El presente de El Eternauta

I. 2025

En las calles de Buenos Aires se multiplican las publicidades de la nueva serie de Netflix, El Eternauta (Bruno Stagnaro, 2025). Algunas de las carapantallas municipales son un espejo de la ciudad. En el Puente Saavedra hay una enorme imagen de Juan Salvo, interpretado por Ricardo Darín, con el mismo puente de fondo, totalmente nevado. La serie produce, desde su publicidad, una mirada sobre el presente de la ciudad argentina. Y tal vez ese sea el centro ideológico de la producción de Stagnaro: la eternidad es el presente y el presente es nuestra historia.

La serie lleva a la pantalla chica uno de los cómics más importantes de Latinoamérica: El Eternauta, de Héctor Germán Oesterheld. Escrito en 1957 y publicado hasta 1959 en entregas semanales de la revista Año Cero, El Eternauta es, desde entonces, un clásico inapelable. Es la historia de una invasión alienígena y la resistencia humana desde Buenos Aires. Una invasión que comienza con una imagen hermosa, en alto contraste de blanco y negro: la nieve cayendo sobre ciudad capital. Los alienígenas cubren al mundo con una nieve tóxica, un polvo brillante que mata todo a su paso. Sobre esta devastación, el cómic cuenta la historia de Juan Salvo, un hombre que se queda atrapado en el tiempo, vagando en saltos temporales imprecisos, tratando de salvar a su familia, su ciudad, su país y su especie.

En algunos de estos espectaculares, activistas han pegado cuatro fotos. Son las fichas de desaparición de Oesterheld y de tres de sus hijas: Elsa, Marina y Diana. Al escritor y sus cuatro hijas las mató la dictadura argentina entre 1977 y 1978. Toda su familia era peronista. Sus hijas se unieron a los Montoneros, guerrilleros de extrema izquierda, y pasaron a la clandestinidad cuando los empezó a perseguir Isabel de Perón en 1975. Para no dejarlas solas en la guerra, Oesterheld se convirtió en el más viejo Montonero de todo el movimiento. Ni su cuerpo, ni el de tres de sus hijas fueron recuperados.

Casi setenta años después de que Oesterheld escribió El Eternauta; y más de cuarenta años después de su desaparición y la de sus hijas, volvió a nevar en Buenos Aires. Regresó esa nieve asesina, la que cubre todo y, como la historia, deja capas de cadáveres sobre la superficie. Nieve cargada de tiempo y memoria.

La frase más argentina de la serie, el centro humorístico de toda la idea es cuando Juan Salvo se da cuenta que está viajando en el tiempo: “Esto ya lo viví”, dice. Por supuesto, todos en Latinoamérica sentimos que la historia se repite. Se repiten las desapariciones, las policías políticas, las estructuras autoritarias impulsadas por Estados Unidos. Se repite nuestra violencia, nuestras tragedias, el eterno vaivén entre gobiernos de izquierda y derecha.

Es por eso que la experiencia de Juan Salvo nos toca a todos. Al ver la adaptación de un cómic, 70 años después de su publicación, pensamos en la historia del presente. Porque estas imágenes ya las habíamos visto, esta nieve ya había caído. Todo esto, como dice Juan Salvo, ya lo vivimos.

II. 1977

La última vez que Elsa Sánchez de Oesterheld vio a su hija, Beatriz, fue el 19 de junio de 1977, a eso de las seis de la tarde. El 2 de julio, un informe oficial hablaba de un enfrentamiento y Beatriz estaba entre los muertos de la balacera. Fue el único cuerpo que recuperaron los Oesterheld. La suerte no fue la misma para las otras hijas. Todas formaban parte de la militancia peronista Montonera, en la clandestinidad durante el momento más violento de la dictadura militar. El 7 de agosto de 1977, en una esquina de la ciudad de Tucumán, a pocas cuadras de la Sala Cuna, abatieron a Diana, la segunda hija de Héctor Germán Oesterheld. Tenía 24 años y se llevaron su cadáver.

En octubre, Héctor estaba recluido en “El Sheraton”. “El Sheraton” no era un hotel, era una burla. Así llamaban de forma irónica los militares y la policía secreta al centro de detención clandestina, ubicado en la intersección de las calles Quintana y Tapalqué en el partido de La Matanza. Era uno de los centros de detención “más amables”, de ahí el nombre burlón. Entre su población, siempre móvil y cambiante, de 1976 a 1978, pasaron muchos intelectuales por los que el mundo alzó la voz inútilmente.Se le acercaron “El Francés”, “Fresco” y “Batata”, tres de sus torturadores. Le dijeron que su hija más chica, Marina, de 19 años, estaba muerta. La habían asesinado en un enfrentamiento.

En diciembre, acribillaron a Estela Oesterheld en la banqueta. También mataron al Vasco, su pareja y se llevaron a Martín, el hijo de ambos, a la comisaría. Desaparecieron sus cuerpos. En el dolor más inconcebible, Héctor pudo ver a Martín unos momentos y le habló de sus historias. Martín todavía lo recuerda. Más de cuarenta años después, él produjo una serie basada en sus escritos para Netflix.

La serie es una adaptación de El Eternauta y empieza con una nevada. Esto ya lo vivimos.

III. 1955

El jueves estaba nublado. A medio día, empezaron a caer las bombas. Las fuerzas armadas argentinas desataron su venganza contra el centro de la ciudad capital. Durante cinco horas el centro estalló. El objetivo era derrocar a Juan Domingo Perón, destruir la Casa Rosada, bombardear y ametrallar la residencia oficial del presidente y a todos los barrios de alrededor. Era un golpe de Estado que se concretó unos meses después, el 16 de septiembre de 1955. Ese 25 junio, murieron más de trescientos argentinos. La gran mayoría eran civiles. Más de mil personas resultaron heridas.

Héctor Germán Oesterheld sabía que, sin el bombardeo de la Plaza de Mayo, nunca hubiera existido El Eternauta. No sólo porque acentuó su peronismo convencido, sino también porque enturbió todas las aguas. La sensación de permanente acecho, el miedo de recibir una bala en la espalda, de ver tu ciudad asediada, destruida y bombardeada nació con ese crimen masivo contra la población civil que iba a inaugurar tantas barbaries políticas en Argentina. Los responsables militares de esa masacre fueron, veinte años después, piezas clave de la dictadura que vino. Ese día algo se rompió.

Los cascarudos en el cómic están controlados por los “Manos”, seres al servicio de otra gran potencia invisible. Los Manos fueron incapacitados para no poder hacer otra cosa más que obedecer pasiva y burocráticamente las órdenes. Se les implantó una glándula del miedo que, al sentir cualquier tipo de duda, ansiedad o espanto, se activa y los envenena. Si temen, mueren. Los invasores tienen a un ejército de carne de cañón, crustáceos esclavos de otro mundo, controlados por burócratas que no pueden sentir miedo. Los invasores despiadados a los que se enfrentan Juan Salvo, Favalli y compañía, sólo son títeres, instrumentos de un poder superior que mueve sus hilos por medio de la prohibición del miedo y la agencia burocrática de zombies serviles.

El miedo como vía de control, esto ya lo vivimos.

IV. 1998

El director de la nueva serie de El Eternauta, Bruno Stagnaro, co-dirigió, con Israel Adrián Caetano: Pizza, birra y faso en 1998. Es una película que tiene protagonistas distintos a lo que estaba acostumbrado el cine argentino: un grupo de delincuentes juveniles que hacen cualquier tipo de atracos para conseguir unos pesos y pagar la pizza, la cerveza y los cigarros. No habla del pasado, sino del presente. Por lo mismo, no hay futuro. Unos años antes de la crisis económica del 2001 en Argentina, esta película anuncia el individualismo rampante, la exclusión, la desigualdad, la marginación y el crimen. Todo termina mal, por supuesto.

Filmada con un presupuesto mínimo, con actores no profesionales, impulsada por los festivales BAFICI y Mar del Plata, la película se convirtió en un mito para la nueva cinefilia latinoamericana. Pero Stagnaro no paró ahí. Como una continuación de las mismas inquietudes, con el mismo idioma desencantado y rítmico de la calle porteña, filmando en locaciones céntricas del barrio de Congreso, hizo una de las mejores series latinoamericanas de la historia: la trágica Okupas, transmitida en el año 2000 por la Televisión Pública de Buenos Aires.

El cine y las series de Stagnaro aprecian los espacios de la ciudad. Abrazan el presente, le dan la espalda al pasado y no creen en el futuro. Stagnaro disfruta el realismo crudo de la vida a ras de piso. Sus producciones aprovechan al máximo los pocos medios que logra levantar. La necesidad es madre de su creatividad.

Es un cine que, finalmente, atestigua la importancia de la libertad creativa para una nueva generación de cineastas que se apoyó tanto en los festivales, en las comunidades culturales y en los impulsos estatales. Es un cine que ya no existe. Como ya no existe el cine argentino. Todo porque el hombre en el poder teme los poderes de la cultura.

La censura, el anti-intelectualismo, la persecución ideológica… Esto ya lo vivimos.

II. 1977

Cuando Ana María Caruso de Carri llegó al “Sheraton”, pudo escribir a su familia.

A Ana María la levantaron en la esquina de su casa con su esposo, Roberto. A los dos los asesinaron y desaparecieron sus cuerpos en 1977. Mientras estuvo detenida, Ana María mandaba cartas a sus hijas por medio del guardia conocido como “El negro Raúl”, el único contacto posible con el exterior. También era el hombre que la torturaba. En una de sus cartas habló de la celda que iba a ocupar. La crujía era famosa, ahí fue la última vez que vieron a Héctor Germán Oesterheld. Un guardia le dijo a Ana: “Aquí estuvo un hombre que contaba historias”.

Héctor aparece en todas partes y en ninguna. Como todos los grandes escritores desaparecidos por la violencia autoritaria, su figura sigue siendo incómoda porque es fantasmal: entre más presente está, más grave es su ausencia. Estos horrores ya los vivimos.

V. 2025

25 años después de haber hecho Okupas, Bruno Stagnaro acepta hacer un proyecto que pasó por las manos de Lucrecia Martel y tantos otros representantes del así llamado “nuevo cine argentino”: adaptar El Eternauta, de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López. La presión es enorme. Muchos en la generación de Stagnaro quieren recuperar estas historias. Crecieron con ellas, por supuesto, y también crecieron sin saber qué les pasó a las víctimas de la dictadura. El Eternauta cuestiona este vacío con su continua existencia.

Por todo este contexto, Stagnaro decidió no hacer una adaptación literal de la novela de Oesterheld. Entiende la importancia del pasado, pero él es un cineasta del presente. Por eso, adapta la obra para este momento; un momento de abandono del cine nacional argentino y de las industrias culturales; un momento de constante negación, por parte del gobierno en turno, del pasado horrible de la dictadura. Su Eternauta está lleno de otros tiempos, atravesado por el pasado de una invasión (la inglesa a las Malvinas) y por el futuro de un nuevo asedio (extraterrestre a Buenos Aires). Así, Juan Salvo vive entre guerras. El pasado regresa al presente y, cuando todo parece borrarse bajo una nieve que uniformiza, destruye, descoloca, regresan las imágenes de una resistencia.

En este presente inhóspito, de nieve tóxica y hombres manipulados para el engaño y la violencia, Juan Salvo nos advierte que todo puede repetirse. Para bien y para mal, el presente es un eterno retorno. Si la historia es una advertencia, ¿queremos volver a vivir nuestros errores?

VII. 2025

Lo más interesante de El Eternauta de Stagnaro es esta sensación de un tiempo presente. El director crea un espacio idiosincrático, el de la edad del Juan Salvo de Darín, lleno de música diegética y extradiegética argentina perfectamente datada. Como en sus otras obras, la música y las esquinas de la ciudad se relacionan con las vivencias de los personajes. Salvo y sus amigos crecieron en la etapa más fuerte del rock argentino, en esos mismos espacios porteños. Una época en donde el folclorismo y el nacionalismo también echaba ahí raíces. La “Misa criolla” de Mercedes Sosa se junta con el “Jugo de tomate frío” de Manal. Soda Estéreo con Pescado Rabioso y Gardel.

La línea promocional de la serie es Nadie se salva solo. Y nadie se salva solo porque hay una larga historia de compromiso comunitario alrededor de las creaciones de Stagnaro. Nadie crea solo, nadie resiste solo, nadie se rebela solo. Nadie hace cine solo. También, nadie entiende este mundo solo. El presente crítico trata de pensar la mecánica del recuerdo y entender los pasados múltiples. No nos salvamos solos porque, antes de nosotros, hubo muchos otros que no se salvaron.

Stagnaro está dialogando con la tristeza de su generación, abandonada y sin explicaciones, con el vacío que dejaron las juventudes en resistencia desaparecidas por la dictadura, con los horrores que pueden repetirse cuando llegan al poder negacionistas del pasado, con la guerra que regresa, con la desconfianza entre los hombres, con el valor de cooperar, aunque sólo sea para salvarnos. La belleza de este Eternauta está en su entendimiento de la historia, porque sabe que la eternidad es un presente lleno de pasados. Sabe, pues, que todo lo que estamos viviendo, ya lo vivimos antes a través de otros, por medio de sus historias.

IX. 1977

Marina Oesterheld estaba embarazada de ocho meses cuando la detuvieron. Su hijo o hija, tal vez, nació en la detención y fue dado, como tantos otros, a algún mando militar. Por el estreno de El Eternauta en Netflix, las Abuelas de Plaza de Mayo sacaron nuevas imágenes de Marina y su pareja Alberto Oscar Seindlis. Debajo de la imagen piden que, si hay alguien de 47 o 48 años de edad que dude de su identidad y vea un parecido con las fotos, se comunique con ellas.

El nieto o la nieta de Oesterheld puede estar viendo la serie sin saber la historia de su familia, sin conocer de dónde viene, sin pensar en el tiempo que le arrebataron. Está viendo sin saber lo que ve.

La búsqueda de las abuelas de Plaza de Mayo, los niños recuperados y los niños para siempre perdidos. Esto, en Latinoamérica, ya lo vivimos.

X. 2025

El Eternauta de Stagnaro no es sutil. Remacha una y otra vez las mismas ideas de comunidad frente al peligro, de actos desinteresados de sacrificio, de la bondad de los hombres frente a un mundo que se derrumba. Ahí en donde Oesterheld es más desesperado mostrando un mundo que se derrumba muy rápido, Stagnaro es más paciente, juega con el tiempo extendido de la serie, introduce nuevos personajes, alarga los trayectos, expande, en pocas cuadras, con imaginación y criterio, el universo del cómic. 

Lo hace, además, con estilo. La construcción de las visiones de Juan Salvo, la manera de tratar la amistad con juegos de palabras y chistes locales de fuerte acento porteño, la cercanía de la cámara al ras de piso, son su sello. Esto no es Okupas, pero el estilo se adapta. La relación de la nieve tóxica de la invasión alienígena con la nieve del trauma, del recuerdo como soldado en las Malvinas de Juan Salvo opera una actualización. El invasor extraterrestre no es menos ajeno que lo que fue el viejo invasor: ambas son potencias lejanas, incomprensibles e imbatibles. Una distopía filmada desde el intenso presente nos muestra lo inevitable del pasado. El del director, el de Oesterheld, el de todos nosotros. Esto lo vivimos colectivamente.

Lo de Stagnaro es loable por la dificultad histórica de su tarea, independientemente de lo que pensemos del resultado. Montó algo por momentos torpe e inoperante que, sin embargo, tiene una personalidad porteña, contextual y latinoamericana. Lo hizo con Netflix, claro, pero lo hizo a su manera y con muy poco (apenas 15 millones de dólares por todos los episodios). Esto no es un balance de precio calidad (no somos tecnócratas), más bien, es una lección de independencia con una de las casas productoras más uniformizantes que existen. Stagnaro nunca abandonó su estilo y, al mismo tiempo, hizo algo para conectar a su generación y a las siguientes con las historias que nos atraviesan a todos. Lo estrenó en el momento justo de la afrenta más estúpida y brutal a la cultura argentina; una afrenta que, operada por Milei, quiere destruir la memoria. 

El Eternauta es un grito de presente, una forma de decir que el llamado “nuevo cine argentino”, ese que se benefició tanto del INCAA a pesar de su independencia, sigue vivo y latiendo, en nuevos formatos, con viejas ideas que siguen siendo nuevas.

Esto ya lo vivimos: ningún gobierno puede desaparecer la cultura presente de un país y ningún gobierno puede callar su historia.

XII. Eternidad

Queriendo salvar a su familia, en el cómic de 1957, Juan Salvo se esfuma en la materia. Jugó mal con un aparato extraterrestre, no entendió los botones de la nave que abordó para salvar a su familia. Terminó en otra dimensión, libre pero perdido en el tiempo. Se convierte así en el Eternauta, el viajero de la eternidad.

El tiempo de Oesterheld es un ciclo infinito. Son fechas que se amontonan, es saber lo que va a pasar y no poder cambiarlo. Oesterheld, de esta manera, entendió el concepto de eternidad. Porque no está compuesta de futuro y de pasado (dos tiempos que no existen), ni tampoco significa la ausencia de tiempo, porque no sería entonces nada. La eternidad es el presente perpetuo. Juan Salvo es un ser atrapado en la recurrencia. En este sentido se comprende la frase que Stagnaro puso en boca de Darín: “esto ya lo viví”. 

Al situar El Eternauta en nuestro presente, Stagnaro compaginó la tragedia de la familia Oesterheld con la de Juan Salvo. Ambos son presas del tiempo, uno como figura histórica y el otro como personaje de ficción. Y nuestro recuerdo siempre los va a regresar al dolor que nunca acaba. Ricardo Darín es tan buena elección para Salvo porque podemos ver el dolor que siente en la pura expresión de sus ojos azules. La mirada de Juan Salvo debe decir el dolor acumulado por generaciones.

Oesterheld imaginó a su ciudad destruída, bombardeada, asediada por militares sordos y despiadados. Él la vio así, pero no fue un momento único. En septiembre de 1955 un golpe de Estado mandó a Perón al exilio. Los siguientes veinte años serán una tensa alternancia entre regímenes de ultraderecha y el peronismo que se negó a morir. En 1972, regresó Perón del exilio, pero no duró mucho: murió en 1974. La persecución de Montoneros comenzó un año después. La dictadura militar se instauró en 1976.

El Eternauta de Stagnaro, por su pura reivindicación del presente habla, sin mencionarlo, del golpe de estado de 1955 contra Perón. Habla también del peronismo, de la desconfianza a las grandes potencias mundiales, de lo que significa una rebelión del sur. Habla de la historia de Oesterheld, de sus dificultades económicas, de su amistad con tantos dibujantes esenciales (como Pratt, Solano y Breccia), de su importancia para el cómic y la literatura, de su trágico final. El Eternauta habla, sin mencionarla, de la última dictadura militar y de cómo Milei negó sus horrores. Habla, finalmente, sin gritarlo, de cómo se puede seguir haciendo cine, a pesar de la venganza del Estado contra una industria cultural que considera superficial y operada por enemigos ideológicos. El Eternauta actualiza el pasado porque, como dice el filósofo André Comte-Sponville, “la eternidad no es otro mundo: es la verdad de éste”.

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Durante la dictadura, treinta mil personas fueron desaparecidas. Quinientos bebés nacieron en cautiverio y fueron entregados a familias de militares. Esto ya lo vivimos y nadie lo debería volver a vivir.

Nicolás Ruiz Berruecos

Editor y crítico de cine.

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Publicado en: Cine