nos mueven, entonces querer es sagrado. Simple. “Creo que Dios es sencillo”, le escribió a Mary en una de sus innumerables cartas. El Dios de Gibran tiene sentido del humor, un gusto por el juego y probablemente también una rinitis alérgica a las fórmulas teológicas impuestas. Acercarnos a ese Dios debe ser una exploración disfrutable, gentil, no una vía de obediencia.

Podríamos pensar que Dios sólo “es sencillo” para la gente iluminada, pero Gibran nunca buscó mitificar su papel de escritor. Nunca se hizo pasar por sabio, ni iluminado, ni siquiera por filósofo. Solía describir sus propias manos como torpes y modestas. Y esto fue revolucionario en el contexto árabe, donde la poesía era considerada la manifestación artística más “elevada”, el mayor legado cultural después del Corán, debido a la riqueza de su tradición. Desde ese punto de vista, podríamos decir que la aportación más radical de Gibran fue cambiar la noción de la poesía a una expresión del alma. Veamos algunos ejemplos:

El amor no posee ni es poseído,
porque el amor es suficiente para el amor.
Cuando amen, no deben decir: “Dios está en mi corazón”, sino
“Yo estoy en el corazón de Dios”.
(en El profeta)

Hay quienes dan con alegría y esa alegría es su premio.
Hay quienes dan con dolor y ese dolor es su bautismo.
Y hay quienes dan y no saben del dolor de dar, ni buscan la alegría de dar, ni son conscientes de la virtud de dar.
Dan como el mirto da su fragancia en el valle.
Se dice a menudo: “Daré, pero sólo a quien lo merezca”. Eso no es lo que dicen los árboles en sus huertos ni los rebaños en sus praderas.
Ellos dan para vivir, porque guardar es perecer.
(en El profeta)

Hablamos aquí de un hombre impresionado por el concepto del arte como una forma desinteresada de la generosidad. “Me gustaría abrir mi pecho”, le escribió una vez a Mary, “sacarme el corazón y sostenerlo en las manos a la vista de todos: una persona no tiene deseo mayor que revelarse a sí misma y ser comprendida por el prójimo. […] Nadie puede vivir a solas con la belleza que percibe”.

Hemos llegado a la semilla, al punto de partida de su obra más famosa, El profeta. En este libro, un hombre responde a las preguntas más apremiantes del pueblo de Orfalís mientras espera el barco que lo devolverá a su tierra natal. Se trata de “Almustafá, el elegido, el amado, que era un amanecer de su propio día”, una mezcla de Jesús y Mahoma, pero al estilo del Zaratustra de Nietzsche. Y su voz es la de aquella divinidad que, Gibran estaba seguro, debía habitar en nuestras entrañas. Por eso Almustafá sueña con un trabajo donde el cariño sea visible; donde se construya, se teja y se siembre como si todas las casas, las telas y los granos fueran para un ser amado. Porque, de alguna forma, siempre lo son. Creía también que la alegría y la tristeza se servían en la misma copa, de modo que toda bendición tenía el potencial de herir y toda pena cavaba un espacio más para la felicidad futura. El pesar y la dicha, para Gibran, van de la mano, como la vida y la muerte, el espacio y el tiempo, el cuerpo y el alma, la materia y la forma, el dolor y el placer, la pasión y el pensamiento; en resumen, las personas y Dios.

Cualquier escuela le llamaría a esto “filosofía”, pero Gibran prefería llamarlo “arte”, “pintura”, “poesía”, “carta”, cualquier cosa que apuntara como un dedo humilde hacia lo que rebasa nuestro lenguaje coloquial, pero insiste en interpelarnos de todas maneras. A veces le llamaba locura, como cuando confesó: “Algo debe de estar ocurriéndome, Mary. Veo a las personas y sé que sus almas son buenas”. Otras veces, decía tener una mera idea que compartir por correspondencia, como: “Si aprendo a valorar la grandeza del prójimo, seré capaz de ver la mía”. Lo cierto es que Gibran dedicó su vida a reconsiderar lo que entendemos por natural, divino o profano. Ansiaba transformar nuestro conocimiento sobre nosotros mismos, así como nuestra relación con los demás y con la tierra. Tras su muerte, le heredó a Mary Haskell sus libros, cuadros, objetos de arte y manuscritos. A sus lectores, decidió dejarnos una propuesta, una invitación: el deseo sincero de que seamos capaces de vivir lo que hay de sagrado en cada instante.

Referencias

Gibran, Khalil. Una antología ilustrada, Compilación de Ayman A. El-Desouky, Blume, 2010.

—. Cartas de amor del profeta. Adaptación de Paulo Coelho, traducción de Roser López, Ediciones B, 1998.

—. El loco y Arena y espuma. Traducción de Leonardo S. Kaim. Publicación independiente, 2020.

—. El profeta y El jardín del profeta. Ilustrado por Ana Inés Castelli, Editorial Alma, 2021.

 

Siham El Khoury Caviedes es Licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana.

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Publicado en: Florilegio