Fábrica de realidad: vanguardia rusa

He ido cinco veces a ver la exposición sobre la Vanguardia rusa que estará en Bellas Artes hasta el 7 de febrero. Desde la primera visita me di cuenta de que recorrer las obras, maquetas, carteles, vajillas, bocetos y el resto de objetos que reúnen las salas en cada uno de los pisos del Palacio, tenía algo de tranquilizador y quise regresar. Esto, no por la emoción de que en cada ocasión descubriera algo nuevo o viera distinto a la vez anterior, aunque sin duda me sucedió y en buena medida gracias a los responsables de la museografía de la exposición: en donde al principio había una pared desperdiciada junto a obras representativas del suprematismo de Malévich, para mi segunda o tercera visita ésta tenía la explicación de la trascendencia de Cuadrado Negro, la obra más reconocida del artista. Lo mismo pasó con la pared del móvil de Tatlin y con un fondo café que enmarca un estudio de color de Rodchenko (Rojo puro, amarillo puro, azul puro); la segunda vez descubrí los créditos de la exposición y hasta la cuarta logré comprar el catálogo que antes no había estado disponible. La historia de hallazgos acabó con la última visita, en la que me enteré de la sala de fotografía y de los dibujos eróticos de Einsenstein –pero eso sólo responsabilidad de mi distracción.

negro

Cada visita fue distinta, pero lo que me hizo volver una y otra vez a la exposición, siempre mareando con entusiasmo a quien me acompañaba, era más bien lo repetido. Desde la primera vez tuve la sensación de que me sumergía en una realidad, por supuesto diferente, pero sobre todo más grande. Una realidad mecánica y envolvente, estable en el conjunto de sus elementos a pesar de la advertencia sobre la diversidad y complejidad de sus innovaciones artísticas, arquitectónicas, escénicas y propagandísticas. Se repite que no se puede hablar de una sola vanguardia rusa, pero la exposición está innegablemente integrada, y esto tiene menos que ver con el vértigo del futuro que lleva por subtítulo, que con el sentimiento de poder decir convincentemente al final con Maiaskovski: “Yo también soy una fábrica”.

La muestra empieza con la maqueta para el monumento a la Tercera Internacional imaginado por Tatlin. Una torre compuesta por partes que se inclinan al cielo en un ángulo agudo. Es un buen inicio, con el que se propone ver a toda la exposición como proyecto –en donde las obras encadenadas están construyendo algo–, pese a lo casi desalentador que resulta el recordatorio de que nunca se edificó esta torre. Como también sucede con dos bocetos a un monumento a Cristóbal Colón pensado para construirse en Santo Domingo, y en realidad con todos los planos y maquetas para grandes edificios habitacionales y salones de sindicatos, es imposible no suspirar con la nostalgia que provocan por igual los proyectos fracasados y las ruinas. Pesa todo lo que pudo ser y no fue, tanto como lo que fue y ya no es. Sin embargo, pensar en aquello que compone a estas vanguardias no sólo se trata del “testimonio histórico” o la “experiencia estética” que proponen los curadores. Tampoco es puro socialismo, por más que los artistas y sus propuestas estuvieran claramente inscritas en un régimen que buscaba impulsarlo y sea evidente la búsqueda por un nuevo orden político en los dos espacios que identifica Jorge Juanes: el de las imágenes de la cotidianidad y el de la organización para la vida colectiva.

tatlin

Lo que reúne la exposición es un arte sin precedentes, de franca ruptura con todo lo conocido, pero que al mismo tiempo quiere ser para todos. Hay una paradoja en este arte constructor, construido a su vez con imágenes industriales. Las pinturas y carteles tienen y son máquinas; lo mismo los textiles, los uniformes y la vajilla. Quizás sean los escenarios propuestos por Alexandra Exter, Isaac Rabinóvich o Liubov Popova, entre otros, lo más parecido a esta realidad rusa en tensión a principios del siglo XX: grandes fábricas que aspiraban producir “ideales humanos universales”, en las que los actores estaban entrenados en la biomecánica de Meyerhold para maximizar las capacidades de sus cuerpos y que finalmente se plantaban en un espacio definido por torres, cadenas y mecanismos giratorios. Es fácil creer que, como en el boceto de una fábrica de Nina Aizenberg, los teatros y las ciudades enteras humeaban el cielo.

El recorrido nos lleva a ver un mundo hecho de las portadas de Rodchenko en la Novyi Lef, de los poemas y las propuestas editoriales de los futuristas, de calles que exhibían carteles con fotomontajes de Guminer hablando del plan industrial, o de Klutsis Elevando la calificación de la trabajadora. En los teatros se presentaban las puestas de Alexandr Tairov y en el cine películas de Eisenstein, Dovchenko y Trauberg. Lo que debía ser ir a escuchar un concierto de Shotakovich, o de Stravinski y en el camino de regreso ver las enormes construcciones de Alekséi Shchúsev. Terminando el día, el té estaba servido en una taza de típica “porcelana de agitación” o con motivos suprematistas, en su defecto, producida en la Fábrica Estatal de Porcelana de Petrogrado.

klutsis

No es cualquier cosa pensar en un mundo lleno de estímulos creativos arriesgados de artistas que querían incidir en la realidad, pero creando lo que no se pareciera a lo conocido. Vivir en un mundo así debía haber sido como ser un engrane más que reacciona a una marea que quiere inundar el último cajón de la cocina. Y si una vida cotidiana repleta de estos elementos no alcanzaba, uno también puede ver el mundo del cambio social construirse afuera con edificios de habitación para los obreros. Es un mundo que da la impresión de ser tan abarcador y estar lo suficientemente integrado, como para decidir voluntariamente abandonarse a él y confiar en que nuestro tránsito individual tendrá impulso y dirección. Y si ambos se dirigieran al espacio, y los alumbraran faros como los de los monumentos a Colón, ¿qué podría salir mal?

Sabemos de los riesgos del control estatal y recordamos las consecuencias estéticas, y para la vida de los artistas, que tuvo la imposición del realismo socialista en la Unión Soviética a partir de la década de los treinta. Pero hubo un momento en el que estos artistas convivieron y coincidieron con la búsqueda legítima por un nuevo entendido social. Los VKhUTEMAS (Talleres Superiores Artísticos y Técnicos del Estado) fundados en 1920 dieron pie a muestras como la que reunió el siguiente año los trabajos constructivistas de Ródchenko, Popova, Stepánova, Exter y Vesnin. Un momento en que hombres y mujeres querían participar por igual del cambio, en que el sujeto central era la masa y la aspiración el universo. El recuerdo de ese par de décadas es lo que está en Vanguardia rusa. La exposición es la prueba de que no es un absurdo querer una realidad en la que se incite a la reflexión en cada recoveco, que ésta sea para todos, y que nutra y participe de proyectos políticos transformadores.

Otra vez con Maiakovski:

“[…]
El corazón es tal motor.
El alma, tal diestra máquina.
Somos iguales:
Camaradas en la masa de los trabajadores.
Proletarios de cuerpo y espíritu.
Sólo juntos
el universo embelleceremos
y las marcas dejaremos sonar.
Aislémonos a cal y canto de la tormenta de palabras.
¡A la obra!
Trabajo vivo y nuevo.
Y los vacuos oradores,
¡al molino!
¡Con los molineros!
Que el agua de sus discursos haga girar la noria.”

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Publicado en: Curadero

Un comentario en “Fábrica de realidad: vanguardia rusa

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