Gabinete de lectura: ¿Qué leen quienes editan?

“Se lee, edita, corrige, traduce y (re)escribe ajeno”, pareciera que dicen nuestros CVs. La tarea de la editora, del editor, es una labor constante de aprendizaje; es un oficio de acompañamiento y consejo en algunos momentos, de autoridad y límite en otros. Editar es hacer posible que una conversación que pudo haber sido pasajera se convierta en un texto publicado, que un tuit u ocurrencia se elabore hasta tener sentido, que un poema o ensayo dejen de ser materia privada para volverse asunto de todos. Editar es compartir. Pero, ¿qué más hacen los editores? Le roban tiempo al tiempo para leer. Reunimos aquí algunas recomendaciones de lectura de colegas editoras y editores de revistas amigos de nexos.

Sandra Barba, Revista de la Universidad de México

He abusado de una broma durante los últimos meses: si he de convertirme en súbdito de nuevos amos, por lo menos debo indagar acerca de ellos y saber qué desean. Leo sobre plataformas digitales. Me parece que quienes valoramos la democracia, la igualdad, la privacidad, la transparencia, la libertad de expresión y de pensamiento, e incluso quienes defienden el libre mercado, debemos prestar atención no sólo a las redes sociales sino a las plataformas. Un puñado de corporaciones domina el “tráfico social y las transacciones económicas en internet”, como se lee en The Platform Society (2018), el libro seminal sobre el tema, escrito por José van Dijck, Thomas Poell y Martijn de Waal.

Para caer en cuenta de ello basta con identificar los umbrales de la vida digital: usamos dos o tres navegadores y motores de búsqueda, descargamos o compramos aplicaciones en un par de tiendas, nuestras direcciones de correo electrónico comparten los mismos dominios y accedemos mediante ellas a una miríada de sitios web, pagamos con Apple Pay o Google Pay, empleamos sus tecnologías de geolocalización y de mensajería inmediata, mientras los nuevos colosos albergan todo sobre nosotros en sus servidores (y también les pagamos por esto). A cambio de varios servicios —convenientes, ¿qué duda cabe?—, cedemos nuestros datos personales y nuestra información más íntima.

Quizá el siguiente ejemplo sirva para sentir las implicaciones de este nuevo orden. Aún visitamos los tianguis para abastecer de alimentos los hogares. Pero el verdulero no nos vende cinco jitomates y un par de cebollas a cambio de la información que mansamente entregamos a Meta, Amazon, Google, Apple, Microsoft. Si el “líder” del tianguis nos la exigiera a cambio del privilegio de comprarle a ese verdulero, armaríamos un alboroto bajo la luz roja de los toldos de plástico. Jamás compartiríamos con él la lista de compras de la casa, los puestos en los que nos detuvimos a mirar la mercancía o si le pedimos precio a la señora de las quesadillas. Nos ofendería que un vendedor ambulante se atreviera a tanto. Si encima el verdulero, el líder del tianguis o ambos aprovecharan nuestros datos para comerciar con un número indeterminado de fruteros, carniceros, taqueros y ropavejeros, buena parte del país se manifestaría en contra de los mercados sobre ruedas. Pese a ello, vivimos sometidos a un oligopolio global que monitorea cada segundo de nuestra vida en línea y después la “monetiza” quién sabe por cuánto dinero y con quiénes. La soledad que sentimos frente a la pantalla del smartphone es un espejismo.

En este mundo hipervigilante, ¿aún es posible el disenso? Así llegué a Guobin Yang y su premiado libro The Power of the Internet in China: Citizen Activism Online (2011). Yang fue etnógrafo del “primer internet”. A veces pienso en él como un historiador del siglo XXI virtual: tras leerlo, entendí cómo pasamos del optimismo y el entusiasmo que nos despertaban los espacios digitales a la sensación —inquietante, confortable, siniestra, gratificante, compleja— que hoy nos invade. Según su recuento, incluso en China el activismo existe: brotan campañas espontáneas contra la corrupción de algún gobernante local, crecen redes de solidaridad tras los terremotos, los residentes de una localidad consiguen que el gobierno central sancione a un funcionario abusivo, millones de usuarios se burlan en secreto de la propaganda oficial que fomenta la “energía positiva” y desalienta la crítica (una “emoción negativa”). Tanto la sociedad civil como lo contencioso persisten, con evidentes límites. En vista del rumbo por el que ha optado el planeta, me interesa saber cómo se expresa el disenso y cómo logra ser exitoso el activismo bajo regímenes autoritarios que han pactado con corporaciones tecnológicas para vigilar a los ciudadanos.

Eduardo Huchín Sosa, Letras Libres

Las primeras páginas de Querido callo, las historietas completas de Aline Kominsky-Crumb dan la impresión de ser una guarrada tras otra. Amparada en la etiqueta de “cómic underground de los años setenta”, la dibujante nacida en Long Island parece dar rienda suelta a cualquier cantidad de fantasías e insatisfacciones sexuales y subrayar una serie de funciones corporales que ya me estoy arrepintiendo de recomendar la lectura de este libro en un lugar público, un mediodía de verano.

Sin embargo, conforme avanzan las páginas, la cosa va teniendo mayor encanto, sin perder el toque pornográfico que vuelve la experiencia “un poco rara, pero bastante veraniega”, si me permiten la expresión. A pesar de ser muy guapa (perdón por este comentario, pero no es tan machista como parece), Kominsky-Crumb se dibuja a sí misma con un trazo que va de lo horrible a lo simplemente mal delineado y que tiene mucho sentido en la epopeya autobiográfica que quiere contarnos: una niñez marcada por las humillaciones de sus padres, que la hacían sentirse fea e insegura; una juventud en busca de un estilo propio como artista visual, rodeada de señores que nada más querían llevársela a la cama fingiendo que apreciaban su obra; y una adultez al lado de Robert Crumb, ese genio del cómic, con quien busca desarrollar su talento como historietista y, además, tener una casa y criar una hija.

Lo que me gusta de Kominsky-Crumb no es sólo el desparpajo para hablar de su vida sexual, de sus despreciables papás o de una niñez que oscila entre la felicidad y el infierno, sin escalas intermedias, sino su capacidad para presentar esos episodios esperpénticos como: a) parte de la vida común y corriente, b) producto cada vez más de las decisiones personales y cada vez menos de las circunstancias. Y acaso sea ese tono de normalidad –y esa determinación de “dibujar feo” porque así lo quiso– lo que ha hecho que tantas historietistas posteriores encontraran en Kominsky-Crumb un modelo para hablar de sus propias vidas sin tantos eufemismos.

Hernán Bravo Varela, Periódico de Poesía

Con prólogo de Mónica Nepote, La materia sensible. Antología personal (UNAM, 2019) fue, para muchos lectores mexicanos, la revelación de una voz mayor de la poesía latinoamericana de nuestro tiempo: Claudia Masin.

Nacida en 1972 en Resistencia (provincia del Chaco, Argentina), Masin ofrece en este volumen una selección de su poesía escrita entre 2001 y 2018. A caballo entre el poema en verso, en prosa y en versículo, entre el relato lírico y el ensayo personal, la obra de Masin propone “curar y ser curados” de “esa fuerza / que resiste la catástrofe”, así como “[d]el daño que no puede evitarse, / porque lo que nos damos los unos a los otros, / aun el terror o la tristeza, / viene del mismo deseo”.

Tal deseo no es, como para Cernuda, lo opuesto a la realidad sino su cicatriz instantánea, su refugio en movimiento. Con una intensidad que no rehúye a la argumentación, Masin medita en las metamorfosis del deseo: su fuerza verbal, que nos hospeda, es la misma fuerza vital que nos arrasa.

Maximiliano Sauza Durán, Bífida

Sofia Andréievna Behrs nació en Pokróvskoie, Rusia, en 1844, en el seno de una familia acomodada de ascendencia alemana, perteneciente a la corte del Kremlin. Se casó con uno de los titanes de la literatura rusa, Lev Nikoláievich Tolstói; y a lo largo del tiempo ha sido recordada como una sombra, una amanuense, una mujer torturada por la vida conyugal junto a su marido (Tolstói era un loco que se creía Tolstói). Trece hijos, innumerables propiedades, múltiples enemigos —y el mayor: su gran amor, su esposo, bajo su techo. Sabemos que la condesa Tolstaia llegó a transcribir siete veces la inmensa Guerra y paz, y fue la editora, correctora, traductora y albacea de las obras completas de Lióvochka (el apócope cariñoso con que llamaba a Tolstói). No obstante, en estos Diarios vemos a la otra Sofía.

Sonia (como cariñosamente le decía Tolstói) fue más que una mujer subordinada al marido, un ser sensible tras la bambalina del afamado genio. Ella por sí misma tenía una sensibilidad artística que se trasluce en sus escritos. La lucidez con que habla de sí misma, del genio de Lióvochka, de sus hijos, de la música que escucha y toca, de su talento enorme como fotógrafa, pintora, editora, administradora, y como escritora.

Leo estos diarios, anonadado, conmovido a veces hasta las lágrimas, y página a página los contrasto con los de Tolstói, así como su correspondencia (traducidos por Selma Ancira en cuatro tomos en Era). Me parece un milagro conocer la vida íntima de esta extraordinaria familia afincada en Yásnaia Poliana, conocerla por la voz de sus protagonistas, y asistir, día con día, mes con mes, palabra a palabra, a la génesis de obras tan fundamentales como Anna Karénina, La sonata a Kreutzer, o El padre Serguéi.

“Otro funeral de mi felicidad”, dice la entrada del 19 de septiembre de 1891, mostrándonos la limpidez de su estilo; páginas después, apunta: “Yo disfruto de la soledad, del descanso; he podido concentrarme en mi vida interior: leo, pienso, escribo y rezo. Todavía ayer, mi marido volvió a despertar pasiones violentas en mí; hoy, todo es luminoso, puro, tranquilo y bueno. Pureza y claridad: ésos son mis ideales”.

Diana Amador, exeditora en Gatopardo

Recuerdo haber leído a Amparo Dávila muchas veces en mis tiempos de universitaria. Pero como muchas cosas de esa época, no lo hice con el cuidado que ameritaba. Quedó relegada en ese rincón de la memoria donde habitan miles de autores que uno lee por obligación. Hasta que un día la trajo de vuelta un amigo –otro editor, Alfredo Campos Villeda– en forma de regalo.

Sumergirse en estos relatos es iniciar un viaje dentro de una pesadilla que no termina cuando cambias de página. La memoria se queda impregnada de ese aire siniestro que revive monstruos imaginarios cuando te distraes. Creo que no es un libro que se analice o al que se le deba buscar una explicación. Es una lectura sensorial. No importa tanto lo que se dice, como lo que se oculta y las sensaciones que te recorren con cada lectura.

Lo leí una y otra vez tratando de entender cómo cada palabra lograba construir esa experiencia tan inquietante. A lo largo de los días, en medio de mis tareas cotidianas, me sorprendía pensando de nuevo en esa escena, ese detalle, esos ruidos que lograba imaginarme como si estuvieran en los muros de mi casa. Me di cuenta de que varios relatos tenían por protagonista a una mujer insomne. Para mí, que toda mi vida está marcada por la incapacidad para dormir, fue como una alusión personal. ¿Seré un personaje de Amparo Dávila?, ¿me habitan monstruos que no he logrado nombrar? Aún no tengo respuesta, pero cada noche en vela los ruidos, la sangre y los fantasmas sin rostro regresan a acompañarme mientras miro a mi pareja dormir.

Emiliano Álvarez, Revista Común

“Tengo en mis manos la declaración. El texto me produce una incomodidad que equiparo con el desconcierto que noto cuando examino mis sueños. Las palabras brincan, extrañas […]. ¿A dónde me dirijo para corregir las palabras de lo que, en primer lugar, nunca quise decir?”. Tengo en mis manos el segundo libro de Marisol García Walls, la ensayista de mi generación —es decir, nacida en los ochenta— que más me emociona leer. Su primer libro, Atlas de rasgos familiares  (Tragaluz, 2022)un compendio heterogéneo de textos sobre mapas, fotografías, afectos y objetos que intentan hablar cuando sus dueños han desaparecido, aun si no sabemos cómo escucharlos—, revela ya una prosa capaz de hibridar una hondura reflexiva de envidiable lucidez con una prosodia esmerada, pero natural, que llena la boca y el oído.

Aunque algunos de esos ensayos están tejidos a partir de referentes como los diarios de Virginia Woolf o la maleta perdida de Walter Benjamin, hay en todos una imbricación muy suya —de Marisol—. Si la escritura es un acto corporal, somático, la puesta en página es tan sólo el síntoma que es forzoso interpretar para entender la afección profunda, verdadera, de la cual nace la textualidad. Todos los cuerpos escriben. Toda escritura es performance.

En esta Comparecencia (in)voluntaria, la autora usa esa misma caja de herramientas, pero suma otros recursos —la brillante intervención visual y textual de una declaración ministerial fotocopiada; la crónica de un acto performático en las instalaciones de un ministerio público— que le permiten traducir, tan potente como conmovedora, la escritura que alguien más dejó en su cuerpo. “Yo no pedí contar esta historia, pero ella se escribió en mí”. Recuerdo pocos libros que hayan sido capaces de moldear el trauma de forma tan cabal. Su peso excede de sobra lo político —aunque lo político pesa—, y, si bien duele, confirma para mí que su prosa es de lo mejor que le viene pasando a la literatura mexicana. Yo lo leí en su primera edición, española, aparecida hace unos dos años. Qué fortuna que, con la recientísima edición de U-Tópicas, sus libros comiencen a publicarse en nuestro país.

Hugo Garciamarín, Revista Presente

Mientras meditaba sobre las tensiones que atraviesan la creación literaria en esta época signada por el imperio del algoritmo, los fragmentos efímeros de video y el tuit a sueldo, me reencontré con una conferencia de Walter Benjamin que arroja luz sobre el dilema[1]. En ella, el marxista alemán propone un desplazamiento crítico: más que interrogarse por los intereses a los que sirve el escritor y o la escritora —si a la burguesía o al proletariado—, lo revelador es examinar la técnica de producción literaria: ¿la escritura transforma las condiciones en las que la cultura se produce y se distribuye?

Desde esta perspectiva, Benjamin señala que es muy burguesa toda tentativa de representar a las masas sin socializar los medios de producción cultural y sin permitir la libertad creativa. Los gobiernos de “izquierda”, en lugar de abrir los medios al “pueblo” o a los trabajadores culturales, se han inclinado por erigir una estructura burocrática que monopoliza el juicio estético y decide qué puede considerarse “arte revolucionario”. Así, bajo una máscara de compromiso político, se perpetúa un aparato jerárquico que homogeniza las formas, disciplina las voces disonantes y convierte la literatura en un instrumento funcional al orden —tal y como ocurría, según el autor, con el realismo socialista.

Gina Velázquez, Este País

¿Qué sucede cuando alguien escribe sin recibir respuesta, pero sin poder dejar de hacerlo? Conocemos bien el sentimiento, ¿y qué hacemos con eso? Durante diecisiete años, Rosario Castellanos escribió a Ricardo Guerra —su crush, su amante, su inalcanzable, su esposo, el padre de su hijo— cartas que recorren el amor, la furia, la inteligencia, la maternidad, la poesía, la vocación y el cuerpo. La primera data de 1950 y, aunque suena lejano, todo resulta actual y cercano; sentimos que Rosario podría ser nuestra amiga o nosotras mismas. Más allá del destinatario, son una forma de conocerla de cerca y entender cómo se construyó a sí misma.

Este libro es un caleidoscopio de escenas y emociones donde habitan el deseo, la rabia, el humor y la escritura. Revelan una faceta muy personal y el proceso de afirmarse como escritora en un contexto hostil, entre silencios, traslados y contradicciones. A falta de una autobiografía, estas cartas nos dejan husmear en su vida privada, ver el detrás de cámaras de su literatura y quererla todavía más. Rosario nos recuerda que escribir también puede ser una forma de entender lo que duele y lo que importa.

Juan Carlos Calvillo, Otros diálogos

El Ford Falcon no se alcanza a detener cuando ya se baja el copiloto y se lanza a toda prisa a la tienda de licores a un costado de la carretera. Apenas van a dar las nueve de la mañana. Para el momento en que el conductor cruza la puerta del almacén, su compañero ya ha comprado una botella de dos litros de whisky, que, por supuesto, los dos comparten en el camino de vuelta a la Universidad de Iowa para llegar a impartir sus clases en el prestigioso Taller de Escritores. El copiloto, no viejo todavía, y sin embargo mortecino, ha olvidado ponerse las calcetas. Es John Cheever. Al volante del Falcon, de aspecto un poco más andrajoso –y seguramente fumando un cigarro–, se encuentra Raymond Carver. Así empieza, más o menos, The Trip to Echo Spring, de Olivia Laing, un libro que se esfuerza por localizar, investigar y entender la compleja relación que hay entre el alcohol y la creatividad en el mapa de la literatura estadounidense.

Son seis los grandes escritores a los que Laing dedica su atención: F. Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Tennessee Williams, John Cheever, John Berryman y Raymond Carver, y sólo dos de ellos lograron dejar de beber hacia el final de su vida. Todos murieron relativamente pronto o se suicidaron; todos tuvieron una existencia atormentada. No obstante, en el libro nunca se cae ni en el cliché de los “demonios” interiores (como decía Baudelaire de Poe) ni en la idealización romántica del barfly (à la Bukowski). Incluso, aunque no dejan de echarse en falta, Laing explica bien por qué brillan por su ausencia las escritoras que también fueron alcohólicas, como Carson McCullers y Elizabeth Bishop. Estas seis, como las de cualquier adicto, son vidas que se volvieron inmanejables.

Pero, por parafrasear con ejemplos distintos, no cualquier dipsómano escribe el tercer capítulo de El gran Gatsby ni una obra de teatro como Un tranvía llamado Deseo. El viaje a Echo Spring es un libro de la más profunda compasión y empatía. Ahora que lo leo pienso en mis amigos César y Jorge, en lo que sé de sus padres. Pienso en David, en el trago que nunca se volvió a tomar, y en Pancho, que aprendió a conocerse. Y muy a menudo pienso en mi esposa. En lo tanto que escribimos y en lo tanto que sonríe.

Daniela Gallegos, Conspiratio

Es verdad que cada época tiene sus convulsiones y cada una está marcada por múltiples crisis civilizatorias que, de una u otra forma, dan paso a la siguiente. Afirmar que no hay historia sin mutación es sostener una verdad ineludible. Hoy, sin embargo, nos encontramos en medio de un abismo. Como la caja de pandora, desconocemos las consecuencias del supuesto progreso que promete hacer posible lo imposible: apropiarse del rumbo de nuestra historia desde los confines de la ciencia. La búsqueda ilustrada de alcanzar esa mayoría de edad se ha trastocado en formas cuyas consecuencias todavía no conocemos: el antecedente más cercano es el siglo XX y las Guerras Mundiales. Nos hemos concentrado en saber qué no queremos repetir, sin advertir que, aunque con algunas variaciones, volvimos al inicio de la historia cuyo final termina en cenizas humanas.

En Un verdor terrible, Benjamín Labatut recuenta el caso de los científicos más prolíficos del siglo pasado. Inicia con el desgarrador desenlace de los oficiales nazis: una alemania asediada por una ola de suicidios, por el absurdo de un genocidio en cuyos engranajes se encontraba la ciencia. Labatut relata el origen del cianuro, derivado del primer pigmento sintético: el azul de prusia. A principios del siglo XVIII, el ser humano apenas conocía unos cuantos elementos puros como el cobre, el estaño o el plomo. No había un gran avance en la química de los elementos, pero los accidentes de quienes se atrevían a experimentar y descubrir nuevos hitos científicos, fueron por lo común el origen de sustancias que desafiarían su fortuito nacimiento y marcarían la vida de cientos de personas.

Así, Labatut nos lleva al centro de su obra: la corrupción de la ciencia. Es a Fritz Haber que debemos quizás nuestra subsistencia: al hacer posible la extracción sintética del principal nutriente del que se alimentan las plantas, permitió que la población creciera de 1,6 a 7 000 millones de personas en menos de cien años. Sin embargo, los límites que separan este milagro de la masacre se desdibujan: con el descubrimiento de Haber en 1907, se alimentó también la fabricación de pólvora y explosivos para la Primera Guerra Mundial. Este es tan sólo un ejemplo del gran repertorio de genios de la época. Desde Karl Schwarzschild, Shinichi Mochizuki, Schrödinger, hasta Karl Heisenberg, Einstein y el príncipe Louis-Victor Pierre Raymond, Labatut nos muestra el desenlace funesto que casi siempre encarna el intento deshumanizado de entenderlo todo: la locura.

Labatut nos deja con una pregunta que no podemos dejar de lado: ¿Qué haría el ser humano si fuera capaz de tocar el corazón del corazón del mundo? No lo sabemos, pero lo estamos atestiguando.

Liliana Muñoz, Criticismo

Biografía emocional y manifiesto crítico, Por qué Georges Perec (2024), de Kim Nguyen, es a la vez mapa y territorio. A lo largo de 236 entradas, el autor propone, no una respuesta a la pregunta que da origen al libro, sino una serie de disparadores para aproximarse a Perec. En un ejercicio de economía literaria, Nguyen se vale del fragmento, la anáfora, las listas y el aforismo para intentar volver legible el vasto universo perequiano: desde Las cosas hasta La vida instrucciones de uso; desde Me acuerdo hasta El secuestro, cada entrada sugiere, acompaña, invita a descubrir la expansiva obra de Georges Perec. En este sentido, no pretende constreñir, sino ampliar; no contar, sino aludir, condensar, citar, concatenar ideas que lleven al lector a extraviarse en el corazón de este autor.

La peculiaridad del libro estriba en su estructura dialógica y lúdica. Cada respuesta es minúscula, autónoma y, al mismo tiempo, acumulativa: en conjunto, los 236 fragmentos conforman un retrato poliédrico de Perec. No es una biografía al uso, ni tampoco un ensayo: es, más bien, una literatura que piensa, recuerda, evoca y juega. Como sugiere Nguyen, se trata de una “máquina combinatoria” que remite al espíritu oulipiano, ese taller de literatura potencial que Perec cultivó con pasión.

Hay en Por qué Georges Perec un aire festivo y de rito de iniciación: por un lado, es una invitación a redescubrir su literatura; por otro, una nueva forma de mirar el mundo —lo cotidiano, lo banal, lo infraordinario— con increíble atención. En cada “porque” de este librito luminoso reside una voluntad de combinar, fragmentar y reorganizar, pero también una tentativa sutil e inteligente de convertirse en una llave de la memoria y la imaginación. Crítico, modesto, discreto, Kim Nguyen ha escrito un monumento íntimo a Georges Perec.

Julio González, Nexos

Me gustan los escritores inconformes con su época y sus contemporáneos; extraviados en un siglo que no es el suyo –y cuya nostalgia (ilusoria, por otro lado) los hace anacrónicos y adelantados–; escritores que tienen el “no estoy de acuerdo” en la punta de la lengua; que odian de manera explícita, gustosa, pública; que hilvanan los retazos, el fragmento, el pastiche, que toman de aquí y allá; que detestan los manifiestos y formas correctas de hacer literatura, pero que por ello también hacen de su escritura un manifiesto: letra encarnada, ética práctica (o sea, política). Así, me parece, es la literatura de Ariana Harwicz.

Leo un libro hecho; es decir, armado por sus editores: El ruido de una época. Ahí Harwicz se muestra como una francotiradora, una enfant terrible en una época que ha hecho de la transgresión una moneda más bien de la derecha –cuando, de antaño, era la bandera izquierdista por excelencia. Recuerda a las Intervenciones de Houellebecq, pero también al aire lúcido y lúdico, crítico y corrosivo de los aforismos de Cioran. A Harwicz la anima el espíritu de la diatriba.

Escribe, por ejemplo: “Existe una edificación cultural a partir de lemas: se pasó del “Prohibido prohibir” del Mayo Francés al “Prohibido odiar” actual. El mandato es crear obras en las que estén cancelados el odio, la discriminación y la ofensa”. Contra la literatura pedagógica, contra la directiva de enseñar y sancionar el fondo negro de la conducta humana, se erigen los dardos de Harwicz. Hay en estas breves páginas no sólo una invectiva contra el veneno moralista, el tufo aleccionador de los que siempre están “del lado correcto”, hay algo más importante –lo único en un escritor–: una lección de estilo.

[1] Según pude saber, su versión en español se publicó originalmente en el suplemento de la revista Siempre!, “La cultura de México”, dirigida por Carlos Monsiváis, en 1972.