Ernst Jünger y Gabo.
El General sí tiene quien le escriba

Un día como hoy pero de 1817 fue fusilado Manuel Piar, prócer de la Independencia de Venezuela. A propósito de este hecho, Ricardo Bada recupera un pasaje del diario de Ernst Jünger, en donde el gran escritor alemán anota sus reflexiones en torno a El general en su laberinto y los procesos de independencia en América Latina.

Ernst Jünger (1895–1998) fue con toda certeza el escritor más discutido del siglo XX en su país, Alemania, y no solo en él. Sus libros generaron polémicas sin cuento y la izquierda siempre lo tuvo en su punto de mira, a causa de su pensamiento a contrapelo de la corrección política de su tiempo. Con todo, lo que nadie pudo negarle es haber escrito el alemán más diáfano y bello que se recuerda desde Heine, y sus diarios son una obra maestra de observación y elegancia, un verdadero festín para el lector.

En octubre de 1984 tuve ocasión de entrevistarlo, para documentar su encuentro con Borges, quien lo visitó en su residencia, la casa del guardabosques en las posesiones de la familia Von Stauffenberg, el autor del frustrado atentado a Hitler el 20.7.1944. Entre las cosas que me dijo, confesó no conocer de la literatura latinoamericana sino a Neruda y Borges (cuyo nombre pronunciaba “Boryés”, sin que al gran ciego se le alterase un músculo de su cara de moái, digno de figurar entre los de la isla de Pascua). Pero seis años después, el 16.9.1990, estando de vacaciones en la isla de Creta, anota en su diario la lectura de un libro de García Márquez, y es ese par de páginas lo que quiero traducir a continuación.


Manuel Piar

 

«Concluido: El general en su laberinto, de Gabriel García Márquez, uno de los libros que Albert Weideli, lector previo, me recomendó. Una biografía presentada como “novela” del gran guerrero y político Bolívar (1783 a 1830). Una vida breve, pero en la que cupo mucho. Y mucho de ello, fallido.

Poco sabemos de lo que sucedió en Sudamérica a comienzos del pasado siglo [el XIX: nota del T.]. Estamos mejor informados, gracias a nuestros grandes viajeros, acerca de su majestuosa Naturaleza. Las discordias políticas son eclipsadas por la Revolución francesa y las guerras napoleónicas, aun cuando ambas también irradiaron hasta allí. Por lo demás, las revoluciones han durado hasta nuestros días, sin engendrar decisiones claras. El sueño de Bolívar, de unos “Estados Unidos de Sudamérica” (esto es: desde México hasta el Cabo de Hornos) se quedó en una utopía. Posiblemente la fuerza histórica forjadora de Estados es muy escasa allá, como suele serlo en una franja que hay alrededor del Ecuador. Bolívar fracasó porque significaba una excepción. El cuero no dio ni siquiera para una Gran Colombia, mucho menos pues para un Napoleón.

Si bien con amplias ojeadas retrospectivas, Márquez limita su texto al año de la muerte de Bolívar, quien había dimitido de su puesto en diciembre de 1829 y falleció en diciembre de 1830. Márquez describe una agonía lenta, una extinción interrumpida por las últimas boqueadas.

La prosa, si puedo confiar en el traductor,1 es buena. Resulta sorprendente cuántos sustantivos puede introducir Márquez en una frase. Al lado de eso, breves imágenes sugestivas:

“Poco después se precipitó una tormenta de agua y truenos que dejó a la ciudad en situación de naufragio”.

Un arpa era tocada “con tanta ternura, que los dos militares no tuvieron corazón para hablar mientras la brisa del mar no barrió del aire hasta las últimas cenizas de la música”.

El conocimiento íntimo de la sociedad criolla en todos sus matices, así como de la naturaleza tropical, llega hasta los más pequeños y remotos detalles:

“Durante la colonia, los viajeros europeos se sorprendían de ver a los indígenas iluminándose el camino con un frasco lleno de cocuyos. Estos fueron más tarde una moda republicana de las mujeres, que los usaban como guirnaldas encendidas en el cabello, como diademas de luz en la frente, como broches fosforescentes en el pecho”.

Aquí, Márquez intercala una anécdota. Bolívar ya se hallaba enfermo de muerte cuando, al despertarse en su dormitorio, vio entrar a una criatura evangélica [sic2]. Era una muchacha de veinte años que había adornado sus cabellos con una vincha de luciérnagas. El oficial de turno la dejó pasar porque le pareció rara y creyó que quizá podría gustarle al general, y de hecho fue así: “él descubrió de inmediato los destellos de la virtud que más apreciaba en una mujer: la inteligencia sin desbravar. […] La invitó a que se acostara a su lado, pues no se sintió con fuerzas para llevarla en sus brazos a la hamaca. Ella se quitó la vincha, guardó los cocuyos en el interior de un trozo de caña de azúcar que llevaba consigo, y se acostó a su lado”.

Mantuvieron una conversación desperdigada, en primer lugar sobre la salud de él. El general le pidió a la muchacha que lo examinara y ella palpó palmo a palmo su cuerpo. Lo encontró más estragado de lo que se podía concebir. Sólo la cabeza parecía de otro, estaba intacta. Hablaron del tema “mientras ella sucumbía a ratos en su sueño fácil, y seguía contestándole dormida sin perder el hilo del diálogo. Él no la tocó siquiera en toda la noche, pero le bastaba con sentir la resolana de su adolescencia. […] El silencio era tan puro […] que los perros se alborotaron cuando ella se levantó de puntillas para no despertar al general. Él la oyó buscando a tientas el cerrojo.

–Te vas virgen –le dijo.

Ella le contestó con una risa festiva:

–Nadie es virgen después de una noche con Su Excelencia”.

Márquez no le plantea exigencias morales al personaje. De hecho, los generales tienen una relación especial con la muerte: si no la tuviesen no serían aptos para su desempeño, dañarían su profesión. ¿Habría que suprimir a los generales por esta causa? Se dice fácil, pero hasta en una guerra civil son muchos los que aspiran a alcanzar ese grado, al igual que los maestros de escuela el de profesor. Revolucionarios exitosos como Trotski, que nunca pasaron por una escuela militar, incluso lo adoptan con predilección. Al culminar el fragor de la batalla Napoleón murmuraba: “Une consuption forte”. Y leña sin humo nunca la hubo: lo oí decir durante las dos guerras mundiales, en las reuniones de Estado Mayor.

Antes de una retirada, Bolívar hizo fusilar a 800 prisioneros que se hallaban en su poder, sin perdonar siquiera a los heridos que estaban en el hospital. Hacia el fin de su vida dijo que no se arrepentía de su orden, y que la repetiría; que no él, sino las circunstancias habían determinado la muerte. Semejante actitud no admite ninguna excepción en casos particulares que afectan a amigos o parientes, o a hombres que han hecho méritos al servicio del Estado. Los anales nos hablan de tales casos hasta el día de hoy.

Fue por eso que el mayordomo de Bolívar lo vio luchando por reprimir las lágrimas cuando oyó la descarga que mató a su amigo, el general Piar, en la plaza mayor de Angostura, una ciudad que el propio Piar había liberado de los españoles pocos meses antes. Piar había sido condenado a muerte en un juicio sumario, acusado de insurrección y traición. Bolívar confirmó la pena de fusilamiento pero revocó la de degradación. El fusilamiento fue en público:

“El jefe del pelotón había hecho recoger las sobras de un perro muerto que se estaban comiendo los gallinazos, y cerró las entradas para impedir que los animales sueltos pudieran perturbar la dignidad de la ejecución. Le negó a Piar el último honor de dar la orden de fuego al pelotón, y le vendó los ojos a la fuerza, pero no pudo impedir que se despidiera del mundo con un beso al crucifijo y un adiós a la bandera”.

Este proceso arroja alguna luz sobre el espíritu de aquellos ejércitos libertadores que estaban dirigidos por criollos de tez más o menos oscura. En parte se habían formado en academias militares españolas, aun no siendo de la misma alcurnia habían frecuentado la buena sociedad.

El hidalgo de gotera3 era aquel que solo valía como tal en su terruño. Hasta a Bolívar se le atribuye un bisabuelo negro. Piar, por el contrario, era un mulato que congregó a los desposeídos y a los mestizos contra la aristocracia blanca de Caracas. Bolívar por su parte vino al mundo como uno de los más ricos herederos, poseyendo esclavos y propiedades. Sus modelos fueron Rousseau y Napoleón. Probablemente habría que haber añadido a Tolstoi, si hubiese llegado a conocer su obra.

La significación de las últimas palabras crece en la medida en que se aproximan a lo humano universal por encima de lo episódico y lo personal. Quizá fueron sus penúltimas palabras cuando Bolívar dijo: “Carajos, ¡cómo voy a salir de este laberinto!”»

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.


1 Se trata en realidad de una traductora, Dagmar Ploetz, esposa del novelista Uwe Timm, y a quien se deben entre otras la traducción de El amor en los tiempos del cólera y de un capítulo de Larva, de Julián Ríos, amén de la nueva traducción de Cien años de soledad.

2 “Sic” quiere decir en este caso que cito literalmente el original de García Márquez y no a Jünger: este, siguiendo la traducción alemana, habla de una “criatura angélica”.

3 En español en el original de Jünger. El “hidalgo de gotera” era aquel que solo gozaba de los privilegios de la hidalguía en un único lugar, perdiéndolos si se mudaba del mismo.

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Publicado en: Noticias de Cipango