El siguiente ensayo nos muestra de nuevo el gran valor de la biografía más reciente de Susan Sontag, que escribió Benjamin Moser. Nos adentra tanto en los procesos de investigación de Moser como en una comparación con otros escritos sobre la autora: un verdadero retrato de luces y sombras de la última gran intelectual pública estadunidense.
…ya que los incidentes que dan excelencia a una biografía
son por su propia naturaleza volátiles y evanescentes.
—Samuel Johnson,
citado por James Boswell en
Vida de Samuel Johnson (1791)
1.
Cuando en la madrugada del 28 de diciembre de 2004 falleció Susan Sontag, no fue inusitado que muchos vieran en su deceso no sólo la pérdida de una novelista y ensayista de excelencia, sino, sobre todo, una señal inequívoca del cierre de una época donde la figura del intelectual público representaba tanto los valores de la alta cultura sino también, y casi se podría decir que por añadidura, la encarnación misma de un autoridad moral que, salvo por excepción, ninguna otra figura pública —políticos, científicos, periodistas, etcétera— podría siquiera aspirar a alcanzar.
Es probable que a Sontag no le disgustara esta suerte de reconocimiento póstumo. Al menos desde mediados de la década de los setenta del siglo pasado y hasta sus últimos días, Sontag, como pocos escritores o intelectuales de su generación, personificaba las virtudes y vicios atribuidos, de manera condescendiente o excesiva, a los intelectuales públicos.
Ella estaba consciente de ello y, al parecer, las posibles incomodidades, envidias o equívocos que pudieran derivar de ello, podrían compensarse por la fama, respeto, admiración o influencia que eran inherentes a tal representación. No hay lugar a dudas: ella misma fue artífice entusiasta de su ingreso al reino de los iconos de su tiempo.
Lo que parece evidente es que esa imagen icónica, más que permitirnos conocer y apreciar en su toda su magnificencia y, desde luego, en sus muchas y complejas contradicciones a la persona real, lo que nos ofrecía era una variedad de anécdotas, crónicas o fábulas cuyo elemento común era el de anteponer, en el mejor de los casos, una efigie noble de Sontag y, en el peor, una caricatura malévola.
Hoy, con la biografía de Benjamin Moser, Susan Sontag. Vida y obra (Anagrama, 2020, traducción de Rita de Costa), se abre la oportunidad de olvidarnos de la figura icónica y, hasta donde es posible, aproximarnos a un relato más cercano, más fidedigno y certero de lo que fue la travesía vital de Sontag.
Moser, que afirma ser el biógrafo autorizado de Sontag, pero que no ha escrito una biógrafa autorizada —es decir una biografía que requiriera la aprobación de los familiares, editores o agentes de Sontag, que fueron quienes lo invitaron a emprender esta tarea— ha escrito un libro que, sin exagerar apenas, podía ser considerado la biografía definitiva de Sontag, si es que tiene sentido esta afirmación.
A diferencia de otros relatos de la vida de Sontag —por ejemplo, Susan Sontag. La creación de un icono (Circe, 2002) de Carl Rollyson y Lisa Paddock, biografía no autorizada y escrita en tiempos en que la escritora aún vivía y cuya elaboración y publicación le causó justificadamente un gran enfado— Moser tuvo acceso a un muy amplio cuerpo de documentos: los diarios que el hijo de Sontag, David Rieff, editó y empezó a publicar en 2008 —a la fecha se han publicado dos de los tres volúmenes previstos, Renacida. Diarios tempranos 1949-1964 (Debolsillo, 2012) y La conciencia uncida a la carne. Diarios de madurez, 1964-1980 (Random House, 2014)—, la biblioteca, documentos y archivos personales de Sontag que resguarda la Universidad de California en Los Ángeles y una nutrida colección de desinhibidos testimonios que los familiares, parejas, amistades y adversarios de Sontag estuvieron más que dispuestos a proporcionar, además de algunos libros memorialísticos publicados después del fallecimiento de Sontag, como el de Sigrid Nunez Sempre Susan. A memoir of Susan Sontag (Riverhead Books, 2011), y los que se concentran en sus últimos días como el del propio Rieff Un mar de muerte. Recuerdos de un hijo (Debate, 2008), y el capítulo que le dedicó Katie Roiphe en The Violent Hour (The Dial Press, 2016).
Moser, entonces, contó con todo el material del que por ahora se puede disponer en torno a su protagonista, y lo ha aprovechado al máximo. No ha escrito una hagiografía, ni una crítica literaria sino una honesta y detallada indagación de un personaje tan fascinante como controvertido, narrando y examinando con una perspicacia y sutileza en que no está exenta una buena dosis de admiración, su trayectoria vital y creativa sin omitir sus aspectos más inquietantes e irritantes.
Esto último es importante. Para algunos comentaristas Moser dio mayor énfasis a la diva literaria y a sus frecuentes desplantes de mal humor y pésimo carácter que a la obra misma de Sontag, —eso comentan, por ejemplo, Miguel Gorra en The New York Review of Books o Janet Macolm en The New Yorker— razón última por la que se justifica ocuparse en escribir su biografía.
Y, sí, en la crónica de Moser abundan los episodios, sobre todo en los años en que se convirtió en una celebridad, donde nos encontramos con una Sontag egocéntrica hasta la exasperación e incapaz de reconocimiento de la sensibilidad o intimidad del otro, que carecía del más mínimo tacto como para sospechar o advertir siquiera el impacto que sus desplantes podrían tener en la gente, fueran o no cercanas a ella. En no pocos de los testimonios recogidos por Moser escuchamos a amigos o colaboradores de Sontag quejándose de que ella los hacía sentir, de manera deliberada, estúpidos.

“Susan Sontag fotografiada en su casa”, 1979, fotografía de Lynn Gilbert. Fuente: Wikimedia, con licencia CC BY-SA 4.0
Pero, creo, este nutrido anecdotario sobre sus malos modales, su célebre interpretación como diva y su altivez moral, así como todos los vericuetos en que Moser se apoya para tratar de revisarlos, no se ofrece en menoscabo de la obra de Sontag. No hay novela o relato, libro de ensayos o artículos, o películas y obra de teatro dirigida por Sontag que no reciba, así sea brevemente, una revisión.
Es cierto que se echa mucho de menos, como anota Gorra, saber más sobre la cocina literaria de Sontag. Y, ciertamente hay aquí un gran nudo ciego ya que, si bien se nos informa sobre su extraordinaria capacidad de trabajar, del despliegue de lo que su hijo David llamó una “energía verdaderamente ilimitada” a lo largo de las “dieciséis horas al día, siete días por semana” en que —según le comenta Sontag a su editor Roger Straus— constituían sus jornadas laborales, apenas si se dice algo sobre cómo se concretaba esa energía ilimitada, cómo pasaban esos largas días que dedicaba a escribir, leer, investigar, organizar sus materiales, ni tampoco se dice mucho (excepto que fumaba con asiduidad y que por un tiempo se aficionó a las anfetaminas), sobre sus rutinas y sus manías, sus aflicciones o gozos, sus dudas o certezas a la hora de trabajar.
2.
Perplejidad. Esta palabra se encuentra una y otra vez a lo largo del libro de Moser. Por momentos, parece que su tarea estuviese guiada por la búsqueda y disección de estas perplejidades: es imposible encontrar algún periodo de la vida de Sontag en que Moser no señale la confusión, dudas, desorientación que esta generaba entre sus familiares y parejas, amigos y adversarios, editores y críticos, y lectores o simples cazadores de chismes.
Perplejidad, por ejemplo, ante su precoz curiosidad intelectual y ante las tempranas manifestaciones de su talento crítico y narrativo. Perplejidad ante la disociación extrema que hacía, empezando consigo misma, entre la vida del cuerpo y la mente, aún en sus momentos finales. Perplejidad ante su continua evasión o negación de todo aquello que le perturbara, incomodara o simplemente le fuese indiferente.
Perplejidad, a pesar de sus reiterados logros y su determinación férrea, por su continua inseguridad en torno a su propio talento y vocación al tiempo que no se detenía para mostrar una cruda altivez moral e intelectual. Perplejidad ante su ambigüedad en la esfera pública en relación a su orientación sexual.
Perplejidad ante el estatus de celebridad que adquiriría en la República de las Letras, esa República repleta de misoginia —aún en la segunda mitad del siglo XX no se había desvanecido del todo la prevalencia del insidioso dictamen de T. S. Eliot que, mientras trabajaba en la revista The Egoist dirigida entonces por Ezra Pound, llegó a decir “Me esfuerzo por mantener la escritura en manos Masculinas, porque desconfío de lo Femenino en literatura”—; y el modo en que sobrellevó dicho estatus, desde el cual se convirtió, si no en un modelo ejemplar, sí en una figura de inspiración para las escritoras de la generación que le siguieron.
Pero también perplejidad ante su permanente vulnerabilidad emocional y afectiva que tensó a lo largo de su vida tanto en sus relaciones familiares (ante todo con su madre y su hijo) y conyugales (breves y prematuras), como en sus relaciones con sus amistades y las mujeres que la amaron y que ella amó. Perplejidad ante las continuas y extremas mudanzas de humor que la llevaban de la crueldad a la generosidad más desprendida.
Y, en fin, perplejidad ante lo que fue una vida marcada por la intensidad de sus contradicciones, pero, ante todo, por su inalterable pasión por los valores que representaban la cultura, el arte, la literatura y su no menos apasionada confianza en el conocimiento y la dignidad y el imperativo civilizatorio de la razón y la crítica.
Moser, por supuesto, no se limita a hacer un registro de dichas perplejidades, sino que trata de darles un contexto desde el cual comprenderlas y lograr un retrato de su protagonista con la mayor gama de colores posible. Logra darnos lo que hasta ahora es la más cercana y completa aproximación a la vida de Sontag y, en tanto tentativa de comprensión integral de una vida, empresa por definición imposible, será quizá para los próximos años una obra de referencia ineludible para reconocer tanto la magnitud y diversidad de las ambiciones intelectuales y creativas de Sontag (no en balde Peter Burke la incluye como uno de los últimos ejemplos representativos de la tribu de polímatas de la historia cultural de occidente), como los costos y riesgos, personales y creativos, que hubo que asumir para estar a la altura de estas ambiciones.
Con todo, y sin proponerse como un ejercicio de crítica literaria, el libro de Moser es una invitación abierta, provocativa en más de un sentido, a leer o releer su obra tomando en cuenta tanto los motivos e impulsos que la alentaron y nutrieron como la manera en que su itinerario vital está presente de algún modo u otro en ella: nos ayuda a entender de manera más clara la obra de Sontag y, por añadidura, el tiempo y cultura que la hizo posible y necesaria.
3.
En su discurso de aceptación del premio Friedenspreis el 12 de octubre de 2003, Sontag afirmó que “Un escritor es alguien que presta atención al mundo. Eso significa que intentamos comprender, asimilar, relacionarnos con la maldad de la cual son capaces los seres humanos, sin corrompernos —convirtiéndonos en cínicos o superficiales— al comprenderlo. La literatura puede contar cómo es el mundo”.
Una buena parte de la obra de Sontag pretende precisamente contar y examinar ese mundo no sólo evitando las trampas fáciles del cinismo, sino, además, haciendo de su activismo político una necesaria prolongación de ese examen.
No me refiero, por supuesto, a los ingenuos o decididamente camps viajes de turismo revolucionario que hizo, por ejemplo, a China o Cuba, sino, por mencionar algunos de sus mejores ejemplos de este activismo, a su oposición a la guerra de Vietnam, su arriesgada incursión en Sarajevo, su valiente apoyo a Salman Rushdie, su decidida denuncia a la brutal y arbitraria política exterior norteamericana posterior al 11 de septiembre de 2001, y, desde luego, a su incansable crítica cultural que, en muchos sentidos, posee una inconfundible intención política.
Al final de este mismo discurso en Friedenspreis, Sontag dejó en claro su convicción de que: “La disponibilidad de la literatura, de la literatura mundial, permitía escapar a la prisión de la vanidad nacional, del filisteísmo, del provincialismo forzoso, de la inanidad educativa, de los destinos imperfectos y de la mala suerte. La literatura era el pasaporte de entrada a una vida más amplia; es decir, a un territorio libre. La literatura era la libertad”.
Como lectores le debemos a Sontag los frutos de esa convicción, frutos que no han hecho sino hacer más respirable la realidad o, dicho de otro modo, haber ampliado y enriquecido nuestro horizonte de libertad y, con ello, el horizonte de nuestra imaginación y responsabilidad moral.
Comencé a leer a Sontag hace poco más de cuatro décadas. Aún conservo la primera edición en español de Estuche de Muerte publicada por Joaquín Mortiz con traducción de Roberto Ruiz de 1969, y la de El benefactor que Lumen editó en 1974. Pese a las dificultades que me supusieron entonces estas lecturas, como lector he mantenido una fidelidad invariable a la obra de Sontag, fidelidad que nunca ha sido decepcionada y que, por el contrario, con cada libro nuevo fue renovándose y proporcionándome nuevos motivos para el asombro y admiración. Su relectura parece hoy pertinente ya que, parafraseando lo que escribiera a propósito de Pedro Páramo, no merece la pena leer una obra una vez si no merece la pena leerla muchas veces. Sirva, en fin, esta breve y apresurada nota como testimonio de gratitud.
Claudio H. Vargas
Economista y ensayista y articulista intermitente.