Presentamos un adelanto de El vértigo de Babel. Cosmopolitismo o globalización (Acantilado, 2016), ensayo publicado originalmente en 1994 por Éditions Arléa en el que el filósofo parisino explora los descarríos del cosmopolitismo —la globalización— y afirma: “A priori el cosmopolitismo constituye un valor eminentemente deseable”.

En su autobiografía Habla, memoria, Vladimir Nabokov cuenta que, instalado en Cambridge entre 1919 y 1922, después de la revolución bolchevique, tropezó con un ejemplar de segunda mano del Diccionario interpretativo del ruso actual de Dal, en cuatro volúmenes:
Lo compré y decidí leer al menos diez páginas por día, anotando las palabras y las expresiones que me gustaran especialmente. Mi temor a perder o a corromper, por culpa de las influencias extranjeras, lo único que me había llevado de Rusia [su lengua] llegó a ser absolutamente morboso1.
Semejante preocupación por su país perdido, por su pequeña patria lingüística, le valdría hoy en día a Nabokov una acusación de “duplicidad identitaria”, de “crispación cobarde”, ya que nuestra época valora por encima de todo, como un rasgo claramente progresista, las mezclas y la apertura. Si damos crédito a los rumores, en la actualidad un combate titánico enfrentaría a dos posturas, tan alérgicas la una a la otra como el capitalismo al comunismo: la postura nacionalista y xenófoba, aferrada a su patrimonio como Harpagón a su cofre, y la postura cosmopolita, ávida de los otros, que siente curiosidad por todo, con prisas por cambiar la estrechez nacional por un ropaje más amplio. Atrincherados en su afrancesamiento (o su españolismo), unos sentirán resentimiento y alardearán de provincianismo, mientras que los otros portarán la aureola de los grandes espacios, de la juventud y de la esperanza. Por un lado, la repulsiva alianza del miedo y la mezquindad; por el otro, la belleza de la amistad y de la audacia. Sin duda, existe un dilema, pero ¿debemos aceptarlo de una manera tan tajante y simplista? ¿Estamos realmente condenados a permanecer amurallados en nuestro lugar de nacimiento o a sumergirnos en la multitud abigarrada de las culturas? ¿Es necesario responder a esta pregunta que tiene toda la pinta de una intimidación?
¿Asociación o barbarie?
A priori el cosmopolitismo constituye un valor eminentemente deseable, aunque sólo sea por los ataques que ha sufrido por parte de fascistas y estalinistas. A juicio de algunos, saber que el “cosmopolitismo” es un insulto entre las extremas derechas europeas debería conducirnos automáticamente a reivindicarnos como tales (pero ¿por qué abrazar de un modo instintivo una idea sólo porque nuestros enemigos la aborrecen? ¿No significa eso seguir estando presos de su problemática?). Privilegio de los hijos de la burguesía y de la aristocracia europeas, y más tarde maldición de las minorías aplastadas por la guerra, exterminadas por las persecuciones y el holocausto, el cosmopolitismo, según sus adeptos, estaría a punto de convertirse en nuestra condición natural. Un hombre nuevo estaría a punto de nacer, ya no el hombre de antaño, aislado, enclaustrado en su terruño, sino el hombre conectado y ambulante, suma de todos los conocimientos anteriores, el individuo sin fronteras, adaptable tanto a las megalópolis tentaculares como a los intercambios planetarios, y por eso mismo vacunado contra cualquier recaída en el chauvinismo. Este ciudadano multinacional, idealmente au-dessus de la mêlée, capaz de integrar un amplio abanico de puntos de vista, haría imposible el recurso a las armas gracias a su comprensión universal. La idea no está exenta de grandeza y recuerda los principios más nobles del siglo XVIII: la humanidad sería una única familia dividida provisionalmente por absurdos prejuicios y por la ignorancia. Aprendamos los unos de los otros y reinará la concordia. Por lo demás, todo esto se ajusta al preámbulo de la convención del 16 de noviembre de 1945 por la que se crea la Unesco: “Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”.
En esta ocasión vemos reconciliarse a dos familias de mentes hasta entonces más bien hostiles: la izquierda tercermundista y la izquierda antitotalitaria. En nombre del anticolonialismo, la primera niega a Occidente el derecho a erigirse en cultura dominante, la llama a la modestia, a la relatividad de sus conquistas, y la emplaza a abrirse a aquellos mundos que ha oprimido injustamente. En nombre de Europa y del fin de la división Este-Oeste, en nombre igualmente de la solidaridad ecológica que transciende todos los continentes, la segunda aboga por la desaparición de todas las barreras y la integración de las naciones en un conjunto más vasto. Escribe, por ejemplo, Edgar Morin: “Hoy en día tiene lugar en Europa una carrera de velocidad entre los procesos de disociación y de desintegración y aquéllos de asociación y de integración” (Le Monde, primero de julio 1992). Esta actitud, una vez más, no es nueva y recuerda el pacifismo moralizador de algunos románticos: “¡Nación! Palabra altisonante para decir barbarie”, escribía ya Lamartine en 1841. “El egoísmo y el odio son los únicos que tienen una patria, la fraternidad no tiene ninguna. […] Cada cual pertenece a la región que ha elegido, yo soy ciudadano de cualquier lugar que piense2.”
Pascal Bruckner
Filósofo, ensayista y novelista. Autor de El nuevo desorden amoroso (junto a Alain Finkielkraut), La tentación de la inocencia, Miseria de la prosperidad y La tiranía de la penitencia, entre otros libros.
Traducción de Manuel Arranz.
1Vladimir Nabokov, Habla, memoria, traducción de Enrique Murillo, Barcelona, Anagrama, 1986, p. 264.
2 Citado en Marcel Merle, Pacifisme et internationalisme, París, Armand Colin, pp. 210-211. A las frases ya citadas, Lamartine añade con bastante gracia: “Mi patria es sobre todo donde resplandece Francia, donde su genio deslumbra los ojos maravillados”. En otros términos, la aversión por las fronteras tiene como fin revalorizar una Francia que se identifica con el mundo entero. Uno puede preguntarse entonces si, en Francia, la ideología cosmopolita no es el medio que tiene un país debilitado y reducido a su geografía de levantar la cabeza y recuperar un poco su prestigio perdido, si no se trata de un nacionalismo nostálgico que se adorna con la máscara de lo universal.