En el tercer día del Festival de las Ideas, antes de comenzar la primera de las conferencias, le comenté al director del evento, el filósofo Javier Moscoso, que éste estaba siendo todo un éxito. Su respuesta hizo honor a la profesión, pues me preguntó bajo qué criterios se podía acaso medir aquello.
La cuestión no es baladí. A lo largo de estas jornadas hemos visto cómo a ambos lados del espectro ideológico se ha tratado de deslegitimar el Festival: para unos, no era lo suficiente revolucionario; para otros, contaba con demasiados filósofos progresistas, llegando a establecer incluso un “cordón sanitario invisible contra la derecha”. Ninguno parece haber entendido la finalidad –y, por tanto, el éxito o fracaso– del Festival de las Ideas.
Probablemente les hubiera sido útil asistir a la conversación del jueves entre César Rendueles y Diego Garrocho, titulada “We are the world”, sobre lo local y lo global en las identidades políticas, en la que éste último dijo que “el calibre de una persona de izquierdas se mide en su actitud frente a las dictaduras de izquierdas, y el de alguien de derechas, frente a las dictaduras de derechas”. Hubieran visto, también, la dimensión identitaria que tiene en la actualidad lo ideológico. La razón por la que nos resulta tan problemático salir de nuestra ideología para buscar un consenso con el resto, decía, es porque hoy implica desprenderse de la identidad que hemos construido en torno a ella. La recomendación de Garrocho fue clara: “Una dosis de escepticismo en el ámbito democrático es saludable. Pobre de aquel que no haya cambiado nunca de opinión”.

No estuvo de acuerdo Rendueles, para quien el consenso ha sido idealizado desde un prisma elitista: “Según esta visión, los populistas piensan con el estómago, pero nosotros nos sobreponemos y consensuamos. La disputa política siempre tiene que ver con los afectos”.
Sucede de un modo similar con la memoria. Así lo explicaron los historiadores David Nirenberg y Mercedes García Arenal en “Comunidades de violencia”, una distendida conversación sobre la relación entre las llamadas religiones del libro y los episodios de odio, especialmente de xenofobia, en la Europa medieval. Allí advirtieron que “hablar de memoria es algo problemático: implica reclamar que tu versión de la historia es inmediata, personal, como si la memoria confiriera una autoridad especial”. Mientras tanto, la historia también debe sobreponerse a esos afectos y atender a sus fuentes. "El discurso ideológico que hace uso de la historia no está producido por historiadores: lo hacen publicistas, periodistas y políticos para suscitar determinadas emociones que les pueden servir", dijo la historiadora de la religión García Arenal.

Así, esta y otras conversaciones demostraron que la filosofía, en su constante cuestionamiento de lo real, debe atender también a otras disciplinas. “Uno de los problemas de la Modernidad es creerse emancipada del pasado, y eso no es posible”, lo expresó el director del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, David Nirenberg.
Bajo este compromiso pasaron también por los escenarios del Festival de las Ideas filólogos clásicos, como Miguel Herrero de Jáuregui, e historiadoras de las emociones, como Barbara H. Rosenwein. Asistimos a la agudeza con la que desgranaron conceptos centrales del espíritu del Festival: la catarsis en los ritos de la antigua Grecia, en el caso del primero, y las comunidades emocionales a lo largo de la historia, en el de la segunda, los cuales nos sirven, todavía hoy, para reflexionar sobre cómo construimos nuestras identidades individuales y colectivas y, sobre todo, sobre cómo nos relacionamos con quienes quedan fuera de estas.
Sin embargo, hubo otras conferencias que, por desgracia, no estuvieron a la altura de las expectativas, no las marcadas por la propia calidad del festival, sino por sus ponentes mismos. Y quizás es justo que así sea. Conozco pocos filósofos cuya presencia y retórica supere a la fuerza de sus argumentos por escrito. Un libro, suele decirse, ha de defenderse solo. Por mucho que nos enorgullezca seguir recordando que la filosofía sitúa su gesto fundacional en la oralidad griega, nuestra manera de pensar no es, desde hace mucho, la de entonces. La complejidad, precisión y desarrollo que conceden a las ideas los márgenes de un libro no se compadecen con los 60 minutos –a veces menos– que tuvieron estos desafortunados ponentes.
Algunos eventos, como la conferencia que dio cierre al Festival a cargo del estadounidense Michael Sandel, se parecían más a un Late-Night Show que a una disertación filosófica. Es cierto que, siendo este el primer Festival de las Ideas, no sabemos aún qué debería evocarnos un filósofo al sentarse en una explanada ante cientos de personas, como si aquello fuera un Woodstock en miniatura. Pero, en cualquier caso, los chascarrillos, las fotografías de juventud junto al expresidente Reagan y los aplausos del público en mitad de una respuesta, sin duda son elementos sospechosos para quienes nos ocupamos del quehacer filosófico. Puede que ahí se esconda la respuesta a Moscoso sobre los criterios del éxito.

Nosotros, los que ya leemos a diario a las Browns, Sandels, Zafras y Lipovetskys del mundo, no necesitamos ir a juzgar la levedad de sus palabras sobre un escenario. Hacerlo hablaría, más bien, de nuestra incapacidad para comprender la finalidad de un festival como este. En su lugar, su éxito se mide en las hileras de paraguas que daban la vuelta al Círculo de Bellas Artes, sin importar la lluvia mientras esperaban para entrar; en la inmensidad del Teatro Fernando de Rojas o la Sala de Columnas, rebosantes de gente que venía de toda España para escuchar algo que para ellos era insólito.
Quizás, simplemente, su objetivo era mucho más modesto de lo que imaginamos al ver su programa, sus colosales escenarios o los coches que llevaban al público de una sede a otra. Pese a la excentricidad americana de Sandel en “El descontento democrático”, ha logrado que muchos escuchen por primera vez que lo que tienen que decir es importante, que eso y no la demagogia es el fundamento de la democracia; que los espacios públicos, como las escuelas, las plazas o los hospitales, son valiosos porque nos fuerzan a convivir y respetar a quienes son diferentes a nosotros. En definitiva, que la filosofía también les interpela.
El éxito del Festival de las Ideas lo determinan todos aquellos para los que estas ideas eran una novedad, y no quienes las asumen como su pan de cada día. Dar acceso gratuito, público y accesible al conocimiento que el resto del año queda restringido a unos pocos: ese es el éxito del Festival de las Ideas.
Mercedes López Mateo
Investigadora predoctoral y docente en el departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid. Es graduada en Filosofía, Política y Economía por la Alianza 4Universidades, magíster en Crítica y Argumentación Filosófica (UAM) y en Estudios Clásicos (UCM-UAM-UAH). Es autora del libro Simone Weil (Libros de Filosofía&co, 2023).