Gabriela Wiener (Lima, 1975) es una de las narradoras peruanas más propositivas, dueña de una pluma versátil. Ha exhibido la violencia de género, la discriminación y hurga en historias de sus ancestros —como es el caso de Huaco retrato, en donde escudriña la figura de Charles Wiener, su tatarabuelo, un saqueador de piezas prehispánicas—. En un primer momento recibió la invitación del Ministerio de Cultura de Perú para participar en la FIL de este año, pero luego la eliminaron de la lista de autores convocados. Si existe una palabra que define a su libro más reciente es “descolonización”.

Descolonizar es una de las acciones más complejas que existen. Hay estudios, planes y hasta tratados para lograr esta encomienda, pero no siempre se obtienen buenos resultados. Gabriela Wiener tiene muy claro a dónde quiere llegar en esta exploración narrativa o cartografía de la memoria ancestral, álbum de familia, recorrido interior, viaje a la semilla, que es Huaco retrato (Penguin Random House, México, 2021).
Al parecer los hechos se dan de manera fortuita, la historia se presenta de una forma indescifrable, casi amorfa y se requiere de suma habilidad para exponer los hilos de un tapiz desdibujado, la tristeza de un pueblo violentado y las similitudes con la historia familiar. Gabriela Wiener es una peruana que lleva más de dos décadas viviendo en España, ejerce el periodismo y escribe libros de ensayo personal que colindan con la crónica. En México algunos de sus artículos pueden leerse en la Revista de la Universidad.
El apellido Wiener posee una historia de claroscuros. En París, el 9 de julio de 1875, se le confió a Charles Wiener, quien en esa época era profesor de alemán en un liceo parisino, una misión arqueológica y etnográfica en Perú y Bolivia. Dos años después, Wiener retornó como un intrépido explorador, repleto de honores y elogios que lo colocaron en un lugar privilegiado dentro de la sociedad científica. Lo veían como un talentoso expedicionario que vino a exhibir rasgos exóticos. En el Musée du quai Branly es posible admirar una gran colección de arte no occidental de América, Asia, África y Oceanía. Charles Wiener trajo una gran cantidad de piezas de arte precolombino, figurillas antropomorfas y zoomorfas con miles de años de antigüedad. En la ficha correspondiente se lee: “Mission de M. Wiener”. ¿Héroe o villano?
La escritora rememora que Vargas Llosa en El hablador se refiere a Wiener como un explorador francés que en “1880 se encontró con dos cadáveres machiguenga, abandonados ritualmente en el río, a los que decapitó y agregó a su colección de curiosidades recolectadas en la selva peruana”.
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¿Qué es un huaquero? La palabra posee varias connotaciones. Gabriela Wiener explica que así le llaman en los Andes a los lugares sagrados que ahora son sitios arqueológicos. Los huaqueros eran un grupo de personas que invadían zonas arqueológicas para llevarse consigo objetos únicos, valiosos. “De ahí que huaquear sea una forma de violencia: convierte fragmentos de historia en propiedad privada para el atrezo y decoración de un ego. […] Wiener, sin ir más lejos, ha pasado a la posteridad no sólo como estudioso, sino como ‘autor’ de esta colección de obras, borrando a sus autores reales y anónimos, arropado por la coartada de la ciencia y el dinero de un gobierno imperialista. En aquella época a mover un poco de tierra lo llamaban arqueología”.
A la narradora le provoca indignación cuando advierte, en medio de las vitrinas de piezas saqueadas, un espacio dedicado a la momia de un niño, pero la pieza sólo se menciona y no aparece ahí. Se especula con la idea de un robo, una mudanza o una repatriación en todo caso. No obstante, reflexiona: “Si no fuera porque vengo de un territorio de desapariciones forzadas, en el que se desentierra pero sobre todo se entierra en la clandestinidad, tal vez esa tumba invisible detrás del cristal no me diría nada. Pero algo insiste dentro de mí, quizá porque ahí dice que el niño de la momia ausente era de la Costa Central, de Chancay, del departamento de Lima, la ciudad donde nací. Mi cabeza deambula entre pequeñas fosas imaginarias, cavadas en la superficie, encajo la pala en el hueco de la irrealidad y retiro el polvo”.
Hay cierto sector de la familia de los Wiener que cree que el nombre de Charles Wiener está relacionado con hazañas; sin embargo, su nieta lo ve como alguien fraudulento y mentiroso que quiso venir a imponer una visión racista, clasista y discriminatoria. Y cada vez es más fuerte el rumor en un sector del mundo académico: “Hay quien sostiene que Wiener es un farsante, un impostor”. Estas últimas palabras funcionan como un detonante o, acaso, como un presagio de lo que va a ocurrir en esta crónica-ensayo-guía de forasteros en encuentros y desencuentros sexuales.
Si su tatarabuelo Charles Wiener era un embustero que despojaba a los indígenas de sus pertenencias, incluso de uno de sus hijos como sucedió con el niño Juan, su padre hereda la actitud deshonesta de su ancestro. La escritora, angustiada por un cáncer terminal que aqueja a su padre, viaja a Lima a reunirse con su familia; ahí la esperan su madre y su hermana, con quienes se turna para aligerar la carga de cuidados y atenciones que requiere el enfermo. Cuando él se debate entre la vida y la muerte, ella ingresa a su computadora personal y descubre que su padre ha llevado una relación paralela a su matrimonio. Su padre usa un parche en el ojo, a modo de disfraz, en los momentos que está con la otra mujer con quien tiene una hija.
Para Gabriela Wiener es evidente el enredo: una mujer, su esposa, la madre de ella, quiere ser la amante del señor Wiener; la otra mujer, su amante, anhela ser la esposa. Y desde esa necesidad de roles, las dos asumen su papel en la vida de su compañero.
El día que falleció el señor Wiener sus cenizas se dividieron en tres porciones equivalentes: una para su esposa, otra para la amante y, la última parte, para la hija primogénita que reside al otro lado del Atlántico, la escritora.
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Existe otro significado de la palabra huaco y se refiere a una pieza de cerámica prehispánica, hecha a mano, de formas y estilos diversos. De estos objetos, indica la narradora, el más valioso es el huaco retrato o una especie de carné de identidad indígena. La cerámica favorita de Gabriela Wiener es la mochica, “capaz de hilar un retrato como un comic tridimensional de esculturas cuadro por cuadro. […] La especialidad de los moches son las esculturas de dioses degolladores y los huacos eróticos son su cine porno, el kamasutra andino”. Gabriela Wiener le muestra a Roci, su novia española, la serie de figurillas huacos de mujeres que “tragan penes más grandes que sus cuerpos, gozan a cuatro patas y paren niños”. La española cree ver a Gabriela en los rostros de las mujeres andinas de esa colección que trajo, a París, Charles Wiener en el siglo XIX.
Durante su estancia en Lima, descubre que la excusa perfecta de su padre siempre fue su salud, los problemas que debía solucionar y eso, de algún modo, hacía verosímiles sus ausencias. Entre este último argumento y su trabajo como periodista, se las arregló para llevar a cabo un estilo de vida con dos mujeres en la misma ciudad, dos familias.
La primogénita se encuentra con la otra mujer que no es su madre y conoce más de la vida oculta de su padre. No obstante, de manera inconsciente, ella sigue los pasos de su padre: la ruta hacia la infidelidad. Gabriela conoce a un chico y olvida lo mucho que está interesada en su relación poliamorosa —con Roci y Jaime en Madrid—, y sin pensarlo repite el patrón de conducta paterno. Aunque no se trata de una relación alterna, seria, Wiener actúa y luego se reprocha, en medio de la culpa y sentimientos encontrados. “Mientras más predico la sinceridad amorosa con los otros dos, más les miento”, confiesa. Siente que nunca ha estado más cerca de encarnar este verso de Sharon Olds: “Me he convertido en mi padre”.
La voz narrativa se sincera a cada paso y entonces la figura del señor Wiener ya no es juzgada con tanta severidad como antes. La carne es frágil. Así como la necesidad de tener sexo en Lima, a miles de kilómetros de Madrid. “Soy la versión posmoderna de mi padre”, exclama al tiempo que no deja de preguntarse cómo va a contarles que su corazón ya no está dividido en dos sino en tres. “El troll se alimenta de miedo y yo soy mi propio troll”.
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En Bolivia la palabra huaco remite a la hendidura que se hace en la tierra con el arado, es una fisura o grieta en la tierra para que la semilla germine. Es posible que esa connotación también haya sido considerada para elaborar este ejercicio de descolonización, de exploración en las raíces, en su propia tierra.
En la genealogía de la escritora están presentes los apellidos Wiener y Bravo. Los Wiener son mestizos que acostumbraban casarse con mujeres mestizas, blancas, con excepción del padre de Gabriela que desposó a una chola. Durante sus años de niña y adolescente, la ensayista quiso sentirse más Wiener que Bravo; sin embargo, cuando llegó a España le recordaron que el color marrón de su piel la acerca más a los indios del Perú, a los sudacas que miran con desprecio. También en Perú le dijeron que por su “color puerta” era más cercana a los Bravo que a los Wiener. El asunto racial queda acentuado en la historia. No sólo cree necesario desmarcarse de la actitud de su tatarabuelo Charles Wierner, de los engaños de su padre, sino también de la manera en que los colonizadores les enseñaron a los indígenas a despreciar sus raíces, su color, su vida misma.
¿Cómo ser una mujer chola en Madrid? Con frecuencia le preguntan si conoce a otras mujeres sudacas para que hagan el aseo de una casa o la observan y piden referencias sobre ella para ver si pueden darle empleo como trabajadora del hogar, sin que ella lo solicite. En el parque la ven cuidando a alguno de sus hijos y creen que ella es la nana, no la madre de ellos. Y todo por su tono de piel, por esa herencia que le ocasiona que duden de su honorabilidad o que en el metro las personas sujeten sus bolsos, a manera de precaución, para evitar ser asaltados. Son los prejuicios con los que debe luchar día tras día, pero que —de forma ineludible—terminan por desvirtuar el amor propio.
Para aceptar sus señas de identidad ingresó a un taller de descolonización, en donde aprendió a asimilar sus raíces, su color de piel, sus olores, su cuerpo que no corresponde a los cánones de belleza impuestos por Occidente. Así como Juan Goytisolo se considera un meteco y ese rasgo de extranjería lo explota muy bien en su narrativa y en distintas urbes de Europa y África; Wiener, por su parte, se observa y asume como chola.
La literatura vista como reflejo nítido de una vida, de una deconstrucción sin estereotipos. Es la mujer que quiere desmarcarse del ultraje cometido por Charles Wiener. En este acertado ejercicio ostenta sólidas reflexiones sobre el colonialismo en diversos matices. Leerla es hallar ecos de aquel cuarto propio que proclamara Virginia Woolf, aires del feminismo poliamoroso de Simone de Beauvoir, de la manera de confeccionar el ensayo-crónica como Sergio González Rodríguez, del diletantismo de Oscar Wilde al amar a personas de su propio sexo, del feminismo posmoderno de Virginie Despentes y la manera de abordar la crónica con rasgos literarios como suele hacerlo Cristina Rivera Garza en varios de sus libros, ya sea que busque a Rulfo, a Revueltas, a sus abuelos o a su hermana Liliana.
Gabriela Wiener depositó las cenizas de su padre en Madrid, en un árbol que florece con hojas en forma de corazón. Su madre cree que cuando brotan las flores es porque su padre la protege y está con ella.
Es lamentable que Gabriela Wierner haya sido invitada y luego desinvitada a la FIL este año por parte del Ministerio de Cultura de Perú, porque es una de las voces con más fuerza narrativa de América Latina. Descolonizar es una de las acciones más complejas que existen y ella lo logra con óptimos resultados.
Mary Carmen Sánchez Ambriz
Una historia muy apasionante.