El autor de este texto agrega nuevos matices y argumentos a favor de la crítica histórica que hace Federico Navarrete a ciertas representaciones reduccionistas y racistas de la Conquista. Se suma a los esfuerzos por pensar en un proceso histórico tan complejo como toda realidad social.
Quiero volver aquí al debate abierto por Federico Navarrete en su artículo “Racismo en la Academia”, publicado en esta revista el 18 de mayo. Su texto construye una crítica a las verdades densamente asentadas, así como a las convenciones rancias. La reflexión de Navarrete parte de la conferencia “Las conquistas de México” que Enrique Semo presentó en la Academia de la Historia en abril de este año. Navarrete considera que en las palabras de su colega hay algo de prejuicio y de desdén hacia la historia de los pueblos indígenas. Quisiera ahondar en algunos motivos para darle la razón a Navarrete.
En la mencionada conferencia, Enrique Semo señalaba que el colonialismo que viene a estas tierras en el siglo XVI consiste en la imposición vertical de un nuevo poder, de un “etnocentrismo descarnado” que impone cultura e ideología. Lo alimentan las pretensiones señoriales de los caudillos hispanos, “el hambre insaciable de plusvalía transformable en capital”, así como “la necesidad de oro de los estados absolutistas para sus incesantes guerras y campañas imperiales”. El racismo y la opresión de clase le son enteramente constitutivos. De este modo, Enrique Semo quiere exponer una vez más la difícil realidad colonial contra la cual han tenido que luchar los pueblos indígenas.
Postura nada menos que pertinente, pues, si bien no vamos a decir que la colonización de América habría sido esa empresa de devastación que explota sin misericordia el trabajo de los nativos, según la retórica posrevolucionaria tan bien plasmada en los murales de Diego Rivera en Palacio Nacional, tampoco vamos a creer en las opiniones imperialistas que aún hoy se sostienen sobre la misión “civilizatoria” de Cortés o de Pizarro. Si hemos llevado a cabo serios y creativos esfuerzos por repensar esta porción de nuestro devenir más allá del cliché sobre los “oscuros” años coloniales, permitiéndonos entender que éstos habrían sido tan complejos como lo es toda realidad social, creo que así mismo tendríamos que reparar ante las perspectivas “rosas” que disminuyen o de plano ignoran el sufrimiento y el dolor.
Enrique Semo ha querido así sacudir conciencias. Sin embargo, una voz inquieta encuentra en esta alocución un relato no menos etnocentrista que la ideología colonial impuesta sobre el indígena. Para Federico Navarrete, narrar la conquista de México en la forma en que lo ha hecho Semo equivale a conformarse precisamente con la imagen señorial que el conquistador se hacía del mundo, de los cuerpos y de las cosas. En Balún Canán encuentro este pasaje interesante que puede ilustrar el problema: “Los balcones están siempre asomados a la calle, mirándola subir y bajar y dar vuelta en las esquinas. Mirando pasar a los señores con bastón de caoba; a los rancheros que arrastran las espuelas al caminar; a los indios que corren bajo el peso de su carga. Y a todas horas el trotecillo diligente de los burros que acarrean el agua en barriles de madera”. Ésta sería una mirada que ordena el mundo tal y como lo desea el poderoso: clasista, estamental. En una estructura similar, la humanidad descendería según la riqueza y la cultura que se posea o las funciones que se cumplan. Los asnos tienen al menos la fortuna de no ser los únicos en agachar la cabeza.
Algo similar ocurriría con la representación que seguimos teniendo y fomentando sobre la conquista: la que presenta a los indígenas como meros “guías”, “ayudantes” y “auxiliares” en el “proyecto” cortesiano, el cual sería claro, definido e inminente. Es así como Federico Navarrete se pregunta: ¿por qué tendríamos que repetir esta retórica colonial? ¿qué hace que nos conformemos con la imagen complaciente que el conquistador ofreció sobre el pasado? Es tanto lo que podemos decir en apoyo a la postura de Navarrete.
De múltiples maneras, en efecto, la gran mayoría de los pueblos indígenas presentaron forzosamente una visión propia sobre la conquista, en la que describen la violencia y las peores actitudes de los invasores, pero también los consensos que habrían querido establecer con ellos, actitud esta última en la que no podemos menos que reconocer su brillante capacidad cultural para adaptarse a los cambios. En la Visión de los vencidos no se estaría exhibiendo así a un pueblo obnubilado por sus “ideas” religiosas y por tanto víctima fatal en la Conquista, sino la barbarie de quienes son bien recibidos pero en cambio sólo saben despojar y ultrajar al que los convida. Apenas habían sido recibidos con lisonja, “interrogaron a Motecuhzoma tocante a los recursos y reservas de la ciudad […] mucho le rebuscaban y mucho le requerían el oro”.1 Cuidado, no intentamos decir que esto es lo que realmente ocurrió en la Conquista, pero es cierto que esta actitud correspondería con la imagen que el propio Hernán Cortés presentaba sobre sí mismo y su tropa: la del invasor que viene a despojar. Apenas comenzaba su conquista, prometía a la Corona ir a la “demanda” de Moctezuma, “a doquiera que estuviese”, para ofrecérselo “preso o muerto, o súbdito”.2 En mayo de 1519, en una merced en favor de dos caciques del valle de México, alude a las “profecías antiguas” cuya noticia le provocaba “gran regocijo y contento” pues favorecían su “victoria”.3 Y en esta actitud hostil hacia el indígena, creo que Bernal Díaz del Castillo no es una excepción, porque, aunque en el otoño de su vida nos haga pensar en su Historia verdadera que la Conquista contó con la intervención protagonista de los múltiples pueblos mesoamericanos para someter al imperio “tiránico” de Moctezuma —la conquista en boca de Bernal sería así esencialmente ese acto político por el cual el indígena “acepta” un nuevo dominio a cambio de ser librado de un imperio “opresor”—, tampoco debemos pensar que siempre tuvo esta opinión, muy distinta a la del Hernán Cortés de las Cartas de relación que venía junto a sus valientes soldados —como no se cansaba nunca de repetir— a someter pueblos y cuerpos paganos en quienes no corresponde más que obedecer. Si en su crónica el medinés presentaba la conquista como un proceso político en el que el “ardor” de los pueblos avasallados por Moctezuma habría sido el motor fundamental y ya no la violencia inicua que habría retratado Cortés en sus cartas, no es porque fuera un colonizador menos etnocentrista o más “respetuoso”, sino más bien porque, en la sociedad colonial ya en construcción en la que le toca escribir, la retórica oficial sobre la Conquista se había vuelto más suave, pactista, y a ella había que apelar en la rememoración del pasado como veterano de guerra que quería ganar algo de la tierra conquistada.4

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Un pasaje tomado de la obra de Serge Gruzinski puede ilustrar, por otro lado, los consensos que siempre pudieron concertar directamente los indígenas con el poder allende el mar, restándole así importancia a los hechos bélicos que la retórica del conquistador había acicalado. A propósito de los títulos primordiales que los pueblos de indios elaboraron en la segunda mitad del siglo XVII para la defensa de sus bienes, Gruzinski encuentra ahí que:
El choque militar, el trastorno político que la conquista española representa a nuestros ojos en general se relegan a un último plano o propiamente se hacen desaparecer. […] De la lejana Castilla y de la posta obligada de México emana toda la autoridad; Carlos V, el “gran señor rey emperador”, es quien confiere a los ancianos “la dominación y el patrimonio”, y la capital de la Nueva España la que constituye la “matriz de los señores” y el origen de la fe. En este contexto pacífico o pacificado, desdramatizado o cristianizado, en este escenario retocado recibe el pueblo sus tierras “en nombre de Su Majestad y por la gracia de Dios”. […] La narración adopta los términos de un pacto. A cambio de la merced, de esas tierras que se les conceden, los indios se comprometen a pagar el tributo al rey y a adorar al dios de los cristianos. El discurso indígena parece entonces totalmente imbuido de ideología colonial. Enajenada radicalmente, la memoria indígena habría pues adoptado las razones del vencedor, su lógica y su retórica justificativa.5
No menos interesante es el caso de ese cura y noble tlaxcalteca del siglo XVIII, don Juan Cirilo de Castilla, que para promover en 1753 la creación de un Colegio de indígenas argüía alegatos elocuentes como este: “¿qué mérito puede igualarse al de haberse rendido a los Señores Reyes de Castilla más de doscientos millones de almas, sin el derramamiento de sangre que en la conquista de menores provincias y reducción de pequeños pueblos nos refieren las historias? ¿Qué dádiva se puede igualar a la que hicieron los Indios a la Corona de España?”.6
En la visión del “vencido”, son él mismo y el poder regio los protagonistas del colonialismo. Que la Corona haya alentado en las noblezas indígenas la ostentación de sus atributos señoriales antiguos, nos habla ya de la importancia que éstas tuvieron para el trazado de las instituciones políticas, económicas y sociales del nuevo orden, como sujetos activos y no meros agentes subordinados, “conquistados”. El europeo, por su parte, ensalzará siempre su proeza militar para orgullo de su sangre. En los relatos hispanos, lo que encontramos es la “invención de la conquista”, para retomar esta expresión de Bernardo García Martínez. Con ellos, la que había sido una innegable conquista “desde abajo”, es decir, posibilitada por la integración de los múltiples señoríos y pueblos al proyecto colonial porque simplemente no se podía prescindir de ellos para sostenerlo, es presentada por Hernán Cortés como una conquista “desde arriba”, es decir, como la conquista de un imperio ganado heroicamente por las armas, de gran magnitud e importancia.7 Un relato más fiel a nuestra historia tendría que empezar por tanto, no ya con el arribo de Cortés, sino con la descripción detenida de la compleja realidad social, política y cultural mesoamericana sobre la que se edificará una nueva sociedad. Tendría que empezar, quizá, con la observación en el cielo de cometas y tantos otros portentos que augurarían tiempos difíciles, tiempos que pondrían a prueba la resistencia y creatividad humana de estas tierras.
¿Qué tan valido es entonces narrar hoy la Conquista a partir de las fuentes del conquistador y del guión sacrosanto que entregó a los cortesanos? ¿Quién sostendría aún la imagen de un Hernán Cortés “extraordinario”, modelo de estratega y diplomático? ¿Por qué empezar el relato con las palabras del dominador? ¿Por qué el indígena tendría que caminar junto a un asno, agachados? Únicamente la visión discriminatoria del hombre blanco permitiría todo esto. Seremos pues como la niña de Balún Canán, que por más que se yergue no alcanza a mirar al padre: “Me lo imagino nada más. Nunca lo he visto. Miro lo que está a mi nivel”.
Germán Luna Santiago
Historiador de la UAM-Iztapalapa
1 Miguel León-Portilla, Visión de los vencidos, México, UNAM, 2019, p. 85.
2 Hernán Cortés, Cartas de relación, México, Porrúa, 2015, p. 38.
3 José Luis Martínez, Documentos cortesianos, México, FCE, UNAM, 1990, tomo 1, pp. 60-64.
4 Puede leerse Germán Luna Santiago, “Cortés, o bárbaro conquistador o Cid desfacedor de entuertos”, Revista de Historia de América, núm. 159 (2020).
5 Serge Gruzinski, La colonización de lo imaginario, México, FCE, 2013, p. 120.
6 Solange Alberro y Pilar Gonzalbo, La sociedad novohispana. Estereotipos y realidades, México, Colmex, 2013, p. 208.
7 Bernardo García Martínez, “Hernán Cortés y la invención de la conquista de México”, en Miradas sobre Hernán Cortés, coordinación de María del Carmen Martínez y Alicia Mayer, Madrid, Fráncfort, Iberoamericana, Vervuert, 2016, pp. 41-42.
Enrique Semo es parte de los académicos simpatisantes de.la.así llamada Cuarta Transformación, así su visión de la Conquista avala por una parte la retórica presidencial sobre la historia, y por otra parte, su punto de vista parte de la vulgata marxista que llegó a proliferar en no pocas universidades haciendo de la historia académica un lecho de Procousto.