Fernanda Trías: bitácora de una arcada

La escritora uruguaya Fernanda Trías acaba de ganar el Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2021, que se entrega en la FIL de Guadalajara. Con este motivo, ofrecemos una lectura personal de sus dos novelas más recientes, una narrativa muy inquietante, con algunos atisbos de esperanza.

En la mirada interviene mucho más que los ojos; por ejemplo, algunos nervios del movimiento ocular están cercanos a la columna. Cuando bajo los ojos para adentrarme en un libro, mi cuello y mi espalda se rinden también ante él, como si se tratara de un reverencia ante la historia que estoy por escuchar. Mi pecho abre un hueco para alojar otras voces; me hago bolita para cuidar aquello que se me está confiando. Se lee entonces también con el pecho. Tal vez por eso, entre muchas cosas, Olga Tokarczuk dice que la lectura es un acto de ternura. Pero hay más. Aunque se lea en silencio, como tanto sorprendía a San Anselmo, se lee con la respiración, los ojos siguen el ritmo de la garganta y los pulmones. Es curioso que cuando leo algo que me reclama más aún de lo que estoy dando, levanto la mirada para seguir leyendo más allá de los difusos bordes del libro; mi cuerpo se yergue pero mis ojos no contemplan lo que ven, sólo descansan un poco de la honda superficie de las palabras para escucharlas con mayor agudeza. Los ojos entonces también escuchan. Al final, el libro es como un conjuro, unas manchitas de tinta hacen sonidos que se traducen en imágenes, que súbitamente, como por acto de magia, modifican el cuerpo, los sentidos, las ideas, el mundo.

Tengo un particular interés por los libros que me afectan corporalmente; padezco un puro y duro masoquismo lector. Recientemente, tuve la fortuna de encontrarme con una novela que supo cómo perjudicarme con precisión: Mugre rosa (Literatura Random House, 2021) de la escritora uruguaya Fernanda Trías (Montevideo, 1976). Aquí una bitácora de las arcadas y los temblores que me produjeron sus páginas.

Comencé a leer Mugre rosa un domingo por la tarde, lo que terminó por dilatar el tiempo aún más de lo que le es propio a ese día de la semana. Me encontré con la voz de una narradora que, en primera persona y con un ritmo acompasado, relata el inicio de un cataclismo ecológico y su intento por sobrevivir a él en soledad. La mujer vive en una ciudad portuaria que comienza a ser consternada por un pestilente viento rojo que aniquila a sus habitantes dejándolos en carne viva, muriendo “a flor de piel”, como ella misma susurra. Su voz tiene la lentitud de la niebla que la rodea constantemente; está muy lejos de la emoción hollywoodense por el fin del mundo, sin por ello tener un timbre en descomposición:

Los días de niebla el puerto se convertía en un pantano. Una sombra cruzaba la plaza, vadeando entre los árboles, y al tocar cualquier cosa iba dejando las marcas alargadas de sus dedos. Bajo la superficie intacta, un moho silencioso hendía la madera; la herrumbre perforaba los metales. Todo se pudría, también nosotros.

Este ritmo pasmoso ya lo había franqueado cuando leí La azotea (Dharma Books, 2020), la primera novela de Trías, una obra claustrofóbica en la que ya jadeaba un aire estancado lleno de sospechas perturbadoras y amores atroces. En ella, Clara, una mujer sumida en la paranoia de que en el exterior acecha un peligro terrible, relata el confinamiento al que somete a su padre, a su hija y a sí misma; un encierro que paulatinamente se vuelve más estrecho, sofocante y violento.

Pero volvamos a Mugre rosa. La ciudad de esta novela se reduce a un hospital colapsado, supermercados cerrados, casas vacías, un pantano fétido y una fábrica de carne procesada a la que se le rinde pleitesía. En medio de este paisaje desolador, la protagonista cuida de Mauro, un niño casi abandonado, enfermo de un hambre insaciable; “un cuerpo que era puro instinto”, describe la narradora, un depredador de cada rincón del pequeño departamento en el que se resguardan. La cotidianidad desazonada por el viento y la soledad orillan a que la protagonista pase el tiempo recordando espasmos de su pasado: su infancia en San Felipe acompañada de Max, su ex esposo; algunos desencuentros con su madre; y la dulzura de Delfa, una amiga devenida en la verdadera figura materna de la narradora. ¿Pero cómo comenzó todo? Esa pregunta que recuerda a las Bodas de Cadmo y Armonía es abordada más de una vez por la narradora, que sabe que su respuesta es solo una cuestión narrativa, tal vez un mero requisito de la memoria:

El comienzo nunca es el comienzo. Lo que confundimos con el comienzo es solo el momento en que entendemos que las cosas han cambiado. Un día aparecieron los peces; ese fue un comienzo. Las playas amanecieron cubiertas de peces plateados, como una alfombra hecha de tapitas de botellas o de fragmentos de vidrio. Brillaba, con destellos que herían los ojos. El ministerio mandó a los trabajadores de la basura a limpiar las playas. Los peces ni siquiera aleteaban, estaban tiesos desde hacía rato, incluso antes de que el agua los expulsara. Los hombres vinieron armados con palas y rastrillos, pero sin tapabocas.

Además de cuidar de Mauro e intentar reconstruir un pasado en constante retirada, la protagonista narra sus días, a la vez tediosos y angustiantes, en los que sólo le queda comer un asqueroso producto cárnico llamado mugre rosa: los residuos de las carcasas de los animales, una carne centrifugada, “mezcla de desechos, tripa y todo lo que había ido quedando de los cortes finos”, rociada de amoníaco para eliminar las bacterias y ayudar “a aglutinar lo que, por impulso del desecho, se resistía a aglutinarse”. También visita a su asfixiante madre en un barrio suntuoso del que ya sólo quedan algunas ruinas y unos cuantos vecinos escondidos; y entre alerta y alerta, pasa a saludar a su ex marido al hospital, que es parte del grupo de enfermos crónicos de la peste.

¿Por qué me angustio al leer a Trías?, ¿por qué de tanto en tanto me vienen arcadas?, ¿por qué no me doy cuenta que llevo un par de líneas conteniendo la respiración? Cierro un capítulo, levanto la mirada y me acuerdo de una carta que le escribió Virginia Woolf a su amiga la escritora Vita Sackville-West, donde puede leerse:

En lo que se refiere al mot juste, estás bastante equivocada. El estilo es algo muy sencillo: es simplemente una cuestión de ritmo. Una vez que lo tienes, es imposible que te equivoques con las palabras. Pero, por otra parte, estoy aquí a media mañana, llena de ideas, con revelaciones y todo eso, y no puedo usarlas porque me falta el ritmo adecuado. Esto de definir lo que es el ritmo es muy profundo y va mucho más allá de las palabras. Una escena, una emoción, produce una ola en la mente, mucho antes de que las palabras aparezcan para interpretarla; y al escribirlas (esto es lo que pienso ahora) uno debe retomar todo eso y trabajarlo (lo que aparentemente no tiene nada que ver con las palabras), y entonces, cuando la ola rompe y se asienta en la mente, hace que las palabras empiecen a encajar. Pero sin duda el año que viene pensaré otra cosa.

Eso es lo que me tiene constantemente asqueada y agarrotada. Las olas de Trías rompen lentas pero contundentes, y al leerla no soy espectadora de sus naufragios, no puedo contemplar segura desde la orilla el delirio de Clara o la ansiedad de Mauro: es como si habitara sus desastres. El lento compás de sus palabras en bruto, descarapeladas como la piel de los enfermos, me obliga a transitarlas una por una. Su escritura destila la pestilencia de las algas, la viscosidad de la gelatina de carne, el olor de la tierra enmohecida y la textura de la sangre coagulada. A veces quisiera leer más rápido, pero no puedo; Trías me exige esperar con sus protagonistas y el tiempo de la espera es siempre un presente incómodo con deseos de fuga.

No me resulta fácil describir el tiempo del encierro, porque si algo caracterizaba el encierro era esa sensación de no tiempo. Existíamos en una espera que tampoco era la espera de nada concreto. Esperábamos. Pero lo que esperábamos era que nada pasara, porque cualquier cambio podía significar algo peor. Mientras todo siguiera quieto, yo podía mantenerme en el no tiempo de la memoria.

El lunes continúo la lectura, me dije. Quiero saber por qué la narradora se separó de su marido; qué va a hacer si se acaba la comida; por qué su relación con su madre es tan árida; y qué es lo que hace que la ciudad huela a quemado. Nada de eso me será revelado con claridad; en Mugre rosa, como en el puerto, prima la niebla y con ella, el ansia. Lo no dicho aturde con las distintas posibilidades e instiga al lector a recubrir el silencio desde sus propios temores; no por nada la palabra monstruo comparte ecos con monstrare, el monstruo, mientras solo se insinúe, tomará la forma de lo que cada uno de nosotros teme: el monstruo muestra nuestros miedos.

La novela me incomoda, a ratos hasta me molesta, y cambio de posición seguido al leerla, como si eso me ayudara a cambiar de perspectiva las palabras o a aguzar la mirada para ver más allá de la página. Pero no importa cuántas veces lea un mismo pasaje, la narradora no va a revelarme nada más que intersticios. Ahí todo está hecho jirones: la maternidad, la ciudad, la naturaleza, la salud, la comida, el amor, el recuerdo…

Más allá de la cuestión premonitoria del libro, Mugre rosa es una obra sobre el ser humano como depredador, un animal capaz de arrasar con todo hasta llevarse a sí mismo a la extinción. Es una crítica al Antropoceno, a la comida procesada, al capitalismo salvaje, a nuestros afanes de rendimiento y aceleración. Pero también es una auscultación de la memoria, de nuestra constante reescritura del recuerdo y de los vínculos que nos constituyen. En contraste con la popular extimidad y la volatilidad del mundo digital, Trías atiende la intimidad, una intimidad que a veces parece ajena o impenetrable; explora la complejidad de las relaciones afectivas y sus insospechados matices; enmaraña los ideales de la maternidad y de amor romántico, y difumina sus confines para mostrar distintos flancos del cariño, a veces atroces, a veces esperanzadores.

Al día siguiente, Trías me introduce de nuevo en ese puerto yermo, lleno de alarmas y vacío de pájaros. Me adentra en ese cuarto con olor a humedad y carne procesada; me acerca a Mauro y su cuerpo grasoso, siempre voraz. Me reúne con Max y con su madre por última vez, pero, como siempre, ambos serán presencias impermeables a la comprensión, a la complicidad. Me encierra en su cabeza estancada, pesada por los recuerdos del pasado y vacilante por las expectativas del futuro. Me confina en sus palabras y cierra la puerta con llave. No saldré de ahí hasta que acabe la novela, no importa si levanto la mirada.

 

Valeria Villalobos Guízar
Maestra en Filosofía de la Historia por la Universidad Autónoma de Madrid

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Publicado en: Ciudad de libros
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