El triunfo de los graciosos

Ilustración: José María Martínez

En el siglo XVII lo deforme –cercano a lo caricaturesco y exagerado–, lo torpe, lo tonto y los “disparates” constituían los motivos risibles más frecuentes. El teatro era la pantalla grande de entonces, en la que se observaban escenas de la vida que servían como ejemplo o digresión de la vida diaria. Muchas obras de teatro presentadas en los corrales españoles tenían entre su nómina de personajes a los criados. Éstos acompañaban en todo momento a los personajes principales, modelos del comportamiento adecuado. Aunque en el teatro barroco hubo momentos en que el personaje cómico usurpa el papel principal, lo que siempre me ha gustado de él es su deformidad social y su comportamiento que, por contrastar con el de los demás, termina siendo una especie de hipérbole conductual. Ya sea central o fronterizo, su presencia en la ficción teatral nos recuerda lo material. Es un resquicio que momentáneamente da pie a todo tipo de absurdos y errores.

En mi fanatismo por estos personajes periféricos, a veces los encuentro en todas partes. Me gusta imaginar que sus comentarios son como notas a pie en un artículo académico, en las que se hacen referencias cultas o, como a una amiga y a mí nos gusta pensar, que el espacio pequeño al final de la página es el lugar para algún chismecito literario o un chiste relacionado con lo privilegiado que ocupa el cuerpo del texto. Hay una línea que une a los graciosos del siglo XVII con las notas a pie de las revistas más especializadas e indexadas: ambos se construyen como espacios de digresión donde se permiten licencias que, en un contexto determinado, se considerarían fuera de lugar.

En el archifamoso Charlie Chaplin se conjugan varios de los elementos que desde el siglo XVII provocaban risa. Además, se adueña del protagonismo: con su torpeza exagerada, ocupa el centro. Junto con Buster Keaton, Chaplin acortó distancias entre mis padres, mi hermano y yo: es un personaje torpe, distraído, a veces un poco bobo o ingenuo cuyos gestos exagerados contrastaban con el mundo a su alrededor. Lo que unía a mi familia era descubrir en Chaplin y Keaton la creación de un mundo individual en el que impera la distracción y la mirada hacia el cielo. Henri Bergson, uno de nuestros teóricos de lo cómico, dijo que nuestra risa es siempre la risa de un grupo, y el mío siempre estuvo conformado, primero, por mi mamá, mi papá y mi hermano, gracias a la mueca que se forma en nuestra boca en sus variadas formas.

Con Chaplin y la evolución de nuestras pantallas (en el siglo XVII, el teatro, el cine mudo de inicios del siglo XX y las series en streaming del siglo XXI), estos personajes dejaron de replegarse para apropiarse del centro, manteniendo lo exagerado de sus acciones. Aunque central, el gracioso jamás forma parte de la sociedad, al menos mientras produce risa. Más bien construye un mundo alternativo en el que permanece hasta que es momento de reintegrarse o del que nunca se separa. Don Quijote produce risa porque no está en el mismo plano de realidad que los personajes que lo rodean y, sin embargo, es central en la novela cervantina. Pero nunca se integra: siempre es señalado.

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Un especialista en el barroco español, Robert Jammes, escribió alguna vez que la risa es la rebelión de lo bajo, lo corporal, y ¿qué expresión más corporal que la del hambre? Junto con la torpeza y expresiones disparatadas, otra de las características de los graciosos del teatro barroco es su constante búsqueda de comida: representan el mundo material alejado de las reflexiones profundas de los personajes principales. Para Jammes es el triunfo de Sancho Panza; yo extendería esta victoria a uno de mis personajes favoritos de la televisión: Paquita Salas. Mi hambre de comida dejó de avergonzarme cuando descubrí en ella a una auténtica foodie: Paquita es quizá uno de los mejores ejemplos de la conquista y relevancia de los churros grasosos. Como representante de celebridades que vio sus años de gloria en los noventa, ha quedado rezagada frente a las novedades de la industria, batalla con el manejo del correo electrónico, no termina de entender qué es el spam y hace sus pininos en el funcionamiento de los hashtags. Pero el triunfo de Paquita está en los cheetos, los tigretones, los churros o, por supuesto, los torreznos.

Parece que la obsolescencia es uno de los rasgos que conforma a los graciosos actuales. Si en el siglo XVII los graciosos representaban las pulsiones más humanas a través de la torpeza, el hambre y la tontería, ridiculizadas por encontrarse en contextos en los que la solemnidad era central; en el XXI no entender la mecánica de la carpeta de spam significa pertenecer al mundo de la torpeza, o que es casi lo mismo: al universo del error y de las caídas constantes. No hay nada más humano, junto con el hambre, que la equivocación. A Michael Scott, uno de los personajes centrales de The Office, también le cuesta entender que la industria del papel va en picada y que las aplicaciones de mapas en el celular sí son útiles. En él, el rasgo foodie está representado en un grado menos insano que en Paquita porque su hambre se cifra en el deseo de conformar su propio grupo, de tener amigos, en suma, de que su conducta hiperbólica sea aceptada. A pesar de su protagonismo, ambos han sido rebasados por el mundo de lo solemne, el imperativo de lo actual se impone y los relega al margen. Como ocurre con los graciosos del barroco, para los personajes que no forman parte de su mundo, su comportamiento es ridículo, absurdo y tonto porque en el mundo serio no hay espacio para la comida ni para explicar qué es un hashtag.

Aunque en el mundo real, tener un jefe como Michael o Paquita debe ser una auténtica afrenta a la paciencia, estamos en el terreno de la ficción, en el que también es verosímil que un entrenador de futbol americano originario de Kansas se haga cargo de un equipo de futbol inglés. Ted Lasso forma parte de las expresiones de lo no convencional a su manera: en la escala de la adicción a la comida estaría en el nivel más bajo, aunque sí disfruta de una buena crema de cacahuate de vez en cuando y hornea unas galletas escocesas que contribuyen a limar asperezas con su jefa. Así, lleva al entorno agresivo del futbol gestos de su propio mundo: similar a los graciosos, sus disparates tienen forma de referencias pop y expresiones de la comedia romántica más trillada y gringa que logra introducir en contextos serios. A pesar de que Ted Lasso no se distingue por sus antojos, sí hay en él un apetito de crear un grupo cohesionado, movido por la compasión y capaz de reconocer que equivocarse no es la gran cosa. Se trata del típico esquema ya visto muchas veces: un agente externo llega a un ambiente que, en un principio, lo desdeña para después acogerlo como uno de los suyos y reconocer que en sus métodos poco ortodoxos hay una enseñanza profunda y valiosísima.

Los repetidos clichés pierden relevancia cuando descubro en estas series un universo en el que el chiste y el disparate triunfan. Lo hiperbólico de Paquita, Michael y Ted se traduce en su persistencia, su optimismo desmedido y en sus métodos poco convencionales para realizar su trabajo. El mundo de la digresión que ellos proponen se extiende, domina y guía la narrativa de la serie. Lo que antes era una nota a pie se transforma en el argumento principal del cuerpo del texto. Promueven un respiro de las exigencias sociales de la seriedad, el aburrimiento y el perfeccionismo, de los protocolos y la solemnidad. Por momentos, su heterodoxia los separa del resto de la sociedad porque advertimos en ella intenciones y actitudes insostenibles en el mundo real, en el que triunfan la premura y la necesidad de producir. En el que hay, por desgracia, poco espacio para un torrezno.

Los graciosos del barroco impedían que el público olvidara la dimensión más humana de los personajes. Como ocurría a los espectadores del teatro en el siglo XVII, ver estas actitudes materializadas en personajes concretos produce risa porque hallamos en ellas guiños a pulsiones íntimas y nos confrontan con nuestras propias ridiculeces y torpezas. Paquita, Michael y Ted vienen a recordarnos que siempre debería existir un espacio para las expresiones más humanas: el hambre, la torpeza y el error.

Mariana Vergara García

Estudia el Doctorado en Literatura Hispánica en El Colegio de México. Investiga los rasgos cómicos de las protagonistas femeninas del teatro barroco español.

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Publicado en: Registro personal