Estéticas poscoloniales en la 36ª Bienal de São Paulo

La globalización poscolonial se encontró el pasado 5 de septiembre en la 36ª Bienal São Paulo, Brasil. La muestra es extrañísima, tanto para los versados en arte contemporáneo como para los que no. Mi hipótesis es que la exhibición está articulada como un comentario férreo contra el arte contemporáneo desde el pensamiento poscolonial, y desde ahí logró herir más de una susceptibilidad y buen gusto burgués. Lo primero que se ve al entrar al pabellón Ciccillo Matarazzo, creado en 1957 por Oscar Niemeyer y dedicado a albergar la bienal, es un bosque. Una obra de arte que es una maqueta a escala humana de un pequeño bosque para recorrer y apreciar como si fuera naturaleza, con sus caminos de tierra, plantas diversas y el rocío de la mañana. La pieza es de la estadunidense Precious Okoyomon. Después del bosque hay una instalación de Gê Viana compuesta por bocinas e imágenes que hacen una contrahistoria de la colonización brasileña y sus diásporas. Estas dos piezas dan la bienvenida a un espacio de exhibición de 30 000 metros cuadrados divididos en tres pisos.

Antes de continuar el recorrido vale la pena hacer una breve acotación de las formas de mostrar el arte y la cultura que dieron lugar al dispositivo de exhibición de las Bienales internacionales para intentar delinear por qué está edición de la Bienal fue controversial. Como resultado de los procesos de colonización hacia el siglo XVIII se crearon las cámaras de maravillas y curiosidades: amplios espacios privados que la incipiente burguesía poseía y atesoraba. En ellos mostraban los objetos que ellos o sus familiares fueron obteniendo en sus viajes coloniales: de obras de arte a artefactos útiles para comunidades americanas, fotografías del otro mundo y cualquier indicio de un conocimiento científico. Era una radiografía de la otredad y el sendero del mundo por venir.

Tiempo después, hacia el siglo XIX ya reificadas las rutas comerciales y el avance del capitalismo se crearon espacios para mostrar los avances tecnológicos, artísticos, técnicos, científicos, arquitectónicos y de mano de obra. En 1851 se celebró la 1a Exposición Universal en el Palacio de Cristal. Aquél evento congregó durante seis meses lo más sobresaliente de las industrias mundiales, con sus mercancías y manos de obras —se exhiben también trabajadores especializados de los países en vías de desarrollo principalmente—. Aquél sitio era la globalización: el punto de confluencia de toda la inteligencia y desarrollo técnico de la civilización.

La confluencia fantasmagórica de ese espacio maravilló a Walter Benjamin. Ahí vio que fue mediante la cultura universal que se adoctrinó el capitalismo: las exposiciones universales fueron la alta escuela en que las masas, que estaban apartadas del consumo, aprendieron a identificarse con lo que es el valor de cambio. “Verlo todo y no comprar nada”. Ya desligados del mero comercio, en 1895 se fundó la Bienal de Venecia. Tanto en la Bienal como en las Exposiciones Universales la representación era de la Nación entera. Se seleccionan representantes de todo un país, lo que conllevaba honor y respeto. Y claro, no todos los países son invitados. Al final son eventos que constituyen la imagen del mundo de los bloques económicos más poderosos y la inclusión de los países en vías de desarrollo se llegaba a hacer más con un sesgo de racismo de mostrar amablemente a los otros.

Bajo esas premisas es que en 1951 se funda la Bienal de Sao Paulo, la segunda bienal internacional del mundo, como parte de los procesos modernizadores de Brasil y para introducir al país, junto a América Latina, en los discursos y el mercado del arte global. Sirva este antecedente para establecer que todas las ediciones de una bienal son un posicionamiento sobre la situación global de las naciones y del arte. Qué es lo contemporáneo sino un enunciado sobre la situación estética del mundo.

La 36ª Bienal de Sao Paulo fue concebida por la dirección curatorial del doctor Bonaventure Soh Bejeng Ndikung (Camerún, 1977), quien además dirige el Haus der Kulturen der Welt (HKW) en Berlín. Es la voz hegemónica de la poscolonialidad en arte dentro de Alemania y Europa. Pese a ser africano y dedicar toda su obra crítica y curatorial a los discursos críticos de negritud, las diásporas africanas y en fin, los recovecos poscolonialidades de la estética, lo ha acompañado un silencio prolongado sobre Palestina.

Esta edición de la Bienal se abocó a pensar la humanidad. Partiendo de un verso del poema De calma y silencio, de la escritora Concepción Evaristo, el eje curatorial es “No todo viajero recorre caminos, de la humanidad como práctica”, propone un espacio y tiempo para la escucha de las múltiples formas de humanidad, en sus desplazamientos, encuentros y negociaciones. Así de general y profundo.

Es interesante que so pretexto de lo humano escapa de (casi) todo lo que es hegemónicamente artístico, en el sentido de la modernización occidental, y vira hacia prácticas más artesanales o naif. Hay una renuncia absoluta a la sobreintelectualización de las piezas y a los parámetros de calidad del arte contemporáneo. Lo más desconcertante de los 30 mil metros cuadrados es que no hay cédulas de obra. Para encontrar la referencia a una pieza debes desplegar toda tu intuición de cartógrafo con un tríptico bastante confuso dividido en cinco capítulos que no están delimitados en el espacio real. Además en el pabellón no hay paredes, todas las piezas están dispuestas de las forma más inverosímiles; detrás de cortinas, frente a las ventanas de espalda al público, atravesando los techos, dentro de pequeñas salas de cine escondidas tras inmensas telas de colores o simplemente en alguna de las pocas paredes junto a las escaleras y los sanitarios o simplemente colgadas del techo creando un espacio propio con sus múltiples materialidades. 

La bienal plantea un giro copernicano a lo que se suele entender como exhibición de arte contemporáneo. No hay un acompañamiento intelectual ni referencias a la tradición de las formas y los estilos del arte, en su lugar hay una inmensidad de obras que refieren a los contextos más diversos. Pues tampoco hay una división por países, como lo hacían las bienales. Hay una curaduría holística que quiere dejar en claro que se busca una experiencia del arte netamente sensorial y afectiva. Muchas de las obras tienen sonidos y las activaciones por parte de los artistas y sus coreógrafos son bailes, conciertos y peregrinaciones rituales. 

El mundo que la bienal presenta es poscolonial, el de la mayoría global —concepto que me fue dado en Brasil que sustituye lo que antaño fue el sur global. Interesa poco una neutralidad democrática en la representación del mundo. Estos son los porcentajes de los artistas exhibidos: América Latina, 37 %; África y diáspora africana, 23 %; Europa, 15 %; Norteamérica (Estados Unidos y Canadá), 12 %; Asia y Medio Oriente, 8 %; Oceanía y el Pacífico, 5 %. La incomodidad frente a la bienal fue porque no se concibió para el pilar del mundo del arte: hombres y mujeres centro-europeo de mediana edad con un poder adquisitivo alto y una formación académica tradicional. En lugar de abonar a la historia del arte, la muestra intentó descolocar el lugar lineal de la historia y llevarlo a un espacio de opacidad en el que incluso los más doctos –o sobre todo a ellos– les cuesta trabajo descifrar. Al hacerlo, mientras preguntan qué es la humanidad, Bonaventure Soh Bejeng Ndikung y su equipo curatorial, hacen un statement frente a la democracia y la representación del orden global. Un orden en el que pudiera ser que ya no importan los estilos y las tradiciones occidentales, que además se enriquecieron de la abstracción de los sures, sino el quehacer comunitario de las estéticas colectivas cuyas materialidades están vinculadas a las poblaciones específicas que las crean: formas geolocalizadas como estrategia contra la globalización económica. 

Aunque son interesantísimos los movimientos geopolíticos que esto implica, me quedo pensando que se trataba de arte. Quizá en una esfera pública punitivista y censora sólo queda hacer política en el arte, disfrazarla de gestos holísticos para empujar la imaginación hacia otra configuración del mundo. 

M. S. Yániz

Crítico y curador de arte

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Curadero, Registro personal