En Esbirros Antonio Ortuño recopila once cuentos sobre las relaciones de poder, la brutalidad, la venganza. En esta entrevista, el autor nos muestra el entramado de su libro, reconoce su pasión por la novela, define su literatura con el ingrediente principal de la sátira y reflexiona sobre el rumbo de la violencia mexicana.
Organizados en tres estaciones —Ayer, Hoy y Mañana—, cada relato de Esbirros cohabita con el anterior y posterior, en una suerte de juego de espejos donde se mira a la cara la violencia y se multiplica la venganza, así como se refleja a detalle la relación de poder entre los personajes.
“Esbirros se armó a lo largo de muchos años. Yo tenía la idea, desde hace más de una década, de este libro de relatos centrados en torno a las relaciones de poder y escribí uno de ellos, el más antiguo, que es ‘Escriba’, y abrí una carpeta en el escritorio de mi computadora que se llamaba Esbirros. A lo largo del tiempo fui incluyendo los cuentos que escribí sobre las relaciones de poder, que es un tema que me fascina y sobre el que vuelvo.
Creo que además de esa voluntad de explorar lugares distintos, el hecho de que los cuentos se hayan escrito a lo largo de tantos años, también ayuda a que yo esté en diferentes espacios literarios en esos relatos, algunos tocan asuntos que pueden ser considerados de actualidad, otros, como ‘Historia del cadí, el sirviente y su perro’, se ubican en un pasado más o menos fantasmagórico o el caso del relato de anticipación o futurista, como lo es ‘Interruptor’”, afirma Ortuño.
Ayer, hoy y mañana
La línea del tiempo en estos relatos no sólo funciona como un efecto, sino que Ortuño crea, tanto en el aspecto estilístico como en el temático, tres estructuras cuentísticas. En Ayer hay dos estaciones, una obertura que pone en la batalla personajes borgianos, en ambientes antiguos; en Hoy, ocho cuentos, ambientados en el presente, incluso en una geografía urbana, socialmente cercanos a las ciudades y los conflictos que en ellas se vive; para el cierre, Mañana, en un futuro distópico, cuyo único cuento propone una discusión del presente, pero con soluciones, en apariencia, futuristas.
“Estos cuentos fueron escritos muchas veces, pues además prácticamente todos se publicaron antes en un medio a lo largo de los años, pero de todas maneras cada vez que se volvían a publicar yo los volvía a revisar y todavía me encerré unos seis meses con el manuscrito para seguir puliendo los relatos. Yo creo que ya quedaron definitivamente en esta casa y no creo que los volveré a tocar. Son cuentos que llevaron un proceso que yo asimilo a la destilación de los alcoholes, tienen doble o triple destilación.
Para mí es fundamental explorar lugares diferentes tanto en la prosa como en la estructura del relato. Me molesta la monotonía. Es un hecho. Nunca quiero resolver dos cuentos del mismo modo, no quiero repetirme, entonces busco otros ingredientes y soluciones. Me gusta la idea de que un libro de cuentos pueda tener unidad, cierta congruencia, pero a la vez sea distinto y pueda sorprender una y otra vez al lector”.

Ayer. “Escriba”
A un hombre lo someten sus dueños, padre y dos hijos, quienes se dedican a denostar al otro. La relación entre esta terna y su súbdito, el escriba, pone de manifiesto el control, el poder y sus derivaciones de violencia.
“‘Escriba’ es una suerte de juego sobre lo que pasa con la escritura bajo presión: el escriba atrapado entre tres señores poderosos, el señor y sus herederos, que a través del escriba se mandan recaditos y codazos, pero además sabe que su vida depende de saber guardar los equilibrios, pues entiende que a su antecesor lo mataron por registrar inconvenientes para ellos. Para mí era jugar con esa idea de que la escritura es una especie de pequeño modo de sobrevivencia, pues el escriba saca de ese oficio sus pocas migajas y ventajas, algunas de ellas un poco atroces”, afirma el autor.
Hoy. “Tiburón”
Acaso el cuento más logrado entre el volumen, cuya estructura polifónica hace recordar “Corazones solitarios”, de Rubem Fonseca, da cuenta de la vida de un padre de familia, un camillero y la otra voz, como un listado de personas desaparecidas.
“‘Tiburón’ es un cuento que también me gusta mucho. Por un lado (qué maravilla que recuerde a un cuento de Rubem Fonseca, quien es uno de mis autores favoritos, además me parece que es el gran referente de la narrativa sobre la hiperviolencia latinoamericana, en ese sentido, para mí siempre fue una lectura formativa), me interesaba el narrar estas historias paralelas y que no se llegan a entretejer, pero de alguna manera se dan en la misma geografía y en el mismo clima moral o amoral, y que muestra también cómo la amistades y las lealtades pueden terminar de maneras muy oscuras.
“Quería llegar un poco más allá y por eso entremezclé esa tercera línea, la de la lista de personas desaparecidas, con la del padre de familia que quiere deshacerse de los vecinos que los tienen contra la pared y los presionan, así como la del rescatista camillero que tiene una relación laboral y conveniente con unos policías. Ambas historias terminan en hechos de sangre, pero a su alrededor hay otras muchas historias que se podrían explorar y que muestran que no son casos aislados que se dan en el cuento, sino que hay todo un clima repleto de esas historias, y por eso tiene esta estructura, un poco como si dijéramos ‘entre todas estas historias, vamos a destacar estas dos, pero no vamos a borrar todas las otras’”.
Mañana. “Interruptor”
Además de “Tiburón”, hay que atravesar otros siete relatos violentos, como “El horóscopo dice”, “Almas blancas”, “Temor”, entre otros, para llegar al final, que siempre es mañana: “Interruptor”, un cuento que podría parecer muy alejado de la suma literaria de Ortuño, pues apuesta por la ciencia ficción.
“Yo leía mucha fantasía y mucho menos ciencia ficción cuando era adolescente, pero es un género que tampoco me desagrada, incluso me parece apasionante. No sé si podría ser catalogado este cuento como ciencia ficción, pero sí como un relato futurista o lo que llaman literatura de anticipación, esa parte me interesa un poco más, y tiene un poco de sátira el relato; finalmente, para mí es explorar un futuro distópico y con una discusión que tiene lugar ahora mismo, aquella de la masculinidad y con si es intrínsecamente violenta la masculinidad. El cuento apuesta que sí y crea un escenario en el que si los hombres no tiene un interruptor que detiene su testosterona se convierten en bestias. Y vemos esa escenificación en el relato, y eso me parece divertido, pues no tiene una solución filosófica, pues no trata de resolver este debate, sino escenificarlo en el futuro, y llevar esa línea que traza el libro sobre estas atmósferas más bien del pasado, atravesando el presente truculento, y llevándolo al futuro”.
La ironía, dos pasos para atrás, dos para delante
A lo largo de la obra de Ortuño no es inusual hallar pasajes, largos por cierto, donde el humor y la ironía ponen en juego varias situaciones de un relato o una novela. Para el autor, sí puede verse como un leitmotiv, aunque no se considera un humorista. Basta ver la portada de este libro, donde el gato-meme es la cara de los esbirros, cuyo gato parece formar parte de los personajes en el cuento “Almas blancas” como testigo de la tragicomedia.
“Yo creo, como Ibargüengoitia, que el humor no es una especie de condimento: el humor forma parte de la cosmovisión de un escritor. Mi concepto del lenguaje, de la sociedad, pasa por esa perspectiva y distancia que da la ironía, aunque es cierto que en mi prosa es algo recurrente, reconozco que no es una herramienta universal, no es mi único recurso. Yo no me considero a mí mismo un humorista, y no porque no me agraden, sino porque también tengo otros registros, y en ocasiones también me gusta e interesa el efecto estético del contacto entre el humor y la tragedia, que siempre se están bordeando el uno al otro. A veces depende de la perspectiva de quien lo narre que un hecho sea divertido o trágico. Desde luego, hay ocasiones en que el humor no alcanza para narrar ciertos hechos, entonces hay que echar mano de otra herramienta”, destaca el autor mexicano.
Novela y cuento, entre el largo aliento y el suspiro
Los laberintos que propone una novela o la línea recta que puede imponer el cuento forman parte de la literatura de Ortuño. Aunque se reconoce más a gusto en la novela, confiesa que el cuento, como género, le permite la reescritura.
“Antes de responder sobre esta disyuntiva, reconozco que todo trabajo literario tiene sus particularidades. Esta parte artesanal que ofrece la narrativa con el lenguaje es algo que me apasiona. Pues no basta con tener buenas ideas ni con manejar conceptos, no basta con ser capaz de crear imágenes, no basta con ser capaz de calcular la música de las palabras, porque además hay que contar algo, y sostenerlo, y que eso que se cuenta sea seductor y sugestivo para que el lector lo quiera terminar de leer, que se pregunte en qué va a parar esto.
Sobre el cuento y la novela: Me siento cómodo en los dos, pero mi casa, donde vivo permanentemente, es en la novela. Las novelas se llevan mucho de mi tiempo y duro meses, incluso años, desarrollándolas, mientras que los cuentos son experiencias más cortas e intensas de escritura, que luego se convierten en experiencias de reescritura. Para mí los cuentos son un poco hacer un viaje breve e intenso de unos días y luego recobrarlo en las sucesivas reescrituras, pensando retener eso, la concreción y esa intensidad. Mientras el cuento es un género de intensidad reconcentrada, la novela necesita diferentes espacios y ritmos. Una novela que fuera tan intensa como un cuento sería intolerable. Me gustan esos brincos y atmósferas variadas de la novela, pero también disfruto mucho la intensidad absoluta del cuento. Me la paso muy bien en los dos”, profundiza el también autor de La vaga ambición y Recursos humanos.
La violencia, a dos planos
Es imposible no concatenar Esbirros con la violencia que se vive en México. Cada relato abreva de esa tensión y temor que genera el horror cotidiano de tantos rincones del país. Cuentos donde la violencia comparte la ficción con la realidad.
“Es muy curioso cómo en México hemos aprendido a convivir con acontecimientos que en otros lugares del mundo serían intolerables. México es un país donde hay miles de asesinatos cada año, grandes niveles de agresión y marginación, y estamos amoldados a eso y tratamos de vivir más o menos normal. Incluso hay fotografías de gente en la taquería disfrutando una orden de pastor mientras están levantando un cuerpo a cincuenta metros. Ese tipo de imágenes son escalofriantes, pero en medio de esa masacre estamos viviendo todos, enterándonos de gente que desaparece y, con la pandemia, esta suerte de pesadilla colectiva que hemos vivido.
Los mismos medios entraron en la dinámica de si no son más de treinta muertos, no es nota. Ya llegamos a ese tipo de horrores. La verdad que es una situación desesperante y que me parece que ya trascendió toda posibilidad de describirse con facilidad y hasta de resolverse. Yo no veo cómo esto pudiera cambiar, es una violencia por dinero y por el control del mercado criminal, y eso hace que sea una guerra sorda desesperada y sin lógica”, concluye el escritor.
Alberto González
Periodista, narrador y poeta. Editor del sello Ediciones del Lirio, es autor del libro de poesía Nebde.