Elogio de la barriga: entrevista con Andrés Neuman

Entrevistamos al narrador y poeta Andrés Neuman, uno de los invitados a la FIL Guadalajara de este año, que presenta su nueva novela Umbilical y su libro de cuentos Anatomía sensible. También acude a la FIL a un debate sobre nuevas masculinidades. Esta entrevista ahonda en sus reflexiones sobre la paternidad, la deudas que la literatura tiene con las representaciones del cuerpo y la batalla que puede dar a las sobreexigencias cosméticas.


Julio González: Vienes a la FIL Guadalajara a una mesa de poesía y a presentar Umbilical. En esta nueva novela hay una exploración de una faceta tuya que ya conocíamos por chispazos: la paternidad. Estoy pensando en tu poema “Palabras a una hija que no tengo”, que de manera íntima habla de una experiencia nueva y radical que es la de ser padre. ¿Cómo se inserta esta novela dentro de tu obra y dentro de un tipo de nueva narrativa hispanoamericana que aborda temas vinculados con la paternidad?

Andrés Neuman: El poema que citas lo escribí 20 años antes de ser padre y tenía que ver precisamente con la elección de no tener hijos. Se trata de una hija imaginaria.  Siempre me interesó cómo funciona en nuestra imaginación la idea de la descendencia, aunque sea para oponerse a ella o para declinar su posibilidad. Porque lo que nos está apelando siempre es la crianza que hemos recibido, nuestro vínculo con madres y padres, y la infancia, que es una etapa que nunca termina. La infancia es el primer y único libro que vivimos releyendo siempre. Desde ese punto de vista, si aparece un hijo en nuestras vidas, es la enésima y más profunda relectura que hacemos de nuestra infancia, a través de la infancia que cuidamos, que criamos.

En esa línea, publiqué el año pasado Umbilical, que se podría decir que es la historia de amor entre un hombre y un bebé. Inspirada, por supuesto, en mi experiencia de paternidad. El año que viene saldrá otro relacionado con eso. A mí me está interesando mucho este pequeño fenómeno de libros —que se ha hablado mucho de él, pero son pocos los libros en realidad que van en esa línea. Podríamos decir que es un fenómeno incipiente— que están escritos desde el punto de vista de la paternidad, entendida como trabajo de crianza diaria y como aprendizaje del cuidado. Hay millones de libros acerca de la figura de los padres que están escritos desde el punto de vista de quienes los han querido o padecido. O acerca de los padres que se han ausentado de las vidas de quienes los recuerdan. Digamos que la figura paterna oscilaba entre la ausencia y la violencia. Entonces, aunque hay muchos padres en muchos libros, —se podría decir que la Biblia es el primer libro sobre la paternidad aleccionadora y castigadora—, lo cierto es que hay muy poca literatura escrita desde las emociones, perplejidades y hallazgos de la crianza, porque es un trabajo que hemos delegado, en la realidad y en la ficción, en las mujeres.

Aunque siempre ha habido algunos padres cuidadores y cada vez hay más, me parece muy interesante el hecho de que no lo hayamos considerado un tema literario importante; eso habla de que los campos de batalla son varios. Uno está en qué entendemos por biología y su influencia en las costumbres. Otro es, por supuesto, el modo en que construimos nuestras familias y nuestras parejas. Pero también está el campo de batalla aparentemente invisible, que es el del imaginario. Sobre qué escribimos, qué historias contamos, qué cuestiones nos parecen más poetizables que otras. Y es ahí donde digo que es extraño los relativamente pocos poemas, cuentos, novelas que yo he leído de hombres cambiando pañales o caminando con un carrito; que desmienten un poco esta figura romántica del flaneur solitario que se adentra en la doble exploración que es la de la ciudad y la de su propia alma. Como Robert Walser, el loco que camina a su perdición, pero siempre en la soledad. No son responsables de nadie. No cuidan a nadie. De pronto sería interesante pensar que el flaneur puede ser también el papá con un carrito que explora la ciudad de otra manera. Hay un desfase en lo rápido que están cambiando nuestras costumbres, nuestros roles familiares —si pensamos en cómo eran las cosas hace 50 años y cómo son ahora, hay un cambio modesto, limitado pero real—, y lo poco que nos estamos atreviendo a hablar, reflexionar y a escribir sobre esto.

JG: En Umbilical y particularmente Anatomía sensible hay una exploración contemporánea del tema del cuerpo, del erotismo, lo que más me llama la atención es el tono, con una forma muy afortunada de humor, de ironía, pero sin excesos.

AN: Lo que tienen en común es la forma, el tono. A mí me gusta que la emoción y el humor vayan de la mano, porque si no el humor cae en una cosa que a mí me divierte también, pero para ver videos en YouTube. Me interesa el humor punk, el humor bestial, pero hay algo de brocha gorda en eso. Cuando tratamos de analizar las emociones humanas, si se cae en la caricatura, en la sátira gruesa, se gana en carcajada lo que se pierde en capacidad de análisis. Cuando no hay matices, no hay persona, hay sólo un estereotipo. A mí me gusta que el humor oscile en frecuencias muy pequeñas, donde nunca se pierde la empatía acerca de aquello sobre lo que estamos bromeando y, sobre todo, que quien bromea está dentro del campo de la risa. No perdemos de vista al prójimo pero tampoco nos excluimos de lo parodiado. En Umbilical, se trata de ponerle el cuerpo al amor, que es una cosa que la mujer lleva haciendo toda la historia. A los hombres, en cambio, sólo nos lo han enseñado a hacer en el terreno sexual, fuera del sexo no sabemos qué hacer con el cuerpo cuando se trata del amor. Porque para eso necesitas cuidar ancianos, cuidar criaturas pequeñas, es decir, tratar con la vulnerabilidad del cuerpo; y eso no está en la cultura masculina tradicional.

Entonces, lo que tienen en común Umbilical y Anatomía…, más allá de lo formal y de lo tonal, es el reflexionar sobre otras miradas sobre el cuerpo y los imaginarios de la crianza y las paternidades, que creo que influyen muchísimo en nuestro comportamiento. No se trata de esperar a que cambien las costumbres para que los discursos culturales se modifiquen, sino que los discursos culturales intervienen directamente en la acción y son parte de la acción. Lo mismo pasa con el cuerpo, no es solamente que hoy en día el imaginario corporal sea sea un reflejo de la obsesión por los cuerpos supuestamente armónicos y el culto (que en realidad hay algo de inculto) al cuerpo. El bombardeo cosmético y la obsesión por lo fit es de por sí una tradición estética que está afectando enormemente a nuestro uso y disfrute del cuerpo propio y ajeno. Detrás del supuesto cuidado y amor por el propio cuerpo, en la obsesión contemporánea por la cosmética, lo que hay es algo enormemente represor y castrador. Nada que se parezca a la realidad del cuerpo, nada que se parezca al goce desprejuiciado, nada que se parezca a la belleza relajada está permitido. Es una especie de policía cosmética que se asegura que nada de lo que se salga del canon reciba ninguna recompensa ni ningún festejo. Me parece que ahí la literatura puede batallar. Se puede decir que esto tiene algo de manifiesto humorístico contra Photoshop.

JG: En “Retrato de cuerpo” Philip Lopate dice que lo que más le gusta a él de su cuerpo es su altura.

AN: Detengámonos en esta idea que citas, porque qué oportunidad desperdiciada en analizar literariamente tu propio cuerpo para confirmar un lugar común que es francamente conservador y tradicionalista. Es decir, la admiración por el hombre alto. Más alto que las mujeres —para que quede clara la jerarquía y, desde un punto de vista entre machos, para que se imponga entre otros machos. La estatura del hombre claro que puede ser bonita, pero detrás de lo bonito siempre hay un principio. Igual que creer que alguien encuentra bonita una güera porque le gustan los cabellos dorados y nada más. Sería una ingenuidad creer que nos gustan los hombres altos simplemente porque nos gusta. Los territorios donde hay mayor estatura en el mundo son los territorios industrializados, occidentales. No es difícil entender de dónde proviene nuestro gusto. Pero hay una enorme oportunidad para subvertir ese gusto.

A mí la barriga me interesa mucho porque es un punto de conflicto y de complejo unisex. Una cosa que me interesaba hacer en Anatomía sensible no era desplegar una mirada del señor sobre las chicas, sino una mirada muy multigénero, muy abarcante, más allá de lo generacional y del género. Pensar cada parte del cuerpo desde todo punto de vista, como hombre y como mujer, como joven y como viejo, lo que se pensaba antes y lo que se piensa ahora; desdibujar la identidad de quien mira. La barriga se sale del canon, no es aceptable. Entonces quería hacer un elogio de la barriga. Además, estamos viendo tantos abdominales reales tipo tableta de chocolate, que llega un momento que es francamente aburrido. Es como un discurso de las supuesta autosuperación que en realidad cae en la esclavitud de un modelo que tú no has elegido. Lo que este libro trata de hacer es que cada cual tome partido por un modelo corporal que no sea siempre la reproducción ad infinitum del cuerpo consumido por la cosmética.

JG: Te tardaste siete años en escribir este libro, ¿lo pensaste desde un principio como un libro unitario o más bien como piezas sueltas que luego adquirieron forma?

AN: A veces la estructura va apareciendo durante la escritura o bien, al final. Y esas son muchas veces las estructuras más honestas, porque no obedecen a un plan, sino a una atención respecto de lo que realmente está pasando con el lenguaje. Sin embargo, un libro de estas características es difícil que te salga por casualidad, porque hay una unidad de tono. Hay una búsqueda muy unitaria desde el principio. Fue un proyecto que estaba claro desde el inicio, pero al que fui llegando en libros anteriores. En El viajero del siglo, por ejemplo, hay un momento clave en la historia de amor entre Hans y Sophie, los traductores que protagonizan esta historia de amor, que es que cuando todo apunta al romance decimonónico, al pudor de época y a la literatura romántica, se sacan la ropa y a pesar de ser ambos jóvenes, ella tiene estrías, los pechos caídos. Él tiene barriga, pelos en el ombligo, le dan vergüenza sus pies. De un modo, el héroe y la heroína se convierten en cuerpos normales, que es lo que somos todos. Entonces ahí hay un intento de desromantizar el cuerpo.

En Hablar solos hay una reflexión sobre cómo cambian los modelos de deseo cuando cuidas a un cuerpo enfermo. De pronto todo eso que no te gustaba de tu cuerpo se confirma como cuerpo sano. En Fractura, los personajes tienen cicatrices. Hay irrupciones de cuerpos no canónicos en todos mis libros. Entonces dije: ¿por qué no escribo un libro no con cuerpos no canónicos, sino sobre el cuerpo?

Muy al principio de la escritura del libro hice una una búsqueda muy sencilla en imágenes de Google, escribí la palabra “belleza” a ver qué aparecía. Y en ese momento apareció algo no muy distinto a lo que aparecería ahora. (Aunque ahora el resultado es ligeramente más políticamente correcto). Los 100 primeros resultados eran mujeres modelos. No había una sola obra de arte y no había nada de naturaleza. Me pareció francamente triste. Entonces tuve muchas ganas de escribir contra eso. Porque el canon no es la norma, es la excepción. No solamente quedan excluidas todas las otredades físicas, sino que lo excluido de la belleza es el 99% de la realidad. No es ni siquiera que el canon esté dominado por lo que podríamos llamar la clase media del cuerpo o lo que más abunda. No: el canon es totalmente ficticio. Yo no quiero reivindicar los pobres cuerpos periféricos que se merecen existir. Lo que digo es que tenemos pendiente poetizar la inmensa mayoría de los cuerpos, lo cual es absurdo. Esto no es una defensa de la minoría. Estoy haciendo la defensa de la mayoría. Hagamos la búsqueda ahora, no hay una sola persona que tenga más de 30 años. Es de un edadismo aterrador. No existe la belleza si no es brutalmente joven. 

JG: La búsqueda en Google parece confirmar lo que decía William Hazlitt hace tres siglos: hay un culto a la juventud eterna.

AN: Es francamente idiota ese culto, es autodestructivo. Si hay algo que atenta contra la propia juventud es el culto a la juventud. Yo esto lo lo viví en primera persona porque yo ejercí de escritor joven públicamente durante la mitad de mi vida. Yo he sido un “joven escritor” hasta hace un par de días. Me tocó empezar a publicar a los 19, 20 años y recuerdo la inquietud que me producía eso de “joven escritor”. Escritor bueno o malo, pero no “escritor joven”; porque la virtud del joven está llamada a ser reemplazada por la siguiente novedad. Eso es un reflejo del capitalismo. Tenemos atributos cuya obsolescencia está programada.

JG: Es paternalista.

AN: Eso es lo que más me molesta. En el fondo tiene que ver, de nuevo, con la idea del padre: primero aprende de mí; segundo, rinde tributo; y tercero, ponte en la cola que yo he llegado antes. Estos consejos contra natura de señores del tipo “no tengas prisa, jovencito” ¡Una de las esencias de la juventud es la prisa! Es como decirle a un niño: “ponte serio, no juegues tanto”. El trabajo del joven es tener esa ansiedad vital por querer llegar a todos los lugares al mismo tiempo. Estos consejos represores proceden del miedo, porque hay que entender también que la gente mayor está muy intimidada por el edadismo, se va viendo excluida del mundo. Esto de la inutilidad de la persona vieja que, en realidad, tiene una sabiduría inmensa a la que deberíamos en efecto, venerar. No desde la superioridad, pero sí desde la escucha y también desde el cuidado. Entonces, al final todas las edades salen perjudicadas.

Somos una sociedad que vive más que nunca y no sabemos qué hacer con ninguna edad. Por ejemplo, a la infancia hay que acabarla cuanto antes, porque hay que meterla en el consumo. El mundo después de la juventud es fungible, se consume rápido. Casi inmediatamente después viene la edad mediana, que tampoco sabemos qué hacer con eso, porque la edad mediana tiene que fingir que sigue siendo joven. Entonces la pregunta es ¿cuál es la edad a la que se puede ser plenamente? Ninguna. Y eso tiene que ver con el cuerpo. Entonces creo que hay que abolir el cuerpo canónico. No prohibiéndolo, sino haciendo batalla cultural; desmitificando esos modelos y proponiendo otros. 

JG: Es inevitable que te pregunte sobre la situación actual en Argentina. ¿Qué representa Javier Milei para un escritor de tu generación?

AN: No pretendo hablar en nombre de mi generación, precisamente porque creo en la democracia horizontal. Esto de que el intelectual de turno hable en nombre del pueblo, me parece en el fondo un eco involuntario del fascismo, que es que un líder representa a un país.  Habría que preguntarse a estas alturas si se puede representar a tu comunidad, por pequeña que esta sea.

No tengo ni idea de qué opina mi generación, porque en mi generación hay gente que ha votado a Milei y hay gente que está viviendo una pesadilla. A mí me parece muy preocupante desde todos los puntos de vista. Hay un gran problema en casi todos los países: la batalla electoral se dirime entre posturas que ya están tomadas. Las campañas electorales son grandes simulacros donde la gente trata de que el enemigo no gane. Pero debate no hay.

Hay algunas cuestiones objetivas, factuales, hechos que ponen en cuestión el discurso del nuevo gobierno. Uno es que ha habido una hegemonía política en las últimas décadas con la que había que acabar. Desde el 76, que es cuando se dio la última y terrible dictadura en Argentina, –de las muchas que hemos tenido, y donde se inició el genocidio de Estado– si hablamos de economía, que es lo que le gusta al nuevo presidente, la deuda externa de Argentina se cuatriplicó en siete años durante la última dictadura. Argentina antes de la dictadura no era un país con una deuda externa alta ni con un déficit demasiado grande. Así que es fácil, con los hechos, objetivar cuándo se empieza a cronificar la crisis económica argentina.

Vamos a hacer un ejercicio asombroso que es razonar. Vamos simplemente a contar los años de gobiernos neoliberales y de gobiernos de otro tipo, más nacionalistas, estatistas o como queramos llamarlo, sin tomar partido. Siete de dictadura, un gobierno totalmente neoliberal. El modelo de Milei, que es el de Martínez de Hoz, que fue el ministro de Economía de la dictadura, maestro de Cavallo, que es otro de sus referentes económicos. Después tuvimos diez años del gobierno de Menem, que aunque en teoría era un político peronista, toda su política económica fue brutalmente neoliberal. Tan neoliberal que es el modelo de Milei. Después, De la Rúa gobernó un par de años, antes del corralito, y su último ministro de economía fue Cavallo, el mismo de Menem. Y luego (aunque los medios se hayan puesto de acuerdo para ignorarlo), un gobierno neoliberal también: el de Macri. En la suma son 23 años. 47 años después de la dictadura. Si no me engaña la aritmética, exactamente la mitad del tiempo ha habido un modelo neoliberal en la economía argentina. Luego es objetivamente falsa, sea cual sea tu opinión política, que la crisis económica proviene de la sucesión de gobiernos populistas, nacionalistas y peronista, porque la mitad del tiempo no los hubo, simplemente por eso.

Entonces, partiendo de ahí y de que la economía no mejoró cuando Macri asumió el gobierno, no parece que vaya a pasar nada bueno, porque las fórmulas que se quieren aplicar ya se aplicaron con malos resultados en estas últimas décadas. Es evidente que el último gobierno fracasó, la economía también. Yo no estoy haciendo una defensa del gobierno saliente. Estoy diciendo que el gobierno entrante va a ser igual o peor.

Después está el tema de derechos humanos. No hace falta explicar por qué no está bien mearse en las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, y llamar “excesos” al genocidio sistemático del Estado, que está demostrado judicial y históricamente. No parece que la política de derechos humanos sea la más avanzada y sofisticada que se va a implantar.

El presidente tiene legitimidad democrática; esto es importante subrayarlo. Ganó muy claramente. Eso no quiere decir que al país le haga bien. Tenemos muchos ejemplos de países que votaron masivamente opciones terribles. Es por desgracia un triunfo de la narrativa, porque hay un relato totalmente desconectado de los antecedentes históricos, de los hechos materiales y de los razonamientos. Es una especie de fantasía que durará lo que se pueda.

Estoy deseando equivocarme.

JG: Andrés, me gustaría terminar con una pregunta un poco más alegre, ¿qué es lo último que has leído y te ha fascinado?

AN: Estuve hace poco en Ecuador y me tocó compartir recital con una poeta ecuatoriana que se llama Sara Montaño. Es poco conocida y me gustaría que se conociera. Leyó unos poemas sobre su perro tan encantadores e sigilosamente inteligentes, tiernos, irónicos, preciosos. Las ferias también sirven para eso de pronto, para encontrarte con libros, personas que de otro modo no te cruzarías.

 

Julio González: ensayista y editor en nexos.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Registro personal
Más sobre: