El teatro de los cuerpos: pornografía, deseo y erotismo

Ilustración: Oldemar González

La pornografía no evoca ni suscita deseo: lo realiza y muestra. El deseo es inalcanzable, se escapa: es elusivo. La pornografía es directa, explícita, brutal. En cambio, el deseo es complejo, enrevesado e indirecto; fantasmático en el sentido de Lacan: “Si la relación del deseo con el objeto no fuera problemática no habría tema para tratar en el análisis. Los hombres, como los animales, se dirigirían a su objeto, y no le darían rodeos a éste. […] es decir, el hombre goza de desear, de ahí la necesidad de mantener el deseo insatisfecho”. Así, tanto la pornografía como el deseo son insaciables. Quien visita frecuentemente la pornografía se hace presa de su búsqueda y el sujeto que desea nunca alcanza su propio deseo; persigue a su fantasma sin llegar al escenario donde lo proyectan los reflectores. Así, cuando se disipa su humo, se sumerge en la insatisfacción. Es un espectador más del teatro de los cuerpos.

La pornografía ocupa un centro importante para las pasiones de los seres humanos de nuestra época —estadísticamente Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Japón y México son los cinco países que consumen más contenidos pornográficos de acuerdo con los datos de PornHub de 2025— a la manera de un registro aparentemente invisible que conecta las pulsiones sexuales verdaderas con un constante ocultamiento del ser. ¿Conoces tu verdadera identidad? Si retornáramos a una pregunta esencial, ésa sería. Desconocemos las conexiones que producen más excitación a la psique: no sabemos qué nos gusta, por qué, ni cómo. La sexualidad se convierte, entonces, en un torpe andar a ciegas, y la pornografía en nuestro pícaro lazarillo. Conocemos los términos, los conceptos, e incluso nos proveemos de ideologías que nos permiten permanecer tranquilos con un deseo oblicuo que atosiga de forma inesperada. Y así buscamos algo que nos complazca o nos dé un dejo de esa miel. El teatro de los cuerpos vela el entendimiento, es una representación desconocida de nuestro interior que nos embelesa con sus proyecciones. Así, la pornografía despierta la curiosidad y mueve las fibras nerviosas del inconsciente para funcionar como un detonador que devora experiencias diferidas. La perversión encuentra un lugar allí y se desboca. La fantasía se realiza de forma descarnada, pero sin arrojarnos a un entendimiento del yo. El libro de Elisabeth Roudinesco, Nuestro lado oscuro: Una historia de los perversos, sigue este rastro y lo explica de forma poética y prodigiosa.

Frente a la pornografía y al deseo oculto se encuentra el otro término de la tríada: el erotismo, concepto con el que sería posible pensar la sexualidad desde la realización y la expansión del ser: un contraargumento a las brutalidades provenientes de la insatisfacción y de lo no realizado. Bataille lo define en El erotismo como el espacio de lo sagrado. Esa dimensión se pierde en la brutalidad explícita de nuestra época eminentemente pornográfica y fantasmal, en la que los cuerpos convertidos en objeto de entrenamiento y consumo se reduce a una satisfacción inmediata y procaz. Como todo espectro, la pornografía nunca colmará al objeto del deseo, y menos si el sujeto mismo lo desconoce pues se sorprende ante la forma de las sombras, sin saber cuál es el atributo en ellas que lo magnetiza. Lo que es erótico no puede reemplazarse por ninguna pulsión parcial: voyerismo, onanismo, u otra fuente hechiza de placer. En cambio, el erotismo despierta un espacio insustituible, porque se trata de un placer último, en el que uno se entrega al deseo con otro. Por ello el espacio erótico es propio de la mística. Bataille explica que ese eros se inserta en una relación dialéctica con lo prohibido y la transgresión, pero porque implica a una figura externa: se saca al yo de sí.

Entregarse, vivir la sexualidad en colindancia y en compañía, esperando que el otro que no soy yo y que se reconoce como tal disfrute ese momento eterno del estar juntos, como sugiere Bataille, transforma la lógica psicoanalítica del placer y del goce. En esta escuela, esos términos suelen aludir a la paradójica experiencia de lo repetido, a la forma de una compulsión irrefrenable, pues se vinculan más con el deseo incestuoso, complejo y torcido, que con el compañerismo y el placer mutuo, que, en suma, es la dimensión del disfrute. Mientras la pornografía arroja al individuo al fondo de su propio deseo, el pozo de su reflejo (¿no es una catabasis?), la experiencia erótica implica una comunión superior (¡apoteosis!).

¿Qué términos podríamos usar para referirnos a una experiencia orgánica de la sexualidad que no comprometa la salud de los sujetos? Con el erotismo, el cuerpo se abre ya no a la representación del teatro de los cuerpos, sino al presente de uno frente a otro. Una dimensión del ser se consagra a la casi insólita realización de ser en compañía, de ser el otro, de ver en el otro. Ahí entonces es que uno realmente se ve. 

El erotismo debería concebirse en un lugar ajeno al plano de lo ordinario. Lo cabal sería respetarlo en su justa dimensión: un espacio en el que se trastoca lo mundano, como cuando se cruza el umbral hacia una iglesia o a un palacio ignoto. El sujeto debe atender su goce y abrir la posibilidad de que eso se comprenda y se hable. Más allá del drama corpóreo, se oculta el libreto de nuestro sentido de vida. La sexualidad no es sólo romance ni una práctica que ha de ocultarse; mucho menos la culpa y la ignominia. Pero sólo puede consagrarse con amor por el otro, que, a la vez, es amor propio. Éste querría decir que el adulto toma consciencia de sus propios beneficios afectivos, que es consciente de una manera de crecer y de cuidarse, y que, por ello, conoce su propio placer, el cual, no es invasivo ni perverso con los demás, sino que se realiza en paralelo al de los Otro; aceptando y abrazando su diferencia. Es dudoso que esto pase en lo que hoy, con ironía, llamamos el “mercado de la carne” y de las aplicaciones virtuales que comercializan el sexo y el amor como productos de nuestro entorno de transacciones aceleradas; Tinder, Bumble y similares son espacios en los que los seres humanos se colocan en las vitrinas de un comercio virtual como si fuesen objetos de consumo.

 ¿Qué tanto puede desvelarse el otro en aplicaciones virtuales en las que los cuerpos colgados desnudan sus soledades?, ¿no hay ahí una invasión del modo pornográfico, con su teatro de cuerpos, a las punzadas más vitales del deseo? ¿Puede hallarse un sentido de erotismo (con su dejo de divinidad) detrás de estas vendimias que ponen la ambrosía en oferta?

Para un erotismo pleno habría de buscarse el “goce del otro”, como lo llamó Lacan. Ahí radica un sentido mayor de placer: el deseo se afirma y se supera a sí mismo. Se muestra tal cual es porque se reconoce en sus límites y así, se sacia. ¿Por qué, si se abren esas puertas, nos embelesamos más a la cárcel del narcisismo pornográfico? El onanismo que supone la experiencia pornográfica nos condena a la soledad sexual, el placer es unilateral pues es el que ofrece la masturbación, ¿cómo puede haber encuentro con los otros de esta forma? Si ese espacio es imposible, habrá que hallar maneras de acercarlo, de ir allí: ver sólo el teatro de los cuerpos, o haciéndonos sus partícipes, a lo mucho nos dará, quizá y tan sólo, un drama insulso.

Un último apunte: si la regulación de la afectividad y del goce es imposible, si lo que nos arrastra es el ímpetu del consumo pornográfico, si no existe un control y una limitación de las pasiones y un entendimiento de las mismas, entonces es el Estado quien controlará la sexualidad: lo hará regulando el consumo de la pornografía, lo hará reglamentando la actividad de los cuerpos, ofreciendo representaciones “pertinentes” de su teatro. Sin embargo, por desgracia, la lamentable y perversa existencia de la pornografía infantil y el revanchismo pornográfico cuando se comparten materiales no consentidos entre civiles, apunta a una intervención urgente y regulada de los medios que han promovido una sexualidad torcida, atroz, que debe ser duramente castigada y denunciada cuando se torna perversa. La posibilidad de no ser cómplices del delito es un elemento igualmente importante para definir y comprender nuestra propia sexualidad. La salud sexual es también compasiva, compenetrada, amorosa con el potencial daño a inocentes. Una vez más, habría que pensar en qué fase de su desarrollo se encuentra el ser humano del siglo XXI. ¿Estamos en la era de una adolescencia egoísta y alienada o somos adultos que pueden decidir, reflexionar y transformar? La lógica de la sexualidad y de las pasiones es inagotable y definitivamente se liga a la individualidad y al espíritu, pero también al rastro colectivo que las alimenta, con las fuerzas materiales que la hacen posible. Y hoy nos hacen consumir(nos).

Ingrid Solana

Escritora. Doctora en Letras por la UNAM y psicoterapeuta por la UIC. Ha publicado los libros Notas inauditas, Memorias tullidas del paraíso y El teatro manifiesto. Fue integrante del SNCA y becaria de la FLM.

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Publicado en: Registro personal