
“No hay nada tan malo para mi salud como el aburrimiento y la inactividad”, confiesa Montaigne en su Diario de viaje. Porque creemos en su palabra es que la redacción de nexos ha evitado la mala salud de una decena de autores que confiesan la felicidad de su encuentro con el señor de la montaña. Diez testimonios de fidelidad, crítica, asombro y duda ante Montaigne y ese género bastardo, híbrido, centauro: el ensayo.
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Elogio de los mentirosos
Escribir ensayo remite de manera irremediable a Michel de Montaigne. Algunas veces la alusión surge como un saludable conocimiento de la tradición que uno practica; otras, como una experiencia similar a cuando los fanáticos de algún grupo musical exigen saber el nombre de al menos tres canciones para considerarte parte de su gremio. Para sentirme parte del mío, los ensayos que prefiero del circunspecto Montaigne son aquellos en los que veladamente elogia ciertos vicios: el ocio, la ira o el arte de las mentiras.
En “De los mentirosos”, Montaigne señala su mala memoria: “casi no reconozco traza alguna de ella en mí, y no creo que haya otra en el mundo tan extraordinaria en flaqueza”. Y añade que dicha condición le acarreaba el regaño de sus contemporáneos. Como defensa, dice que las memorias prodigiosas suelen ir unidas a juicios débiles, mientras que malas memorias como la suya dejan más espacio para la invención. Apunta también que ser desmemoriado no es un defecto peor que ser mentiroso.
Aunque condena la mentira, la considera un arte –entendiendo “arte” como una técnica. Así como la tradición clásica hizo de la memoria una techné o arte de la memoria que formó parte de la retórica, para Montaigne la mentira es una actividad que requiere de cierta práctica y el que miente desarrolla una técnica de la mentira. Montaigne sitúa la mentira en el terreno fecundo de la imaginación, donde nacen la invención y, sobre todo, la literatura.
A más de quinientos años de su muerte, celebro que el desmemoriado y quizá mentiroso Montaigne llegó a la misma conclusión de una máxima lingüística: una característica que distingue las lenguas humanas de cualquier otro lenguaje hasta ahora conocido es la capacidad de comunicar realidades inexistentes. Es decir, uno de los aspectos que nos hace humanos es la capacidad de mentir y, con algo de suerte, fabular a partir de ello.
Mi Montaigne
Guillermo Núñez Jáuregui (librero)
Hace poco me di cuenta de que Montaigne es uno de mis autores favoritos porque no me he dado a la tarea de leer la totalidad de sus Ensayos. Tiendo a dilatar el placer. Nunca he terminado de leer la obra de Borges, por ejemplo, porque más que el placer de releerlo me interesa leerlo lentamente, con atención, a lo largo de los años. Lo mismo me ocurre con Montaigne, aunque debo decir que descubrí tarde que era de mis autores preferidos. Llegué prejuiciado a su obra, tras años de estudios académicos en filosofía; es decir, tras engorrosas lecturas de ensayos e investigaciones escritas en oscuro academiqués. Sabía, además, que se le consideraba la fuente (¡el culpable!) del ensayo moderno. Así que también llegué a su orilla empapado de los cuerpos de agua que brotaron de él: columnas de opinión, artículos, divagaciones inglesas, vergonzosos ensayos personales, catálogos caprichosos, argumentos apuntalados con ejemplos, ideas que avanzan renqueando apoyadas en muletas-citas…
Aunque había leído algunos de sus ensayos, fue hace cinco años cuando acordé con varios amigos leerlo de manera sistemática –era pandemia, nos reunimos por Zoom. Antes de que nos rindiéramos y el mundo regresara a su locura de siempre, avanzamos bastante en la edición de Acantilado. El ritmo que adoptamos, tal vez la conversación mediada por la pantalla, hacían que encontrara engorroso a Montaigne. Todo me parecía engorroso entonces, a decir verdad, pero recuerdo que me sorprendió la capacidad expansiva de su prosa, cómo perseguía ideas por conejeras hasta dar con alguna conclusión inaudita. Después comprendí que su estilo fue afinándose con los años y que sus mejores ensayos se encuentran en los últimos libros de su obra, a los que no llegamos.
¿Cuál es mi Montaigne favorito? Casi se siente obligatorio mencionar “La amistad”, como una especie de clave para acceder a su obra, a su vida, su relación con Étienne de la Boétie y la conversación amistosa que dio pie a sus Ensayos. Fue un tema largamente discutido en aquel grupo de amigos. Pero ahora, debo decir, mi Montaigne favorito es con el que estoy ahora: “Unos versos sobre Virgilio”, que lo mismo funciona como un ejercicio de crítica literaria que como una larga reflexión sobre el amor, la pasión, el matrimonio, los celos y sus constelaciones. En él he descubierto con alegría y a carcajadas lo vulgar que llegó a ser Juvenal. Hay, en fin, un Montaigne para cualquier momento de la vida, y me alegra mucho con el que me encuentro ahora. Me intriga saber qué ocurrirá en lecturas venideras.
Nos cansamos del yo
Que tire la primera piedra la persona que escriba ensayo y no tenga un texto à la Montaigne. Todos hemos pasado por allí: a veces rapidito, sin detenernos —tanto— en las costumbres repetidas, otras, para quedarnos una temporada, o varias. También están quienes ya nunca salen de su torre. Cada quien.
Si todavía hablamos de Michel de Montaigne es porque idolatramos su voluntad por divagar y crear relaciones inesperadas, la forma en que no temía al equívoco y huía de la certeza. Cómo no querer a un intelectual que sabe reírse de su bigote por guardar todo tipo de olores. “Soy yo mismo la materia de mi libro”, advertía al principio de sus Essais, para después, siempre, hablar de algo más. “Esto son mis fantasías, y con ellas no intento dar a conocer las cosas, sino a mí mismo”.
Mientras escribo, el yo como motivo, el ombligo, sigue siendo fundamento del acto ensayístico. ¿A qué dio lugar ponerle tanta atención? Pienso en los efectos del discurso antropocentrista que se consolidaba en el siglo XVI. Me parece que la excesiva confianza en el yo incidió en la creencia de que todo lo humano y no-humano es un recurso a disposición, y a que el punto de no retorno en términos ecológicos haya pasado hace tanto tiempo.
Y no, no estoy culpando de nada a Montaigne. Hablo de inventar nuevas coordenadas para ensayar: desconfiar más del yo. No se me malentienda: no hablo de desterrar lo personal o lo pequeño, lo íntimo (gracias a los feminismos por dislocar la mirada, ver las potencias de lo micro). Pienso en una desconfianza crítica en esa centralidad del sujeto, a propósito del mundo en que vivimos. No es casual que hoy tantas escrituras se pregunten por los ritmos de la naturaleza. Que escuchemos a los pájaros y aprendamos de los tiempos vegetales. Saber nombrar las especies de insectos. Mirar el fuego que incendia los bosques y cuestionar algo que ilumine otra cosa. Buscamos replantear las escalas. ¿Cómo hacemos para pensar-con el mundo, pensar-con los otros? ¿Cómo antropomorfizar lo menos que se pueda? ¿Es posible? Tal vez no, pero me gusta la idea de que el yo y sus dispositivos tiemblen de vez en cuando.
No queremos héroes, sino amigos (pero en serio, no esa perversidad hipócrita que prima en el sistema literario). Queremos inventar líneas de pensamiento-experimentación. En todo caso el yo, como un yo-con. Si la voluntad del ensayo es el error, ¿por qué la escritura sigue siendo tan homogénea, reconocible? Alexander Kluge, el cineasta y escritor, dijo hace casi veinte años: “es posible que en su renacimiento el cine adopte una forma que no reconozcamos a primera vista”. Igual en literatura. Sueño con textos todavía más raros, monstruosos, con artefactos difíciles de reconocer como ensayo a primera vista; o del género que sea, si es que eso importa.
Quiero que invitemos a Montaigne (alguien que, por cierto, no se regodea en su yo) a nuestra casa para conversar con él . Después de un rato lo podemos acompañar a la salida. Por si acaso: mejor dejar la puerta entreabierta.
Montaigne y la contradicción
Antonio Nájera Irigoyen (ensayista)
Aristóteles anotó en la Metafísica: “Nada puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido”. Sobre este argumento descansa una buena porción de la filosofía occidental; no el pensamiento de Montaigne. Contradictorio es, para comenzar, el propósito de los Ensayos: pintarse ante parientes y amigos para que puedan recordar al escritor una vez que Dios lo llame a resguardo. El habitante de la torre amonesta en el prefacio: no es razonable que empleemos nuestro tiempo en un “asunto tan frívolo y tan vano”. Extraño, sin duda, aquello de escribir libros para no leerse; más inusual aún la de publicarlos y reimprimirlos cuando menos en dos ocasiones.
Contradictorio es también el procedimiento de Montaigne: examinar las cosas al derecho y al revés, tomar ejemplos de aquí y de allá, sólo para demostrarnos que ―como reza uno de sus ensayos― “por diversos caminos se llega a un mismo fin”. Pero la dialéctica del también magistrado no arroja síntesis alguna (¡oh, Hegel!); nos llena, por el contrario, de dudas y lo que es peor: las cultiva. Ante el apremio de una conjuración, por ejemplo, ni Augusto ni Alejandro Magno ni Julio César parecen acudir en nuestra ayuda. Sus experiencias no sólo niegan una respuesta unívoca a tal cuestión, sino que ofrecen algo peor: conclusiones contradictorias donde jamás queda claro si es por medio de la dureza o la misericordia que el gobernante ha de burlar la muerte por parte de sus enemigos.
La muerte aterra a Cicerón, es deseable para Catón, y poca cosa en el espíritu de Sócrates. Ninguno de ellos lleva la razón consigo, pues la Naturaleza es cambiante y así también lo es el hombre mismo. Aquí se esconde una enseñanza moral: si el mundo y nosotros mismos somos diversos y multiformes, no hay espacio para dogmas ni para verdades absolutas. Contradecirse —sentencia Montaigne— es ponerse en movimiento, y, en última instancia, el primer paso a la instrucción. Atrevámonos a contradecir y contradecirnos: ése es el camino.
Montaigne, renacentista
Para Serge Gruzinski
Una sola vez el señor de la Montaña menciona a México en sus Ensayos. Se trata del Libro I, capítulo XXXVI, “Sobre la costumbre de vestirse”: “El rey de México cambiaba cuatro veces al día de atavíos, jamás los reiteraba, empleando su desperdicio en sus continuas liberalidades y recompensas; como también ni jarro, ni plato, ni utensilio de su cocina, ni de su mesa le eran servidos dos veces.” En este breve ensayo, donde Montaigne se pregunta al principio por qué unas naciones andan desnudas y otras cubiertas, México funge como un punto de referencia para la comparación de las costumbres, en el mismo rango que Grecia, Roma, Turquía, Arabia, Babilonia, Armenia y Perú. Si el hombre y su comportamiento reclaman lo mejor de la reflexión, hay que estudiarlo en todas sus variantes.
Esta es la mentalidad renacentista del siglo XVI: con el descubrimiento de las Indias, la humanidad se completa, al incorporar las partes que antes permanecían desmembradas: Brasil, Perú y México asombran e incluso instruyen a Montaigne, quien los toma –para usar la expresión de Alessandra Russo– como la Nueva Antigüedad, rica en lecciones y paradojas que confunden e interpelan los usos locales, tomados por absolutos. El acervo de la experiencia humana –cual gran gabinete de curiosidades– precisa de nuevos anaqueles para albergar artefactos inauditos, hechos de plumas iridiscentes y esmeraldas.
Alberto Durero, de paso por Bruselas en 1520, pudo admirar el tesoro que Hernando Cortés le envió desde México a Carlos V: “Todos los días de mi vida no he visto nada que llegue tanto a mi corazón, porque entre estos objetos he visto cosas artísticamente maravillosas y he admirado el sutil ingenio de los hombres de tierras extranjeras; de hecho, no sé cómo expresar lo que allí encontré”, asienta en su Viaje a los Países Bajos, 1520-1521. Era el alba radiante del Nuevo Mundo en el cielo de Europa, brillante como un “sol de oro”, según él mismo dice.
Sesenta años después del viaje de Durero a Bruselas, Montaigne publica sus Ensayos en 1580. Paladín del Renacimiento y su universalismo, le corresponde asistir al ocaso del siglo XVI –esa “luna de plata”– y es el último en sostener el otro extremo de la cadena imantada del humanismo: tuvo bajo su mirada, tal vez la más sabia y comprensiva, el repertorio completo de una humanidad por fin conciliada. Al menos, claro, en la mente de los espíritus superiores.
Montaigne también fue un niño
La primera vez que leí a Montaigne no fui el mejor lector. No entendía la importancia que tenía. Hoy, con el doble de años, creo que no es fácil que alguien demasiado joven se acerque a sus ensayos. No sé en qué momento comencé a releerlo, pero desde entonces se ha convertido –por mucho– en la referencia que uso para establecer un posible diálogo con cualquier texto que se llame a sí mismo ensayo.
Cuando leí los ensayos de Louise Glück, por ejemplo, sentí esa fuerte y casi misteriosa conexión directa con Montaigne, algo que no pasa casi nunca. El ensayo parece hoy escribirse con una fórmula bastante predecible, y eso es lo opuesto a la forma inventada por Montaigne. Ni hablar del ensayo académico, que desde el inicio postula su final: son textos que deberían clasificarse bajo una denominación distinta.
Al leer Moby Dick o el Diario del año de la peste, cuando pienso en el trabajo de edición que hacía Lewis Lapham, en Hambre de Hamsun, o en las notas de Evan Connell, recuerdo siempre a Montaigne. Todos ellos han inventado una forma: una desviación, un artificio, digamos, para complicar la narrativa lineal o natural, es decir, para convertir “la realidad” en literatura por medio de una forma. Son personas que han colocado una bisagra en la escritura del mundo, en la historia de quienes somos.
No creo tener un ensayo favorito, pues lo que busco en él es su voz, pero siempre vuelvo al que dedica a la soledad. Y la semblanza de Montaigne escrita por Stefan Zweig me parece el acompañamiento perfecto. Mi parte favorita es cuando nos habla del Montaigne niño, de su crianza, que fue casi un experimento: lo mandaron a vivir con una familia de leñadores sus primeros cuatro años, y cuando regresó a la casa paterna todos habían aprendido latín, aún los sirvientes, para no hablarle nunca en francés. Y todos los días lo despertaban flautistas y violinistas con la música más dulce imaginable.
Invitar a la mesa
Ainhoa Suárez Gómez (filósofa)
Hace poco en un seminario cité a una neurocientífica –una investigadora brillante que además se dedica a divulgar–, y advertí en el público un par de caras desdeñosas. Como si mencionarla fuera poco riguroso. Algo similar me sucedió en otra ocasión al hablar sobre un filósofo dedicado a traducir grandes obras del pensamiento occidental al “público en general”. En los grupos especializados la divulgación no siempre es bien vista. Como si volver accesibles la ciencia o la filosofía implicara degradarlas.
Ese desdén no es nuevo. Montaigne lo denunciaba hace más de cuatro siglos en su ensayo contra la pedantería. Con esa lucidez que atrapa y en ocasiones incomoda, advierte que los doctos no son necesariamente los más sabios. Como las plantas que se ahogan por exceso de agua, el espíritu puede atrofiarse por saturación de estudio. El uso de la toga y las reverencias –apunta con ironía– los ha mareado más que cualquier saber. ¿De qué sirve la jurisprudencia si no es capaz de mejorar la vida de alguien? De la mano de Séneca insiste en que no hay que aprender para la escuela, sino para la vida. No buscar el saber por el saber, sino porque cura el alma. Y si hay una forma de conocimiento que se acerca a esa “ciencia de la bondad”, como la llama Montaigne, es justamente la divulgación.
Como los Ensayos, quien divulga no busca exhibir erudición, sino despertar curiosidad y hacer que el conocimiento roce la vida. Practicarla es comprometerse con el estudio, pero sobre todo con el arte de traducir. Un fino arte que demanda encontrar una retórica capaz de atravesar el coto cerrado del poder de los grupos doctos y devolver el saber a su origen primero, aquel que se comparte y hace comunidad. Quizá por eso, en nuestra época saturada de datos pero carente de esa sabiduría vital, leer a Montaigne es siempre refrescante.
Esas páginas en las que se nos presenta como alguien siempre dispuesto a corregirse, son una defensa frente a la soberbia de quienes confunden complejidad con inaccesibilidad y, al mismo tiempo, un aprendizaje del arte de compartir el conocimiento sin empobrecerlo. Montaigne nos recuerda que la inteligencia no se mide por el hermetismo y que la erudición que no toca la vida es apenas un rumor estéril. Su voz, nacida entre pestes y guerras civiles, insiste: piensa, duda, comparte. No para exhibir saber, sino para tratar de volver el mundo un lugar más habitable.
Mi Montaigne mío de mí misma
Montaigne refiere que Plinio dijo que nos encontramos más a gusto en compañía de un perro conocido que en la de un hombre cuya veracidad de lenguaje desconocemos. El lenguaje falso es, en efecto, mucho menos sociable que el silencio. Fui a este ensayo, Sobre los mentirosos, después de un mes investigando sobre el fascismo en España. En medio de las mentiras, la imaginación galopante y el delirio de persecución, leer a Montaigne es, como siempre ha sido, una charla necesaria. Entre divagaciones e ideas aparece el yo ensayístico, que se ocupa de sí mismo y, por herencia, de la condición humana.
El ensayo de Montaigne aparece poroso y plural: va en contra del bloque ideológico y de los fundamentalismos. Permite pasar. Nuestro momento es de un miedo ruidoso y desconfiado. Hace unas semanas estuve en un evento en donde se hablaba del bien y del mal como categorías absolutas: el público aplaudía cada vez que el orador decía algo provocador. ¡Acabaremos con ellos, con los malos! No era un debate, era una caja de resonancias gritonas. Dice Montaigne, en La fuerza de la imaginación, “Verosímil es que el crédito que se concede a las visiones, encantamientos y otras cosas extraordinarias provenga sólo del poder de la fantasía; la cual obra más que en las otras en las almas del vulgo, por ser más blandas e impresionables. Tan firmemente arraigan en ellas las creencias, que creen ver lo que no ven”. También: “No me parece maravilla que la sola imaginación produzca las fiebres y la muerte de los que no saben contenerla”.
Frente al mar de falsedades y de simplezas obligadas —tanto en boca de políticos como en cuentas de Twitter—, el espacio reflexivo que ofrece Montaigne es de una actualidad esclarecedora. Si hoy nos gobiernan las teorías de conspiración y la información en formatos de treinta segundos, hay que voltear a otro lado. Lo necesario, por no decir obligatorio, es pensar. Y el ensayo es el lugar perfecto para eso.
Montaigne o el arte de esconder el arte
Nicolás Medina Mora (novelista)
Perdónenme lo dramático, pero no exagero al decir que las peores tardes de mi vida las pasé leyendo a Michel de Montaigne. Siendo justos, la culpa no era del texto, sino del contexto: resulta que el frío y la oscuridad de Iowa City en noviembre bastan para arruinar incluso la mejor prosa. Para colmo de males, Montaigne se presenta en la página como un tipo más bien alegre, o por lo menos uno que sabe que no tiene caso sufrir más de la cuenta. El problema es que, cuando el sol se pone a las cuatro de la tarde y uno no puede salir a la calle sin que se le congelen las cejas, tales actitudes despiertan el resentimiento y el escepticismo, al grado que uno termina convencido de que Montaigne era un hipócrita y un mentiroso.
Ahora vivo en mejores climas, por lo que no tengo empacho en admitir que la primera parte de mi condena dice más sobre mí que sobre el francés: la bonhomía del señor era a todas luces sincera. Pero insisto en la segunda parte: Montaigne es un gran mentiroso. O, lo que es lo mismo: un gran artista. Parece una contradicción —¿cómo podría un escritor ser a un tiempo sincero y mentiroso?— hasta que recordamos que no es lo mismo el fondo que la forma. Montaigne escribe con sinceridad, pero lo hace de manera mentirosa. Es decir: escribe de forma artera, artificial, artística.
Los lectores de los Ensayos sabrán a lo que me refiero. Uno empieza a leer un texto que anuncia se ocupará de Virgilio pero que de inmediato traza círculos por digresiones cada vez más remotas y aterriza en una no-conclusión en la que el viejo se encoge de hombros y admite que no sabía nada y que averiguó aún menos. El discurso se parece tanto a los rodeos de una mente distraída que uno se convence de que la gran innovación de Montaigne consiste en escribir como piensa: sin más diseño o arquitectura que la asociación libre de ideas inconexas. En el camino –nos decían los profesores del taller de no-ficción de la Universidad de Iowa– el señor inventó nuestro género: el ensayo, ese intento que no llega a nada más que a sí mismo, esa bala perdida del pensamiento.
Pero Montaigne es tan buen mentiroso que también engaña a los profesores. Sus ensayos dan la impresión de naturalidad precisamente porque son artificiales. Nadie, ni siquiera un genio de su calibre, piensa de forma tan elocuente como pretende hacernos creer que él pensaba. Allí su enorme mérito: es capaz de crear la ilusión de una mente tan brillantemente distraída y tan distraídamente brillante. Esa es su herencia: Montaigne nos enseña que el arte del ensayo consiste en convencer al lector de que nuestros mecanismos de relojería son obra de la naturaleza en lugar de productos de la invención. ¿O de verdad creen ustedes que la prosa de Montaigne es como la nieve de Iowa?
Montaigne hoy
Rodrigo Salido Moulinié (ensayista)
Se ha dicho muchas veces: esa impresión casual, honesta y espontánea de los Ensayos es en realidad resultado de procesos largos de edición y autocorrección. Para presentarse de la manera más natural posible, pintarse “del todo entero y del todo desnudo”, Montaigne se corrige una y otra vez hasta conseguirlo. La autenticidad no es automática, no es reflejo inmediato de la escritura, es un proyecto de excavación. Trabajo arduo: buscarse uno mismo entre las palabras.
O no. Cabe la pregunta —que desde luego no tiene importancia pero que llevo conmigo— de si quien habla en los Ensayos es falso. Si la voz que se construye en compañero y cómplice fue siempre un espejismo, un fantasma invocado por leer esas palabras en ese orden. El libro no encarna a la persona que lo escribe, porque ninguno lo hace. Sospechar un artificio sabe a traición, pero después de pensarlo unos momentos se acepta como normal: todo es artificio, una ficción, un personaje —es una marca, diríamos hoy.
Habría que buscar a Montaigne más allá de los Ensayos para responder. Si uno sigue sus pasos en su Diario de viajes (un beneficio insustituible del desempleo), se descubre caminando lento con su cuñado, su hermano menor, y un secretario por Alemania, Suiza, Italia. La primera parte del diario, escrita por el secretario, observa a Montaigne de cerca. Lo describe buscando tumbas de personajes curiosos, comparando precios y costumbres, preguntando todo, cazando historias. Montaigne viaja como escribe: se desvía, se detiene demasiado en un punto, no planea ni lo piensa mucho, se rehúsa tajantemente a recorrer dos veces el mismo camino. Y trataba siempre de pasar desapercibido, de vivir y comportarse como los locales hasta volverse invisible. En Alemania hablaba poco, vestía un abrigo de piel. Parecía un nativo hasta que sonarse con pañuelo lo delató. Durante su recorrido por Italia llevó el diario en italiano (otra forma de viajar).
Es él. Montaigne existe fuera de los Ensayos, camina como escribe y escribe como camina, lo cual desdibuja el método de su libro. Tal vez sólo supo vivir, aprendió a morir, y no hay misterio detrás de cómo escribir los Ensayos. Decir que la persona y el libro son cosas distintas es tan obvio como distinguir entre lo que arrojan los algoritmos en nuestras pantallas y las vidas que llevan esos cuerpos. Y como nosotros, cayó en la tentación de firmar su trabajo, de marcarlo: “incluso aquellos que combaten [la gloria] quieren que los libros que escriben sobre ella lleven su nombre en la portada, y pretenden adquirir gloria por haberla desdeñado”. Ojalá hubiera tenido el valor para no firmar este texto.