El viento en el andén (extractos)

La pérdida de David Huerta (1949-2022) el pasado 3 de octubre nos deja en la orfandad intelectual y poética. Para recordarlo, volvamos a leerlo. Los siguientes pasajes pertenecen a la más reciente producción que había publicado, hace algunos meses, de la mano cuidadosa del editor Francisco Magaña. De la crónica al poema en prosa, de la libre divagación al apunte personal se van desgranando el verso y la voz, en doce fragmentos que son también un solo poema largo. Incluimos aquí únicamente los primeros dos, el inicio del recorrido del poeta.


       1.
Me bajé del Metro en la Estación Panteones y caminé
por el andén con el cuerpo sometido a las ráfagas
de un viento que me empujaba por la espalda sin que
supiera yo de dónde procedía ese fenómeno mundanal.
Era un viento sólido, si así puede decirse, hecho de
ráfagas poderosas y gráciles, robustas; un viento rotundo,
aunque sospecho o creo saber que la palabra rotundo
tiene que ver con la noción de redondez, absolutamente
ajena al fenómeno “viento”, y mientras me hacía estas
consideraciones más bien paráclitas el viento cambió, de
súbito, de dirección: ya no soplaba a mis espaldas —hacia
mis espaldas y contra mis espaldas, o mejor dicho, mi
espalda, en singular, mi singular espalda de usuario del
Metro, una espalda sin muchos relieves, abullonada y quizá
levemente femenina o propia de un recién nacido—, sino
que llegaba a mi pecho y a mis muslos protegidos por la
mezclilla de mis pantalones, moviéndose a gran velocidad
desde allá, desde un lugar indeterminado y lejano frente a
mí, quizás al final del andén.
       De modo abrupto el viento se detuvo. Mi espalda y
mi pecho lo resintieron como dicen que ocurre cuando le
quitan a uno el suelo de debajo de los pies; me tambaleé,
fui escorándome contra los anuncios publicitarios del muro
adjunto, temblé inestable sobre la cinta del andén, y luego
me detuve.
       El viento era la expresión del andén, la voz silenciosa de
esa calle enterrada, el gemido inaudible de los panteones
que, allá arriba, lejos de mi alcance, desplegaban su
necropolitana quietud y sus costumbres detenidas de
extinción permanente, de muerte sin fin constelada de
epítetos esdrújulos, de infundibuliforme serenidad: un
embudo pacífico esmaltado por venenos vibrantes de una
inquietud trascendental hundida en un frenesí de estatismo,
esmaltado con huesos y anatomías desvanecidas.
El andén me había parecido interminable mientras
el viento soplaba, desde atrás o desde adelante, contra
mi espalda o contra mi pecho: ahora el andén concluía
y parecía la estofa de una caminata brevísima, o quizá
solamente mis pasos me llevaban al final y debía
enfrentarme a las escaleras que me dejarían afuera, a la
intemperie de los cementerios, sobre una calzada nunca
pisada por mí, inédita, virgen, no hollada por mi neurosis
ni por mis zapatones de Gabriela Mistral o de Vincent van
Gogh.
       Allá afuera me esperaba la muerte con toda su
soberanía esmaltada de luz de sol y de luz lunar; pero
eso no significaba que yo fuera a morir sino únicamente
que vería las ciudades de los difuntos, sus calzadas y sus
monumentos, las cruces y la solemnidad de los cenotafios,
el rumor misterioso de los hipogeos y las tumbas. Eso
me esperaba pero yo no iba a entrar en ninguno de los
panteones, a pesar de que recordé que en uno de ellos está
mi madre muerta, extinguida hace casi cincuenta años
como una llama atormentada, y sentí que quizá debería
visitarle, “pagarle una visita” como se dice a la inglesa o
con un imperdonable anglicismo, simpático y encantador,
a pesar de todo, a pesar de los puristas y de la Academia;
me paralizaba la idea de que hace mucho tiempo, décadas
largas, no sabía nada de ese metafísico sepulcro y no quería
verlo y quería verlo, desgarrado con tirones de culpabilidad
y de ansia: ese jaloneo me dejó en la piel rasgaduras,
desgarros, y me dejó en el espíritu cicatrices en zigzag. Pero
no, no, yo no estaba aquí para andar de paseo por las calles
polvosas de los panteones, sino para ver a un amigo que me
recogería en su automóvil a la salida del Metro.
       Su hijo, el hijo de mi amigo, había muerto hacía unos
días y yo iba a presentar mis respetos a la familia, a dar el
pésame, quizás a prodigar una cantidad módica de torpes
abrazos, propinados a personas que no conocía; mi amigo
me esperaba, se suponía, afuera de la estación.
       No le diría yo a mi amigo que en el panteón más cercano
estaba mi madre; me pareció de mal gusto por su luto
reciente, por su pena y por su llanto paternal, doloroso. No
le diría nada sino unas cuantas palabras convencionales
después del saludo serio y compacto, un poco rígido, en
realidad apenas amistoso. Es la solemnidad de cartón-
piedra que nos impone este tipo de cosas, la ceremonia
múltiple que debe ocurrir ante una muerte en la familia, en
la atmósfera de una amistad perturbada por el cataclismo,
inesperado siempre, de un fallecimiento que sin embargo
no debería sorprender a nadie porque, como leí en la
Celestina, nadie es tan viejo que no pueda vivir un día más
ni tan joven que no pueda quedar fulminado en este mismo
momento. Ahora no importa nada de eso; lo que importaba
en ese momento, ahora lo recuerdo, era tratar con exquisito
cuidado a mi amigo, ir a ver a la familia y despedirse
una vez concluido un tiempo prudente de convivencia,
compunción y seriedad sepulcrales.
       Mi amigo no estaba a la salida de la estación del Metro.
Llegaría, de eso estaba yo completamente seguro, pues yo
no tenía la menor idea de cómo llegar a su domicilio y él se
había ofrecido a pasar por mí; iríamos juntos, para salvar
un camino intrincado que él conocía y yo ignoraba. Pero
no estaba a la vista cuando salí de la estación del Metro y
su automóvil, a la manera de ciertas deidades recónditas,
brillaba por su ausencia.
       Para matar el tiempo, y me pregunto qué significa esa
expresión, como un perro que olfatea u olisquea, empecé
a reconocer el terreno: los puestos desvencijados de venta
de flores colocadas para su exhibición en recipientes
afiligranados de plástico industrial; ramos amarrados con
cordeles de plástico; agua constantemente echada sobre los
pétalos multitudinarios. Veía los delantales de las señoras de
los puestos y su gesto milenario y pensaba en los cuadros
de Francisco Goitia y luego rectificaba pues estas señoras
vendeflores no eran como aquellos personajes afligidos
hasta la extenuación que retrató el pintor, se supone, con
amor franciscano y una conciencia social que a mí me falta,
además, obviamente, de que el pintor estaba “armado”
con unos principios estéticos seguramente meditados a lo
largo de muchos años y con los canales de Xochimilco a
su alrededor, en su entorno inmediato, a la manera de un
ambiente magnífico, floral, acuático, marco de la pobreza
extrema.
       Retomé o recobré en la cabeza, como si la lazara, la frase
“pétalos multitudinarios”. Pensé: “Pétalos multitudinarios,
multitudinarios como los muertos que reposan allá
adentro, del otro lado de estos muros negros, o que quizá
no son negros pero parecen negros, con esa negrura
fenomenológica de las presencias contundentes, lacerantes
como aforismos de Kafka —según el modo de leer de mi
amigo Víctor—, muros de borradura, muros de tajos y
clausuras definitivas. Pétalos multitudinarios y muertos
detenidos por el vértigo de toda cosa y de todos los dolores
acumulados al lado de los enterramientos”.
       Así seguí durante un rato que me pareció largo,
pensando, o mejor dicho: acuñando frases cuya cadencia
ora me gustaba, ora me parecía soporífera, quizá tonta,
pero pegajosa o pegadiza, como una tonada que uno
escucha por fuerza en el pesero, a todo volumen, asediado
por el temor de un asalto o de un choque, zarandeado por
los otros pasajeros si uno iba de pie o apretujado en un
asiento que apenas podía contenerlo a uno y le trituraba
las rodillas con el respaldo del asiento delantero. Evoqué
a los pasajeros del pesero como pétalos humanos en un
ramo dentro de una tumba rodante: fatal imagen, imagen
fatal por literariamente ineficaz pero que en ese momento
me conmovía casi hasta las lágrimas, por solidaridad con
mi amigo por la muerte de su hijo, que es dudoso que se
subiera a ningún pesero, pues poseía un automóvil propio de
color amarillo.
       Pensé: la negrura de los muros y la evocación de
ese auto amarillo-canario parece una bandera africana,
negro-amarillo; me dije que trataría de leer alguna noticia
etnográfica acerca de los rituales funerarios en algún rincón
de África. En ese momento llegó mi amigo en su automóvil
y la asociación de ideas se detuvo de golpe para mi fortuna,
pues ya me dolía la testa. Subí resignado y feliz al auto de
mi amigo y nos fuimos a su casa.

 

2.
Entre los puestos de flores de la Estación Panteones del
Metro pensé muchas otras cosas. Me dediqué a aplicar
concienzudamente el método-no-método de la asociación
libre.
       Mi sensación era que estaban pasando muchas horas,
pero ahora sé que fueron unos cuantos minutos. Minutos
cobardes, horas con vientre de coco; eso leí hace muchos
años, no se me ha olvidado, lo recuerdo y lo cito; me da
el tiempo en hogazas y en migajones, lo acumula para mí
en forma de grumos y alfileres. Di en pensar que estaba
relacionando ideas y frases como quien ensarta un rosario,
aunque no soy religioso y no tengo la menor idea de cómo
funcionan o exactamente para qué sirven esos objetos,
aunque tengo una vaga sospecha de que su utilidad está
relacionada con un conteo de rezos y plegarias. Recordé
el libro obsesionante del peregrino ruso que nunca deja
de rezar, de decir sus oraciones, de tener en la mente y a
veces en los labios su inmensa devoción, inmensa-como-
las-estepas-rusas, esto lo pensé con esos guiones cortos
pues fue como una ráfaga de palabras: todo el tiempo, en
silencio, mientras duerme, en sus larguísimas caminatas
por la estepa —aquí pesqué al vuelo una oportunidad de
usar una vez más, en singular, la palabra “estepa”—, ante
los iconos de las capillas, entre los muros de las ciudadelas
ortodoxas o en el momento de pedir limosna.
       Yo debería pedirme limosna a mí mismo y darme
un mendrugo de atención, una migaja que no estuviera
consagrada a urdir mitos microscópicos acerca de mi
imaginación. Yo me entiendo; se trata de contener el
sistema de la vanidad para que el sol basurero del ego no
crezca de modo inconveniente y se infle, se hinche y se
desborde hasta lastimarlo todo a su alrededor, como una
horda flácida de criaturas perniciosas o una sola criatura
babeante, invasora, desparramada. El ego: una máquina de
guerra, un artefacto nihilista dotado de poderes deletéreos,
tanáticos, disolventes; el ego, una vez más y siempre: una
arruga en el agua narcisista, pliegue mojado que calcina y
desmenuza la paz de los vivos y llena de inmundicias el
amor y la calma.
       Caminaba entre los puestos de flores, entonces. Miraba
uno y otro arreglo y preguntaba con desgano los nombres
de las flores a los dependientes, a las señoras, a los jóvenes
fornidos u obesos vestidos con camisetas que lucían los
nombres eufónicos de universidades de otros países, los
nombres de ciudades imposiblemente lejanas, los emblemas
o símbolos de equipos de beisbol. Me decían “agapandos”,
“magnolias”, “nardos” detrás de letras góticas, bellamente
estilizadas, donde podía leerse “Harvard” o “Stanford”, “Red
Sox” o “Yankees”. Ah, los nardos; mi padre les decía a los
nardos “flores de muerto”, y hacía un gesto de desagrado,
un mohín de disgusto, no sé si de asco: ¿asco de la muerte,
asco de las flores?; a él le gustaban las dalias doloridas y
negras.
       A mi madre le gustaban las flores de las jacarandas,
un estallido de color violeta en el cielo bajo de la ciudad.
Yo debo ser el promedio, la herencia, el resultado, la
consecuencia de aquel desagrado y aquel amor de mi
padre y esta pasión irradiante de mi madre. Pero nunca he
averiguado qué flores me gustan más a mí, únicamente a
mí, y no sé si debo investigarlo, por un mandato implícito
que me llega del mundo vegetal trasmitido con una voz
bellísima y exigente.
       Miro las jacarandas y pienso en mi madre, en su
mirada y en su pelo, en sus manos firmes y delicadas; si
me concentro casi puedo recordar cada una de las veces
que me peinaba en las mañanas de mi niñez para ir a la
escuela lo más presentable y limpio que sus afanes pudieran
conseguir, como una módica pieza de artesanía: un niño
limpio como un cántaro de barro negro.
       Una vez escribí la frase “la limpia muerte”, pero entonces
me refería a la palabra “muerte”, no a la muerte misma, con
su mano que apaga, con su pie que avasalla, con su boca
que muerde indefinidamente o infinitamente. Al escribir
sobre esa palabra “limpia”, pensaba más bien en la limpidez
de la muerte de mi madre, en su serenidad crispada y
quebrantada al pedir “quiero morirme ya”, en su dolor
que nunca he querido contemplar de frente porque podría
aniquilarme o volverme loco o dejarme desgarrado como un
harapo sucio, a mí, a su hijo, al hombre ahora viejo de esa
mujer que murió tan joven y tan limpia, en la cama de un
hospital público, rodeada por todos nosotros y por su amiga
Lupina, que fue su sostén y su maravilla, mientras nosotros
boqueábamos aturdidos por los pasillos y hablábamos con
los médicos que nos dirigían miradas de auténticas gárgolas
que se disfrazaban de arcángeles benévolos, miradas que
significaban “ya no hay remedio”, “no hay nada que hacer”,
y a veces lo decían pero nosotros no escuchábamos.
       Me desprendo como puedo de esas evocaciones y me
fijo en los charcos que rodean los puestos de flores y los
invaden como parte necesarísima del paisaje, del oficio de
vender flores para los muertos. “¿Se va a llevar algo?”, me
pregunta una señora diminuta con el pelo entrecano y el
rostro moreno, en esa combinación que me encanta, pero
que sobre todo me gusta en los viejos, en los hombres, no
tanto en las mujeres de este país de demonios entrecanos
y enternecedores. La pregunta me toma por sorpresa y me
rodea, pero no permito que me aturda o me desconcierte.
Me pregunto a mi vez, en silencio, si esa señora tiene algún
parecido con mi madre muerta y limpia, aparte del hecho
de ser mujeres las dos; no se parece nada a mi madre.
       Me vuelve a la cabeza una frase que escribí, una noticia
metafísica escrita para la asamblea, para que sepan quién
soy, y no me confundan a pesar de tantas máscaras, de
tantos desenmascaramientos: “Soy el hijo de una muerta”,
pero debo responder ahora mismo y decirle algo a la señora
del puesto. “Sí”, digo limpiamente, con aplomo, casi al
mismo tiempo que señalo con el dedo índice de la mano
derecha un ramo de rosas rojas, que pienso llevar a la
reunión familiar en casa de mi amigo.
       Llevaré esos seres encarnados a la casa de un muerto
joven y las pondré en manos de su madre, para que sus
hermanas sobrevivientes las vean, y su novia las admire,
y los sobrinos las toquen quizás y las destruyan con esa
distracción demoledora propia de los niños, aunque más
tarde mi sorpresa será enorme al encontrarme a unos
niños concentrados que juegan ajedrez con una alegría
semejante a la que otros niños manifiestan cuando dan
patadas brutales sobre la tierra sucia y se tiran golpes
deshilachados y se quedan absortos como esfinges ante sus
aparatos nanotecnológicos repletos de imágenes, colores y
movimientos.
       No, estos niños mueven los alfiles y los caballos, las
torres y los peones, como si fueran maestros zen, como
si estuvieran escribiendo una enciclopedia galáctica
en cada lance, como si fuera su forma de estar dando
continuamente el pésame a los adultos adustos que los
rodean y que caminan casi de puntas alrededor de ellos,
en torno de la mesa en la que están el tablero y las piezas
que mueven con manos rollizas o flacas, muy hermosas
y limpias, sin necesidad de verlos y de dirigirles a ellos, a
los adultos que son sus parientes, un pésame silencioso,
magnífico en su nitidez y admirable en su intención de
consuelo y compañía.
       En mi imaginación estos niños, nietos de mi amigo,
son como dignatarios encargados de hondos rituales,
tenues sacerdotes de liturgias complicadas, más allá del
entendimiento de los animales citadinos como mi amigo
y yo. Son sus nietos y él no sabe que son una especie
de sacerdotes extraños portadores de una sabiduría
formidable, digna de los dragones y los sadhus.
       Es posible que esté yo exagerando al ver a estos niños.
Converso con ellos un poco y me impresionan su hablar
pausado, sus miradas como agua que cae despacio, sus
caras como bien perfilados óvalos de blancura, de candidez,
de inocencia profunda. Me gustaría decirle a alguno de
ellos, a Alejandro, a Jesús, a Arturo: “Ojalá pudiéramos ser
amigos a pesar de la diferencia de edad”, y lo considero
con alguna esperanza pues llegué a hacerme amigo del hijo
de otro amigo mío, el pequeño Matías, un niño enérgico
y sagaz como éstos, los nietos de mi amigo, los sobrinos
del hombre joven cuya muerte es el motivo de todo lo que
digo, de todo lo que escribo, de todas estas palabras.

 

• David Huerta. El viento en el andén, Querétaro: Ediciones Monte Carmelo, abril 2022, 96 p.
© Reproducido con autorización del editor

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Publicado en: Florilegio

Un comentario en “El viento en el andén (extractos)

  1. Profunda narrativa del autor David Huerta ¡ Seguí el relato como si estuviera allí, en el andén, sentí el viento propio de esos sitios, ya sentido antes, en alguna ocasión que use el servicio del Metro, pero en la lectura.. lo senti de verdad¡¡ que maravillosa e intensa manera de describir un lugar, aunado a las emociones del momento, fluyendo en el tiempo de los recuerdos encajonados, sin desprenderse de la realidad¡
    Lo admiro y lamento su desaparición, quedan sus palabras, quedan sus percepciones de esa realidad interna que nunca lo dejo, y que de manera limpia .. supo verter en las palabras.
    Admirable David Huerta .

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