El umbral de los vínculos:
Pequeña mamá de Céline Sciamma

En nuestras recomendaciones de Cine, una película francesa ideal para este 10 de mayo sobre el encuentro imposible entre dos mundos, el pasado y el futuro, a través de dos niñas que son madre e hija.

Un filme de ciencia ficción sin artilugios que a partir de una historia elocuente plantea al espectador nuevos escenarios, pero sin cambiarlos, sin mover nada más que la cámara y desplazar la intención, que en un primer movimiento es íntima o introspectiva y después mística.

Luego del fulgurante éxito de Retrato de una mujer en llamas (2019), una película apoteósica y orquestal, es más que notable que Céline Sciamma haya decidido hacer Pequeña mamá (2021), una cinta discreta de poco más de una hora de duración, pero no menos flamante, casi un gesto, explotando el poder de lo minúsculo, la chispa que surge del golpeteo de dos piedritas que, por razones misteriosas, se encuentran en el camino. Pronto hay que hacer la historia de las pequeñas obras maestras del cine, que, por no apegarse al canon, haber sido estrenadas a destiempo o no ser concluyentes y dar la última palabra sobre el asunto que tratan, permanecen en la sombra. Lo pequeño no es sinónimo de corto. 

Obra de cámara reservada para el recogimiento, este filme silencioso muestra la reunión metafísica entre Nelly, una niña de ocho años, con otra pequeña, Marion, que en realidad es su madre. Hay pocas películas inteligentes que abordan el drama de la muerte en la infancia. Una de estas es Alemania, año cero (1948), de Rossellini, aunque esa es, y nadie lo duda, una gran obra maestra. El deceso de la abuela de Nelly, que es la madre de Marion, da lugar a un encuentro, un acto de presencia.

Además de la música, que en esta obra afirma su potencia como imagen al sonar sólo en el desenlace, y de la estética de la aparición, contraria a la tortura y el exterminio de los cuerpos, en Pequeña mamá hay otros vínculos. Su título recuerda a Mamá (1999), la escultura de Louise Bourgeois en la que el cuerpo de una araña constituye un refugio. En el filme una tienda en el bosque construida con ramas también da amparo al mundo infantil, y es el gozne que une dos tiempos, el presente y el pasado, afectados por la muerte y la enfermedad. La alusión a la madre/araña que teje y protege amplía su significado: Nelly conoce a la niña que fue su madre y, por única vez, están en igualdad de condiciones. Tienen mucho que decirse. 

En Pequeña mamá no hay efectos especiales, muestra dos historias que convergen en un mismo lugar, donde los tiempos se traslapan, diferenciándose sólo con elementos de mobiliario e iluminación que alteran el mismo espacio. Es todo. La reacción, sin embargo, es contundente. Acorde con uno de los planteamientos permanentes de Sciamma, aquí la solidaridad es filial, familiar; los hilos de las cuerdas con las que juega Nelly se anudan, continúan lo interrumpido, uniendo cosas semejantes. La apuesta del filme es metafísica. Esto se nota en la misteriosa mirada de Joséphine Sanz, que interpreta a Nelly, a través de quien vemos el dolor y el miedo de su madre huérfana. Es curioso que la mirada de Gabrielle Sanz, la gemela de Joséphine que da vida a Nelly de niña, es ingenua, contraria a la de su hermana, que tiene la amplitud de quien ha visto más para su edad. Esto es una verdadera suerte, capital en la mística de la película, que sella el pacto con el espectador, considerando que la muerte de la abuela ha cambiado por completo la mirada de Nelly.

El gesto más admirable ocurre a través del montaje de correspondencias que prevalece en Pequeña mamá. Estando en casa de Marion, Nelly se da cuenta de lo que está ocurriendo, camina hacia el pasillo, entonces abre una puerta, observa a una mujer acostada en una cama que da la espalda; turbada, la pequeña se despide rápidamente de su amiga. En la siguiente secuencia Nelly, ya en su casa, va hacia el pasillo, abre la misma puerta, la cama está vacía, sale de cuadro, pero la cámara permanece impasible; unos segundos después aparece dentro de la habitación y la vemos subirse a la cama. La cámara de Sciamma se queda quieta en el umbral, no entra a la habitación, incapacitada para introducirse en lo insondable, en el dolor y la piedad de la muerte, no restituibles, motivos de representación para que los adentros del espectador, inaccesibles, impenetrables, participen con las imágenes.

 

Carlos Rodríguez
Periodista cultural, crítico de cine y traductor literario. Escribe en la revista argentina Otra Parte y es uno de los traductores de Las mariposas beben las lágrimas de la soledad (Anne Genest, 2022), que publicará Ediciones del Lirio. Twitter: @comalalaland

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Publicado en: Cine