Hace 100 años nació Elena Garro (1916-1998), escritora mexicana que arrojó luz a la literatura nacional del siglo XX. Su obra es clara, contundente y sin sosiego. Para celebrar el centenario de la narradora, presentamos algunos fósforos sobre el amor, la muerte y los sueños, extraídos de las novelas, obras de teatro y cuentos, incluidos en Elena Garro. Antología (selección y prólogo de Geney Beltrán Félix,Cal y arena).

Nunca había visto a un muerto, y la muerte era un hecho lejano que en realidad era poco probable que ocurriera, aunque era seguro que todos éramos mortales. Me sentí invadida por una melancolía repentina y me rehusé a pensar en Natalia. De pronto, la mirada de mi padre me sobresaltó.
(Un traje rojo para un duelo)
Había descubierto que para Frank el amor era la degradación del ser amado, ni siquiera era la destrucción. Se volvió a mirar a los cipreses que desfilaban como sombras frente a los hoteles apagados. Continuaba lloviendo.
(Reencuentro de personajes)
Porque la palabra amor que él repetía junto a su rostro, variaba las imágenes, transfiguraba la realidad y la proyectaba a un mundo diferente.
(“Luna de miel”)
Yo estaba absorta en el salón ante el misterio insondable de la muerte.
(Un traje rojo para un duelo)
Andrés: No hables de muerte ¿Qué tiene que ver la muerte con el amor? ¡Es atroz!
Clara: El amor es lo único que puede salvarnos de ella. Yo seguiré viviendo en ti y tú seguirás viviendo en mí. Y luego seremos uno, indivisible.
(La señora en su balcón)
De toda su persona se desprendía un aire melancólico, se diría que a su alrededor flotaba una niebla y que Eddy andaba perdido en un bosque adusto. Dejó caer las manos y contempló el vacío unos segundos, perdido en algún recuerdo doloroso.
(Reencuentro de personajes)
Pero los hilitos de su sangre escribían sobre su pecho que su corazón seguía guardando mis palabras y mi cuerpo. Allí supe […] que el tiempo y el amor son uno solo.
(“La culpa es de los tlaxcaltecas”)
La levantó para abrazarla y los dos se besaron. El cuarto quedó en silencio, habitado por la extraña presencia del amor, suspendido en un tiempo misterioso y eterno.
(“Luna de miel”)
Javier (en voz más baja): La voz del hombre en los silencios de la noche, es extranjera al hombre. Tiene ojos para ver su fin. ¿Crees que los perros ven venir la muerte con sus ojos? No, la ven con el aullido.
(Los perros)
Entre sueños, en su cama de dosel verde, recordó Lausanne, el Beau Rivage, la ventana del comedor y la carita pegada a los vidrios. “Creo que estoy en un círculo de locos” y el sueño pesado se apoderó de ella.
(Reencuentro de personajes)
Perdíamos cuerpo y el mundo había perdido cuerpo. Por eso nos amábamos con el amor desesperado de los fantasmas.
(“Perfecto Luna”)
Hombre I: No llames a la muerte, muchacho, la muerte se pasea sola y se aparece a cualquier hora.
Hombre II: No la llames, muchacho, ella vela tus pasos y los míos, no hace ruido y sola nos envuelve en su espesa mata de pelo para desapartarnos de este oscuro mundo.
(El rastro)
Verónica se recostó en la cama, sin desvestirse; estaba confundida por las evocaciones de Frank, que permanecían intactas en su memoria. Frank desapareció de su presencia sin hacer ruido. Recordó lo hablado en el bar, la carita, Scott Fitzgerald, Frank, sus padres, todo pertenecía a un pasado remoto y presente en su amigo. ¿Qué había en aquel pasado doloroso?
(Reencuentro de personajes)
El tiempo de soñar había terminado. La memoria había escapado a la memoria: quedaba sólo una hoja en blanco mojada por las lágrimas de los cuatro.
(“Las cuatro moscas”)
Nada se concluía, nada tenía fin, nada terminaba, ni siquiera hacer el amor. Un espacio vacío se formaba alrededor de ella y de Frank, y en ese espacio todo carecía de continuidad.
(Reencuentro de personajes)
Tuve la impresión de que la muerte era sólo el paso de lo imperfecto a lo perfecto y que mi abuelo, al cruzar el umbral hacia la perfección de la belleza, había dejado tras de sí el resplandor del misterio entrevisto, que ahora flotaba magnetizando la luz, las flores y los muebles.
(Un traje rojo para un duelo)
Su tristeza frente a la hermosura de las colinas no hacía sino que éstas se volvieran culpables de la suerte de aquel joven indefenso privado del amor.
(Primer amor)
Caminaron por la ciudad, se detuvieron frente a las Puertas del paraíso. “Un día las cruzaré y entonces todo esto habrá terminado”, se dijo ella con alivio.
(Reencuentro de personajes)
Clara de 50 años: ¿Qué voy a hacer? Iré al encuentro de Nínive y del infinito tiempo. Es cierto que ya he huido de todo. Ya sólo me falta el gran salto para entrar en la ciudad plateada. Quiero ir allí, al muladar en donde me aguarda con sus escalinatas, sus estatuas y sus templos, temblando en el tiempo como una gota de agua perfecta, translúcida, esperándome, intocada por los compases y las palabras inútiles. Ahora sé que sólo me falta huir de mí misma para alcanzarla. Eso debería haber hecho desde que supe que existía. Me hubiera evitado tantas lágrimas. Eran inútiles las otras fugas. Sólo una era necesaria.
(La señora en su balcón)
A mí me da miedo ir y me da más miedo negarme. Ese suicidio me quita el sueño…
(Reencuentro de personajes)
La tía Angustias me relató el suicidio de mi abuelo con voz de sibila, y durante mucho tiempo tuve sueños atroces.
(Un traje rojo para un duelo)
“Al final tendré que suicidarme”, se dijo. Apagó la luz para no ver aquellos pelos que la aterraban y el cuarto quedó en tinieblas. “Si muero ¿adónde iré, a las tinieblas o a la luz?”, se preguntó. Dos lágrimas hirvientes saltaron de sus ojos secos produciéndole dolor.
(Reencuentro de personajes)
En lo alto, el cielo iba de un azul a otro, sin una nube, con los pinos reflejados en su superficie lisa.
Wie mein Glück ist mein Lied. —Willst du im Abendrot
Froh dich baden? Hinweg ists! und die Erd ist kalt,
Und der Vogel der Nacht schwirrt
Unbequem vor das Auge dir.
La estrofa de Hölderlin dicha por la voz profunda de Siegfried subió por las colinas rojizas que en ese instante empezaban a palidecer; la brisa fría del mar sopló sobre ellas y el grupo de jóvenes guardó silencio.
(Primer amor)
La miró con tristeza y se quejó de un fuerte dolor en la nuca. Hablaba interrumpiéndose, era como si sólo le quedaran frases sueltas o comentarios amargos sobre sucesos que había olvidado.
(Reencuentro de personajes)
En la casa reinaba un aire apacible, como si un viento suave hubiera barrido el dolor insoportable de unos minutos antes. Entré a la habitación en la que yacía mi abuelo muerto. ¿Muerto? No lo creí. Acostado y muy pálido, parecía sonreír ligeramente. Cerca de la cama había una palangana llena de sangre.
(Un traje rojo para un duelo)
Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.