Entre los tropos más populares de la ciencia ficción se encuentra la sesgada hipótesis de la línea del tiempo. En ella, el protagonista —el más famoso es el de El ruido de un trueno de Ray Bradbury— altera involuntariamente la realidad con la que comenzó la historia, creando una versión del universo alternativa y generalmente peor. En el ejemplo que encontramos en Volver al futuro II de Robert Zemeckis, el héroe, Marty McFly, tiene que regresar a 1955 para reparar el error que cometió en el (entonces) futuro 2015: porque si acelerara hacia adelante desde el 1985 alternativo en el que se encuentra, Marty solamente llegaría al futuro anterior de un presente distópico.
Al momento de su escritura, Volver al futuro II emerge como la guía más segura para la impotencia estratégica de la izquierda, al menos en buena parte del mundo anglófono. Algo salió mal en algún punto de los ochenta, y ese yerro se ha reproducido a un ritmo exponencial durante más de treinta años. Hoy en día la mayoría de las ciudades se parecen a Hill Valley, el idilio caído de la película: dirigidas por y para los más vulgares rentistas y propietarios, que se inflan a sí mismos simplemente mediante la manipulación de activos en el tiempo, aplastando y acaparando, y esperando la gratitud de todos los demás. Estamos viviendo la mala línea de tiempo de la modernidad.

El punto de divergencia es fácilmente identificable. Se encuentra, casi por común acuerdo, en la resolución de la crisis de liquidación de capital en la posguerra: la larga contrarreforma o época, o estrategia de la clase gobernante que ha llegado a conocerse como neoliberalismo. Sin embargo, el derrocamiento de la idea de un sujeto político conformado por la clase obrera, y el rechazo asociado a cualquier regreso a una era keynesiana, no pueden estar exentos de un aspecto positivo. En el equivalente de Hill Valley en la economía política, los capitalistas productores de mercancías ya no “merecerían” sus ganancias más de lo que un gestor de hedge funds lo hace. Por cada salario familiar había una mujer sujeta a las demandas de la reproducción social o un trabajador de color trapeando el suelo del comedor. Las coordenadas no deberían estar puestas para regresar a 1955.
Incluso la premisa histórica del comunismo como un manifiesto, más que un estado de ser en común, era un tipo de navegación. Los proyectos políticos progresistas del siglo XX estaban basados en la idea de que era posible un orden distinto de las cosas; que, por lo tanto, tendría que ser establecido en el futuro y requeriría algún tipo de esquema dirigido hacia un horizonte desconocido. A pesar de la tortuosa ruta, el punto de partida tenía que ser la actualidad de las condiciones. Estos proyectos —como el socialista, el comunista e incluso el anarquista— implicaban renovación y movimiento al igual que negación. Ya fuera que el futuro previsto estuviera del otro lado del cataclismo revolucionario o al final del fastidioso proceso de nacionalización de los puestos de alto mando éste era visto, no solamente como posible, sino como maleable.
Si hay una deficiencia especialmente severa entre las muchas que caracterizan a la izquierda en el mundo de habla inglesa, es la ausencia de tal horizonte. A falta de la idea de que algún mundo futuro puede ser dirigido de una manera post-capitalista e igualitaria, el anticapitalismo en el presente se vuelve simplemente un pasatiempo: recreación histórica o moralismo, dependiendo del tipo de grupúsculo que uno elija. La izquierda ha venido a reflejar un mundo de inmovilidad política y cultural: relanzamientos de éxitos vacíos, tendencias musicales repetitivas y dosis cada vez más viciosas de las mismas políticas neoliberales. En este mundo, ¿cómo culpar a quien no puede hacerse de un futuro imaginario? La aplastante y acumulativa victoria del capital sobre la mano de obra y sus estratos asociados, el consecuente aprovechamiento de la desigualdad a niveles absurdos y la casi certeza de una catástrofe ambiental, convierten a las visiones de un mejor futuro en una moneda devaluada con la cual comerciar. No ha emergido ningún candidato plausible para llenar los zapatos ideológicos dejados por el movimiento de la clase obrera como sujeto histórico. Ninguna fuerza espera cambiar el desastroso rumbo. Soñar con el futuro, peor aún, planear llegar ahí más rápido, parece un lujo imperdonable.
Tal es el terreno no reconocido sobre el cual todas las vertientes de la izquierda —entendidas como aquellas que han mantenido la idea de que el capitalismo debe ser, por cualquier medio y en cualquier escala temporal, trascendido más que apaciguado— han terminado por encontrarse. Dos respuestas han emergido: aquellos que promueven solamente el futuro del pasado y aquellos que se limitan a la negación del presente. Los primeros se encuentran en los partidos que aún se definen a sí mismos como “leninistas” —por más extrañas que le resultarían al mismo Uliánov tanto la palabra como la práctica organizacional asociadas a ellos. El enfoque aquí es seguir arando con la esperanza de que los malos tiempos no solamente cambiarán, sino que al final cambiarán de nuevo a una versión imaginada de los buenos tiempos, sean estos 1972, 1917 o 2003. Estos grupos mantienen el cascarón de un propósito estratégico: ganar la hegemonía en la clase obrera extendida, la cual tomará un día el poder por medio de la acción revolucionaria decisiva siguiendo la línea de Octubre o aquellas prefiguradas en las frustradas experiencias revolucionarias del siglo XX.
Este es un imaginario embrujado, y por una buena razón: los caminos no tomados en Berlín en 1918, en España en 1936, en Hungría en 1956, en Francia en 1968, en Grecia en 1972, en Portugal en 1974, en Polonia en 1980 —en incluso en El Cairo en 2011-2012— parecen siempre demasiado cercanos y demasiado lejanos. La tarea del militante es asegurar que, cuando el punto de inflexión decisivo venga de nuevo, haya suficientes cuadros armados con la interpretación correcta de estas experiencias para asegurar que la oportunidad no se pierda. Mediante la continua acumulación de miembros y/o una explosión repentina, una pequeña pero correcta secta se volverá un partido grande y correcto —el fracaso de todas las instancias revolucionarias previas se debe ya sea a su tamaño insuficiente o a la corrección de su línea. La crisis venidera no diferirá esencialmente de aquellas del pasado. El futuro imaginado y los medios por los cuales éste será alcanzado es esencialmente el mismo que aquella variedad de capitalismo (a más tardar) de finales del siglo XX, porque el capitalismo es capitalismo. Mientras tanto, el trabajo paciente en el movimiento obrero, construir el tamaño y aparato de la organización, pondrá a los revolucionarios en una buena posición para la avalancha de creciente indignación o para las enormes oportunidades que se presentarán.
La paciencia, por supuesto, es una virtud y no todo lo que se proclama como nuevo lo es realmente. Sin embargo, el decrecimiento en el tamaño y la capacidad de los pseudobolcheviques, seguramente producto de las divisiones y degeneraciones que han experimentado, debe tener algo que ver con los cambios en el mundo externo. El mundo-vivido al cual están dirigidos: uno de periódicos reformistas de difusión masiva con los cuales un órgano revolucionario puede competir y el sindicato como una de las características de la vida de la mayoría de la gente, ya no existe. Tienen un plan para el futuro, pero es el futuro del pasado.
El competidor de los pseudobolcheviques presenta una imagen negativa: habiéndose adaptado a la precaria economía política del capitalismo post-neoliberal y a la derrota del movimiento obrero, transforman una necesidad en una virtud. Basándose diversa y promiscuamente en las herencias del anarquismo, la izquierda comunista y el post-operaísmo italiano con una pizca de la economía política de David Harvey y las antropologías filosóficas de Foucault y Deleuze, esta corriente ha superado a las organizaciones más abiertamente marxistas. De hecho, en las dos décadas posteriores a la caída de la Unión Soviética, tales posiciones se volvieron el sentido común de los levantamientos emprendidos por los movimientos sociales —ciertamente el reflejo de hacerse las preguntas correctas, aunque no siempre llegando a las respuestas correctas. El más conocido exponente de este tipo de política reticular es, por supuesto, Toni Negri, autor de Imperio y Multitud. Dentro del núcleo más duro, la investigación de Panzieri, Tronti, la crítica alemana a la forma de valor y el colectivo de habla inglesa Endnotes son los puntos de referencia preferidos.
La virtud de este proyecto es el mapeo de los contornos del capitalismo contemporáneo. Así como el Manifiesto Comunista aclamó las maravillas de la sociedad burguesa, la política reticular se niega a lamentar la muerte de un movimiento obrero poderoso —pues la base de ese poder es, después de todo, un aspecto de la continuación de la sociedad capitalista. En esta lectura, el potencial sujeto revolucionario no radica en el trabajador industrial organizado del pasado (hombre, blanco, bien pagado), sino en el precario trabajador del conocimiento y sus flujos de trabajo inmaterial esenciales para el funcionamiento del capital cognitivo. El espacio de lucha no radica en la fábrica (ni necesariamente en los lugares de trabajo que la vieja nueva izquierda relacionó a la fábrica), sino en la “fábrica social” en la cual toda la sociedad ha sido subsumida. Aquellos cuyo trabajo y vidas eran hasta entonces meramente anexados a la estrategia de la izquierda —como en el borrador de un programa electoral de extrema izquierda que contenía la indicación “algo sobre los gays aquí”— se han vuelto centrales. Ningún terreno, tal como el lugar de producción, puede ser identificado como el espacio de lucha privilegiado. El poder no está ahí para ser tomado: solo para ser resistido, rechazado, evadido o desafiado.
La acusación que a veces se hace a esta última facción, la de descuidar la economía política del capitalismo, es injusta. Si bien el énfasis exorbitante puesto en el trabajo inmaterial parece reflejar cierta obsesión de los noventa con la economía política de las “industrias creativas”, y depender de un obiter dictum del programa de investigación de Marx en los Grundrisseen lugar de los horizontes más amplios de El Capital, existe una base para que la política reticular sea atractiva y congruente con la configuración de las condiciones presentes. Con la potencial excepción de Bélgica, ¿en dónde en el mundo euroatlántico alguien se siente parte de una clase trabajadora segura y permanentemente empleada cuya capacidad para gobernar una sociedad sea demostrada por sus instituciones existentes? La propuesta estratégica central de la bohemia —“rechazo del trabajo”— se vuelve bastante atractiva.
Los pseudobolcheviques tenían un plan para un futuro anticuado, sin embargo, la comprensión del presente por parte de la política reticular no está acompañada de ninguna consideración específica de esas condiciones como el punto de partida para un mundo post-capitalista. De hecho, presentar un programa de este tipo y desde ahí sugerir una relación en donde algunos militantes saben más que otros —o al menos tienen ideas que imparten a esos otros— es repetir, en palabras de Endnotes, la política “didáctica” de los movimientos del siglo XX. Ésta parece una propuesta sorprendentemente ingenua. ¿Cómo va alguien a hacer que las personas rechacen el trabajo sin persuadirlos de que al hacerlo algo mejor surgirá? ¿La posición igualitaria no es más bien presentar la estrategia de uno abiertamente a los otros, confiando en que su éxito depende de si la toman o la dejan? La experiencia de las revoluciones realmente existentes en el periodo que inició en el 2011 sin duda demuestra la necesidad de alguna alternativa ideológica: las mayorías no gravitan naturalmente hacia posiciones antijerárquicas, anticapitalistas. En ausencia de la incorporación social y la articulación explícita de dichas posiciones, la opción del derramamiento de sangre comunal sin sentido es la que más frecuentemente se toma.
En este vacío del mercado de izquierda encontramos al aceleracionismo. Encarnado en el Manifiesto por una política aceleracionista (MAP) de Nick Srnicek y Alex Williams, los aceleracionistas tratan de recuperar el gesto original del Manifiesto Comunista: presentar ideas de manera didáctica y exigir una izquierda que no busque mejorar o resistir al capitalismo sino trascenderlo con base en las tendencias que éste mismo ha hecho posibles. En este sentido, el MAP y el alboroto que lo acompañó son un regreso; un regreso no solamente a los manifiestos artísticos de los Modernistas —llenos de vehemente desprecio y de la esperanza de poder liberarse de esta Tierra infame—, sino al proyecto de dirección consciente hacia el futuro, fundado en las tendencias actuales del presente. Así, es más que un documento oportuno, puesto que hace cortocircuito con la oposición entre las dos familias de la izquierda descritas arriba. Antes de describir este nuevo aceleracionismo, vale la pena hacer una pausa para considerar el cisma causado por la publicación de un manifiesto en sí.
Los movimientos que siguieron a la crisis económica de 2008 se caracterizaron por dos elementos en términos de la estrategia: una hostilidad a demandas específicas y un fetiche de la forma democrática en asambleas consensuales, votaciones a mano alzada, etcétera. Ciertamente, como se deduce del nombre del movimiento español “¡Democracia Real Ya!” el difuso, pero tangible, punto ideológico era que la sociedad solamente podía ser transformada si se instauraba la “democracia real”. El procedimiento ideal traería el resultado perfecto, de la misma manera que muchos de los economistas neoclásicos creen que los mercados se vacían con precios ideales. El MAP rechaza esa clase de pensamiento, presentando en su lugar a la transformación post-capitalista como un programa de contenido social y económico, uno para el cual la democracia sería central pero no idéntica a éste. En buena medida, Srnicek y Williams reprenden a sus predecesores de Occupy! y otros lugares por la “fetichización de la apertura, la horizontalidad y la inclusión” y nos recuerdan que es probable que vaya a necesitarse una buena dosis de “secrecía, verticalidad y exclusión” para cualquier estrategia exitosa. La democracia, afirman, no es equivalente a su forma sino a su fin de “autodominio colectivo” bajo el “legado de la Ilustración”. Este tipo de cosas seguramente están calculadas para provocar a los deux milles et onzeards, y es una buena y sana diversión para todos los interesados.
¿Pero los aceleracionistas son anticapitalistas? La principal contribución de Srnicek y Williams es simplemente reafirmar lo que alguna vez fue el ABC de un tipo particular de marxismo: estamos al borde de la catástrofe, las tendencias contradictorias se encuentran en el modo de producción y se requiere la acción estratégica para montar la cresta de una y oponerse a otra. El objetivo es trascender al capitalismo con el fin de dar rienda suelta a las capacidades tecnológicas que ha creado. La política revolucionaria es el medio para crear una mejor modernidad, en lugar de sólo resistir una mala. Esta estructura básica es la que le da al Manifiesto su sentido de escándalo y familiaridad simultáneamente. La sensibilidad prometéica que invoca, el fantasma de limpias extremidades, prominentes mandíbulas y geometría suprematista, es una Marmite política. Irresistible para algunos —yo incluido—, nauseabunda para otros. No obstante, ¿es el aceleracionismo tan peligroso como espera serlo? La sombra que persigue al proyecto es precisamente la celebración del mundo del capital. En estos días, todo niño rico engreído que tenga un app se considera a sí mismo un revolucionario aceleracionista y los racistas fanfarrones nunca dejan de babear por la Ilustración. Tampoco la composición genética del Manifiesto está libre de esta Aceleración de Derecha, o lo que Ben Noys llama el “Thatcherismo deleuziano”.
De hecho, los antecedentes filosóficos del aceleracionismo se encuentran en El Anti-Edipo de Deleuze y Guattari, en la Economía libidinalde Lyotard y el trabajo de la Cyber-Culture Research Unit (CCRU) de Warwick a principios de 1990, especialmente el de Nick Land —quien fue alguna vez un intelectual marxista y se convirtió en un reaccionario no domiciliado. En lugar de las políticas de red que normalmente se encuentran en las lecturas de Deleuze y Guattari, el aceleracionismo considera al capitalismo como un teseracto de deseo financializado, que dobla y desdobla sobre sí mismo sus propios límites. Entonces, ¿la tarea no sería prevenir estos flujos, sino más bien “ir todavía más lejos… en el movimiento del mercado, de la descodificación y desterritorialización… no retirarse del proceso, sino ir más allá, acelerar el proceso”? Nick Land, incluso antes de su tremendamente poco original transición a la derecha, presentó al capitalismo como el heraldo que daba la bienvenida al fin de la “civilización antropoide”, un Terminator enviado desde el futuro para asegurar su propia victoria.
Los escritos del CCRU, y de Land en particular, están impregnados con el fetichismo de un pasado futuro. Leer su trabajo es recordar un tiempo de largos abrigos de piel negra, de usar lentes de sol dentro de antros de tecno y de escuchar a Ed Rush como un acto transgresor. Sin duda era una dicha estar vivo en ese amanecer, pero el efecto general es pintoresco más que escandaloso. Por todo eso, por lo menos, como Paul Camatte antes que él, Land sabe quién es accelerans y qué es accelerandum: una cuestión que nunca se aborda por completo en el Manifiesto por una política aceleracionista. La máquina es el sujeto de la historia, masticando a los insustanciales antropoides dentro de ella —y no antes de tiempo.
¿Puede ser uno un verdadero aceleracionista de izquierda, por y contra la máquina? Toni Negri —cuyo trabajo es más aceleracionista de lo que comúnmente es reconocido por sus epígonos— comienza su crítica favorable al Manifiesto reafirmando que “dentro y en contra” es la consigna de la oposición marxista al capital. La fobia del “dentro” caracteriza tanto al ala reticular como al ala pseudobolchevique de la izquierda. Para la primera, la forma valor lastima de tal manera a la política que prácticamente cualquier acción estratégica sirve solo para replicar el capital. Mejor defender las “comunidades activistas” y asegurar que éstas prefiguren un futuro que puede nunca llegar. Para la segunda, el mero reconocimiento abre la puerta a la trillada ruta de apostasía y acuerdos de los ochenta. De alguna manera, se permite que New Times y Living Marxismpersistan como pesadillas acechando los cerebros de los vivos.
Sin embargo, un hecho crucial está siendo omitido: el pasar de las décadas desde que el pensamiento Friedman-Hayek-Thatcher-Deng cautivó a antiguos marxistas como algo nuevo. Si aún no hemos atravesado el ojo del huracán, el peligro de que los izquierdistas puedan ser persuadidos de que una aceleración del capitalismo es la respuesta, seguramente está desmentido por los resultados de aquellas décadas. Ninguna persona seria —por supuesto, muy pocas de ellas están empleadas en los círculos intelectuales burgueses— puede mantener hoy que más neoliberalismo resolverá los problemas del cambio climático o siquiera asegurar la reproducción continua de las condiciones requeridas para que el capitalismo sobreviva. No que esto detenga el gusto con que se persiguen estas políticas: el punto es que ya no pueden ser vistas como el horizonte de un futuro desconocido potencialmente mejor.
Si fuéramos a esbozar una Aceleración que fuera, al mismo tiempo, post y anti-capitalista, podríamos comenzar con el gesto insinuado por el MAP: el de la rehabilitación de la política programática, pero sobre la base del capitalismo tardío realmente existente. Esto implicaría, como el Manifiesto demanda, un rechazo despiadado de la política de lo local y la autenticidad y, por lo tanto, un enfoque en las décadas futuras. Las tecnologías, infraestructuras y plataformas construidas en el presente bajo el signo del capital no tienen por qué estar siempre estar oponiéndose, sino más bien ser convertidas en los objetos necesarios para el apoderamiento, el rescate y la renovación. En el mundo que cualquier revolución exitosa puede heredar razonablemente, todos los recursos disponibles tendrían que estar orientados hacia la reconstrucción de la modernidad desde las ruinas. El “Proletarioceno” necesitará Big Data, modificación genética y logística. No habría otra manera de alimentar y albergar a la población, incapaz de obtener proteína de la tierra quemada o los negros mares envenenados que la cubren. Algunas personas a veces tendrían que decirle a otros qué hacer. La demanda de socializar —no de destruir— compañías específicas e infraestructuras sobre este principio sería un ejemplo práctico del “dentro y en contra”.
No solamente esto, sino que ya existen tendencias en el orden presente de las cosas que son celebradas en secreto. Se ha vuelto una obviedad que el capitalismo neoliberal, poniendo los derechos de un individuo de mercado abstracto en contra de prácticas heredadas, ha permitido avanzar mucho más en cuestiones “sociales”. Sin ser ineluctable, inevitable —dada la mutación de nuevos y viejos racismos bajo el neoliberalismo— o suficiente, no obstante, esta tendencia es tangible. Ciertamente, uno debería hacer una enérgica llamada a que sea acelerada. ¿No es el deseo de abolir los beneficios comparativos y los privilegios que constituyen la “blanquitud” una demanda a “acelerar el proceso”? Cuando uno busca acabar con los géneros binarios y alcanzar la fluidez, no sólo de las identidades construidas, sino del cuerpo material, ¿no está demandando la máxima aceleración de una tendencia existente? La descomposición de identidades fijas no es necesariamente una ruta hacia el post-capitalismo, ni tampoco es una barrera para la operación del capital –incluso en algunos casos puede ser rentable. Aún así, uno hubiera pensado que la izquierda recibiría ese acelerado queeringcon un gustoso hurra y pidiendo aún más.
Aquí, por supuesto, la cuestión del “dentro y en contra” se vuelve más bien espinosa en cuanto a la agencia de todo este apoderamiento y renovación. Mientras que la posición tradicional de la ultraizquierda ha sido criticar a las organizaciones de trabajadores porque reproducen y no desafían al capital, sobre todo por enfocarse en la lucha por los salarios y el empleo, el estado actual de la recuperación post-2008 hace que los eslóganes “derecha” o “está mal trabajar” sean más bien debatibles. No hay necesidad de exigir la abolición del trabajo asalariado: el capital ya está haciendo eso por nosotros. Como The Economistinforma alegremente, la llamada economía colaborativa de Uber, AirBnb y similares es en realidad un mecanismo para la máxima precarización del trabajo. Parece la victoria Landiana final: ya no siendo el sujeto-objeto de la historia, los trabajadores se vuelven simplemente fleshware de los algoritmos de ventas que desmenuzan su trabajo en trozos cada vez más pequeños y sin la satisfacción de tener un jefe al cual odiar siquiera.
Aquí también se refleja una de las demandas vislumbradas en el MAP. La Uberización de todo realmente exhibe al trabajo abstracto que se encuentra por debajo de la economía, forzando a cada lucha a convertirse en una de reproducción social general. Por ejemplo, los grupos de trabajadores más poderosos en la mayoría de las principales ciudades son los sindicatos del transporte público. Los trenes subterráneos tarde o temprano serán manejados por drones. ¿Qué sucedería si la lucha que esto provocara no fuera por preservar los trabajos, sino por preservar los salarios, vinculados a una renta básica universal, es decir, “observaremos a los trenes robotizados por una hora a la semana por el mismo dinero que obteníamos por manejarlos”? Uno puede tener el propósito de no abolir las aplicaciones del mercado de trabajo, sino de volverlas comunes bajo un control general: una forma eficiente de coordinar necesidades y habilidades. La huelga de choferes de Uber en Nueva York —en defensa del diferencial de habilidades, ese elemento básico refrescantemente familiar— produjo esta notable declaración de Belal, uno de los choferes entrevistados por Buzzfeed: “El valor de Uber, es nuestro valor. Nosotros somos Uber. Nosotros somos los que estamos ofreciendo el servicio. Uber no está haciendo nada, es una aplicación en el teléfono.”
Ruuuuunnnn, ruuuuunnnn.
Este artículo fue originalmente publicado en el volumen 1 de la revista Salvage. Puede ser leído aquí. http://salvage.zone/in-print/dont-mourn-accelerate/
Jamie Allinson es editor de Salvage. Su libro The Struggle for the State in Jordan será publicado en diciembre de 2015.
Traducción de Montserrat Arce y Luciano Concheiro