Este 8M nos acercamos a varias artistas, escritoras, poetas y editoras mexicanas para que nos recomendaran un libro de cualquier género y disciplina que las haya acercado o introducido al pensamiento feminista. A continuación, les compartimos sus sugerencias.

Socorro Venegas
Tal vez tenía 18 años cuando leí por primera vez a Marguerite Yourcenar. El encuentro fue deslumbrante y sucedió a través de Alexis o el tratado del inútil combate, una novela breve, narrada por un hombre atrapado en un matrimonio y en una condición que no le permite admitir su verdadera naturaleza. Escribe una larga carta a su esposa donde se mira con una honestidad sin fisuras. Las páginas van revelando poco a poco quién es Alexis, pero también quiénes son su corresponsal, su madre y hermanas. Hay un tono confesional, en el que al fondo siempre hay música, una atmósfera exquisita y también atormentada en la que vive Alexis. Aunque es una obra de juventud, ya está ahí la visión poética y la sabiduría de una escritora que nació madura a la literatura.
Me sorprendió muchísimo descubrir a una autora que se atrevía a escribir sobre la homosexualidad, un tema tabú en la época en que se publica el libro. Cuando lo escribió tenía menos de 30 años y nunca quiso corregirlo, refrendaba cada palabra. Cada hermosa y ardiente palabra.
Alexis termina reconociendo la inutilidad del combate y su historia termina con una frase que cito de memoria, donde ha permanecido viva: “Te pido perdón, no por irme, sino por haberme quedado tanto tiempo”.

Karina Sosa
La primera vez que leí La hora de la estrella, de Clarice Lispector, decidí que quería convertirme en escritora. Me deslumbró descubrir a una mujer que podía subtitular su novela once veces. Cada frase era el comienzo de una historia posible. Leer a Clarice fue caer en un pequeño pozo que me empujaba a otros desvíos… De Lispector pasé a Amparo Dávila, descubrí a Elfriede Jelinek que me hizo sentir escalofríos al mirar a un personaje como la madre de Erika Kohut. Me encontré con Sei Shonagon y pensé en la fortuna de tener amigas y amigos que llenaban mis estantes con sus obsesiones. Sei Shonagon fue determinante para mí: si una mujer, en el siglo X, pudo ser escritora yo también podía. No importaba mucho si mis apuntes eran un diario o el esbozo de una historia amorosa. Al cumplir los treinta años, Shonagon se dedica a compilar las observaciones de su vida en un diario.
“El alcanfor tiende a crecer aislado, evitando la compañía de otros árboles…” apunta Shonagon. Y pienso si a veces las escritoras somos como árboles alcanforeros. Pero me equivoco: la literatura nos interconecta, mezcla nuestras raíces, hundidas en los siglos. ¿Cuántas escritoras he descubierto desde esa primera lectura de “La hora de la estrella”, que hice a mis veinte años? Muchas más. Solamente menciono a algunas: Fleur Jaeggy, Guadalupe Dueñas, Helena Paz, Marisa Madieri, Amélie Nothomb, Sara Mesa, Silvina Ocampo, Elena Ferrante, María Luisa Bombal, María Zambrano…
Todas me han llevado a mirar el abismo y luego me han contagiado del deseo de escribir, todas me han llevado a otras y otros. He abierto pequeñas cajitas que parecen contener el universo. Decía Emily Dickinson que para hacer una pradera se necesita un trébol y una abeja. Para mí escribir es también, además de todo lo que es, leer a las otras escritoras.

Liliana Muñoz
Más que el feminismo (aunque también), me interesa a título personal la construcción, siempre cambiante, de lo femenino. En Una mujer, Annie Ernaux traza el retrato de su madre a partir de la memoria, pero también el retrato de sí misma en contraste con ella. De la niña que fue a la mujer que es, Ernaux revela el carácter de su madre, primero vivaz y autoritario, después apagado y gris, al tiempo que transita por las diferentes etapas de su vida. En el fondo, lo que el libro ilustra son las distintas formas de ser mujer, encarnadas tanto en Ernaux como en su madre: la mujer enérgica, fuerte y generosa; la adolescente llena de reproches; la “buena” y la “mala” madre; la mujer intelectual; la que anhela cultivarse, pero debe dedicarse al trabajo; la abuela que se ocupa de la casa; la mujer que escribe. Ante todo, el libro se pregunta: ¿cómo mirar a una mujer que es, a la vez, muchas mujeres?, ¿cómo ser, una misma, única y múltiple?

María Guillén
Camille Paglia no se considera a sí misma una escritora feminista, de hecho, se refiere a las feministas de manera sardónica y despectiva. Sin embargo, sería un error pensar que Sexual Personae no es un libro imprescindible para cualquiera que lo lea, pero sobre todo para una mujer joven. Sexual Personae fue un descubrimiento para mí, un libro que me ayudó a repensar la historia, la filosofía, las diferencias entre hombres y mujeres y cuestionar una premisa falsa: que a lo largo de la historia las mujeres no han tenido poder. Paglia nos muestra lo contrario. Sí, las mujeres han sido, son y serán poderosas; la confusión de origen es ontológica: el ser de las mujeres que es mucho más rico e interesante de lo que queremos creer.

Mercedes Alvarado
Esta puente, mi espalda: voces de mujeres tercermundistas en los Estados Unidos, editado por Cherríe Moraga y Ana Castillo, y traducido por Ana Castillo y Norma Alarcón, es una puerta de entrada amable aunque sólida a otras posturas dentro del feminismo. En esta recopilación de textos multigénero que incluye ensayo, poesía, entrevistas y hasta una carta, prevalecen la honestidad y la exploración. Las autoras hablan desde la experiencia en primera persona y cuestionan, cada una desde su realidad —chicana y tercermundista, es decir, siempre periférica—, cuál es el feminismo con el que se identifican, el porqué de algunas exclusiones en la práctica diaria, y el devenir de un movimiento que si bien nos incluye e incumbe a todas, tiene diversas significaciones para cada una de nosotras. Algunas de estas voces las identificamos ya como indispensables: Anzaldúa, Lorde, Moraga o Wong; y otras son descubrimientos frescos y vigentes aún 30 años después de su publicación. Este libro, me parece, es una invitación a cuestionarnos de manera íntima e individual.

Eva Castañeda
Un libro que me ha provocado múltiples preguntas y reflexiones en torno al feminismo es Si me permiten hablar (1975)de la líder minera y activista boliviana Domitila Barrios de Chungara. Este volumen resulta vigente, pues pone sobre la mesa nociones como praxis política, conciencia de clase, interseccionalidad y testimonio, desde el contexto latinoamericano y más específicamente, desde un país andino.

Rebeca Leal Singer
“A lo largo de la historia (la historia es el archivo de los hechos cumplidos por el hombre, y todo lo que queda fuera de él pertenece al reino de la conjetura, de la fábula, de la leyenda, de la mentira) la mujer ha sido, más que un fenómeno de la naturaleza, más que un componente de la sociedad, más que una criatura humana, un mito.” Así comienza Rosario Castellanos un libro de ensayo que cambió mi vida: Mujer que sabe latín.
No es sólo un texto de teoría, ni tampoco únicamente un manifiesto; no es sólo prosa que suena y canta y baila e informa y comenta; es también pensamiento que brota como cascada de las cabezas de algunas de las autoras más influyentes de la historia, y la manera en que Castellanos las compila, perfila, presenta, introduce: Simone de Beauvoir, Natalia Ginzburg, Simone Weil, Virginia Woolf, Violette Leduc y más.
Otro libro que no puedo dejar de mencionar: Feminismos decoloniales y transformación social de la pensadora dominicana Ochy Curiel, quien en sus propias palabras “encarna todo lo contra hegemónico”.

Natalia Durand
Yo pienso en: La casa como laboratorio: finanzas, vivienda y trabajo esencial, de Verónica Gago y Luci Cavallero. Para las pensadoras argentinas Verónica Gago y Luci Cavallero, con la pandemia, una trama quedó expuesta: la infraestructura que sostiene la vida colectiva, los cuerpos que la soportan. Siguiendo los hilos de Silvia Federici, este ensayo analiza qué lugar tiene lo doméstico en la (re)configuración económica que vivimos hoy en América Latina. Desde una perspectiva feminista de la deuda, las autoras ponen atención en las nuevas formas que adoptan los trabajos no remunerados, los cuales históricamente han sido, en su mayoría, feminizados. Este pequeño texto-bomba es una gran entrada para pensar nuestro tiempo; una invitación para ir contra las lógicas morales y trazar circuitos críticos desde la multiplicidad. O como proponen ellas: “usar las herramientas políticas de la calle para poner la casa en debate”. Está disponible para libre descarga aquí.

Ana Gabriela Fernández
Memorias de una geisha de Arthur Golden es una novela que ofrece una fascinante visión de la experiencia femenina en el Japón patriarcal del siglo XX. A través de la historia de Chiyo, la protagonista, la novela explora las expectativas y limitaciones impuestas a las mujeres en su búsqueda por autonomía y realización personal. Chiyo enfrenta desafíos constantes mientras avanza en su entrenamiento para convertirse en geisha: desde el control de su cuerpo y apariencia hasta las complejidades de las relaciones interpersonales en un entorno altamente competitivo. Sin embargo, su notable resistencia y determinación para afirmarse como individuo desafían las normas sociales, destacando el poder de la resistencia y la búsqueda de la autonomía personal en un contexto patriarcal. Aunque la historia se desarrolla en un contexto cultural específico, sus temas universales de lucha y empoderamiento resuenan con las experiencias de las mujeres en todo el mundo, haciendo de esta obra una lectura valiosa desde una perspectiva feminista.

Karen Villeda
Un cuarto propio de Virginia Woolf, nos recuerda que a lo largo de la historia “Anónimo era una mujer”, y nos hace repensar aquellas voces que fueron silenciadas, omitidas, ignoradas y rechazadas; no solamente en la literatura, la cultura y las artes, sino en todo ámbito público e incluso privado.
Muy interesante. ejercicio. nos invita a conocer las diferentes escritoras y sus obras.sobre todo un punto de vista que nos motiva a leerlas en esta pequeña semblanza