Filmar Los Plebes o cómo acercarse a los niños sicarios

En el marco del FICUNAM 2021 se estrenó el documental Los Plebes en la competencia Ahora México. Esta polémica cinta muestra la vida cotidiana de jóvenes sicarios en Sinaloa. Para adentrarnos en sus tinieblas ofrecemos esta entrevista con sus dos directores, Emmanuel Massu y Eduardo Giralt Brun.

¿Cómo retratar la violencia sin reproducirla? ¿Cómo humanizar lo que tantos medios, tanto odio, tantos años de guerra han deshumanizado? ¿Cómo ver que un sicario joven también es una persona que quiere, que sufre, que vive a pesar de dar muerte? ¿Cómo entender sus alegrías, sus anhelos y sus miserias?

Las preguntas sociológicas que plantea Los Plebes son sumamente relevantes y calan hondo. Al seguir de cerca la vida de varios sicarios jóvenes en Sinaloa, Eduardo Giralt Brun y Emmanuel Massu lograron un retrato impactante de una idea del mal.

Para lograr tan complejo retrato, toda la película está construida a partir de pausas y suspensos. Un mundo de ocio a la espera de la llamada del patrón. Tiempo muerto mientras llega ese mensaje fatídico. Y cuando llega, los sicarios jóvenes, apenas con un ralo bigote, preparan las armas en una mochila del INE y parten para la que puede ser la última pelea. El ocio de esperar la muerte llevando la vida como se puede. El retrato los sicarios, en esta cinta, no se hace en su espantoso trabajo, sino en las horas muertas, las de antes o después de la muerte.

 

La antropóloga Karina García caracterizó la desesperación de estos sicarios como “un discurso atravesado por el ethos neoliberal”. Y todo se traduce en una idea: la pobreza es una condena, una fatalidad de la que no se sale; vivir la vida es vivirla rápido. Aquí el único camino es lo que llaman la “vida fácil”, lo inmediato, la vida breve.

En las antípodas de muchas caricaturizaciones, todas las imágenes románticas de la opulencia del narco se borran en Los Plebes. Aquí no hay fiestas a lo grande. Ni lujos. Aquí el mito de masculinidad mujeriega y galante naufraga en una soledad y un aislamiento absolutos. No es más que puro objeto ideal por el que se pelea y que nunca se alcanza. En toda esta desolación, además, hay mucho amor frustrado.

Y a pesar de esto, como se ve en la cinta, la relación de estos sicarios con sus perros es enternecedora e impactante. Porque toda la violencia y todo el horror no rompen la capacidad de querer a otro ser vivo, de cuidarlo, de bañarlo, de darle un entierro digno y llevarle flores. Estas personas no pueden amar a los hombres; entonces, aman a los animales. Su ternura habla de un profundo abandono: son jóvenes que quieren querer y quieren ser queridos. Pero el cariño, nos ha dicho un sistema de violencia punitiva, sólo es para los que se lo ganaron, los elegidos de la sociedad, los que no tienen que vivir esta vida llena de vacíos, de muerte, sangre y esperanzas nulas.

Para confrontar estas ideas sobre una película desgarradora, me acerqué a sus realizadores. Hablamos de lo que significa retratar así el crimen organizado en México. Hablamos del peligro de crear una apología de los niños sicarios. Hablamos de la doble moral de una industria que no quiere darle cara humana al narcotráfico y que prefiere seguir creando estampas con el rostro de Diego Luna.

Nicolás Ruiz Berruecos: En la secuencia inicial de la película uno de ustedes tiene la cámara escondida entre las piernas y hay un tipo armado que se acerca a la ventana y que les dice que no pueden estar grabando ahí. Eso inaugura un cierto registro en la película; un registro que plantea el problema interesante de cómo están ustedes inmiscuidos en el proceso documental. ¿Cómo hicieron este contacto y cómo decidieron retratar así a sus personajes?

Eduardo Giralt Brun: Bueno, Emmanuel [Massu] es de Culiacán. Tampoco es como que caímos de paracaídas como hace la BBC o Vice. Digo, esta película está co-producida por Vice, pero Vice llegó hasta el final de todo el proceso. Sé que es problemático tener esa marca ahí y creo que eso le ha costado a la película. Genera un prejuicio tener esa marca, aunque haya colegas de Vice que hacen buen trabajo. En Vice México no, pero afuera sí. En todo caso, no llegamos de la nada.

Lo que nos llevó a esto era la curiosidad que nos daba, a Emmanuel y a mí, retratar al crimen organizado de una manera diferente a lo que se ha hecho antes. Diferente de toda la filmografía sensacionalista que se ha ido generando en los últimos tiempos con películas como Heli (2013), Miss Bala (2011), El Infierno (2010) y otras cuantas series de Netflix. La otra cosa que nos llevó a esto es que a mí me gusta la adrenalina. Y no hay más grande adrenalina que estar entrevistando a un tipo con una pistola. Ni tirarse de paracaídas, ni hacer bungee se comparan con eso. Nada es igual.

NRB: Ahora tocamos el tema de estas vivencias. Pero antes, Eduardo, te quería preguntar: en el marco del FICUNAM, ¿cómo fue la transición entre lo que retratabas en el norte de México con Los Débiles (2017), a lo que haces ahora? ¿Cómo fue pasar de un registro más cercano a la ficción a un documental?

EGB: Pues mira, yo creo que la transición fue bastante fácil porque Los Débiles, por más que sea una película de ficción, está situada mucho en la realidad. Las locaciones son reales, los personajes no están interpretados por actores, etc. Filmar Los Débiles fue una experiencia extraña, una vivencia rara, pero no fue tan impresionante. Acá sí fue algo muy impactante porque sentí que estaba viendo algo que muy pocas personas han visto. No me refiero a las armas y todas esas vainas. Me refiero a la intimidad de estos sicarios jóvenes. Sentí que estaba viendo algo sagrado. A veces, incluso, me sentía culpable: ¿Quién soy yo para que alguien se abra así ante mí?

NRB: A eso es a lo que iba. Hay un muy fino límite entre espectacularizar esta violencia y tratar un tema sociológicamente pertinente. Me refiero a pensar cómo personas jóvenes ingresan a este mundo del crimen organizado, cuáles fueron los motivos que los llevaron a esta vida, cómo es la intimidad de su día a día detrás de lo poco que se ve en noticias enfocadas en espectacularizar la parte más violenta de sus vidas. ¿Cómo hicieron para captar esto con tanta empatía, con tanta intimidad, con tanta cercanía?

Emmanuel Massu: Creo que es justamente lo que decía Eduardo. En el momento en que empezamos a discutir las ideas y a platicarlas, siempre tuvimos una frase para guiarnos: “nada que salga en el Blog del Narco, nada que se muestre de esa manera”. Y nosotros mismos pusimos ese límite.

La adrenalina también me motivó a mí. Pero si me hubiera ofrecido sólo grabar las armas, los laboratorios o si me hubiera puesto algún actor para fingir ser un narco, tal vez no me hubiera interesado tanto y le hubiera cobrado por fixerear nada más [el fixer es la persona que crea un vínculo entre los sujetos retratados y los documentalistas. Es el que introduce al que filma en un mundo que le es ajeno]. Pero realmente la adrenalina nos hizo tomar decisiones creativas y profesionales. Decidimos lo que queríamos grabar, lo que queríamos mostrar. Teníamos esa inquietud de querer intimar más allá con estas personas y no solamente mostrar lo superficial que se mira en cualquier lado.

NRB: Me parece interesante el asunto del contraste. Estamos acostumbrados a ver un lado de la violencia del narcotráfico que contrasta muy fuerte con el acercamiento que muestran aquí, porque vemos a personas muy humanas, muy sensibles y, sobre todo, muy tiernas. En particular, me parece algo muy hermoso ver a personas que se retratan como asesinos, cuidar con tanto amor a cachorros y varios animales que los acompañan. En eso, hay momentos absolutamente desgarradores, como el funeral del perrito…

EGB: Totalmente. Yo soy venezolano. No soy de acá. Pero, con todo respeto, me asombra que la filmografía, después de diez años de guerra contra el narco, sea tan superficial en México. Quitando ciertos ejemplos como El Velador (2011) o La Libertad del Diablo (2017), en su mayoría el retrato ha sido muy simplista. Creo que en Venezuela pasó lo mismo con Chávez. O peor. Tal vez cuando estás muy cerca de algo que te incumbe no lo puedes representar bien.

Me acuerdo que un director Uruguayo, Pablo Estol, siendo judío, dijo algo muy interesante: si yo pudiera hacer una película sobre Hitler me enfocaría en las imágenes que hay de él con sus perros. Y yo suscribo con eso. Con el concepto de la banalidad del mal. Porque creo que es más interesante ver este problema así. Además de que uno puede encontrar algo más de entendimiento sobre por qué estas personas hacen lo que hacen. Digo, no estoy igualando a estos chavos con Hitler, para nada. Pero me explico, ¿no? Lo de los perros es eso. Te das cuenta de que a estos chavos les toca quitar vidas, pero eso no implica que no puedan sentir cariño o amor.

Por otra parte, creo que es más difícil cuando lo ves así. Es una semilla que sembró muy duro el calderonismo: tratar a estos chavos como si fueran un invasor extranjero, un enemigo impersonal que hay que combatir con balas. Y lo que queríamos mostrar, Emmanuel y yo, es que son chavos mexicanos que tienen emociones, afectos. Y es mucho más difícil verlos bajo esa luz.

NRB: Claro, y además nos vendieron una narrativa punitiva: castigas al malo, lo encarcelas, lo baleas… Al no complejizar, se pierde la humanidad de todos.

EM: En otra entrevista nos señalaron el asunto de la normalización de la violencia. Sobre si podíamos recibir críticas de que estábamos haciendo una apología o normalizando a los plebes y me puse a pensar en eso. Con el cine que se ha hecho desde el 2008, al principio de la guerra contra el narco, se han normalizado las armas, los muertos, y se ha normalizado una apología del narco. Pero, cuando realmente muestras una problemática así, regresan estas críticas.

Ilustración: Patricio Betteo

No digo que Los Plebes sea la única película que retrate esto; pero sí creo que, más allá de lo particular, esta es una película que retrata toda la problemática de una sociedad. Yo sé que hay personas que ven la película y se quejan porque no hay tantas armas, porque no retratamos la violencia que esperaban. Pero esto no es más que el reflejo de la enorme normalización a través del cine y otros medios de esa violencia. Porque nos han programado para pensar que si retratas al narco tienes que ver algo violento. Y eso hace que olvidemos la humanidad en estas personas. Los volvemos, simplemente, personajes.

EGB: Incluso nos pasó que le mostramos la película a uno de los chavos que aparecen ahí. Y los chavos decían que esto era aburridísimo. “¿Dónde está la acción?”, decían. Y estos no son los únicos morros que trabajan ahí que hemos conocido. Tuvimos acceso a muchas personas en este medio y todos pensaban lo mismo.

EM: Nosotros como documentalistas o fixers, los que estamos trabajando ahí, tenemos que quebrar también el molde de muchas cosas. Por ejemplo, cada vez que Eduardo se iba, me preguntaban si no era medio acá y allá”. Y yo les preguntaba que a qué se referían, para tratar de llevarlos a preguntar si era gay. Nada más que lo dijeran. Pero les costaba mucho trabajo. Al final, después de un rato, nada más decían: "mira, loco, que si es gay, pues no hay pedo, ¿qué?"

NRB: Quería que habláramos precisamente de la romantización del narco, de la automatización de ciertos temas. Una película que me ofende es El Infierno de Luis Estrada porque creo que esa caricaturización del narcotráfico es verdaderamente dañina y problemática. En el lado opuesto a eso, hay cosas que aquí me parecen muy fuertes y muy tiernas. El aislamiento, las relaciones sexuales, la búsqueda de una representación masculina y de la fiesta, todo lo que se atora en un sueño. No hay Ballantines, sino Scotch; no hay bolsas de perico a carretadas, sino una esquina fea de una bolsita de plástico; no hay múltiples mujeres, sino fiestas vacías donde la hielera se queda llena; no hay grandes casonas, sino pequeñas chozas que acaban, tras una ráfaga, en un nicho banquetero con una veladora…

EGB: Total. Y déjame decirte una vaina. Cuando me hablan de que hacemos una apología de la violencia, yo les digo: "viejo, ve y dile eso a Diego Luna y a Tenoch Huerta". Eso es apología, esa es la apología más grande que hay. Y no me lo digas a mí que estoy retratando la vida triste de unos morros.

NRB: Otra cosa que te quería preguntar es sobre la relación con Venezuela. Entre estas dos hermanas naciones, ¿crees que la distancia entre tu vida en Venezuela y tu vida en México, te sirvió para ver diferente estas cosas que nosotros ya vemos demasiado cerca, con cierta miopía?

EGB: Totalmente, viejo. Sabes, siento una culpa tremenda porque no he podido filmar nada en Venezuela. Te juro que lo he tratado, pero hago clichés. Y siento que es un handicap, porque conozco otros chavos que han hecho unas películas increíbles en Venezuela. Me da envidia. ¿Por qué carajos no puedo hacer algo así en Venezuela? Y, sin embargo acá… o ni siquiera acá, en Sinaloa, la primera vez que llegué, me sorprendí. No te lo puedo explicar, no sé por qué sucede así, pero pasó con ese lugar y encontré la forma de retratarlo.

NRB: Hay otra cosa que me impresionó bastante en la forma de su documental. La ausencia de acción se convierte en un suspenso terrible. Están esperando la llamada que puede ser la última, la idea de que pueda llamar el patrón y pues ahí te quedas. Esa tensión la viví muy fuerte, ¿era esa la intención?

EGB: Sí, totalmente. Y no sabes cómo me alegra que nos lo digas.

EM: Sí [se ríe] nos haces descansar. Pensé que nadie lo iba a notar.

EGB: [Ríe] esto muestra que no somos un total fracaso.

EM: Creo que es un honor que la hayas podido disfrutar con esas emociones que nosotros también sentíamos. Vivimos en una línea de suspenso a cada minuto. Hubo una ocasión en la que íbamos con el protagonista en la calle y quiso comprarse un jugo. Y mientras nos paramos a comprar el jugo, el radio sonaba y decía: "en tal lugar, está el gobierno". Los soldados, pues. Y nosotros estábamos como a dos cuadras, parados en la calle, totalmente desprotegidos. Mientras, el protagonista estaba apurando a la de los jugos. Al mismo tiempo, le pedía su número de Whatsapp ligando. Y aquí, en la calle, con nosotros, con la corta fajada. Eduardo me dijo: "no, marico, me voy a bajar, le voy a decir que ya se apure a la muchacha" porque se estaba poniendo muy tenso. Vivíamos en una línea de suspenso esperando que no pasara nada. Porque no queríamos mostrar eso, claro. Pero también porque si pasaba. Pues, si pasaba, qué tremenda cagada. Imagínate.

EGB: Un venezolano y un rapero sinaloense mueren baleados por andar de curiosos, huevón. [Ríe]

NRB: Les voy a hacer una última pregunta que suena un poco tonta, pero que hago siempre en las entrevistas sobre cine. Me gusta preguntar esto porque las respuestas varían mucho, desde gente que se enoja, hasta quienes me repiten respuestas programadas. La pregunta es ésta: ¿ustedes creen que el cine puede servir para cambiar el mundo?

EGB: No para nada, cero, cero, cero. Creo que el cine no tiene ninguna utilidad, viejo. En verdad, es algo súper egoísta esta vaina. Es cierto que Emmanuel y yo teníamos preguntas honestas que quisimos responder con esta película. Y a nosotros nos las respondimos. Eso es todo.

EM: El cine para mí es como la música. La música, realmente, no puede cambiar al mundo, pero te cambia. Cambia tu sentimiento, cambia tus sensaciones. Cuando estas tomando y escuchas una canción de Vicente Fernández, "¡Acá entre nos…!", hace que tu forma de sentir en ese momento, tu mood, tus sensaciones cambien. Pueden cambiar para bien o para mal. Y es igual con el cine. Las imágenes que retratamos y que retratan otras personas, sirven para cambiar tu ambiente. No puedes cambiar el mundo, pero puedes generar emociones. Por lo tanto, si haces un cine de mierda, pasa lo mismo que con la música de mierda y ya lo vemos.

EGB: Algo de lo que dijo Emmanuel es muy interesante. No creo que el cine pueda cambiar el mundo, pero puede hacer mucho daño. Una película buena… o no digamos buena, una película honesta puede no tener mayor impacto, pero no hace daño. Una película deshonesta, puede hacer mucho daño.

 

Nicolás Ruiz Berruecos
Editor y crítico de cine. Twitter: @Pez_out

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Publicado en: Cine