Justicia poética es, por ejemplo, recordar a quienes inventan esos pequeños artefactos que aligeran la pesadumbre de tener que estar vivos. En este caso, se trata de reivindicar esos papelitos pegadizos, entretenimiento de escritores y oficinistas, ínfimos baluartes de un progreso tantas veces inadvertido.

Ilustración: Víctor Solís
En mi escritorio, como en el de medio mundo, se encuentran varias anotaciones realizadas en Post-Its. En una de ellas una nota de agradecimiento escrita hace meses por una persona que ya no me habla. En otra, el teléfono de atención a clientes de Izzi, un servicio que tuve que cancelar. También hay unas cuatro en las que dibujé fetos: a uno lo bauticé como el Feto Ingeniero; a otro, el Feto Grimes-Musk; a otro, Baby Hitler; y el último es el Feto de las Estrellas de 2001: Odisea del espacio. Eran los personajes de una novela que empecé pero no acabé, como sucede con tantos proyectos que inician como ocurrencias anotadas en esos papelitos. Hoy por la mañana añadí un nuevo Post-It manuscrito a la triste colección que puebla mi escritorio. En él se lee: “El mes pasado, a los 80 años, falleció Spencer Silver, quien creó el adhesivo que se usa en los Post-Its”.
El obituario que publicaron aquella semana en The New York Times, escrito por Richard Sandomir, aclara que el químico, quien trabajó durante varias décadas para 3M, intentó desarrollar, en 1968, un adhesivo pensado inicialmente para usarse en la industria aeronáutica. Fracasó. Pero en sus experimentos dio con un pegamento singular (patentado en los Estados Unidos con el #3691140A en 1972, técnicamente conocido como “microesferas de copolímero de acrilato”). Después de varios años que Silver dedicó a difundir la palabra del Nuevo Adhesivo, sus virtudes fueron identificadas por el ingeniero químico Art Fry, quien vio cómo aplicarlas. Desde entonces, anualmente se venden miles de millones de Post-Its. ¿Cuántas grandes ideas se han anotado en ellos? ¿Cuántos se transforman en basura?
Después de anotar en uno que Spencer Silver había fallecido, se me ocurrió tomarle una fotografía con mi teléfono inteligente, misma que subí a mi cuenta de Twitter. Seguí, pues, la senda que conduce a ideas huecas a convertirse en “contenido”. Qué redundantes y lentas parecen algunas funciones electrónicas de estos aparatos: como las “notas”. Algunas de ellas, en ciertos programas, incluso emulan digitalmente la apariencia de los Post-Its. Concedido: éstas no producen basura pero igual gastan energía.
Un dato trivial pero paradójico sobre Silver: durante su época de peregrinaje, cuando daba los seminarios sobre su adhesivo con la esperanza de que algún ingeniero (como Fry) le descubriera utilidad, en 3M lo llegaron a conocer como el “Sr. Persistente”. ¿Y no hacen todo menos persistir las notas que se escriben en esos papelitos? Aquí puede iniciarse una digresión sobre las inventivas muletas para la memoria, pero creo que ya se ha dicho más que suficiente al respecto. Sólo anoto que hace unas semanas, cuando cambié de Izzi a una compañía distinta (que no mejor, pero es lo que hay), también tuve que cambiar el número de teléfono de mi “línea fija”. Anoté el teléfono en un Post-It. No lo memoricé. No lo memoricé porque lo anoté. Hoy casi lo tiro a la basura por error. En lugar de memorizarlo, lo acerqué un poco más a donde está el teléfono.
Como le ocurre a tantos escritores tengo una debilidad casi sentimental por la papelería. Y estos papelitos amarillos, a pesar de que evocan la tranquila muerte que se experimenta en las oficinas, siempre me han despertado simpatía. Pero debajo de todo se encuentra el progreso. En la casa del conglomerado 3M se habrá desarrollado, inadvertidamente, este sencillo y funcional invento. Pero le acompaña el monstruoso y lovecraftiano, por inabarcable, legado de esa historia del pensamiento que pone en marcha avances científicos, a menudo peligrosos, que resultan útiles sólo por accidente. También en 3M se desarrolló el ácido perfluorooctanoico (o PFOA, o C8), que ha resultado tan útil en los teflones de Dupont, pero también para envenenar a todo aquel que utilice un sartén o hilo dental en este planeta.
Guillermo Núñez Jáuregui
Escritor, filósofo y librero en La Murciélaga. Es parte de la mesa de redacción de La Tempestad.