Espectadores alfa: ¿ cómo se debe ver cine?

Lo recuerda Michael Moore en su libro autobiográfico Here Comes Trouble (2011): el momento en que, tras detenerse en una gasolinera, se dio cuenta de que lo mismo podía rentar una película que comprar unos Doritos. “¿A esto hemos llegado?”, se preguntaba el cineasta en los ochenta, con ese tono apocalíptico de quien está seguro de que a partir de ese momento el único futuro imaginable es decadente. Veinte años después llegarían las películas desechables; no en un sentido estético, sino literal: discos que se autodestruían después de cierto tiempo. Hoy en día ya no existen los Blockbuster en Estados Unidos pero uno todavía puede rentar películas en un kiosco a la salida de la farmacia. ¿El haber quedado rezagado al momento posterior a comprar un Pepto-Bismol significa que el cine está condenado?

Es una pregunta vieja, pero cada año encuentra razones para volver a colocarse en la mesa de los críticos, cineastas y espectadores. Lo interesante es que, a diferencia del debate tanatológico del libro, donde lo que se asume moribundo es el acto de lectura en sí, la supuesta amenaza mortal del cine no descansa en su consumo sino en la plataforma en la que se lleva  a cabo el mismo. “Es una tristeza”, dice David Lynch, “que creas que viste una película en tu pinche teléfono”.

Ahí está resumida la preocupación existencial fílmica, porque pese a que todos pueden ver una imagen de la Mona Lisa en su celular, asumimos que nada es igual que verla de reojo en el Louvre. El acto de asistir al museo para disfrutar de una pieza artística tradicional es una práctica que no ha sido desafiado de manera tan abierta como en el caso del cine, donde se puede terminar de ver La Lista de Schindler en un iPhone viejo de camino en el metro sin sentir que, por eso, uno no la ha visto.

Los puristas, como Lynch, pondrán el grito en el cielo. Pero a veces resulta más interesante la conversación en voz baja que inicia una pregunta: ¿quién dice que las películas sólo deberían de verse en el cine?

Oscuridad casi completa, silencio, anuncios al principio, palomitas. ¿Quiénes fueron los espectadores alfa que en un inicio impusieron sus condiciones de visionado al resto, hasta el fin de los tiempos? Durante un panel en la feria del libro de Brooklyn el septiembre pasado, Wesley Morris, crítico de cine del New York Times,puso en el aire una versión de esa duda al asegurar que sólo la industria cinematográfica está preocupada por los hábitos cambiantes de los espectadores de cine (que, al final del día, lo siguen consumiendo).

En otras palabras, el fetiche del cine como acto social en un teatro obedece a los intereses de los estudios cinematográficos, quienes compiten de manera abierta con plataformas digitales como Netflix y Amazon, que ahora también son productoras de contenido en busca del talento hollywoodense tradicional (por ejemplo David Fincher en House of Cards o Woody Allen con Crisis in Six Scenes), pero que se ahorran todo el dinero que gastan los primeros en la distribución de sus productos. Lo resume muy bien Stephen Galloway, del Hollywood Reporter:

Los estudios perdieron el primer pilar de su imperio cuando se vieron obligados a soltar [el control de] los cines. Perdieron el segundo pilar cuando terminaron con el sistema “de fábrica” a través del cual habían mantenido al talento bajo su control. Perdieron el tercer pilar cuando rivales como Netflix pudieron crear sus propias bibliotecas (de contenido). Ahora sólo queda un pilar: la distribución. Y pronto ese se irá también.

Pero el llamado a preservar la experiencia cinematográfica “como era en un inicio” no sólo esconde las intenciones comerciales de quienes la promueven, disfrazadas de una opción estética o filosófica, sino que también puede devenir en una propuesta conservadora, reaccionaria: Let’s make movies great again, diría algún ilustrado.

Paradójicamente, la respuesta para este escenario contemporáneo podría estar en el pasado. En 1933, el crítico alemán Rudolf Arnheim publicó un ensayo breve titulado The Complete Film. En éste, Arnheim lamentaba que, con la irrupción del sonido en la películas, el cine fuera en camino de dejar de ser un arte creativo para convertirse en un escaparate tan poco innovador como el de un museo de cera, según sus palabras. Lo mismo auguraba un futuro nefasto para las películas a color, las pantallas más grandes y el cine en tercera dimensión. El cine será teatro grabado, decía Arnheim, “[y] no tendrá nada a qué aspirar”.

Sin embargo, en el penúltimo párrafo, Arnheim se permite expresar una idea extraña: ¿y si todo —filmes mudos, sonoros, a color y en blanco negro— coexistiera? La misma duda ecuménica podría plantearse en nuestros días: ¿y si cada quién escoge la experiencia cinematográfica que más le acomode, sin juicios de valor ni descalificaciones? Alguien ha sugerido que en un futuro los cines podrían permitir intermedios en las películas para que los espectadores revisaran las notificaciones de sus teléfonos. La idea sería que existiera otra sala cerca, donde se reunieran David Lynch y seguidores, en completo silencio.

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Publicado en: Cine