
Con CUM y Javier, por las charlas
Cuando en 2018 Grupo Planeta en México retiró los diseños que Joy Laville hizo para las cubiertas de los libros de Jorge Ibargüengoitia (bajo la causa de hacer un refreshment que conectara con nuevas generaciones por medio de imágenes “irreverentes”), algo de un umbral afectivo se esfumó. Por suerte, o más bien por decisión comercial, las portadas volvieron en noviembre de 2025.
Cuerpos femeninos, delgados y anónimos en habitaciones silenciosas se anteponen a espejos, ventanas, cuadros y plantas de interiores, dando la ilusión de entrar a otra dimensión; también participan de la inmensidad de montañas, nubes, aviones y escenas marítimas. Azules, verdes, malvas y rosas apastelados configuran el rostro de cada uno de sus libros. Son un recordatorio de la mancuerna creativa que Laville formó con Ibargüengoitia.
Son siete los títulos que, publicados en el sello Joaquín Mortiz, forman parte de una edición renovada: Los relámpagos de agosto, Instrucciones para vivir en México, Estas ruinas que ves, Sálvese quien pueda, La ley de Herodes, Misterios de la vida diaria y Manzana de la discordia. Este último resulta particularmente atractivo porque contiene textos inéditos (crónicas y cartas fechadas entre 1963 y 1966) seleccionados y compilados por la ensayista y traductora de Jorge Ibargüengoitia al italiano, Maria Cristina Secci. A Manzana de la discordia le atraviesan dos agujas: la Revolución mexicana y la guerra fría cultural.
En 1968, el escritor viajó a La Habana para recibir el premio Casa de las Américas por su novela Los relámpagos de agosto. El resultado de ir, venir, regresar y contar fue “Revolución en el jardín”, una crónica de largo aliento (120 páginas) en la que JI registra con sumo detalle su visita en la isla; desde que aborda el avión —la tripulación en fila, azafatas repartiendo El Mundo, abróchese el cinturón de seguridad, etcétera—, hasta instalarse en el mítico hotel Habana Libre, para luego recorrer la ciudad en calidad de fuereño. El Capitolio, la presencia de checoslovacos, el tránsito abundante, la escasez de mendigos, las armas, los milicianos apoderados del Primer Mercado Popular de América, el tono de la voz de las cubanas, las costumbres gastronómicas y los centros distribuidores de alimentos racionados son aspectos dignos de su retrato: “aunque la cosa no es como para morirse de hambre, no cabe duda de que hay escasez de muchos artículos. ¿De cuáles? No sé bien, porque en Cuba sólo he estado una vez, así que no puedo darme cuenta de si la escasez de frutas se debe a la Revolución, al ciclón Flora, o a que sencillamente en Cuba la fruta siempre se ha comido en dulce… Hay algo, sin embargo, que no está racionado, son las imágenes de santos”; en ese país, continúa el escritor, preguntar qué va a querer es de muy mal gusto.
En ese texto, Ibargüengoitia también cuenta a detalle una serie de tergiversaciones y pericias burocráticas que surgieron antes de que le entregaran el premio: “Yo empezaba a tener la sospecha de que La Casa de Las Américas era un nido de optimistas incorregibles porque ya tenía la experiencia del primer telegrama en el que no me dijeron que mi premio iba repartido, y la del abortado estreno de El Atentado”, expresa a propósito del primer contacto que tuvo con esa institución, en 1963, por su premio ex aequo con su primera obra de teatro El Atentado.
Dedicarle decenas de cuartillas a la experiencia por un galardón internacional, no era ninguna novedad. Además de viajes, a Jorge le gustaba escribir sobre los concursos y certámenes literarios, sobre todo para hablar de la serie de mezquindades, labores del azar, “hábitos” de jurados y, sobre todo, rechazos personales; también para charlar de dinero. No por avaricia, sino porque sus preocupaciones económicas eran parte de su oficio y se mostraban con frecuencia: “[…] está científicamente comprobado que la pericia con que se desarrolla un trabajo no está relacionada sino muy indirectamente con los honorarios que causa dicho trabajo. Si mis crónicas son malas, no es porque me las paguen a doscientos pesos, que si me las pagaran a dos mil, saldría igual, porque no puedo hacerlas mejor, ni de otra manera. Si quieren un crítico benévolo, que busquen otro”, dice en “Yo quiero ser cómico”, un texto que hubiese sido publicado en El Cultural México, de no haber sido expulsado de este suplemento.
Desde luego, esta crónica desató polémicas para algunos lectores, no sólo porque JI ventaneó el sistema de comunicación de la Casa de las Américas, sino porque se hizo tan conocida que llegó a Italia (fue traducida para Il Caffè Letterario e Satirico gracias a las conexiones de Italo Calvino) y a otros ojos lectores que la recibieron con un sentimiento de traición (o algo parecido) porque habló con humor de una promesa que —todavía— parecía brillar: la Revolución cubana.
“Revolución en el jardín” fue modificada en varias ocasiones. En México tuvo dos versiones muy conocidas: una publicada en 1965 con la apostilla de ‘Fragmentos’ en la Revista de la Universidad; la otra, incluida en Viajes en la América Ignota, en 1972, en donde Jorge menciona a sus jurados, entre los que se encontraban Italo Calvino, Lisandro Otero y Fernando Benítez. Era natural que el autor de Las muertas decidiera quitar y poner no sé qué no sé quién a su manera: la izquierda intelectual de la época volteaba a ver a Cuba como un faro esperanzador. Todo huésped de la Casa de las Américas debía reflejar gratitud ante el Estado, pues éste convocaba a un premio internacional, que, en aquella época, no sólo daba legitimidad a los escritores, sino también un libro impreso, lectores ajenos y, por supuesto, dinero. JI debía, por si las dudas, ser cuidadoso con la forma en la que “variaba” su relato sobre La Habana.
Pero, como diría Duras, muy pronto fue demasiado tarde: su correspondencia con la Casa de las Américas muestra los roces que Ibargüengoitia llegó a tener con la directora, las corresponsales y con todo el equipo de la institución cubana, no sólo porque había quedado como un malagradecido y un bocón, sino porque se había alimentado de un fruto prohibido: en noviembre de 1964 —mismo año en el que viajó a Cuba— participó en el Tercer Simposio Interamericano organizado por la Fundación Interamericana para las Artes (IAFA). Este evento, se supo después, fue un instrumento de infiltración de la CIA en América Latina: la misión “[…] consistía en apartar sutilmente a la intelectualidad de Europa occidental de su prolongada fascinación por el marxismo y el comunismo, a favor de una forma de ver el mundo más de acuerdo con el concepto americano”. La gota que derramó el vaso fue que JI hizo una crónica titulada: “Una provechosa camaradería intelectual y artística”, en la que dejaba al congreso bien parado. Luego se arrepintió, pero no había vuelta atrás: en algún banquete de intelectuales, alguien le había dado una manzana dorada y él decidió comerla.
Gracias al trabajo de Secci en Manzana de la discordia entendemos que la “Revolución en el jardín” funciona como una obra de brazos extendidos: teje una conexión directa con otros textos del autor que hasta ahora no habían visto la luz, o que la habían visto a medias; por ejemplo, “Los compañeros de viaje”, el doceavo cuento de La ley de herodes que no se incluye en la edición de 1967 de Joaquín Mortiz; e “Hijo de Bloomsbury”, en el que se expande el relato de la emboscada con la CIA.
JI escribía para entenderse a sí mismo y a sus circunstancias, no para ser hijo pródigo de las instituciones, ni siquiera para conservar su trabajo en revistas. (Para otro texto, valdría la pena hablar de la recepción del escritor guanajuatense en los tiempos actuales, donde se pronuncia con firmeza una cultura de la cancelación alimentada de pasión punitiva). Su postura era poner el humor en escena: “si no voy a cambiar al mundo, cuando menos puedo demostrar que no todo aquí es drama”.
Mariana del Vergel
Escribe ensayo y poesía. Autora del libro Discéntricas (Ediciones La Rana, 2021) y de Prácticas de juego (Poesía Mexa, 2022). Imparte talleres de ensayo en Archipiélago Talleres de Literatura