Elena Poniatowska, la “Princesa del Tepalcate”

Con motivo de sus 90 años, publicamos este perfil ingenioso y bien documentado de una de las escritoras y periodistas más celebradas de México y en la pluma de uno de sus más apegados y sostenidos interlocutores, su biógrafo Michael K. Schuessler.

En México, Elena Poniatowska, “princesa del tepalcate y reina soberana de la intelectualidad mexicana” no necesita introducción alguna, aunque tal vez sea ventajoso un breve recuento de su vida y obra para las nuevas generaciones de lectores/as que no habían nacido a finales de los años sesenta, cuando sus padres y abuelos se levantaron en contra de las represiones políticas de un estado corrupto, mono-partidista, que no toleraba los reproches, mucho menos la discrepancia. A sus 90 años, cumplidos hoy, Elena es la abuela de México por antonomasia, una leyenda viva, aún muy activa que participa por igual en la vida política y literaria del país como en los juegos y actividades deportivas de sus diez nietos. También es nuestra admirada Premio Cervantes de Literatura, honor que todavía hiere las sensibilidades de los “puristas” que se empeñan en verla tan sólo como una periodista que convierte algunas de sus experiencias profesionales en ficción. La verdad habla por sí sola: es autora de más de cuarenta libros que abarcan casi todos los géneros literarios: el cuento, Lilus Kikus, de 1954, la historia de las inquietudes filosóficas de una niña traviesa y preguntona; el teatro, Melés y Teléo, de 1956, una verdadera “Mahabharata mexicana” porque duraría como cuatro días si alguna vez se representara; la crónica urbana, Todo empezó el domingo, de 1963, libro de costumbres populares acompañado con dibujos de Alberto Beltrán; la entrevista, Palabras cruzadas, de 1961, que incluye diálogos con Carlos Fuentes, Rosario Castellanos y Juan Rulfo, amén de una historia personal de la literatura de la Onda; la novela epistolar, Querido Diego te abraza Quiela, de 1976, una colección de cartas amorosas que documentan la obsesión provocada por un hombre ausente, el pintor Diego Rivera; la novela femenina, La Flor de Lis, de 1988, que narra la vida adolescente de una niña franco-mexicana y la conmoción espiritual incitada por la llegada de un padre obrero que impone ideas non santas en las cabezas de sus pequeñas discípulas, entre muchos, muchos, otros de los géneros que Elena ha practicado desde los años cincuenta, cuando entró a trabajar en las páginas sociales de Excélsior, el “periódico de la vida nacional”.

No obstante su enorme y variada producción literaria, Elena es mejor conocida por sus libros de testimonio, género reinventado en México por ella. Dos ejemplos excepcionales de lo que ha sido bautizado como el “neo-realismo latinoamericano” son: La noche de Tlatelolco, crónica colectiva del enfrentamiento entre estudiantes y soldados en la Plaza de las Tres Culturas; y su obra maestra, Hasta no verte Jesús mío, el testimonio de una mujer rezongona, con una gran capacidad de indignación, que luchó junto con los rebeldes durante la Revolución mexicana y vivió más aventuras que el Periquillo Sarmiento o la Pícara Justina.

Ilustración: Oliver Flores
Ilustración: Oliver Flores

Si bien la señora Poniatowska ha disfrutado de un enorme éxito como periodista y escritora, ejerciendo la primera de estas labores Elena siempre anduvo detrás la noticia y por estar “reporteando” día y noche, nunca tuvo tiempo para participar en la sociedad literaria del país. Desde muy joven empezó a creer que había que hacer libros útiles, libros para su país adoptivo, lo cual hacía exclamar Carlos Fuentes: “Mira la pobrecita de la Poni, ya se va en su bochito a entrevistar al director del rastro…” Por lo visto, el precio de las cebollas y los jitomates, los desalojos y las invasiones de tierra, resultaron para ella mucho más trascendentes que los estados de ánimo o las vanguardias literarias del momento. Quizá por eso un día me comentó que dentro de la élite literaria, algunos dirían que Elena funge como “la cocinera, la barrendera, la criada, que está limpiando los excusados de la gran casa de la literatura”.

Lejos de pertenecer al mundo que tanto le fascina, Elena asciende del último rey de Polonia, Stanislas Augusto Poniatowski, y del Mariscal de Francia, el príncipe Josef Ciolek Poniatowski. Su familia cuenta entre sus antepasados ilustres un arzobispo, un músico y algunos escritores, incluyendo a la inolvidable tía Pita, Guadalupe Amor, “hermana torva del temible demonio”. No obstante, debido a sus propias inclinaciones de izquierda, sus parientes europeos la bautizaron como la Princesse Rouge. Heredera de una rica tradición política y cultural, Elena Poniatowska nació en París y emigró a México a los diez años junto con su mamá y su hermana Kitzia, que huían de una Europa devastada por la Segunda guerra mundial. Su mamá, Paula Amor Escandón Iturbe, una mujer sensacional, fue mexicana nacida en Francia, cuyos antepasados salieron pitando de México después del fusilamiento de Maximiliano y el delirio de Carlota.

Elena empezó su educación en Francia durante la guerra, donde estudió matemáticas y humanidades con su abuelito, y al llegar a México continuó sus estudios de primaria en la Windsor School (donde le enseñaron a contar en pounds, schillings y pence y a recitar “God save the Queen”). Luego sus padres la mandaron a la preparatoria en el Convento del Sagrado Corazón —a Eden Hall— cerca de Filadelfia. Allí hizo el programa de “Academic Classes,” cuatro años de estudios generales, más aparte las consabidas clases de solfeo, baile, religión y buenas maneras. Aunque sus profesores le dijeron que podría continuar sus estudios en Manhattanville College, por una devaluación en México, sus papás no tenían el dinero para financiar su educación en el extranjero y así tuvo que regresar a México, tierra de volcanes y pirámides, haciendas y palacios, pero también de jacales y huaraches, pulque y huitlacoche. De regreso en México, Elena estudió taquimecanografía para después conseguir trabajo como secretaria bilingüe, pero nunca estudió en la universidad. Según ella, no se acercó a la universidad, “¡ni de noche!” Si bien es cierto que Elena ha recibido varios doctorados honoris causa de universidades como la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad Complutense de Madrid, la escritora señala que su educación superior fue muy poco tradicional, pues no estudió en la universidad de La Salle, sino en la Universidad de la Calle. No obstante esta aparente falta pedagógica, sus entrevistados: Alfonso Reyes, Octavio Paz, Diego Rivera, Leonora Carrington, entre otros, pronto se convirtieron en los benévolos maestros de una joven curiosa y, a veces, impertinente.

Elena Poniatowska es una de los fundadores de la Cineteca Nacional, el periódico La Jornada y Siglo XXI, prestigiosa editorial que tuvo sus primeras instalaciones en la casa de su abuela en la Colonia del Valle. En 1979, fue la primera mujer en recibir el Premio Nacional de Periodismo por sus excepcionales artículos, crónicas y entrevistas que tanto contribuyeron a divulgar las expresiones culturales y políticas mexicanas. Entre sus muchas preseas, fue recipiente del premio Mazatlán por su novela Hasta no verte Jesús mío, y en segunda ocasión por Tinísima, su biografía literaria de Tina Modotti, un gran fresco del mundo cultural y político mexicano y europeo de los años veinte y treinta. En 1970 rechazó el premio Xavier Villaurrutia, preguntándole al presidente de la República: ¿Quién va a premiar a los muertos de Tlatelolco?

Como se mencionó arriba, Elena dio su primer zambullido en el mundo de la palabra escrita como periodista de sociales en el diario capitalino Excélsior en 1953, hace más de sesenta años. En aquella época, la mujer en México —al igual que en Estados Unidos y Europa— no tenía nada que ver con el mundo de los negocios o de la política, ni mucho menos con el del periodismo, campo dominado por hombres en casi todos sus aspectos. Al enfrentarse con un destino demasiado banal y francamente aburrido, Elena se dio cuenta que algo tendría que hacer para cambiarlo. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para liberarse de un futuro de balls, cocktails y desfiles de moda que aguardaba a todas las jóvenes de su clase. Su destino verdadero llegó una mañana envuelto en las páginas del periódico, donde Elena descubrió que se hacían entrevistas, porque leía las que publicaba Ana Cecilia Treviño, alias Bambi. Tanto admiraba a la periodista mexicana que al entrar Elena en Excélsior a la edad de 21 años, quería ponerse el seudónimo de Dumbo para hacer juego con el de su colega. No obstante, los editores (hombres, claro) no querían a todos los personajes de Walt Disney trabajando en la sección de Sociales y Elena se resignó a usar su nombre real, o a veces firmando tan solo con el elegante y europeizado Helène.

A lo largo de todos estos años, Elena nunca ha dejado el periodismo, aunque ahora sí se dedica más a sus muchos proyectos literarios, amén de prólogos, conferencias y doctorados honoris causa. Para mí ha sido una gran oportunidad poder trabajar y colaborar con Elena, ya que me ha enseñado mucho y no sólo en materias como el periodismo, la literatura y la política. Ha sido un modelo a seguir en un sentido básico y por ello esencial: el arte de ser humano. Cómo ser generosa con otros aunque estés ahogada de trabajo, cómo ser modesta en medio de tanta atención, fanfarrias, bombos y platillos; cómo apreciar las pequeñas sorpresas de la vida. Me acuerdo de un día que llegamos a Bellas Artes y no hubo lugar para sentarnos, le dije de manera casi pueril: “Pero Elena, apenas te vean a ti, nos darán los mejores lugares”. Se volteó con la nariz fruncida y me preguntó con toda sinceridad: “¿Cómo me van a ver a mí si tengo la estatura de un perro sentado?” Así es Elena Poniatowska: humilde y ocurrente, ingenua y brillante.

 

Michael K. Schuessler
Profesor-investigador de la UAM-C, es autor, entre otros libros, de las biografías La undécima musa: Guadalupe Amor y Elenísima: ingenio y figura de Elena Poniatowska.

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Publicado en: Crónica

Un comentario en “Elena Poniatowska, la “Princesa del Tepalcate”

  1. Las princesas que no se hacen reinas, nunca pierden lo mosca muerta
    Atte: Lady Di

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