Inútil definirla, por inasible, por estar en permanente fuga: la poesía toca a los ojos inquietos, al corazón febril, a las manos ávidas de asir algo, y poetas y paseantes van en busca de la pluma. Con todo, en sus horas de desvelo también leen: el contorno de las nubes, la sombra de los árboles, las formas al fondo de la taza de café o algunos libros: filosofía, novelas, cuentos, ensayos, diarios, biografías, y también poesía. Reunimos a 16 poetas jóvenes para que nos cuenten de sus hallazgos recientes. Aquí una constelación, una asamblea de poetas y lecturas.

Hace mucho tiempo que quería leer un libro de Toni Morrison pero había postergado la tarea. A comienzos de este año, por fin tomé el ejemplar de Beloved de la biblioteca de mi hermana y quedé helada al terminar de leer las últimas palabras del prólogo escrito por la autora en inglés: “Conservo aquel momento en el muelle, el río engañoso, la conciencia instantánea de la posibilidad, el corazón golpeando con fuerza, la soledad, el peligro. Y la chica con el sombrero bonito. Después, el rigor”. Morrison alude al momento en que gestó el libro en su mente, dando inicio a una tarea descomunal: narrar la historia de una madre negra que mata a una de sus hijas para salvarla de la esclavitud.
Recomiendo este libro con el corazón de fuera, regocijándome en los recuerdos que surgen al escribir este texto: un lienzo con colores intensos, perdones que se pronuncian desde lo más profundo del ser, el humo de una taza de café servido por la mañana. Narrar una historia tan desgarradora con el tacto y la furia que lo hizo Morrison es un milagro. Los libros que más me gustan son aquellos que complican la experiencia humana y me escupen de vuelta al mundo con más preguntas. Beloved se ha unido a la constelación de mi vida.

Tres lecturas recientes. Porque el tres es el primer número del que uno puede decir “aquí ya hay una fiesta”, y porque este año cumplí treinta y tres años.
Primero, la biografía de San Francisco de Asís que escribió Chesterton. En una
revelación, Dios le dice: “Francisco, repara mi casa, que no ves que está en ruinas”. Y lo primero que hace Francisco es robarle dinero a su padre. Lo descubren, se desnuda y huye hacia el bosque. Es un personaje maníaco y enternecedor. Durante años lo ven rodeado de vagabundos y poetas —de quienes se puede decir al mismo tiempo: son tan pobres que sólo pueden compartirse la palabra.
El segundo libro es La causa justa de Osvaldo Lamborghini. Tiene un relato memorable sobre un hombre que nació demasiado nalgón y que debe sufrir las injusticias de un mundo lleno de nalgueadores compulsivos, incapaces de reprimir su naturaleza. “Se debe a que los demás, los que no somos culones, con algo tenemos que divertirnos en el mundo”.
El tercer libro es El canto y la ceniza, una antología de poemas de Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva. Dos almas simples, sabias y trágicas, hermanadas por una misma desesperación y una amistad que existió a destiempo. Leo estos versos de Ajmátova y no puedo evitar pensar en Los Cadetes de Linares:
Aquí todo está igual, igual que antes,
aquí parece inútil soñar.

Leo a R. A. Ammons, su poema largo Garbage (1993) [Basura], con el cual di el invierno pasado, por azar, una tarde en el Péndulo de Perisur; al hojearlo, vi el verso “Garbage has to be the poem of our time because garbage is spiritual, believable enough to get our attention, getting in the way, piling up, stinking” y pensé en todas las envolturas desechadas de lo que he desenvuelto en el fragmento de mi vida. Abrí eBay en mi celular, encontré una copia usada por una fracción del precio en la librería, lo agregué al carrito. Lo leí, de principio a fin, hace poco en un McDonalds tomando un café mediano en una calle llamada Dieciocho.
Por mi posgrado, estoy leyendo la colección de poesía llamada Empathy [Empatía] de Mei-Mei Berssenbrugge, y La idea de la lírica de W. R. Johnson; éste último, un ensayo a favor de aquella poesía contemporánea que contenga ecos de la monodia griega. A ratos, sentada en mi cama, cansada de la crítica literaria, releo fragmentos del poemario de Tilsa Otta, La vida ya superó a la escritura, que vive por ahora en mi mesa de noche.

Soy acumulador y un lector desordenado, me la paso picando de libro en libro como quien cambia de línea de metro o de plato en el buffet, esperando tener el tiempo para terminar con todo. Leo En el viñedo del texto de Ivan Illich, Disciplina sin lágrimas de Tina Payne Bryson y Daniel J. Siegel, Sol negro de Nicté Toxqui y Diario de una planta carnívora de Luis Eduardo García.
El de Illich es una relectura y es uno de los autores a los que vuelvo sólo para descubrir que no lo he leído. Éste me parece el más acabado de todos sus libros y voy a él para buscar claves del presente, entender el fenómeno de la pantalla y la oralidad secundaria en nuestra sociedad. Pese a que su erudición pueda asustar, es uno de los libros con más amor por los libros jamás escritos, y como ejercicio de espiritualidad lo recomiendo leer junto al de Irene Vallejo para dimensionar hasta dónde unas hojas de papel pueden hacernos sentir tan inmensos.
El segundo libro tiene que ver más con mi trabajo como cuidador. Estos autores, Tina y Daniel, ambos científicos, deberían considerarse grandes divulgadores de las neurociencias —disciplina que me es lejana, pero cuyas implicaciones prácticas son de lo más tangibles. Sobre todo cuando observo mis reacciones al momento que una cuchara sale volando o de recorrer en cuarenta minutos un trayecto que haría por lo general en diez. Con este libro estoy entendiendo cómo la pobreza no tiene que ver sólo con la lucha por el acceso a la educación sino con una desigualdad psíquica, con el construir las estructuras mentales para imaginar o resolver problemas.
Me da mucho gusto encontrarme con el libro de Nicté, me parece que Sol negro nos da cuenta de la madurez de una poeta que asombrará cada vez más con nuevos descubrimientos. Este libro demuestra que la poesía no sólo es un tema sino un método, una forma de entender el mundo y el de Nicté parece un bosque visto desde dentro.
Por último, el libro de Luis Eduardo García: fantástico y divertido. Lo ocupo para dar un taller de mediación lectora y huerto urbano con niños de primaria. Me gusta mucho su sentido del humor y su habilidad crítica. Hay veces que pienso en que la poesía y los libros que más me interesan son los que llaman “para las infancias” porque son los que más se comparten, los que más se leen en voz alta.

Llegué a este libro como a la mayoría, por medio de un post. Pienso que quizá debería tener un filtro más selectivo para organizar mi lista de libros pendientes, pero de momento tengo ésta y debo confesar que me he llevado buenas sorpresas y eso siempre es algo emocionante. El diario de un hombre decepcionado, del zoólogo y naturalista Bruce Frederick Cummings (o W.N.P. Barbellion, su nombre de pluma), es una lectura nueva para mí en el sentido de que suelo leer libros un tanto más contemporáneos y escritos desde latinoamérica, sin embargo me he llevado una agradable sorpresa. La primera entrada data del año 1908, y a lo largo del libro me he cachado a mí misma riendo, sintiendo nostalgia y tristeza por el autor.
Escribir un diario es una manera de darle forma a algo tan amorfo, sobrenatural y cotidiano como la mente, es un intento de atrapar la cualidad efímera de las cosas, de darnos un sentido de continuidad, un ejercicio de memoria. Leer los diarios de un hombre cuya vida estuvo dictada por el amor a la naturaleza y una terrible enfermedad (al parecer esclerosis múltiple, pero en su época aún difícil de diagnosticar) es sumergirse en la condición humana de la belleza y el dolor. Y, ante todo, el instinto animal de buscar la supervivencia, la comunidad y el hogar.

Estoy leyendo Ramona, adiós de Montserrat Roig. Descubrí editorial Consonni en un viaje a España y tuve el placer de poder acercarme más al catálogo trabajando en Polilla Librería. Roig es una autora a quien siempre había querido leer, con la intuición de terminar la trilogía de novelas: Tiempo de cerezas y La hora violeta.
En Ramona, adiós son protagonistas tres mujeres con el mismo nombre: Ramona, también llamadas Mundeta; la abuela, madre e hija, son el hilo narrativo para hacer una crítica de su propia clase (la burguesía catalana en un punto de quiebre histórico) y las consecuencias del franquismo en la cultura y el tejido social. Con este telón de fondo, y con una carrera periodística exitosa, encuentro en la voz de Roig un ritmo y un lirismo que hace mucho no leía en otra novelista. Es refrescante que el texto no siga un orden cronológico y que la voz de cada una de las Ramonas te devuelva al espacio-tiempo en que ocurren los hechos. Brilla este mosaico histórico por su tratamiento del intelecto femenino, acompañado por una exploración sexual y un despertar político en las asambleas universitarias.
Un libro que no he podido soltar y subrayo todo el tiempo. Cada una de las Mundetas son heroínas a la par de Madame Bovary. Lo compruebo con estas palabras: “La tristeza de los espíritus románticos, de quienes no esperamos nada de este mundo”.

Me acerco a los 35 y pienso en envejecer. En ese proceso que se nos esconde cuando aún no hay suficiente pasado que rememorar pero que arranca pronto, desde esa misma juventud despistada. Hoy leo una obra que trata este tema y que estaba en mi librero esperando su turno: Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, en la aclamada traducción de Julio Cortázar, publicada en 1951 (mi edición es la de Sudamericana, 1994).
Si leer es tejer redes de significado (rastrear el hilo que cuelga de un libro para retomarlo o atarlo al que viene, como haría el lector prototípico de Roberto Calasso), viene a cuento esta interrupción para mencionar la novela que empecé justo a la par de la de Yourcenar: La última casa de Arantxa Urretabizkaia .
Me encuentro ante dos visiones distintas de la vejez. En Memorias de Adriano el narrador es un emperador romano que evoca de forma minuciosa sus hazañas y errores desde su fatal enfermedad. Analiza el carácter de su padre y su abuelo, al tiempo que prodiga reflexiones sobre el placer, la comida, la caza, el sueño, las sutilezas políticas del gobierno, la literatura griega y su decaimiento físico y la endiosada adolescencia. Por medio de epístolas íntimas que el césar envía a su sucesor, Yourcenar teje una autobiografía imaginaria, una novela poética sustentada en una investigación histórica rigurosa, donde la autora colma con genialidad ese resquicio entre los hechos comprobables (la “historia oficial”) y la realidad subjetiva, individual, de un personaje histórico.
En La última casa, Asunción, una misteriosa mujer (vendedora de falsos Modiglianis en su juventud y relacionada con anarquistas) se prepara para comprar, por fin con su nombre real, una finca en la comunidad francesa de Hendaya. Parca, versada e independiente, evita ahondar demasiado en el ayer: su arrojo por hacer planes para el futuro, por breve que sea, y de resanar los huecos de sus moradas anteriores en su soñada casa final tiene algo de esperanzador.
El acto de leer implica evocaciones. Reunirse con obras que visitamos hace tiempo, hallar los filamentos que unen los libros de nuestra biblioteca personal. En esta ocasión el hilo fue a enredarse en Cuerpos del rey de Pierre Michon, que leí en la universidad. Mientras analiza un retrato de Beckett, el autor recupera el concepto medieval de los cuerpos del rey: en aquellos grandes nombres de la Historia, coexisten el cuerpo “eterno, dinástico” (que llamamos Adriano, por ejemplo) y “otro cuerpo mortal, funcional […] que se encamina a la carroña”. En Memorias de Adriano y La última casa, Adriano y Asunción se alistan, uno escribiendo y la otra haciendo remodelaciones, para la muerte.
Envejecemos, esto es obvio, a cada instante. La ficción está ahí para desasirnos (¿o distraernos?) del nudo del tiempo.

Ahora leo Las cinco etapas del duelo de Linda Pastan. Llegué al poemario por el poema homónimo, que escuché en una lectura de poesía de la editorial Serapis. Los poemas están divididos en negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Por cuestiones temáticas y vitales, siento que encontré en este libro a una amiga; tanto por los temas como por el estilo, Pastan se ha vuelto para mí una poeta de consulta.
Al mismo tiempo, me pregunto cómo habito la Ciudad de México en el presente y me interesa escribir sobre mudanzas y viajes que nos hacen replantearnos quiénes somos. En ese sentido, me interesó Giovanni’s Room de James Baldwin, por recomendación de una amiga, pero también porque la voz narrativa de David se permite extraviarse y recordar desde una melancolía muy bella. Ya que la ciudad ha cambiado tanto para mí en estos meses, quiero que mis próximas lecturas se sitúen en las mismas colonias que recorro todos los días y en lugares que no acostumbro a explorar.

Peces de pelea de Moriana Delgado, llegó a mis manos hace dos años. Era verano y, antes de leer uno de sus poemas, guardé en él una bugambilia. Así comenzó mi historia con este libro: amándolo incluso antes de conocerlo. Supongo que estaba escrito que Peces de pelea dejaría una huella profunda en mi sentido poético al mostrarme, como nunca antes lo había hecho un libro de una autora tan joven, la materialidad de las palabras.
Después de viajar a China y Vietnam, Delgado comenzó a trazar un retrato de la fragmentación —no sólo espacial, sino temporal, emocional y lingüística— de un imaginario puesto al límite. Aparece pronto uno de los versos brújula del libro: “Las palabras son cosas y algunas ya no las uso”. Delgado fluye por la lengua regida por esta sutil revelación. Por eso es posible ver “revolotear marzos”, pensar que la temperatura es “un mito / que sólo la piel sueña” o que las aves “revelan formas extintas del abrazo”. Dijo el poeta peruano Mario Montalbetti que “en un poema lo que dices no es tan importante como lo que le haces a la lengua”, y aquí Delgado permite que las palabras naden quietas o presurosas, siempre libres y de escamas rebosantes.
Hasta la fecha no sé si Peces de pelea quitó un velo de mis ojos o me regaló otro —el suyo—, pero sé que volveré a él cada vez que mis palabras entren en rigor mortis, cada vez que olvide que las palabras son cosas, peces o el agua que los arrulla. Han pasado ya dos veranos, y Peces de pelea sigue siendo uno de esos libros que no puedo decir que he leído, porque más bien lo estaré leyendo siempre: en estado de perpetua relectura y bugambilia.

En los últimos meses de 2024 pasé tres semanas brincando entre países de Sudamérica. Al llegar a Chile, le pregunté a mi anfitrión Héctor Hernández Montecinos cuál era la mejor librería de poesía de su ciudad y su respuesta me dejó helado: “en Santiago, no hay poesía en las librerías”. Durante esa y las siguientes noches, entendí —o experimenté— a qué se refería. En el péndulo que nos llevaba de las lecturas a los bares, acumulé nombres y libros de los poetas que iba buscando en los catálogos y anaqueles. Les compraba los poemarios a ellos, me los cambiaban por una botella de vino, en trueque por uno de los míos o me los regalaban. La circulación —que no el comercio— de la poesía chilena se me apareció así: de mano en mano, intransferible, iniciático.
Estoy leyendo los dos tomos de la antología que mi anfitrión hizo de la última poesía del continente. No la de becas, instituciones y premios; la otra, la abyecta, la que pasa de mano en mano, la que hay que fotocopiar o pasar en PDF: 4M3RIC4. Novísima poesía latinoamericana y 4M3R1C4 2.0. Novísima poesía latinoamericana (1980-1990).

La pregunta por la poesía es una constante pero hay una que, tal vez, inquieta un poco más: ¿para quién o para quiénes es la poesía? ¿Quiénes son ellos, los afortunados, que la pueden distinguir entre todas las cosas? Creo que la respuesta es aquellos que se sienten cobijados por ella… Los porqués de la rosa de Alejandro Crotto consta de 16 ensayos que son para todos los que quieran acercarse a la poesía desde un lugar sencillo, pero sobre todo sincero. Como bien lo expone el poema El muñeco de nieve, de Wallace Stevens (traducido por el mismo Crotto):
[…] para el que escucha, el que escucha en la nieve,
y siendo él mismo nada, no ve
nada que no esté allí, y ve la nada que sí está.
La poesía, a través de su sensibilidad lingüística, crea la realidad que nombra y, estoy convencida, de que una de las claves fundamentales de la poesía es esa: ver la nada que sí está. En Los porqués de la rosa, el argentino Crotto se vuelve un capitán, para su lector, y lo ayuda a navegar en las aguas de la poesía.

Me resulta muy difícil leer de corrido libros de cuentos o poemas, por lo que siempre estoy entre varios al mismo tiempo. En estos últimos días he terminado casi todos los cuentos que me faltaban de Cartoons, libro de viñetas narrativas, parábolas y poemas en prosa de Kit Schluter, que me recuerdan a Donald Barthelme, Brian Evenson y a Schwob (a quien Schluter tradujo al inglés); también leo (aunque estoy muy lejos de acabar) The Complete Short Stories de James Purdy, que tiene un prólogo muy divertido de John Waters.
Tengo a la mano Zwicky, la última colección de poemas de Eduardo Padilla, porque tiene el tono exacto (oscuro y absurdo) que necesito para algo que estoy escribiendo. Complemento el tono del libro de Padilla con la crueldad inhumanista de Hackers, de la poeta sueca Aase Berg.
Hace poco intenté volver a leer algunos poemas de Patricia Huerta Lozano, mi poeta joven favorita, porque quería citar unos versos suyos que hablan sobre “regalar peluches culeros de Stitch” en un tuit pero creo que la web que los alberga está teniendo algunos problemas. Hace poco asistí a una lectura de poesía en la que Luis Téllez Tejeda leyó algunos fragmentos de su libro Quise y me parecieron realmente bellos.
Siempre tengo una novela abierta en alguna parte. La de este momento se llama Fake Accounts, escrita por Lauren Oyler.

Los últimos meses me he entregado a la meditación y a la búsqueda de una sintonía con el universo. En ese estado, quien armoniza con fuerza esa vibración es Mónica Nepote con Las trabajadoras (ganador del Premio Xavier Villaurrutia 2024). Vengo de leer mucha poesía en su forma tradicional, pero este libro subvierte el esquema desde lo híbrido: poema, ensayo, imagen, “errores tipográficos” y esbozos conviven para reflexionar sobre el trabajo y su huella. Nepote teje las voces del pasado con los hilos de la maquila y la máquina de escribir de las mujeres de su familia; voces que sostienen el mundo que habitamos y explotamos.
Es una escritura que abraza lo borrado y que permanece como un rastro. Saber de dónde provienen las cosas me arraiga al presente, y eso es lo que logran estos poemas: devuelven nombre y materia al gesto invisible de quienes tejen, escriben, siembran como consigna de supervivencia generacional. Es un libro que podría escribirse en un rollo de papel y guardarse en una cápsula del tiempo: testimonio de lo que fuimos y de lo que todavía resiste en los objetos que usamos.
Por medio de la poesía, Nepote nos invita a regresar al presente y pensar nuestra relación con el mundo material desde una perspectiva íntima, crítica y ambiental. Las trabajadoras deja una pregunta interesante: ¿qué quedará del pasado cuando nuestros objetos hablen por nosotras?

Destaca luminosa Armonía Somers, escritora uruguaya. El año pasado leí El viaje al corazón del día, una novela que, más que contarse, se despliega como sistema fisiológico. Leí ahí una muerte de belleza costeña, cruel, sin alma, erección gnóstica de promesa fantástica: la exactitud con que se articula el lenguaje erosiona la temporalidad del lector. Una muerte de énfasis envelada, sin moraleja, que obliga a estar presente en cada frase. La novela no permite la lectura superficial; cada página exige una conciencia total. He releído fragmentos como latigazo conmiserado, como amante que sabe que nunca será suficiente para su musa e insiste en besarle los pies.
Decidí leerla más, y terminé Tríptico Darwiniano, una colección de sus cuentos, coronado por mi favorito: “El ángel planeador”. Un cuento que roza el género sin instalarse en él. Hay en Somers una construcción de frase que recuerda a Joyce —aunque sin su ansiedad monumental—: oraciones pensadas desde la entraña sintáctica, dispuestas con una lógica interna que responde más al ritmo del pensamiento que al de la narración. Leerla es dejarse arrastrar por un lenguaje que no tolera la distracción, dejarse empiojar a pesar de la hinchazón inminente. La suya es una escritura que, como ha apuntado la crítica, se sitúa en la frontera más compleja entre lo lírico y lo monstruoso.

Un poeta viaja al Amazonas, escribe un libro, desaparece. ¿Qué pasa si ese poeta es, además de todo, estadunidense y escribe en portuñol? ¿Qué pasa si esa obra completa es, en realidad, un cuaderno de viajes, una libreta de apuntes encontrada, dentro de una mochila hecha pedazos, en un costado de una choza, en un rincón del mundo? ¿Qué podríamos pensar si ese libro, además, fuera una traducción inédita?
Lo único cierto en esta historia es que todo es verdad pero a la vez no. Mitad ficción y mitad crónica, entre la autobiografía, el diario, y la tradición epistolar, los poemas de The Sertón, “traducidos” y publicados al español por Martín Caamaño —bajo el título de Los poemas de Boy Fracassa—, viajan a través de regiones imaginarias, paisajes reales y maravillosos que nos devuelven una y otra vez a la pregunta: ¿quién es Boy Fracassa?
Poemas afinados en los que el presentador se descubre como la mente maestra de esta historia: Fabián Casas es Boy Fracassa. Un personaje creado por el ánimo del juego (y qué mejor si nuestros amigos están ahí para jugar acompañados).
Dejo como testimonio uno de estos poemas:
Dear Jaqueline / te pido perdón / por esa vez que rompí el lavarropas / que te regalaron tus padres / por todas las veces que cambié de personalidad / sin avisarte / en cada lugar que hice mi cama / tuve que luchar contra la desesperación / ahora observo una colonia / de hormigas rojas / la sigo en su larga marcha / último de la fila / y no puedo soportar / el inmenso peso que llevan / tan tenaces / pero pronto / lo sé / volveré a ser genial.

“Cordelias” fue el cuento que me condujo al sombrío e inquietante universo hilvanado por Adela Fernández (Vago espinazo de la noche y Duermevelas); me emocionó su contundente brevedad, la atmósfera marcada por el asombro y los elementos fantásticos que se entrecruzan con la tranquila vida cotidiana de los habitantes de una aldea, cotidianidad que se trastoca cuando una encantadora niña llega al pueblo escondida al fondo de una caja de frutas y, de forma prodigiosa, se multiplica al contemplar su reflejo en el agua clara de la fuente o en los fragmentos de cualquier espejo.
Después de este primer acercamiento, deseé con fervor sumergirme en la vaporosa oscuridad de otro cuento de Adela Fernández y me encontré con otro de Duermevelas titulado “La jaula de la tía Enedina”, historia que impacta por su estilo narrativo que resalta lo perverso e insólito, así como por la crudeza de sus temas: el racismo, el incesto, la marginación y distintas formas de abuso; lo cual funciona como un ejemplo para mostrar que en el terreno literario el horror siempre ha sido político.
Hasta hace poco tiempo no era fácil hallar —ni en el mundo virtual ni en librerías— la obra de la autora de Duermevelas, por ello, la felicidad me atrapó cuando en 2021 apareció una nueva edición de Vago espinazo de la noche, originalmente publicado en 1996. Cada verano he regresado a este libro para olvidar que al desierto jamás vendrá el otoño.
En su obra, Adela Fernández nos deja claro que el terror no sólo nace de un eco sobrenatural o fantástico, sino de la crueldad, la opresión y las injusticias.