Funeral eléctrico: un último festín para Ozzy Osbourne

Aaron Rapoport / Corbis / Getty Images

En 1990, el cardenal John O’Connor, arzobispo de Nueva York, condenó la música de Ozzy Osbourne por la influencia maligna que ejercía sobre la juventud; un coletazo de la histeria colectiva entorno al “pánico satánico” que invadió a la sociedad estadounidense durante la década de los ochenta. Osbourne, cansado de las acusaciones que reporteros sensacionalistas, prelados recelosos y familiares escandalizados vertían en su contra, reiteró que no, no era el Anticristo, tan sólo era un padre de familia, un buen tipo. A diferencia de otras estrellas de rock, nunca le interesó preservar el mito que se creó a su alrededor. Ni siquiera se lo tomaba en serio; si algo lo caracterizaba era la capacidad de reírse de sí mismo.

Para un hombre de personalidad generosa y liviana, el mote de “príncipe de las tinieblas” se antoja demasiado solemne. Ozzy encarna con mayor fidelidad otro arquetipo: el loco de la baraja de tarot, o el bufón que sacude las certezas y se burla de los malentendidos en una tragedia. Si uno la mira con suficiente imaginación, la portada de Black SabbathVol. 4 –una fotografía monocromática de Osbourne, naranja sobre fondo negro– retrata al dios pícaro de una religión pagana.

Esta religión pagana es, por supuesto, el heavy metal, y despierta un fervor que pocos géneros de la música popular del siglo XX llegaron a alcanzar. Se debate quiénes fueron sus primeros profetas. Podría ser Pete Townshend, guitarrista de The Who, cuya pasión por el volumen puso en riesgo la integridad de más de un amplificador. Quizá fueron agrupaciones como Blue Cheer o Cream, que masticaron el blues afroamericano hasta conseguir una variante más densa. Incluso The Beatles, al destilar su lado agresivo en piezas como Helter Skelter, que por el camino inspiró a Charles Manson y contribuyó a la muerte del sueño hippie.

Si la identidad de los profetas es motivo de discusión, la autoría de las sagradas escrituras es, en cambio, indisputable. Black Sabbath, en un periodo prolífico que abarcó seis álbumes, del debut homónimo (1970) hasta Sabotage (1975), dictó las obsesiones estilísticas que definirían a un sinfín de subgéneros del metal. El conjunto estaba integrado por cuatro muchachos de clase obrera, provenientes de los parajes industriales de Birmingham, Inglaterra. La base instrumental corría a cargo de Tony Iommi, ingenioso guitarrista y compositor que supo sobreponerse a un accidente laboral en el que perdió la punta de los dedos; Geezer Butler, bajista contundente, cuya afición a la literatura de terror, la filosofía y el ocultismo alimentaría las letras de la banda, y Bill Ward, un baterista capaz de generar gran poder sin sacrificar la soltura del swing. Al micrófono, capaz de igualar la intensidad que sus compañeros conjuraban, estaba Ozzy Osbourne. Como vocalista, poco ortodoxo, aunque más talentoso de lo que se suele reconocer (basta escuchar canciones como “Sabbath Bloody Sabbath”, “The Writ” o “Megalomania” para apreciar sus dotes), como frontman, poseedor de ese magnetismo que determina el éxito de una banda y su lugar en la historia.

Al principio, la música de Black Sabbath sufrió el desprecio de la crítica especializada. Al reseñar su primer álbum, Lester Bangs describió a la banda como mano de obra no cualificada; poesía vulgar que reciclaba el misticismo de Aleister Crowley. Robert Christgau encontró en ellos lo peor de la contracultura: necromancia barata y el estupor de las drogas. En su autobiografía, Osbourne reconoció que, ignorando las advertencias de amigos y colegas, y luchando contra su dislexia, leyó con atención lo que se publicaba en revistas como Rolling Stone o The Village Voice. Notó la distancia que había entre esos críticos, esnobs con educación universitaria, guardianes autoproclamados del rocanrol, y los integrantes de la banda, que se entregaron a la música como ruta de escape. La alternativa era pasar el resto de sus vidas trabajando en alguna fábrica (o en prisión, una posibilidad que Osbourne pudo probar tras una breve e infructuosa carrera como delincuente juvenil).

A diferencia de los críticos, la audiencia tardó menos en comprender y disfrutar a Black Sabbath. La apuesta de la banda resultó correcta: si la gente paga por salir asustada de una película, ¿por qué no haría lo mismo con la música? El éxito trajo consigo una vida de excesos, reconocida sin tapujos en odas al consumo de marihuana (“Sweet Leaf”) y cocaína (“Snowblind”). Todos los integrantes participaron en el festín, pero era difícil mantener el ritmo a Ozzy: el bufón, el dios pícaro, el loco bailando al borde del abismo. Incluso las estrellas de rock tienen un límite, y en 1979 Osbourne fue despedido de la banda.

El siguiente capítulo de su carrera no lucía prometedor. Recluido en un hotel en Los Ángeles, con la escueta compañía de una televisión siempre encendida, un dealer de cocaína y el repartidor de una licorería cercana, Osbourne se resignaba a gastar su finiquito. Una última y solitaria fiesta antes de regresar a Birmingham, a alguna fábrica, a la vida de la que creía haber escapado. Sin los colaboradores que escribieron las canciones que lo llevaron a la fama, no esperaba que la industria musical le diera una segunda oportunidad. Pero ésta llegó, de la mano de dos figuras clave: Sharon Arden, su futura esposa, en aquel momento hija y asistente de su mánager, encargada de reconducir su carrera, y Randy Rhoads, el primero y más destacado de una dinastía de guitarristas virtuosos que se harían de un nombre bajo la tutela de Osbourne. Blizzard of Ozz (1980) marcó el inicio de una etapa solista en la que, con una pronunciada sensibilidad pop, alcanzaría un éxito comercial incluso mayor al cosechado con su primera banda.

Si Black Sabbath era una cinta de terror dirigida por Mario Bava, la carrera solista de Osbourne llegó a ser una de esas películas slasher repletas de sangre, animales despedazados y comedia involuntaria. Las anécdotas de este periodo son muy conocidas: Ozzy arrancando a mordidas la cabeza de un par de palomas, esnifando una fila de hormigas, arrancando a mordidas , una vez más, la cabeza de un animal volador (en esta ocasión, un murciélago).

Sobrevivió a una cantidad de experiencias y sustancias que la persona promedio apenas imagina, pasó por clínicas de rehabilitación y adquirió un nuevo estatus como abuelo entrañable del rock. Se reunió en varias ocasiones con Black Sabbath y continuó su carrera solista. Pudo exhibir de forma aún más desenfadada y transparente su don para la comedia en un reality show. Algunos ven en esta última etapa a una estrella de rock no sólo disminuida, sino explotada por su mánager y esposa. Creo, más bien, que era un hombre consciente del papel que desempeñaba en la cultura popular. Lo presagió en una de las pocas líneas que escribió como miembro de Black Sabbath: “another joker who’s a rock n’ roll star for you, just for you”.

Ozzy, el loco sonriente, el bufón sabio, el dios pícaro, se entregó en un último festín. Recibió el ruido y el calor de sus discípulos y admiradores. Se dio el lujo de celebrar en vida un funeral eléctrico.

Luis Muñoz Martínez

Psicólogo y músico amateur

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Publicado en: Registro personal