Ensayo y error (o escribir sobre naderías)

El año pasado se publicó la nueva edición de Enciclopedia de las artes cotidianas (Penguin Random House, 2025) de Laura Sofía Rivero. Un libro luminoso que rescata pequeños ensayos sobre nuestra vida diaria —por ejemplo, las citas en APA, los roomies, las videollamadas en tiempos pandémicos, los árboles, o la ausencia de un cierto alguien—; todos publicados a lo largo de diez años.

Por su aparente defensa del libro misceláneo –aquel que trata de todo y corre el riesgo de no decir nada–, tenía que hablar de él. De hecho, la Enciclopedia comienza con “El derecho a la miscelánea” en el que Laura Sofía vindica en tres párrafos lo que se propuso: lo-que-sea, lo-que-se-deje-ser. Al sentarme en un café sobre la avenida Miguel Ángel de Quevedo, donde quedé de ver a su autora, me pregunté sobre cómo decidimos escribir de algo en específico: ¿es acaso una suerte de llamamiento divino? o será que nos obligamos a ver algo y nos convencemos de que somos los más adecuados para emitir una opinión al respecto. Luego, llegó ella.

Quien escribe ensayo sabe que no se parte de la certeza; uno tantea el terreno como se recorre un área inhóspita: puede contradecirse, desdecirse, e incluso avergonzarse de sí mismo sin perder dignidad. Laura Sofía Rivero transitó lo que enseña la academia y la literatura sobre la escritura ensayística, y encontró un género prometeico, bautizado por ella misma por aquel dios griego: que une lo que no se debería tocarse. Para Rivero esto es pensar por escrito, exponerse a uno mismo con las virtudes y peligros que eso conlleva. Por eso ensayar no es fácil ni deseable para cualquiera. No resulta sorpresa que su primer acercamiento a este tipo de escritura fuera con El arte de perdurar de Hugo Hiriart: una serie de ensayos en los que el autor reflexiona sobre lo que persiste y lo que desaparece en el terreno de la literatura (¿por qué algunos autores y libros son “famosos”, y otros no?).

Enciclopedia de las artes cotidianas trata de revalorizar aquello que parece asentarse de forma incuestionada y de responder: ¿en qué nos hemos convertido? Por ejemplo, en “La libertad de pensar” anota: “Me reconozco hecha de dudas, lecturas, experiencias íntimas, datos llenos de polvo, verdades personales, secretos. Traduzco mi maraña mental para saber quién soy, como quien en sus palabras también edifica un espejo”. Una escritura casi confesional, cercana, sin llegar a ser personal. Luego nos muestra su potencia: el escaparate entre lo que fuimos y seremos. Otro ensayo, titulado “Postales sobre los viajes”, tiene algo de mosaico y telescopio. En él, dice la autora: “Dejé de cargar mi propio shampoo y jabón no únicamente para ahorrar espacio de equipaje, sino también porque comencé a encontrar cierta fascinación en usar los productos de los hoteles. Me encanta bañarme y oler a diferencia, nunca a casa”. Por último, en “Penélope posmoderna: sobre el amor y la comunicación” –a mi gusto el ensayo mejor logrado– en el que se muestra una sensibilidad por las relaciones de nuestro tiempo y nos permite imaginar instantes en que todo era distinto, en el que palabras infernales como love bombing, daily chat o ghosteo no existían. Es ahí donde se vuelve realidad la máxima de Alfonso Reyes, quien abogaba por ensayos que permitieran siempre una “ignorancia fecunda”.

A pesar de que hay textos escritos hace más de diez años, la relectura es necesaria. Tal vez la reescritura también lo pudo haber sido, pero hay algo de la estática lingüística que muestra la sinceridad de las personas que fue y ha sido quien escribe. Quizá el problema al que hoy se enfrenta el ensayo es su disolución en una escritura del yo en el que la experiencia personal –por serlo– se confunda con su relevancia (el riesgo de convertir todo lo personal en un manifiesto político) y la vulnerabilidad sea moneda de cambio (quien sufre o experimenta más se vuelva, por ello, más interesante). En este libro no sucede así.

La mayor virtud que parecía tener la Enciclopedia era desmarcarse de esa línea, pero hay otra tal vez más importante: la deriva dispersa de aquello que Perec llamaba “lo infraordinario”. Es decir, la obsesión por lo minúsculo e irrelevante en apariencia. Es como voltear a ver lo que siempre nos dijeron que no importaba. Ahí es donde este libro encuentra su fuerza. Aunque Laura Sofía Rivero no se interesa por mostrar su vida —ficcionalizada como en cualquier otro ensayo—, de alguna manera el lector alcanza a ver su crecimiento, ya no como escritora sino como persona, transeúnte, ciudadana.

La urgencia de decir algo, por opinar, por estar de un bando o del otro, ha provocado que nos precipitemos. Que obviemos el momento de pausa para recapacitar lo que estamos diciendo, lo que estamos a punto de soltar. Aunque no es el caso del libro como conjunto, hay ensayos que se sienten como una deriva demasiado cómoda, en los que el extrañamiento parece garantizado por el tema elegido y no por el trabajo conceptual que lo sostiene. Pienso en “Alabanza de la pijama”, en el que Rivero anota: “Una pijama cabal no tiene pretensiones: apenas quiso ser contorno humano; el cuerpo en su expresión mínima, sin labrar ninguna curva, sin adornar ningún vértice. […] Uno la viste como para decir váyanse todos, no estoy disponible. Tiene algo de huida”. Es más una retórica de juego, sencilla, con jiribillas que bien pueden ser parte de algún trabalenguas.

Ya se ha hablado del desatino del título. El crítico literario Christopher Domínguez Michael mencionó en El Universal que “el título es malo: una miscelánea no es enciclopédica y ésta no necesita del apellido, tan manido, de lo cotidiano”. Yo coincido, aunque de manera parcial. No encuentro en la enciclopedia el problema, sino en el arte cotidiano. ¿Es necesario realzar nuestras obsesiones para hablar de ellas?, ¿tenemos que elevar lo minúsculo para que sea “digno” de nuestras palabras? Me gusta pensar que no. Que ser dueños de nuestras manías nos puede llevar sólo a parecer locos del centro, hablando sinrazones y escribiendo de naderías. Quizá ésa será la verdadera labor del ensayista: moverse entre la libertad y la autoindulgencia, entre la deriva productiva y el paseo seguro.

Quizá es materia para otro ensayo, pero las recolecciones me resultan parte de las manías de la industria editorial: compilaciones de textos ya publicados en diversas revistas, sólo para volverse libros. ¿Estaremos ante un escenario de acumuladores compulsivos, otrora escritores? Quiero pensar que hay una diatriba por ahí esperando suceder.

  • Laura Sofía Rivero, Enciclopedia de las artes cotidianas, México, Penguin Random House, 2025, 197 pp.

Mariana Ortiz

Ensayista y editora en nexos

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Publicado en: Ciudad de libros