La siguiente entrevista con el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio pone sobre la mesa varias discusiones de actualidad para la literatura latinoamericana: el imperio de la autoficción, la necesidad de las redes sociales y la autopromoción, la identidad y la historia latinoamericanas a través de sus novelas, la revolución y la globalización, entre otros temas.

Federico Guzmán Rubio es un escritor al que no le encanta escribir. Preferiría leer. Leer siempre. Sin embargo, su curiosidad lo ha llevado a obtener un doctorado en Madrid, a publicar libros de texto de gramática, un libro infantil, la novela Será mañana (Lengua de Trapo, 2012), a ganar el VIII Premio de Narrativa de Caja Madrid con Los andantes (Lengua de Trapo, 2010), a enseñar redacción a economistas y a viajar por Latinoamérica escribiendo las crónicas que se reúnen en su libro más reciente: El miembro fantasma (Los libros del perro, 2021).
Carlos Alejandro Noyola: ¿Qué le enseña un novelista a aprendices de financiero?
Federico Guzmán Rubio: Algunas cuestiones esenciales de escritura: que fondo y forma van de la mano, estructuras coherentes, de qué manera una misma afirmación puede formularse como ocurrencia subjetiva o como verdad objetiva. Pero quizás somos los escritores quienes tenemos más que aprender del mundo de las finanzas; finalmente los financieros consiguieron el mayor sueño literario: hacer de una serie de ficciones, del valor del dinero al funcionamiento de los mercados, una verdad compartida y por lo tanto absoluta.
CAN: En una entrevista ahora inencontrable dijiste que escribes por curiosidad, para saber qué escribirías. ¿Sigues desechando la necesidad como motor creativo?
FGR: En realidad es una cita de Marguerite Duras: “escribo para saber qué escribiría si escribiera”. Y sí, la suscribo por completo. Al menos en mi caso, no siento ni de lejos una necesidad imperiosa de sentarme a escribir y expresarme. Sí siento, en cambio, la necesidad de leer. Para serte sincero, escribir me da bastante pereza; prefiero, por mucho, leer, pasear o tomarme una cerveza. Y cuando me siento a escribir realmente lo hago por curiosidad, ya sea por saber qué pasaría con un texto si se le aborda de determinada manera o, en el caso de la crítica, para averiguar qué opino de determinado escritor o corriente. No te miento cuando digo que de verdad sé lo que pienso de determinada literatura hasta que me siento a escribir sobre ella. Y a veces me da curiosidad averiguar por qué me gustan Felisberto Hernández o Silvina Ocampo o decidir de una buena vez si admiro o aborrezco a Houellebecq, y entonces me siento a escribir.
CAN: Gabriel Zaid dice que pasamos del microtexto (desde los inicios del habla) a la literatura del yo. Tú escribiste un ensayo en el que abordas la enfermedad desde tu historia. ¿Por qué exponerse de esa forma? ¿Leeremos pronto tus diarios?
FGR: La literatura del yo y la autoficción son una evidente reacción a los grandes discursos anteriores al neoliberalismo. En política, pasamos, por caricaturizar un poco las cosas, del discurso de Fidel Castro en la ONU, de casi cinco horas de duración, al tuit en que el presidente comparte una foto de su desayuno. En literatura sucede lo mismo: pasamos de las complejísimas novelas totales que exploraban la identidad latinoamericana, al diario de desayunos de un novelista. Obviamente estoy generalizando, pero considero que hay que huir de esa dicotomía entre la historia y el yo, como si fueran separables, de la misma forma en que estilísticamente hay que romper la dicotomía entre barroquismo y minimalismo. Entonces, en lugar de escribir la gran novela sobre las dictaduras latinoamericanas o un cuento sobre mi visita a una nueva cafetería en la Condesa, me interesa vincular ambas experiencias, simplemente porque vivo una realidad que es el resultado de las dictaduras latinoamericanas en la que puedo ir a tomar un frapuccino a la Condesa mientras leo a Marx. De eso trata precisamente mi último libro: una serie de crónicas que exploran la forma en que Latinoamérica ha gestionado la memoria de las dictaduras, en medio de un viaje turístico familiar. Por otra parte, esta serie de cruces creo que puede ser muy interesante en el género autobiográfico. La inmensa mayoría de autobiografías están estructuradas de manera cronológica, pero hay muchas otras posibilidades. Tú aludes a un texto en que cuento la relación de mi vida con la enfermedad, y lo mismo podría hacerse con el dinero, la literatura, el sexo, las amistades, Borges, las caminatas, la música, la Ciudad de México, el PRI. Entonces, creo que ya no hablaríamos sólo de una cuestión de exposición, sino de una reflexión sobre cierto tema (los mencionados u otros), a partir de la experiencia más auténtica, cercana y conocida: la propia. Soy consciente de que es una superstición de nuestro tiempo, pero desconfío de los ensayos en que el autor se vuelve invisible; sólo se puede escribir un ensayo sobre lo que sea desde el yo, lo cual, paradójicamente, en lugar de fortalecer el individualismo, lo disuelve.
CAN: Algunos escritores aman las redes sociales como instrumentos de promoción, otros las detestan por su banalidad, otros más no acaban de entender cómo usarlas. Tú usas Facebook y Twitter. No sólo eso: has escrito cosas memorables ahí. ¿Las redes sociales son un nuevo espacio en el que se cocerán los libros de toda una generación o sólo le quitan tiempo a la escritura “seria”?
FGR: No lo sé. Estoy tentado a decir que la literatura de hoy en día se escribe en las redes sociales, lo que ya no sé si escandalizaría a alguien —siempre hay alguien, generoso, dispuesto a escandalizarse. Pero recordemos que en el siglo pasado se dijo que el verdadero arte era la publicidad, y yo hoy no veo a nadie viendo anuncios de comedores o de vestidos de los años sesenta, y sí veo a mucha gente leyendo Cien años de soledad. Las redes sociales, para mí, son un espacio para la ocurrencia y hasta para el esbozo de algo más; una especie de cuaderno público de anotaciones que, eso sí, ruega por alguna palmadita en la espalda en forma de corazón. Y son útiles, tanto para decidir qué leer y qué no: he recibido recomendaciones valiosísimas de “amigos” de Facebook o Twitter, y, por el contrario, cuando veo que un escritor es incapaz de escribir un tuit con una sintaxis comprensible y una pizca de ingenio, sé que no debo acercarme a sus libros.
CAN: El protagonista de tu novela Será mañana es un hombre que literalmente se muere si deja de hacer la revolución. Recorre todo el libro la contradicción entre el que vive de organizar revueltas armadas y los ideales de cualquiera de esos movimientos. Y esa contradicción se extiende a las artes, a la literatura, ¿qué es una obra revolucionaria? ¿Qué significa ser revolucionario? Y en todo caso, ¿debemos aspirar a ello?
FGR: La revolución fue la versión más radical de la vanguardia y, al igual que ella, es un concepto desactivado, condenado a la vitrina de museo o, peor, al pastiche. En el mejor de los casos, sobrevive como objeto o experiencia de consumo; en el peor, como herramienta demagógica y nostalgia paralizante. El capitalismo, voraz, acabó también incorporando a la revolución para entretener a sus hijos más rebeldes, a los que no les gusta usar ropa de marca. El “no hay alternativa” de Thatcher no fue un chiste ni una amenaza, sino una constatación. ¿Significa esto que debemos aceptar las cosas como son, aportar nuestro granito de arena y no usar bolsas de plástico? Por supuesto que no. Es tiempo de resistir a la globalización rescatando el cosmopolitismo, es decir, la diferencia; es tiempo de pensar los movimientos sociales no desde lo nacional, sino desde lo comunitario y lo global; es tiempo de apelar más que nunca a la imaginación para construir alternativas imposibles y utópicas, que son las únicas que, a veces, salpican algo de realidad, como el Estado de bienestar de la posguerra.
CAN: Será mañana no se encuentra en las librerías mexicanas. Tampoco tu libro de cuentos, Los andantes. ¿Así lo decidiste o es que a los editores mexicanos no les gusta que un escritor se burle de las revoluciones?
FGR: Sí, se publicaron en España y en Argentina, pero acá no. Ni modo. Pero acá está llegando a librerías mi nuevo libro: El miembro fantasma.
CAN: A propósito de Será mañana, ¿tiene sentido aspirar a que una novela cambie al mundo? ¿La literatura transforma el mundo?
FGR: Claro que la literatura transforma el mundo y el mundo transforma a la literatura. No es casualidad que los tiempos convulsos suelen ser periodos de auge artístico. Quizás esa transformación no sucede como la pensamos de forma más burda, en que se escribe un libro que desata una revolución; eso no pasa. La transformación de la literatura ocurre en la oscuridad, que es el terreno que se prepara para ser iluminado.
CAN: Escribiste que en la literatura de hoy “nada pasa porque ya todo pasó” y, en consecuencia, estamos en el limbo que es “el pasmo y la cautela”. Pero ¿antes fue diferente? Pienso en que cuando Arthur Miller regresó a su universidad —ya respetado como escritor— los mismos profesores que le daban clases y se quejaban de su generación ahora la alababan y se quejaban de las nuevas generaciones. Si el jardín del vecino siempre está más verde, ¿no es el pasado parte de la hacienda que envidiamos?
FGR: Sí, por supuesto, es imposible saber cuál es la verdadera calidad de la literatura que se escribe ahora; es más, nosotros no sabemos dónde se está escribiendo esa literatura, aunque podemos tener indicios —o quizás nos pasa enfrente de la cara y ni la volteamos a ver. No sabemos si vivimos en el Siglo de Oro o en el siglo XVIII, y sobra decir que ellos tampoco lo sabían y vivían su actualidad literaria de la misma manera. Con todas estas previsiones, de todas formas, creo que es patente que la literatura contemporánea, al menos la latinoamericana, no tiene el arrojo y la ambición que tuvo en el siglo pasado hasta la llegada del neoliberalismo. Paradójicamente, ahora se escribe una literatura más fácil y más vendible, que resulta mucho más minoritaria en su recepción que algunas de las novelas más difíciles del siglo pasado.
CAN: Escribiste también que ya llegará la gran novela que nos muestre que nuestra era se resquebraja y cae. Por un lado, ¿seguirá siendo la novela el género que mejor diseccione nuestra época llena de todo lo post? Y por otro, ¿estamos en una carrera por ver quién dibuja mejor el abismo?
FGR: Las grandes novelas siempre hablan de un mundo que se cae, de un orden destruido en el que sólo quedan las ruinas y los fantasmas, como en Pedro Páramo. Nuestra época, vanidosa y soberbia, se soñó como el fin de la historia, como un orden casi perfecto que duraría para siempre. De esa ceguera y ese conformismo tan peligrosos no iba a salir una gran novela; ahora ya nadie se cree ese relato triunfalista, pero tampoco sabemos hacia dónde vamos a caer. Claro que hay novelas, de Houellebecq a Benesdra, que muestran los abismos de nuestro tiempo y por otra parte la novela, como género, se ha enriquecido al disolverse todavía más: antes, sin ir más lejos, era obligatorio que una novela fuera claramente una obra de ficción; ahora leemos los relatos de Annie Ernaux o Javier Cercas como novelas, sin importarnos mucho si estrictamente lo son. La potencia de la novela se parece a la del capitalismo: ambos lo absorben todo, empezando por los discursos y movimientos que los dan por muertos. Quizás cuando surja un género que retrate mejor a nuestra sociedad que la novela, será una señal de que, entonces sí, las cosas están cambiando.
CAN: Si la literatura le deja algo al hombre, ¿qué te ha dejado a ti?
FGR: Si quieres una respuesta grandilocuente, la posibilidad de ser otro siendo a la vez cada vez más yo mismo. Si quieres una respuesta sincera, te diría que innumerables momentos de placer, entretenimiento y reflexión.
Carlos Alejandro Noyola
Escribe una columna en El Universal y en El Sol de Puebla.