La ensayista estadunidense Susan Sontag produjo una de las obras de crítica fundamentales del siglo XX. Aquí presentamos una reseña de la nueva biografía Sontag. Vida y obra, en la que el desarrollo intelectual de la autora se nos revela como una cifra de sus tiempos.
Me queda claro que el ensayista estadunidense Benjamin Moser es lo que llaman un “Sontag reader” o, como un amigo se autoproclamó hace unos años, “el fan número uno de Susan”. Su dominio de la obra de Sontag, aunado a su análisis de la vida de la escritora y sus tiempos culturales e históricos, es tan vasto que los siete años de trabajo detrás de su nueva biografía de la ensayista parecen apenas suficientes. A pesar de que se define como el biógrafo autorizado de la escritora, Moser niega haber escrito la biografía autorizada. Una vez terminada su lectura, uno podrá arrojar datos tales como que “la persona detrás de los largos ensayos intelectuales era alguien cuyo dealer, el propio W. H. Auden, le vendía speed para que no tuviera que dormir”, o que a los seis años la pequeña Susan escapó de un campamento a la mitad de Utah, o que su madre se casó en segundas nupcias con un señor de apellido Sontag en Nogales, Sonora.

Sontag: Her Life and Work es el segundo libro de Moser. El apabullante trabajo tras bambalinas —años de investigación, entrevistas, y escritura, y más de ochocientas páginas como resultado— le valió el premio Pulitzer de Biografía 2020 y la traducción al español de la obra, entre otras lenguas, bajo el sello de Anagrama, la cual estará disponible en librerías a finales del año. La fijación de Moser con un ícono intelectual del siglo XX explica, entre otras cosas, su primer libro: Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector (2009). Ambos tratados culturales se anclan en autoras prolíficas para quienes, como escribió la brasileña, “escribir es una maldición”.
A lo largo de la biografía, Moser reconstruye a esa Sontag sagaz pero insegura que leemos en el primer volumen de sus diarios de juventud, Reborn, con el fin de mostrar los cambios ideológicos que la llevarían a escribir lo que muchos (incluyendo Moser) consideran su obra cumbre, Contra la interpretación, publicada en 1966. “Mis emociones sexuales e intelectuales siempre han sido incestuosas. Ahora amo a alguien que no es como yo”, apunta Sontag en su diario. Es 1959 y su esposo, Philip Rieff, acaba de publicar su libro Freud: The Mind of a Moralist, del que Susan, más que escritora fantasma, fue la autora secreta. La confesión amorosa, sin embargo, no es sobre Rieff, sino sobre Maria Irene Fornés, dramaturga de origen cubano, con quien Sontag mantendría una relación en secreto por la misma razón por la que no pelearía la autoría del libro sobre Freud: no perder a su hijo en un matrimonio que estaba por acabarse.
Moser reconoce esta secesión autoral como uno de los principales motivos por los que Sontag intercambia el moralismo de Freud por el erotismo insurrecto de su primera colección de ensayos. Al parecer, muchos se habían quejado de que su forma intelectual de hablar del arte era un tedio absoluto; y un día, a Paul Thek, pintor estadunidense y amigo de Sontag, se le acabó la paciencia: «Susan, detente. Estoy en contra de la interpretación. No miramos el arte cuando lo interpretamos. Esa no es la manera de mirarlo». (Contra la interpretación está dedicado a Thek). Una breve lectura de los títulos que componen la obra de Susan —Bajo el signo de Saturno, Ante el dolor de los demás, etcétera— nos hará percatarnos de su predilección por comenzar con una preposición. “Nos preocupamos por las palabras, nosotros los escritores. Las palabras significan. Las palabras apuntan. Son flechas.” Las preposiciones de Sontag son flechas que apuntan a sí misma.
Moser también es crítico cuando la ocasión lo amerita, como cuando retrata algunas de las manías de Sontag. La biografía insiste en una anécdota: Susan se negaba a observar por la ventana durante los viajes en tren y, con el tiempo, quiso imponerle la misma costumbre a su hijo. De manera paradójica (porque Susan siempre fue paradójica), Sontag volteó a ver lo que otros prefirieron dejar de lado: la guerra. La biografía nos presenta a esa persona dual que se regocija en su propia figura pública, llega tarde a sus presentaciones, rara vez prepara lo que va a decir, despedaza a sus entrevistadores y detesta bañarse; pero que a su vez viaja a Hanói en medio de las atrocidades, presencia la caída del muro de Berlín y monta Esperando a Godot en el sótano de un teatro durante el sitio de Sarajevo en la guerra de Bosnia.
Si escribiera que sus últimos años fueron una “batalla” contra el cáncer, Sontag se opondría a mi mala metáfora, bélica y gastada, como escribió en La enfermedad y sus metáforas. Sin embargo, las dos veces que logró prolongar su vida le hicieron pensar que podría resultar invicta una tercera y última vez. La persona que treinta años antes, mientras se preparaba para su primera cirugía oncológica, escribió “Ya no estudiamos el arte de morir”, estaba muriendo de leucemia. Después de un trasplante de médula ósea fallido, Sontag murió en Nueva York el 28 de diciembre del 2004. Días antes de su muerte, le pidió a su hijo que publicara sus diarios, habló sobre Joseph Brodsky y escogió la música para su funeral: la última sonata para piano de Beethoven y uno de sus últimos cuartetos de cuerdas.
Entre las muchas descripciones de Sontag que Moser nos regala, una de mis favoritas es la de una escritora que “impresionó a generaciones de mujeres como una pensadora que no teme a los hombres”; que a menudo se negaba a ser antologada o agrupada bajo la rúbrica de “mujeres escritoras”. Y aunque “impresionó” quizá no sea la palabra más precisa, Susan sí demostró que una mujer puede llegar a ser la intelectual más importante de su época sin tener que rendir cuentas de su feminidad. De ahí su entierro en Montparnasse; de ahí esta cita, intervenida, de Canetti: “El La gran escritor(a) moderno(a) es original; resume su época; se opone a su época”.
Cuando desempaqué la edición inglesa del libro, lo primero que vi fue una fotografía en blanco y negro a manera de portada. No encontré título, subtítulo, ni el nombre de Moser; no encontré, siquiera, el ícono diminuto de la casa editorial. La fotografía en la portada, más cerca de Vogue que de lo que uno espera de una biografía, muestra a Sontag de cuarenta y cinco años, con una chaqueta de piel negra y una característica blusa de cuello de tortuga gris oscuro. Tomada en 1978 por el fotógrafo de modas Richard Avedon, la foto es un ejemplo de lo que Sontag escribió ese mismo año para Vogue, cuando identificó un cambio en el mundo de la moda del cual Avedon era parte. La moda, escribió, se había convertido en fenómeno visual, “es decir, fotográfico”.
La metáfora de la fotografía, “esta cosa llamada ‘Susan Sontag’ entre comillas” (como ella misma llegó a describirse), triunfa y sobrevive a la realidad. Toda biografía es una interpretación. Consciente de eso, Moser se arroja a interpretar no sólo a la persona entre y fuera de las comillas, sino a toda una época. Sontag es un compendio de datos culturales que colindan con el tabloide, pero también es un libro de historia de los años sesenta, un tratado sobre la “alta” y la “baja” cultura y sobre el patetismo de esa dialéctica; es un libro de guerra y crítica literaria, un largo ensayo sobre homosexualidad. Es decir, todo lo que fue Susan Sontag; todo eso, al mismo tiempo.
• Benjamin Moser, Sontag: Her Life and Work, Nueva York, Echo Press, 2020.
• Benjamin Moser, Sontag. Vida y obra, traducción de Rita da Costa, Barcelona, Anagrama, 2020.
Moriana Delgado.
Poeta. Actualmente estudia en el Taller de Escritores de Iowa.