En el marco de la FIL Guadalajara 2020 se presenta el libro de poemas de la mexicana Elisa Díaz Castelo, ganador del Premio de Poesía Aguascalientes 2020. La recepción crítica de éste ha sido ampliamente elogiosa, como lo demuestra la siguiente reseña.

Leí El reino de lo no lineal de una sentada. Tal fue mi disfrute que inmediatamente sucedieron tres cosas. En primer lugar, quise leerlo otra vez, empezar por la página legal y asegurarme de que no me hubiera perdido de nada. En segundo, comenzaron a brotar en mí ciertos ánimos evangelizadores que sólo dejan las lecturas emocionantes, esas que te instan a pararte, buscar a alguien, quien sea, y decirle: por favor comienza a leer este libro y dime qué piensas, ¿a poco no es increíble?, ¿cuál es tu parte favorita? Finalmente, sucedió la última y, probablemente, la peor: sentí la sucia urgencia de reseñarlo.
El gran problema de publicar un libro exitoso es que deja la vara muy alta para su propio autor. Pareciera que la trayectoria literaria es una carrera en donde se compite contra uno mismo. Después de Principia, el primer poemario de Elisa Díaz Castelo, esperaba una nueva entrega de su poesía con expectación, interés, pero miedo a las segundas citas. Ante este horizonte recibí una enorme sorpresa, pues El reino de lo no lineal recupera los aspectos más interesantes de su libro predecesor y los instala en una voluntad diferente. En la poesía de Elisa Díaz Castelo, más que un abigarrado propósito literario, reconozco una voz que pone al servicio su calidez, su timbre y su color para lograr efectos insospechados en los lectores.
Sería una injusticia reducir este nuevo libro a su temática, los límites de la vida y de la muerte, tanto como me ha parecido injusto escuchar que a la autora se le identifique por su no menos interesante mezcla de discursos no literarios —como el científico— en la poesía. Los temas están allí, las estrategias de parodia y síntesis, también. Pero el mérito de Elisa Díaz Castelo no radica en esa simple elección de tópicos o de formas, sino en hacer de esta complejidad tan sólo el detonante en su exploración de los alcances de la poesía. Bien lo dijo alguna vez Eduardo Huchín: un libro debe ser mejor que sus “intenciones”.
En El reino de lo no lineal, el asunto nodal —la vida y la muerte— no se ejecuta desde la polarización, sino desde sus entrecruces: aquellos que experimentan la muerte y pueden contarlo, aquellos a quienes el dolor punzante los hace estar muertos en vida. El mundo en el que nos movemos a diario deja de ser esa maquinaria perfecta con reglas insoslayables, se nos muestra poliédrico, lleno de contradicciones, puntos ciegos y umbrales donde conviven los opuestos. De allí el título del poemario: dos palabras que la ciencia utiliza tanto para mostrar el orden (“reino”, categoría taxonómica) y el caos (“lo no lineal”, comportamientos complejos e impredecibles).
Dos secciones generales dividen el poemario. La primera de ellas es “Vuelta”, compuesta por diez historias de encuentros con la muerte y diez poemas en prosa que funcionan como definiciones de la palabra “vida”. Diferentes edades, oficios y procedencias se alcanzan a vislumbrar en las voces narradoras; la muerte tiene sabor de agua y sal en boca del ahogado, la imprevisión de una caída desde un quinto piso, es el traslape de la voz de los ángeles y de los médicos en cirugía, el sonido de una ambulancia. En contrapunto con estas historias, los poemas en prosa utilizan las fórmulas consabidas del diccionario y la enciclopedia (“véase”, “desambiguación”, “retrospectiva del concepto”) para conjugar un sinfín de refranes, explicaciones científicas, versos de canciones populares, citas literarias, experiencias personales. Ello se realiza a partir del atinado uso de los dos puntos, ese signo de la certeza y las equivalencias que se enrarece y desgasta en la insistencia con la que la autora lo emplea, siempre en un afán de mostrarnos la dificultad de apresar un concepto tan inasible del cual no podemos callar.
La segunda sección del libro es “Ida”, una serie con diecisiete monólogos enunciados por Orfelia. Ella debe su nombre a la combinación de dos de los personajes más icónicos al respecto del asunto principal: Orfeo, aquel que desciende al inframundo en busca de su amada Eurídice, y Ofelia, la cantora de la pasión no correspondida que en las aguas de un río encuentra su desenlace fatal. Por ello, esta sección es un constante diálogo entre vida cotidiana y referencias literarias que jamás se estorban, sino que construyen un ágil entramado. Orfelia puede leer Las metamorfosis de Ovidio como también ver un documental de Planet Earth; puede comer semillas de granada, pedir consejo a Perséfone y aguantar la respiración bajo el agua de la tina. En este apartado, el duelo y la tristeza se descubren como otras formas de la muerte.
En mi opinión, uno de los más interesantes hallazgos del libro estriba en la tensión entre cosmos y desorden. Si bien, como apuntan los jueces que le otorgaron el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2020, El reino de lo no lineal es un libro “unitario” y “coherente”; esta estructura general permite a la autora crear un enjambre de discursos, registros, funciones del lenguaje, citas. Vida y muerte se pincelan como experiencias que varían según los individuos, los contextos y las disciplinas. El libro apela a todas las esferas de la práctica humana y rebate aquello que ya tanto se ha dicho sobre los “libros temáticos de concurso”; ese comentario que comienza a convertirse en un tema en sí mismo, otro lugar común. El segundo libro de Elisa Díaz Castelo no hace de la unidad un capricho ni una justificación de sí mismo, sino simplemente la posibilidad de trazar una ruta de lectura que a la vez abreva de la incertidumbre.
El reino de lo no lineal nos acerca a la pluralidad de los mundos, hace mella en la complejidad de un concepto que hoy en día no tiene otro rostro más que el de una cifra que se actualiza a diario, la amenaza incesante. Elisa Díaz Castelo explora los límites de nuestro lenguaje para apresar un tema colosal y nos recuerda que la literatura no sólo habita en la metáfora recién hecha, sino también en aquella fría y estéril que se usa a diario y, extraída de su contexto, nos hace redescubrir, aunque sea apenas en un parpadeo, las zonas más oscuras de nuestro discurrir.
Aprovecharé estas últimas líneas para hacer una confesión. Escribir acerca de un libro de poesía siempre me ha causado un terror inmovilizador. Me resulta casi imposible dejar a un lado ese miedo de que al hablar de él, casi como si éste fuera una palabra tabú, desaparezca. Le temo a las reseñas ilegibles que, por alcanzar los confines de los misterios poéticos, no dicen nada. Le temo a las descripciones acartonadas de pericias formales que hacen del poema un instructivo. Le temo a las frases consabidas. A la repetición ad nauseam de que “el lenguaje es el verdadero protagonista del libro”. Temo quedarme corta. Temo sobrepasarme.
A veces sólo quisiera quitarme de encima esa pátina de vergüenza que me impide enfrentar una realidad muy personal: los libros que más me gustan son los que me regresan el amor por la literatura. Ese gusto que a veces tambalea porque los trastes se apilan, los pendientes no se acaban y el acontecer diario es un obstáculo para sólo pensar en las palabras y todo lo que pueden hacer. Agradezco que la poesía de Elisa Díaz Castelo siempre me regale eso: un sinfín de ganas de seguir y seguir leyendo.
• Elisa Díaz Castelo, El reino de lo no lineal, México, Fondo de Cultura Económica, INBA, ICA, 2020, 69 p.
Laura Sofía Rivero
Ensayista. Ganadora del Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2020 por el libro Dios tiene tripas: meditaciones sobre nuestros desechos.
Me parece admirable el comentario del libro. Es un comentario inteligente, intuitivo, iluminador.Define la complejidad que tiene el libro, invita a su lectura. Gracias, Laura Sofía Rivero. Como parte del jurado debo avisar que las palabras que están entre comillas (unitario, coherente) realmente sí son tópicos de las actas de los concursos. A mí no me gusta lo de los «libros temáticos de concurso» porque no sé confeccionar un libro temático, como sí lo sabía mi amigo Víctor Manuel Cárdenas, pero es que el de Elisa tiene esa «arquitectura» que elogiaba Gorostiza. Las actas juradoras se redactan en medio del alborozo del jurado por haber coincidido y están hechas como un machote judicial. Ni modo, pero así es. Hay otros espacios que ya con el libro publicado pueden desmenuzar y determinar los críticos que están entusiasmados. Gracias Elisa. Gracias Laura Sofía.