¿Debe hablarse de una generación Zoom? ¿De qué forma afecta el Covid las transacciones intelectuales actuales, en particular en el ámbito académico? ¿Es la videoconferencia, en esencia, una herramienta democrática o más bien anarquista? ¿De qué manera definen las pandemias y otras calamidades el quehacer académico? En cuanto a la diseminación del conocimiento, ¿cierra el Zoom la brecha entre instituciones académicas de los países desarrollados y en vías de desarrollo? ¿Y qué tiene que ver todo esto con Cantinflas y Tin Tan? Estos y otros temas se contemplan en esta animada conversación virtual.
Lauro Zavala: En las últimas semanas has tenido un par de nutridas conversaciones sobre la semiótica de los memes con África Vidal y Javier Adrada de la Torre, esta última en Nexos. Ahora yo quiero llamar la atención sobre las espectaculares consecuencias que ha tenido la pandemia en el espacio académico. Después de todo, las universidades siguen siendo el espacio neurálgico de cualquier sociedad, donde se forman los cuadros que tomarán las decisiones que nos afectan a todos, además de generar la investigación de frontera y producir los especialistas de todas las profesiones. Las universidades siguen siendo el espacio más estratégico de cualquier comunidad, el lugar donde se cocina el futuro.
¿Qué ocurrió en las universidades durante la pandemia? Algunas actividades se suspendieron, como la producción editorial y la extensión universitaria. Los funcionarios entraron en un estado de letargo y en algunos países (como México) las mismas universidades son amenazadas en su autonomía desde el poder presidencial. Pero al mismo tiempo, en medio de esta crisis, se multiplicaron los proyectos de colaboración internacional, se crearon webinarios inéditos y programas de estudio a distancia, y en las materias que no requieren un trabajo presencial (que son la mayoría) se aprovechó el formato del aula invertida, donde los estudiantes deben realizar las actividades asignadas fuera del tiempo dedicado a atender las clases.
La pandemia nos tomó a todos por sorpresa, y eso ha provocado desconcierto. Todos somos sobrevivientes y conocemos a alguien (alumnos, familiares, compañeros de trabajo) que ha sufrido por Covid o que ha fallecido o ha sufrido una pérdida cercana. El encierro ha tenido un costo social que estaremos pagando en los próximos años. En el día a día, para algunos ha significado ser expulsados de su zona de confort. Pero para otros ha sido también una oportunidad para innovar, explorar las posibilidades que ofrece el trabajo a distancia y, paradójicamente, la ocasión para estar mucho más cerca de los colegas que se encuentran en los lugares más alejados. Ilan, ¿tú cómo has vivido la pandemia?
Ilan Stavans: Lo dices bien, Lauro: la pandemia ha sido el final y el principio de muchas cosas. Nos ha hecho menos parroquiales y más universales. En un día cualquiera, yo estoy en llamada en Turquía, Arabia Saudita, Argentina, Italia, Alemania, Marruecos e Israel. La sensación es liberadora: el cambio de lenguas, el cambio de temas, el cambio de modos de pensar me resulta exquisito. Tengo la impresión que mi cuerpo sedentario no tiene por qué abrumarse; es mi imagen, mis palabras, mis ideas lo que importa. Todo esto fuerza una concepción de la frontera como línea limítrofe. El Zoom, en sí mismo, es alérgico a las fronteras; es decir, la tecnología es el mensaje. El Zoom, asimismo, asombrosamente —o, más bien dicho, peligrosamente— democrático.
Dicha sea la verdad, la manera en que cuento todo esto —en los setentas, todo esto hubiera parecido un cuento de ciencia ficción— es falsa. El Zoom, por supuesto, se define por las fronteras: quién tiene acceso a él y quién no. Y si el acceso existe, cuáles son las circunstancias específicas. Porque el Covid ha exacerbado las diferencias económicas, políticas y culturales. Todo tipo de información errónea se propaga en el contorno cibernético. Y si bien el acceso a discusiones de calidad es tangible, también se multiplican la charlatanería.
Tengo la impresión que estamos siendo testigos de un sismo pedagógico de talla global. Las universidades saben ahora que deben abrirse a un público amplio. Los canales existen desde hace tiempo y ahora están al alcance de muchos. Pero ¿cómo hacerlo sin perder la calidad? Esa, a mi gusto, es una de las lecciones más importantes. El mundo universitario depende de la noción de la reputación. Las instituciones de prestigio invierten cantidades exorbitantes en esa dimensión. Pero ahora quieren tener una veta abierta, pública, que las haga menos elitistas, que las abra a la población internacional. Yo mismo he sido invitado a una cantidad inmensa de seminarios, conferencias y otras actividades diseñadas para estudiantes diversos. Eso me llena de alegría. Sin embargo, no escondo el hecho de que, ya que lo que decimos debe siempre calibrarse, uno de mis desafíos ha sido encontrar el lenguaje apropiado para lograrlo.
LZ: Yo hablaría de construir el lenguaje apropiado. La interlocución por el Zoom es distinta en cada ocasión. Presentar un libro, impartir un curso o dictar la conferencia inaugural en un congreso de investigadores son actividades que requieren lenguajes distintos, cada uno con su propio ritmo y sus mecanismos de interlocución.
Al mismo tiempo, la disolución de las fronteras espaciales provoca que el acercamiento a lo más lejano se empiece a volver una experiencia entrañable. Por ejemplo, ningún editor universitario podría enviar a sus autores a la Feria del Libro de Frankfurt, pues sería imposible recuperar la inversión del vuelo. En cambio, ahora puedes presentar tu libro en varias ciudades a lo largo del mismo día, sin apenas moverte de tu asiento (como ya me ocurrió durante la pandemia)
Las posibilidades de lo que llamas “un sismo pedagógico de talla global” son fantásticas, pero apenas las empezamos a vislumbrar, pues seguimos pensando como si todavía estuviéramos en los años setenta. Aquí quiero señalar un par de casos. Tomemos el caso de los congresos de investigadores, donde se invita a un ponente notable a impartir la conferencia inaugural como conferencista magistral. Esto puede costar una pequeña fortuna, pues además de cubrir un boleto de vuelo internacional, es necesario cubrir la estancia de hotel durante una semana y los honorarios del ponente. Con ese gasto se puede comprar un pequeño automóvil. Pero con el Zoom, este año pudimos tener veinte invitados de una docena de países, y sólo fue necesario enviarles la clave de acceso. Además, estas ponencias pueden ser grabadas, conservadas y difundidas después del mismo congreso, pues sólo hay que apretar el botón correspondiente. Para mí, es muy sorprendente que muchos colegas estén ansiosos por regresar a la pesadilla del trabajo presencial, donde nada de esto es posible o resulta muy enredoso.

Ilustración: Patricio Betteo
Otro caso espectacular es la multiplicación de los cursos, diplomados, maestrías y doctorados internacionales a distancia. Por supuesto, todo ello ha existido (de manera excepcional) desde hace varias décadas, pero ahora este tipo de actividades nos empieza a parecer algo casi natural. Para muchos de nosotros, en menos de dos años el Zoom se ha convertido en una segunda naturaleza, una manera cotidiana de estar en el mundo, una herramienta que multiplica los alcances del trabajo y un punto de encuentro, de colaboración y de revelación. Y, por supuesto, también hay riesgos y limitaciones en el empleo del Zoom.
IS: Aburre todo esto, Lauro, es cierto. Esa es la naturaleza del progreso: añoramos llegar a la luna; tan pronto lo hacemos, la hazaña nos parece innocua, con otros universos en la mira. H. G. Wells, en cuestión de cuatro o cinco años, publicó una serie de cinco novelas que transportaron a sus lectores a dimensiones inusitadas: La máquina del tiempo, La isla del Doctor Moreau, El hombre invisible, La guerra de los mundos y Los primeros hombres en la luna. Hoy nos parecen infantiles. La razón es simple: ni el pasado ni el futuro existen; siempre los imaginamos desde el presente. La visión del mañana de 1895, cuando apareció La máquina del tiempo, dependía de las restricciones victorianas. Una década después, Albert Einstein revolucionaría todo con su Teoría de la Relatividad, forzándonos a pensar en coordenadas como la velocidad de la luz y su capacidad plática en el espacio.
El Zoom, en realidad, es un invento que se remonta a 1989, cuando Tim Berners-Lee introdujo el WWW, que ofrecía a científicos y académicos la capacidad de compartir información a través de una red que comunicaba computadoras en sitios distintos. Aparece como posibilidad en visiones futuristas de los cincuenta, digamos el cuento “El centinela” de Arthur C. Clarke, que luego fue adaptado al cine en la película 2001: A Space Odyssey. Está también en Los Jetsons, el programa de animación en TV, que surgen a principios de los sesenta. Si bien la cultura popular generaliza estos hallazgos, es en las universidades donde las ideas se gestan y sus posibilidades se experimentan. O sea, la ciencia ficción sueña primero lo que la tecnología ejecuta más tarde dentro de las universidades. Eso implica que el progreso está en ellas en semilla. Su actualización depende por un lado de la autonomía de las instituciones y de los recursos necesarios. Pero es necesaria otra cosa: un motor propulsor. No todas las culturas ven hacia adelante, ni tampoco miran la gestación tecnológica como una actividad esencial. Algunas están trabadas en el pasado. Dicho de otra manera, la ciencia ficción, invaluable para el progreso, tiene su hábitat en unas sociedades y no en otras. Aunque hay modelos, en América Latina, África y los países de Asía del sur como Vietnam y Camboya su ejercicio es menos frecuente.
Desde hace años me interesa el desarrollo universitario en nuestros países. Las primeras universidades de la colonia se remontan al siglo XVI: la universidad Santo Tomás de Aquino en la República Dominicana es de 1538, la de San Marcos en Lima es de 1551, que es también el año de la fundación de la Real y Pontificia en México. Es decir, el proyecto colonizador español, gracias a varias sectas religiosas, incluyó proyectos universitarios. Sin embargo, estas células intelectuales, en parte por la contrarreforma, no tuvieron una función progresista. Pienso en figuras como Sor Juana en el siglo XVII, para quien el convento y no la universidad era una plataforma. La modernidad ha alterado el mapa. En la América Latina precolombina también hay ejemplos universitarios —digamos entre los mayas y los incas— de proto-centros investigativos. Porque, lo sabemos bien, esa civilización, con una fundación mitopoética como la nuestra, sabía cómo conceptualizar el futuro. No hace mucho reescribí el Popol Vuh en inglés. La mía no es una traducción en sí sino una reinvención. Durante la redacción, me maravillé de la capacidad k’iche’ de pensar en la muerte y en las mil maneras de enfrentarla. Hoy por hoy, hay unas 1,850 universidades en América Latina, algunas de gran renombre. Su función en la sociedad capitalista y plural es fundamental. Sea como sea, la ciencia, que juega un papel importante en muchas de ellas, es un conglomerado de disciplinas que, aunque de alta calidad, sufre de recursos escasos. La pandemia, como tú aseveras, ha dificultado las cosas.
Siempre las catástrofes de esta índole tienen un efecto similar. La Biblia hebrea está repleta de ellas: diluvios, pestes, guerras y un sinfín de castigos divinos. Si bien están contadas sucintamente, no es difícil imaginar el vaivén tecnológico que acarrean. Las guerras, dondequiera que se den, por un lado, atrasan el progreso y, por el otro, lo estimulan porque requieren, antes, durante y después, todo tipo de armas y estrategias innovadoras para sorprender al enemigo. Son, pues, un estímulo a la producción laboral. Lo mismo debe decirse de las epidemias. La ciencia responde a ellas como lo ha hecho con el Covid: con vacunas, medicamentos y todo tipo de panaceas. Porque la clave radica en desafiar al enemigo, quienquiera que sea (un vecino, un microbio, etcétera), estar un paso delante de él.
Uno de los temas que me inquietan en relación a la pandemia es el surgimiento de un nuevo vocabulario: COVID-19, clases presenciales, asincronía, host, mute, coronelials y muchos otros. El sustantivo Zoom es versátil. En ciertos lugares, la palabra es igual a un verbo: zoomear, zooministrar; un adjetivo: zoomeante, zoomista, zoomete; y un adverbio: vivir zoomeando; o bien otros sustantivos: zoomer, zoomero, etcétera. No hay que olvidar su significado inicial: enfocarse. Hace un par de meses, un amigo me envió una pseudo página del Talmud, el libro exegético judío de mayor relevancia, titulada “Masechet Zoom”, en la cual una serie de rabinos de los siglos II, III y IV discuten, de forma profunda, las implicaciones éticas, legales y teológicas del Zoom. Es una broma, por supuesto —un mime bien pensado.
Toda hecatombe trae consigo un manual del habla. Lo trajo la peste bubónica, la ilustración, las revoluciones rusas y mexicanas, el holocausto, el 11 de septiembre, etcétera. Hemos asimilado este léxico con admirable rapidez. De hecho, los diccionarios como el Oxford English Dictionary, Merriam-Webster, el Diccionario de la Lengua Española y muchos otros, cuya dimensión en línea es hoy invaluable, ya han incluido muchos de esos términos en su versión digital. En inglés, COVID-19 es la palabra de más rápida inserción en Merriam-Webster: dos semanas entre el momento en que se gestó y el momento de su inclusión. Prestamos poca atención a esta faceta —el lenguaje de la pandemia— pero su poder es claro.
LZ: En efecto, en esta historia de las universidades tenemos que reconocer que al mismo tiempo que se estaba creando la primera gran universidad europea, en Boloña (donde, varios siglos después, impartiría sus clases el mismo Umberto Eco), en Machu Picchu se creó un sistema universitario con reglas propias. A principios del siglo XIII, el Studium de Boloña contaba con alrededor de mil alumnos. Por su parte, Machu Picchu fue creada en 1483, y fue en 1580 cuando este sitio fue abandonado debido a una fuerte epidemia llevada por los españoles. Machu Picchu no sólo era un panóptico militar y un centro ceremonial, sino un conglomerado de centros de investigación en agronomía, arquitectura, astronomía, medicina, teología, filosofía, diseño textil, música y, sobre todo, ingeniería social.
Hoy en día, aunque la pandemia ha hecho todo más complejo, los recursos digitales hacen posible el diálogo entre los colegas que trabajan en cualquier lugar y en cualquier lengua. El siguiente paso es la traducción de modelos teóricos producidos en español (por ejemplo, para analizar cine y literatura) a las lenguas romances que han dominado el ámbito académico internacional hasta ahora. Es muy cierto, como lo señalas, que en las Humanidades la palabra es nuestra materia prima, la sede de nuestra identidad. Y no deja de ser sorprendente que cuando se inició el encierro, en marzo del año pasado, empezaron a funcionar varios sitios en las redes de donde es posible bajar miles de libros de investigación en formato digital de manera gratuita e inmediata. Tan sólo este hecho implica un cambio de paradigma en el acceso al conocimiento especializado, pues en nuestros países las bibliotecas universitarias siempre tienen limitaciones presupuestales y el correo tradicional es notablemente lento. También durante la pandemia se intensificó el proceso que siguen las revistas y los libros para migrar a los formatos digitales. Yo mismo escaneé en estos meses los 75 libros que he publicado, pues ya casi todos están agotados en papel y su distribución no afecta los derechos de autor (que en realidad son los derechos comerciales de las editoriales). Se trata de un fenómeno similar a la posibilidad de grabar una clase o preservar en video una conferencia memorable.
IS: Me alegra que menciones a Umberto Eco, a quien conocí brevemente en Nueva York. No hace mucho visité Boloña para dar una conferencia en su universidad. Como lector, confieso mantener una relación ambivalente ante su obra. Su primera novela, El nombre de la rosa, marcó mis años jóvenes. La leí apenas se publicó su traducción, a principios de los ochenta. Yo era ya un lector asiduo de Borges y el homenaje que Eco hace de él en el personaje del abate benedictino, el bibliotecario ciego Jorge de Burgos, me maravilló, al igual que la disquisición acerca del tratado perdido de Aristóteles sobre la comedia. Pero he intentado releer la novela un puñado de veces y siempre fracaso. Es esquemática, caricaturesca, con largos diálogos diseñados para asombrar y no para entretener. Se trata, por supuesto, de una novela de ideas, una tradición que por lo general es mecánica en su ejecución. Pero no siempre: Italo Calvino era un escritor de ideas, lo mismo que Dostoievski y Robert Musil, para mencionar solo a unos cuantos.
Las otras novelas de Eco son mucho peores —yo diría ilegibles. Aunque se publicaban como eventos editoriales globales, no conozco a mucha gente que las haya leído. Por otro lado, sus investigaciones semióticas y sus estudios sobre las lenguas y sobre la belleza y la fealdad, aunque asimismo han perdido vigencia, para mí siguen siendo estimulantes. Menciono esto porque Eco es un tema ideal en nuestro diálogo sobre las universidades y la pandemia. Desde su púlpito, escribía para el gran público, ya sea a través de sus columnas periodísticas, su obra de ficción o sus trabajos académicos. Era, pues, un superstar renacentista que personifica bien la máxima de Terencio: “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”. Uno de los beneficios de la academia es la posibilidad que ofrece para aislarse del mundanal ruido, elemento fundamental para la concentración investigativa. Pero ese es asimismo su defecto: separa a quienes la habitan del quehacer cotidiano. Aunque el Covid nos ha empujado a romper vallas, estoy seguro que el aislamiento seguirá. Debe hacerlo porque la concentración es fundamental para algunos, mientras que para otros al menos generará una ansiedad inusitada de ser menos eremitas y más contemporáneos del resto de la humanidad.
Te felicito por haber escaneado tus 75 libros. Tu esfuerzo, sobra decirlo, es más que un reclamo. Entre otras cosas, vivimos hoy en un momento de vertiginoso cambio en lo que se refiere al libro como artefacto. Desde la invención de la imprenta de Johannes Gutenberg a mediados del siglo XV, hemos manipulado el libro de 1,001 formas, convirtiéndolo en una tecnología moldeable. Nos ha servido para fundar religiones, diseminar información, entretener a la población, educar a los niños y un sinfín de otras cosas. Pero hoy el libro es cada vez menos libro: puede ser digital, auditivo, puede escribirse mientras se lee, puede estar hecho de fotografías, dibujos animados, música, puede combinar películas y teatro y puede aparecer en varios idiomas. Y, sobre todo, el libro, que dentro del capitalismo era un espécimen de propiedad intelectual, reconfigura hoy su función como proveedor de capital.
A mi gusto, lo que has hecho tú con tus libros es quitárselos a tus editores y hacerlos tuyos, que, sobra decirlo, siempre lo fueron, pero de manera indirecta. Has tomado la iniciativa de reclamar tu propiedad individual; al hacerlo, les has dado una bofetada a quienes invirtieron en ti. Y lo has hecho porque a ellos ya nos les interesaba esa propiedad. La habían abandonado como negocio, suspendiéndola en ese limbo que es la categoría que tienen los libros semi viejos de estar agotados. Siempre me ha llamado la atención ese adjetivo cuando lo relacionamos a los libros: ¿agotados como diciendo cansados? ¿O agotados porque su autor y editor han decidido no luchar por ellos? Dices, en tu última frase, que se trata de algo igual a grabar una conferencia. Sí y no. Sí porque ponemos a disposición del público un viaje intelectual. Y no porque alguien, una casa editorial, invirtió en ellos como propiedad intelectual y aspiró a un mínimo a recobrar su inversión.
LZ: Hablar sobre Umberto Eco significa hablar sobre la función social del intelectual. Yo creo que Eco era un caso excepcional, pues en sus libros se encuentran las dos caras de la moneda. Era un experto en semiótica y filosofía del lenguaje (y creó la Asociación Internacional de Semiótica, que tiene ramificaciones muy activas en todo el mundo). Pero también era una figura pública, conocido por los lectores de la prensa diaria. Yo lo conocí en el congreso de semiótica, en Berkeley, donde presenté un modelo semiótico para estudiar el cuento. Creo que Eco disfrutaba mucho su trabajo, lo cual es clave para entender sus libros. Su rasgo más característico es mostrar la complejidad de lo que parece obvio y hace accesible lo que parece complejo. En ese sentido, es un intelectual simultáneamente analítico y continental, es decir, un especialista que forma parte de la élite de expertos, pero también una voz accesible y pública, con una vocación democrática.
Creo que esto es lo que estamos viviendo en este momento, ahora que estamos utilizando el Zoom. Para algunos, es un recurso que sustituye el trato presencial. Pero para otros es una herramienta que permite potenciar el alcance del trabajo de investigación y docencia. Es una herramienta de democratización del conocimiento, pues al grabar las conferencias el conocimiento se vuelve accesible para cualquier persona. Y en el caso de mi materia, que es el análisis cinematográfico, es un instrumento formidable para el trabajo de docencia.
En todo caso, estas grabaciones a las que me refiero son a su vez comentadas, lo que resulta un equivalente, en el espacio mediático, de las ediciones anotadas, que ahora existen también fuera del ámbito especializado de los estudios literarios. (Ahora está en prensa mi más reciente libro, sobre las ediciones anotadas dentro y fuera de la literatura).
IS: Volviendo a tu tema inicial, todo esto, por alguna razón que no acabo de descifrar del todo, me recuerda a Cantinflas, sobre el que vengo pensando —y escribiendo— por años. Hay mucho de Cantinflas que me interesa, pero sobre todo su lenguaje. Ahí estriba su revolución. ¿Habla Cantinflas en español? ¿O, digámoslo así, en mexicano? Sus frases son entrecortadas, laberínticas, anárquicas, sin principio ni fin, donde el sujeto asume el rol de predicado y viceversa. De hecho, una de sus palabras favoritas es viceversa, es decir, al revés, de cabeza. Y Tin Tan, el pachuco que llevó el Spanglish al cine antes que los eruditos tomaran en serio esta jerga callejera, hace lo mismo, aunque en su caso mezcla sabrosa del español y el inglés. Pienso en ellos porque el Zoom es una pantalla dividida en un numero casi infinito de pantallas. Tiene la capacidad de congregar y asimismo separar: todos cabemos en ella, pero uno sólo de nosotros es el host. La fuerza social de esta tecnología nivela nuestros vocabularios, los homogeniza. ¿Caben en esa pantalla parlanchines como Cantinflas y Tin Tan? Sí, aunque no cómodamente. Puesto que el Zoom es un tentáculo de la clase privilegiada, el cantinflismo y el tintanismo son segregados a esos otros medios que son WhatsApp o FaceTime o cualquier otro espacio de video-teléfono.
A lo que voy es que la Generación Zoom —no dudo que existe tal concepto y, si no, pues aquí está como regalo— ha tomado las riendas en esta plataforma. La usa como un laboratorio y como su escenario. Las representaciones que todos efectuamos por Zoom tienen su propia sintaxis. Nos presentan a los que actuamos en ella como gente pensante, preocupados no en quiénes somos sino en cómo queremos que los otros nos perciban. Hay algo de las selfies en Zoom: nos miramos a nosotros mismos mientras miramos a los demás. El efecto es similar a Las Meninas de Velázquez: ¿quién es el observador y quién el observado? Crear conocimiento de este formato es, pues, un acto narcisista.
Illan Stavans
Tiene la cátedra Lewis-Sebring de Humanidades y Culturas Latina y Latinoamericana en Amherst College, Massachusetts. Entre sus libros recientes se cuentan una reinvención del Popol Vuh (Restless Books) y What Is American Literature? (Oxford University Press, 2022), que relee la literatura norteamericana desde la perspectiva de la presidencia de Donald Trump.
Lauro Zavala
Investigador en el Doctorado en Humanidades de la UAM Xochimilco y profesor invitado en el Programa de Cine de New York University. Sus libros más recientes incluyen Semiótica preliminar (2015), Semiótica fronteriza (FOEM, 2022) y Principios de teoría narrativa (UNAM, 2020).